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NOTICIAS DEL MUNDO REAL

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Construcción de un personaje

Desde muy temprano uno aprende a distinguir en la vida real la enorme diferencia que hay entre lo que alguien dice ser y lo que de verdad es. Luego, llega a la conclusión de que la mejor manera de conocer a alguien no es leer sus entrevistas o sus biografías o lo que su madre dice de él, sino asistir a sus acciones. Pues la vida de ficción funciona de manera idéntica. Todos los elementos decorativos de un personaje, desde los adjetivos hasta las frases grandilocuentes, desde los elementos biográficos hasta su inmersión en los grandes acontecimientos de la historia de la humanidad, carecen de la relevancia de un minúsculo detalle. Un buen personaje de ficción se convierte en gigante por la acción más discreta contada sutilmente. Es más relevante ver a un personaje hacerse doble nudo con el cordón del zapato que escucharle declarar la independencia de su patria. Es como ese momento en El verdugo donde la hija quiere comprarle una camisa al marido y se vuelve hacia su padre para preguntarle la talla de cuello y el viejo verdugo, acostumbrado al manejo de cuellos en el garrote vil, le da una respuesta precisa y contundente, y todo sucede con la máxima normalidad y una enorme discreción. O como en El apartamento cuando descubres que Jack Lemmon escurre los spaghettis en una raqueta de tenis y, de pronto, sientes que todo lo esencial de su soledad está contenido ahí, en ese minúsculo detalle.

El camino más recto para acabar haciendo tuyo cualquier personaje de ficción es siempre el camino torcido y lleno de curvas

Una de las grandes desgracias del cine fue asistir a la preponderancia del actor sobre el personaje. De pronto, como la fama de las estrellas se convirtió en el reclamo comercial más eficaz de la industria, el actor se encontró con un poder entre las manos que no le llevó hacia la inteligencia ni la exposición personal ni hacia la complejidad, sino hacia la propaganda de su persona. Los actores que tienen poder eligen sus personajes en función de lo que aportan a su imagen pública. Los hay que se niegan a fumar, a maltratar a un niño, a pisarle la cola a un perro o a cualquier detalle que alguien pueda asociar con su persona real para mal. Pero los hay también que manipulan los personajes para alimentar su mítica de tipos comprometidos, inteligentes, sensibles, profundos, intensos. Y los resultados son grotescos, pero al mismo tiempo como la maquinaria de propaganda funciona con un engrase perfecto nadie parece dispuesto a denunciar el disparate. Mientras tanto los personajes se van empobreciendo, haciéndose de un tronco sin ramaje y la ficción contamina la realidad. Empezamos a creernos que la gente es de una pieza.
En el colegio aprendimos que no existía personaje más aburrido que el santo. Cuando nos daban a leer los episodios de las vidas de los santos el bostezo era soberano. Porque ahí no había ni drama ni complejidad ni atractivo. Un tipo encontraba el camino recto y lo seguía a rajatabla y sin fisuras. Sin darnos cuenta sentíamos que aquello era una estafa. Lo que nos gustaba era el renglón torcido, los pies del personaje metidos en un charco, la pelea contra su instinto, la caída, el levantarse. El camino más recto para acabar haciendo tuyo cualquier personaje de ficción es siempre el camino torcido y lleno de curvas.
En la literatura, por ejemplo, uno encuentra cada vez más personajes que responden a un comportamiento recto y ejemplar. El tufo de lo políticamente correcto invade también la ficción y a los escritores, al menos esos que corren detrás de satisfacer necesidades ajenas, piensan que nadie va a querer a su personaje si lo ven lleno de defectos o debilidades, si además de resolver el enigma y querer mucho a sus padres, de vez en cuando tira una colilla en la calle o cuando nadie le ve no recoge la caca de su perro de la acera. Por supuesto que luego aparece ese personaje maligno y monstruoso, sin ninguna moral, capaz de hacer daño desde que se levanta hasta que se acuesta de las formas más crueles, pero el proceso es el mismo, tranquilizarte, decirte que todo está bien, porque todos se comportan según lo que esperas de ellos. El mal es el mal, el bien es el bien. Y todos podemos cerrar el libro con total tranquilidad.


David Trueba (El País, 7 de noviembre 2009)

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