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EN CRISIS


EN CRISIS

Doña María es la inquilina del segundo izquierda de esa casa vieja y destartalada que nadie se molesta en reparar porque la renta que pagan los cuatro vecinos es más antigua que las murallas de la ciudad. Vive sola desde hace algo más de dos años. Su Paco se fue de repente una fría noche de febrero, sin darle tiempo a reaccionar. Y no ha vuelto a ser la misma. Es verdad que sigue levantándose al clarear el día y sale casi a diario al mercado para hacer la compra, pero ahora va por las tardes y pide a sus viejos conocidos los desperdicios para el gato, las carcasas de pollo, un trocito de hueso carnoso para el cocido. Apenas visita al pescadero y en la frutería compra únicamente las ofertas.

Se pasa los días en casa, cosiendo en la Singer a pedal que heredó de su madre. Ya ha dado la vuelta al abrigo de paño azul marino de la boda de su sobrina. Está satisfecha con el resultado. Ahora va a hacer lo mismo con el traje negro de cuando Paco se jubiló. Aunque ella no estaba muy decidida, él insistió en regalárselo y fue todo un acierto, pues le queda como un guante. Sólo se necesita hacer desaparecer las rozaduras que se aprecian en los bordes, las mangas y los bajos. En una semana espera tenerlo listo. Y parecerá nuevo. Pero, ¿qué blusa va a poder poner con él? A todas les ha dado la vuelta al cuello y a algunas, incluso, se lo ha quitado y les ha cortado las mangas.
¡Qué bien le vendría una nueva!
Piensa en las arras guardadas celosamente en un precioso estuche de cuero verde. Un regalo de boda de sus padres, que se mantuvo intacto mientras Paco vivió. Ya hay dos huecos, uno más no se notará demasiado. Claro que no parece buena idea cambiar una moneda antigua para comprarse una blusa; hay que dejarlas para esos dichosos recibos que todos los meses llegan y a veces se acumulan. Entonces viene el aviso de corte del suministro y hay que ir corriendo a pagar.
Dos veces ha ido con una moneda, bien envuelta en un pañuelo, al joyero que se las vendió hace más de cuarenta años. Él dice que son muy viejas, pasadas de moda y que solamente le puede dar el valor de su peso en oro. Una miseria, mientras alberga la esperanza de recuperarlas y revenderlas muy bien a un conocido coleccionista. Al despedirla, le regala un bombón y le recuerda que puede volver cuando quiera, que para eso están los viejos clientes, que son como amigos. Y con eso ella se conforma.
Dos veces se ha salvado del peligro gracias a ellas; hay que dejarlas por si acaso. Después de todo, un pañuelo anudado con gracia en torno al cuello bien puede suplir la ausencia de una blusa nueva.

Mª Evelia San Juan Aguado

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