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TALLER DE ESCRITURA



EN BUSCA DE LA VOZ PROPIA

Tema 1: El Estilo

Stendhal dice que el estilo es la manera peculiar que tiene cada uno de decir las mismas cosas.

El primer empeño del escritor es buscar una relación fluida con el lenguaje y a partir de ahí emprender el camino hacía un estilo propio, olvidando géneros.

En Cortazar el lenguaje y su utilización es el hallazgo fundamental, está obsesionado por el estilo.

Cortazar siempre repetía que para escribir bien hay que escribir mal.

Se debería escribir sin inhibiciones, como si el escritor también fuera una página en blanco, sin trabas ni cortapisas.

Como ejemplo clarificador el cuento “El río” de Cortazar. En este relato, Cortázar elige la segunda persona, consiguiendo así una mezcla de proximidad y alejamiento, intimidad y distancia. Nos ofrece una información casi equitativa de ambos. Al elegir la 2ª persona, logra que la forma del cuento refleje el fondo del mismo.

Escribir un fragmento de un relato en 1ª o 3ª persona (extensión de unas cinco líneas) y cambiarlo a 2ª persona

11 comentarios:

Amanda (1ª persona)

Otro día más. Cada vez lo llevo peor. A veces pienso que no lo voy a soportar. ¡Cuándo acabará todo esto! Me hago miles de veces la misma pregunta: Amanda, ¿que pasó en tu vida? ¿cómo llegaste hasta aquí?
Cojo mi bolso de piel marrón, mis zapatos de tacón de aguja y bajo lentamente las escaleras. En la calle me esperan, como todas las noches, las luces mortecinas de las farolas y algún que otro transeúnte que deambula en busca de personas como yo, de alguien que les escuche y les haga compañía.

Amanda (2ª persona)

Otro día más. Cada vez lo llevas peor. A veces piensas que no lo vas a soportar. ¡Cuándo acabará todo esto! Te haces miles de veces la misma pregunta: Amanda, ¿que pasó en tu vida? ¿cómo llegaste hasta aquí?
Coges tu bolso de piel marrón, tus zapatos de tacón de aguja y bajas lentamente las escaleras. En la calle te esperan, como todas las noches, las luces mortecinas de las farolas y algún que otro transeúnte que deambula en busca de personas como tú, de alguien que les escuche y les haga compañía.

María Suárez López

12 de octubre de 2009, 23:23  

AL ALBA

La pierna derecha le tiembla sin control. Se pregunta qué sentirá cuando la bala –mordisco de metal- le atraviese el cuerpo inerme. ¿Pedirá clemencia? Lo ha visto hacer a muchos. Se cree capaz de hacerlo. Tan cobarde, tan valiente como todos. Ve pasar por la ventanilla del autobús las tierras, que escapan veloces a su mirada. Apenas clarea el alba...

AL ALBA

La pierna derecha te tiembla sin control. Te preguntas qué sentirás cuando la bala –mordisco de metal- te atraviese el cuerpo inerme. ¿Pedirás clemencia? Lo has visto hacer a muchos. Te crees capaz de hacerlo. Eres tan cobarde, tan valiente como todos. Ves pasar por la ventanilla del autobús las tierras, que escapan veloces a tu mirada. Apenas clarea el alba...

ana sagasti

12 de octubre de 2009, 23:39  

Se alejó de tantos días sin futuro. Huyó de un destino escrito con renglones sesgados en la cara oculta del mundo. Ha sobrevivido al hambre, las guerras y la miseria. Vivió un viaje, a través de dos desiertos, con la desesperación de quien se sabe desheredada de la Tierra y sabiendo que no le puede pasar nada más. Los indeseables, el sol abrasador y la sed fueron sus compañeros de viaje…


Te alejaste de tantos días sin futuro. Huiste de un destino escrito con renglones sesgados en la cara oculta del mundo. Has sobrevivido al hambre, las guerras y la miseria. Viviste un viaje, a través de dos desiertos, con la desesperación de quien se sabe desheredada de la Tierra y sabiendo que no te puede pasar nada más. Los indeseables, el sol abrasador y la sed fueron tus compañeros de viaje…
Miguel Redondo

17 de octubre de 2009, 12:58  

SILENCIO ROTO

La garganta pronunció un sonido ininteligible, pero mi interior, sin saber por qué, gritó ¡aleluya!.
Casi en duermevela escuché un estruendo y me precipité de la cama. Sin duda Martín, como tantas veces, había abrazado cualquier objeto en el sopor del alba.
Su cuerpo yacía inmóvil al final de las escaleras. El temor se adueñaba de mi en cada peldaño; tal vez enfadado por el suceso se incorporase intentando agarrarme de cualquier sitio, lanzándome…. Pero no fue así. Inerte, con la cabeza ladeada, tenía una mueca altiva en aquel rostro de ojos fijos y babeaba sangre por la comisura de los labios.
La memoria se me debilitaba al paso de las horas y a fuerza de repetir al policía las mismas cosas, decaía mi ánimo intentando reconstruir al hombre que nunca fue.
Hoy sin testigos deseo recorrer el camino que lleva al cementerio por última vez.




La garganta pronunció un sonido ininteligible, pero tu interior, sin saber por qué, gritó ¡aleluya!.
Casi en duermevela escuchaste un estruendo y te precipitaste de la cama. Sin duda Martín, como tantas veces, había abrazado cualquier objeto en el sopor del alba.
Su cuerpo yacía inmóvil al final de las escaleras. El temor se adueñaba de ti en cada peldaño; tal vez enfadado por el suceso se incorporase intentando agarrarte de cualquier sitio, lanzándote…. Pero no fue así. Inerte, con la cabeza ladeada, tenía una mueca altiva en aquel rostro de ojos fijos y babeaba sangre por la comisura de los labios.
La memoria se te debilitaba al paso de las horas y a fuerza de repetir al policía las mismas cosas, decaía tu ánimo intentando reconstruir al hombre que nunca fue.
Hoy sin testigos deseas recorrer el camino que lleva al cementerio por última vez.

Tere Fuertes Fernández

17 de octubre de 2009, 13:04  

TERCERA PERSONA

Tenía un extraño tic que imponía respeto y fue apartando a las personas de su vida. Jugó sólo, estudió sólo, trabajó sólo. En los días posteriores a la operación que le devolvió la normalidad, se sintió tan saturado por el contacto con las personas que decidió fingir su tic.

SEGUNDA PERSONA

Tenías un extraño tic que imponía respeto y fuiste apartando a las personas de tu vida. Jugaste sólo, estudiaste sólo, trabajaste sólo. En los días posteriores a la operación que te devolvió la normalidad, te sentiste tan saturado por el contacto con las personas que decidiste fingir tu tic.

Mara

19 de octubre de 2009, 7:27  

Mar Cueto Aller

Cuando regresaste a la plaza, después de tanto tiempo, creíste presenciar un milagro. Solo los ángeles podrían haber obrado tal prodigio. No podías imaginar a nadie tan sublime y eficaz en su trabajo. Ni en tu niñez habías visto las piedras tan: limpias, claras y nítidas. Si no fuese porque la catedral era inequívocamente la misma, hubieses pensado que la habían erigido de nuevo. Su torre, sus arcos, los portones, los relieves, el rosetón, todo era nuevo y ancestral. Lo que más te maravilló, fue observar que los demás edificios del entorno parecían también renovados. A la vez que seguían siendo los mismos de siempre.

Cuando regresé a la plaza, después de tanto tiempo, creí presenciar un milagro. Solo los ángeles podrían haber obrado tal prodigio. No podía imaginar a nadie tan sublime y eficaz en su trabajo. Ni en mi niñez había visto las piedras tan: limpias, claras y nítidas. Si no fuese porque la catedral era inequívocamente la misma, hubiese pensado que la habían erigido de nuevo. Su torre, sus arcos, los portones, los relieves, el rosetón, todo era nuevo y ancestral. Lo que más me maravilló, fue observar que los demás edificios del entorno parecían también renovados. A la vez que seguían siendo los mismos de siempre.

19 de octubre de 2009, 10:56  

Guiñar los ojos(3º persona)

Se asomó a la ventana y la luz del sol la hizo guiñar los ojos. Las olas del mar se acercaban cadenciosas hasta la orilla. Algunos ya se habían instalado en primera línea de playa. Las sombrillas multicolores comenzaban a ondear como símbolo de la conquista. Las voces de los niños, sus risas, sus gritos al introducir los pies en el agua llegaban nítidas hasta sus oídos.

¡Celia! Oyó que la llamaba su marido. Palabras entrecortadas se abrían paso hasta su cerebro: el paro, quizás, hoy, suerte, voy. Un aire gris lo cubrió todo. Ante ella se mecía la ropa tendida de la vecina y las nubes negras.

Guiñar los ojos (2ª persona)
Te asomaste a la ventana y la luz del sol te hizo guiñar los ojos. Las olas del mar se acercaban cadenciosas hasta la orilla. Algunos ya se habían instalado en primera línea de playa. Las sombrillas multicolores comenzaban a ondear como símbolo de la conquista. Las voces de los niños, sus risas, sus gritos al introducir los pies en el agua llegaban nítidas hasta tus oídos.

¡Celia! Oíste que te llamaba tu marido. Palabras entrecortadas se abrían paso hasta tu cerebro: el paro, quizás, hoy, suerte, voy. Un aire gris lo cubrió todo. Ante ti se mecía la ropa tendida de la vecina y las nubes negras.

Ángela Martínez Duce

19 de octubre de 2009, 15:23  

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

4 de noviembre de 2009, 15:59  

Este comentario ha sido eliminado por el autor.

4 de noviembre de 2009, 16:01  

LA ESPERA

Llego desordenado a la última sesión. Decenas de metros antes observo que deberé armarme de porcelana. Saco un libro de bolsillo para entretener la espera. Siempre le he tenido pánico a que la espera se entretuviese conmigo. Uno nunca sabe cómo pueden terminar esos juegos. Desgraciadamente, se me ha olvidado el portaminas. Me apasiona subrayar las frases inspiradas de un texto: el día menos pensado hay que romper una...



LA ESPERA

Llegas desordenado a la última sesión. Decenas de metros antes observas que deberás armarte de porcelana. Sacas un libro de bolsillo para entretener la espera. Siempre le has tenido pánico a que la espera se entretuviese contigo. Nunca sabes cómo pueden terminar esos juegos. Desgraciadamente, se te ha olvidado el portaminas. Te apasiona subrayar las frases inspiradas de un texto: el día menos pensado hay que romper una...

4 de noviembre de 2009, 16:15  

Sala de espera (3º persona)

Se sentó en el único asiento vacío y esperó a que llegara su turno. Recordó todas las veces que había fantaseado con una enfermedad terminal y los intentos frenéticos que hacía por recuperar el tiempo perdido: viajaba por todos esos lugares pendientes y tomaba decisiones drásticas, de vida o muerte, nunca mejor dicho.
Los pacientes fueron entrando, de uno en uno, hasta que se quedó sola en esa sala de espera de hospital, fría e impersonal. Nunca le habían gustado los hospitales, pensaba que cuando uno se internaba allí ya no salía más. Había visto irse así a algunos seres queridos y le había tomado manía. No confiaba en esos seres humanos con bata blanca, los veía demasiado asépticos, esterilizados de toda vida. Y ahora estaba allí, esperando que uno de ellos pusiera sus académicas manos sobre su cuerpo, bastante baqueteado ya.
Estaba viajando por un Tallin otoñal con la mente cuando oyó pronunciar su nombre. Como en un sueño, se levantó y entró por esa puerta que, según ella, la conduciría al matadero.
Tenía razón, porque ya no volví a verla.


Sala de espera (2º persona)

Te sentaste en el único asiento vacío y esperaste a que llegara tu turno. Recordaste todas las veces que habías fantaseado con una enfermedad terminal y los intentos frenéticos que hacías por recuperar el tiempo perdido: viajabas por todos esos lugares pendientes y tomabas decisiones drásticas, de vida o muerte, nunca mejor dicho.
Los pacientes fueron entrando, de uno en uno, hasta que te quedaste sola en esa sala de espera de hospital, fría e impersonal. Nunca te habían gustado los hospitales, pensabas que cuando uno se internaba allí ya no salía más. Habías visto irse así a algunos seres queridos y le habías tomado manía. No confiabas en esos seres humanos con bata blanca, los veías demasiado asépticos, esterilizados de toda vida. Y ahora estabas allí, esperando que uno de ellos pusiera sus académicas manos sobre tu cuerpo, bastante baqueteado ya.
Estabas viajando por un Tallin otoñal con la mente cuando oíste pronunciar tu nombre. Como en un sueño, te levantaste y entraste por esa puerta que, según vos, te conduciría al matadero.
Tenías razón, porque ya no volví a verte.


Valeria Buono

9 de noviembre de 2009, 12:25  

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