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EL DÍA DE SUERTE



La familia de Reynaldo se había arruinado lentamente durante la posguerra. Aún así, a él no le había faltado de nada durante su infancia y su juventud. Le habían malcriado pensando que algún día la fortuna les volvería a sonreír. Fue muy duro para él cuando se enteró de que sus padres habían fallecido en un accidente. Desde ese momento decidió que la solución a sus problemas sería un buen matrimonio. Empezó a buscar una rica heredera que le devolviese a la vida holgada que siempre había tenido.
Cuando conoció a Matilda no tuvo duda de que era la mujer que estaba deseando. Con sus trajes de alta costura, sus brillantes de fantasía, los andares de modelo, y su carita de muñeca parecía indiscutiblemente millonaria. La abordó con los buenos modales y la elegancia que le caracterizaba. Enseguida se ganó su cariño y confianza. Fue muy sincero desde el primer día y la dijo claramente que él solo se casaría por dinero. En cambio, ella no le dijo que su sueldo de modista solo la daba para llegar, a duras penas, al fin de mes.
Llevaban más de un año saliendo juntos. Ella sabía que la dejaría en cuanto se enterase de que no la estaba acompañando a su casa, sino al portal del taller de costura donde trabajaba. Por ese motivo, aunque le quería con locura, empezó a permitir que el dueño del taller coquetease con ella.
Reynaldo estaba loco de ansiedad esperando el momento de que aceptase casarse con él. Pensó que para que se decidiese, necesitaría comprarle un hermoso anillo de brillantes. Empezó a ir al casino de Montecarlo a probar suerte. Al principio solo se atrevía a apostar tímidas cantidades. Después, al ver que la suerte le empezaba a sonreír, fue aumentando las apuestas.
Aquél día, pensó que su buena estrella le guiaba en todos sus movimientos. La bola de la ruleta se detenía siempre a su favor. Los dados obedecían sus peticiones. Las cartas le venían al dedo. El éxtasis de la fortuna le llenaba de euforia. Nunca había jugado tanto y tan arriesgadamente. No pudo parar hasta que las fichas formaban enormes rascacielos en su lado de la mesa. Todos los compañeros de juego le animaban para que siguiese jugando. Les hizo caso y volvió a incrementar el número de fichas que empezaban a caerse de la mesa. Le recomendaron que fuese a cambiarlas y volviese con menos cantidad. Cuando le ayudaron a llevarlas, a brazadas para que se las cambiasen por fajos de billetes, la cabeza le daba vueltas. Le dijeron que sus ganancias habían alcanzado la redonda cifra de un millón de francos y casi se desmaya.
No quiso ir a su casa sin pasar antes por la de Matilda para comunicarla la buena noticia. Vio que el portal estaba abierto y entró sin llamar al timbre. Subió las escaleras de dos en dos peldaños, dispuesto a darla una sorpresa. Pensaba ducharla con los grandes fajos de billetes que llevaba en cada mano. Quedó paralizado al entrar por la puerta que estaba entreabierta. Casi se le cae el dinero que llevaba aireando. No sabía que era lo que le sorprendía más: si ver que aquello era un taller de costura, o que su adorada novia estuviese tumbada, en el largo diván, bajo aquél viejo desconocido.
Corrió despavorido. Solo se detuvo ante la puerta de su casa para introducir la llave en la cerradura. Entró como un torbellino. Azotó todo lo que había ganado en el casino contra el suelo. Le faltaba el aire. Presa del pánico abrió el balcón. Un enorme ruido de huesos rotos hizo gritar a cuantos pasaban por la calle en ese momento.

Mar Cueto Aller

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