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TOMÁS GONZÁLEZ; PRIMERO ESTABA EL MAR


Los días siguieron pasando desapacibles y lentos. De vez en cuando brillaba el sol sobre el mar y los árboles, y a J. se le calentaba un poco el corazón. Después empezaban otra vez los truenos, los profundos rugidos que volvían a traer la lluvia. Buscando compañía, J. había intentado continuar con el libro y apuntó en e´l varios hechos, minuciosamente escuetos como siempre: que el nuevo mayordomo se debía conservar mientras apareciera alguien mejor (Gilberto se había ido a trabajar con don Carlos y estaba contento); que ya estaba hasta la coronilla del invierno; que los aserraderos estaban funcionando mejor que nunca, pero no tanto como para pagarle a Ramiro lo que se le debía; que había venido Ramiro a cobrar los intereses de la deuda, demasiado acumulados, y que J. se lo sacó de encima como pudo; que don Eduardo "muy cansón con su Dios, pero alguien en quien en definitiva se podía confiar", le había traído cocos y piñas, y que un aserrador lo había aporreado malamente un árbol y se lo habían tenido que llevar para Turbo.


Tomás González, Medellín 1950.

Primero estaba el mar, Punto de Lectura

MURIEL SPARK; EL ASIENTO DEL CONDUCTOR

Algunos de los adjetivos más recurrentes a la hora de invocar el universo narrativo de Muriel Spark sin: enigmático, estrafalario, estrambótico y otros que se mueven en la misma órbita semántica. En sus novelas nos encontramos con elementos ciertamente insólitos: narradores de ultratumba, miembros de la Cámara de los Lores incapaces de perpetrar un parricidio a derechas, abuelas contrabandistas que ocultan un alijo de diamantes en la miga de una baguete, platillos volantes que se muestran interesados por la suerte de los personajes. Decía Jhon Updike que leer una novela de Muriel Spark era lo más parecido que había a adentrarse en una casa encantada en la que hay puertas falsas que conducen a pasadizos secretos y paredes que ceden al oprimir botones ocultos. Estamos en un mundo en el que nada es lo que parece.
Eduardo Lago


Mañana por la mañana la encontrarán muerta de múltiples heridas de arma blanca, las muñecas atadas con un pañuelo de seda y los tobillos sujetos con una corbata de hombre, en los terrenos de una villa deshabitada, en un parque de la ciudad extranjera adonde la conduce el vuelo en el que embarca ahora mismo por la puerta 14.
Cruza la pista en dirección al avión con su paso largo, pisando los talones del compañero de viaje al que, según parece, al fin ha decidido pegarse. Se trata de un joven de unos treinta años, fuerte y de cutis sonrosado, que viste traje oscuro de hombre de negocios y lleva un maletín negro. Lise lo sigue con determinación, atenta a bloquear el paso a cualquier otro viajero que en su carrera sin rumbo pudiera interponerse entre ellos.

EL ASIENTO DEL CONDUCTOR,  Muriel Sapark, Contraseña editorial. Traducción de Pepa Linares. Prólogo de Eduardo Lago.

ROBERTO BOLAÑO POR ROBERTO BOLAÑO

Diccionario Bolaño

 

Ofrecemos un autorretrato con forma de diccionario que el propio Bolaño fue esbozando en diversas entrevistas. |



Roberto Bolaño
AUTOBIOGRAFÍA: “Las únicas autobiografías interesantes son las de los grandes policías o la de los grandes asesinos, porque de alguna manera rompen ese molde deprimente y real de que el destino de los seres humanos es respirar y un día dejar de hacerlo”.

“BOOM”: “No me siento heredero del boom de ninguna manera. Aunque me estuviera muriendo de hambre no aceptaría ni la más mínima limosna del boom, aunque hay escritores que releo a menudo como Cortázar o Bioy. La herencia del boom da miedo. Por ejemplo, ¿quiénes son los herederos oficiales de García Márquez?, pues Isabel Allende, Laura Restrepo, Luis Sepúlveda y algún otro. A mí García Márquez cada día me resulta más semejante a Santos Chocano o a Lugones”.

CRÍTICAS: “Cada vez que leo que alguien habla mal de mí me pongo a llorar, me arrastro por el suelo, me araño, dejo de escribir por tiempo indefinido, el apetito baja, fumo menos, hago deporte, salgo a caminar a orillas del mar, que, entre paréntesis, está a menos de treinta metros de mi casa, y les pregunto a las gaviotas, cuyos antepasados se comieron a los peces que se comieron a Ulises, ¿por qué yo, por qué yo, que ningún mal les he hecho?”

ELVIS: “Elvis forever. Elvis con una chapa de sheriff conduciendo un Mustang y atiborrándose de pastillas, y con su voz de oro”.

ESPAÑA: “Vine a España en el año 77. En realidad iba a Suecia, donde más o menos tenía arreglado un trabajo, pero mi madre vivía en España desde hacía dos años y estaba muy enferma cuando yo llegué. Entonces, me quedé a esperar que se pusiera bien. Barcelona, en el año 77, era una verdadera belleza, una ciudad en movimiento con una atmósfera de júbilo y de que todo era posible. Se confundía la política con la fiesta, con una gran liberación sexual, un deseo de hacer cosas constantemente, que probablemente era artificial, pero, artificial o verdadero, era tremendamente seductor. Para mí fue un descubrimiento, y me enamoré de la ciudad. En Barcelona aprendí cosas que yo creía que sabía pero en realidad no sabía”.

EXILIO: “Nunca me he sentido exiliado. Extranjero me he sentido en todas partes, empezando por Chile. Como fui un niño pedante, ya desde niño me sentía extranjero”.

FÚTBOL: “Mi experiencia como jugador de fútbol nunca fue del todo comprendida ni por los espectadores ni por mis compañeros de equipo. A mí siempre me pareció más interesante marcar un autogol que un gol. Un gol, salvo si uno se llama Pelé, es algo eminentemente vulgar y muy descortés con el arquero contrario, a quien no conoces y que no te ha hecho nada, mientras que un autogol es un gesto de independencia”.

GARCÍA MÁRQUEZ: “Un hombre encantado de haber conocido a tantos presidentes y arzobispos”.

LEMA: “Mi lema no es Et in Arcadia ego, sino Et in Esparta ego”.

LIBROS: “El Quijote, de Cervantes. Moby Dick, de Melville. La Obra Completa de Borges. Rayuela, de Cortázar. La conjura de los necios, de Kennedy Toole. Nadja, de Breton. Las cartas de Jacques Vaché. Todo Ubú, de Jarry. La vida, instrucciones de uso, de Perec. El castillo y El proceso, de Kafka. Los aforismos de Lichtenberg. El Tractatus de Wittgenstein. La invención de Morel, de Bioy Casares. El Satiricón, de Petronio. La Historia de Roma, de Tito Livio. Los Pensamientos de Pascal”.

OFICIOS: “El oficio en el que mejor me he desempeñado fue el de vigilante nocturno de un camping cerca de Barcelona. Evité un linchamiento (aunque de buena gana, después, hubiera linchado o estrangulado yo mismo al tipo en cuestión)”.

PARAÍSO: “Es como Venecia, espero, un lugar lleno de italianas e italianos. Un sitio que se usa y se desgasta y que sabe que nada perdura, ni el paraíso, y que eso al fin y al cabo no importa”.

POLÍTICA: “Siempre quise ser un escritor político, de izquierdas, claro está, pero los escritores políticos de la izquierda me parecían infames.”.

RECONOCIMIENTO: “No me importa nada. El narrador más importante de este siglo que se acaba (¡por fin!) se llamó Franz Kafka y no lo reconocieron ni en su casa, así que figúrate si me va a preocupar a mí una gilipollez de ese calibre”.

REMORDIMIENTO: “Son muchos y se acuestan y levantan conmigo y escriben conmigo porque mis remordimientos saben escribir”.

SEXO: “La gente, al hablar de sexo, se vuelve idiota. Tal vez siempre lo ha sido, pero el sexo la vuelve aun más idiota y se limita a balbucear ideas preconcebidas cuyo fondo en nada difiere del antiguo Dios, Rey y Patria, que, como todo el mundo sospecha (pero se lo calla), significa Miedo, Amo y Jaula”.

TRIUNFO: “No creo en el triunfo. Nadie con dos dedos de frente puede creer en eso. Creo en el tiempo. Eso es algo tangible, aunque no se sabe si real o no, pero el triunfo, no. En el campo de los triunfadores uno puede encontrar a los seres más miserables de la tierra y hasta allí yo no he llegado ni me veo con estómago para llegar”.


30/12/2004 El Cultural

28 DE ENERO DE 1922

Sabía yo por amigos que también le mandas dinero a Marievna Vorobiev Stebelska (y  en ello reconozco tu gran nobleza), pero hoy, para que no me cupiera la menor duda, le enviaste 300 francos conmigo, rogándome con tu letra presurosa que se los hiciera llegar porque, según tú, yo soy la persona más cumplida y más responsable sobre la tierra. C'est un peu fort, ¿no, Diego? Le pedí a Fisher que llevara el dinero. No las he vuelto a ver, ni a Marievna ni a la pequeña Marika, pero me han dicho que ella se te parece muchísimo. Aunque me hayas escogido como confidente y agradezco tu gesto, nopuedo verlas porque siento celos y no puedo reprimirlos. Hiciste bien en decírmelo, Diego, no te reprocho nada, después de todo  Ehrenburg fue quien te presentó a Marievna cuando preguntasté en la Rotonde: " Y quién es esa admirable caucasiana?", y en ese momento Marievna también buscó mi amistad, pero mis celos son ardientes y no tolero siquiera pensar en ellas, ni en la madre ni en tu hija.



Querido Diego, te abraza Quiela, Elena Poniatowska, Impedimenta.

JAVIER CERCAS


La tercera verdad

Javier Cercas, El País, 25 junio 2011
 

1¿Qué es una novela? Una novela es todo aquello que se lee como tal; es decir: si algún lector fuese capaz de leer la guía de teléfonos de Madrid como una novela, la guía de teléfonos de Madrid sería una novela. En este sentido no hay duda de que mi libro Anatomía de un instante es una novela. ¿Lo es también en algún otro? No lo sé. Lo que sí sé es que a algunos lectores les ha parecido un libro raro.

Quizá lo es. Anatomía explora el instante en que, durante la tarde del 23 de febrero de 1981, un grupo de militares golpistas entró disparando en el abarrotado Parlamento español y sólo tres de los parlamentarios se negaron a obedecer sus órdenes y tirarse bajo los escaños: el presidente del Gobierno, Adolfo Suárez; el vicepresidente, general Gutiérrez Mellado; y el secretario general del partido comunista, Santiago Carrillo. Tratar de agotar el significado del instante en que esos tres hombres decidieron jugarse el tipo por la democracia -precisamente ellos tres, que la habían construido tras haberla despreciado durante casi toda su vida- obliga a indagar en sus biografías y en los azares inverosímiles que las unen y las separan, obliga a explicar el golpe del 23 de febrero, obliga a explicar la conquista de la democracia en España. La forma en que el libro lo hace es peculiar. Anatomía parece un libro de historia; también parece un ensayo; también parece una crónica, o un reportaje periodístico; a ratos parece un torbellino de biografías paralelas y contrapuestas girando en una encrucijada de la historia; a ratos incluso parece una novela, tal vez una novela histórica. Es absurdo negar que Anatomía es todas esas cosas, o que al menos participa de ellas. Ahora bien: ¿puede un libro así ser fundamentalmente una novela? De nuevo: ¿qué es una novela?

 

2 La novela moderna es un género único porque diríase que todas sus posibilidades están contenidas en un único libro: Cervantes funda el género en el Quijote y al mismo tiempo lo agota -aunque sea volviéndolo inagotable-; o dicho de otro modo: en el Quijote Cervantes define las reglas de la novela moderna acotando el territorio en el que a partir de entonces nos hemos movido todos los novelistas, y que todavía no hemos terminado de colonizar. ¿Y qué es ese género único? ¿O qué es al menos para su creador? Para Cervantes la novela es un género de géneros; también, o antes, es un género degenerado. Es un género degenerado porque es un género bastardo, un género sine nobilitate, un género snob; los géneros nobles eran, para Cervantes como para los hombres del Renacimiento, los géneros clásicos, aristotélicos: la lírica, el teatro, la épica. Por eso, porque pertenecía a un género innoble, el Quijote apenas fue apreciado por sus contemporáneos, o fue apreciado meramente como un libro de entretenimiento, como un best seller sin seriedad. Por eso no hay que engañarse: como dijo José María Valverde, Cervantes nunca hubiese ganado el Premio Cervantes. Y por eso también Cervantes se preocupa en el Quijote de dotar de abolengo a su libro y lo define como "épica en prosa", tratando de injertarlo así en la tradición de un género clásico, y de asimilarlo. Dicho esto, lo más curioso es que es precisamente esta tara inicial la que termina constituyendo el centro neurálgico y la principal virtud del género: su carácter libérrimo, híbrido, casi infinitamente maleable, el hecho de que es, según decía, un género de géneros donde caben todos los géneros, y que se alimenta de todos. Es evidente que sólo un género degenerado podía convertirse en un género así, porque es evidente que sólo un género plebeyo, un género que no tenía la obligación de proteger su pureza o su virtud aristocráticas, podía cruzarse con todos los demás géneros, apropiándose de ellos y convirtiéndose de ese modo en un género mestizo. Eso es exactamente lo que es el Quijote: un gran cajón de sastre donde, atadas por el hilo tenuísimo de las aventuras de don Quijote y Sancho Panza, se reúnen en una amalgama inédita, como en una enciclopedia que hace acopio de las posibilidades narrativas y retóricas conocidas por su autor, todos los géneros literarios de su época, de la poesía a la prosa, del discurso judicial al histórico o el político, de la novela pastoril a la sentimental, la picaresca o la bizantina. Y, como eso es exactamente lo que es el Quijote, eso es exactamente también lo que es la novela, y en particular una línea fundamental de la novela, la que va desde Sterne hasta Joyce, desde Fielding o Diderot hasta Perec o Calvino.

Más aún: quizá cabría contar la historia de la novela como la historia del modo en que la novela intenta apropiarse de otros géneros, igual que si nunca estuviese satisfecha de sí misma, de su condición plebeya y de sus propios límites, y aspirara siempre, gracias a su esencial versatilidad, a ser otra, luchando por ampliar una y otra vez las fronteras del género. Esto es ya visible en el siglo XVIII, cuando sobre todo los ingleses se apoderan de la novela (o a los españoles se nos escapa literalmente de las manos), aprendiendo mucho antes y mucho mejor que nosotros la lección de Cervantes, pero se hace evidente a partir del XIX, que es el siglo de la novela porque es el siglo en que la novela pelea a brazo partido por dejar de ser un mero entretenimiento y conquistar un lugar entre los demás géneros nobles. Balzac aspiraba a equiparar la novela a la historia, y por eso afirma famosamente que "la novela es la historia privada de las naciones". Años después Flaubert, a la vez principal seguidor y principal corrector de Balzac, no se conformaba con ello y, según es posible advertir aquí y allá en su correspondencia, se obsesiona con la ambición de elevar la prosa a la categoría estética del verso, con el sueño de conquistar para la novela el rigor y la complejidad formal de la poesía. Muchos de los grandes renovadores de la narrativa de la primera mitad del siglo XX adoptan a Flaubert como modelo y, cada uno a su modo -Joyce regresando a la multiplicidad estilística, narrativa y discursiva de Cervantes, Kafka regresando a la fábula para construir pesadillas, Proust exprimiendo hasta el límite la novela psicológica-, prolongan el propósito de Flaubert, pero algunos, sobre todo algunos escritores en alemán -un Thomas Mann, un Robert Musil-, pugnan por dotar a la novela del espesor del ensayo, convirtiendo las ideas filosóficas, políticas e históricas en elementos tan relevantes en la novela como los personajes o la trama. Tampoco el periodismo, uno de los grandes géneros narrativos de la modernidad, se ha resistido al apetito omnívoro de la novela. El New Journalism de los años sesenta pretendía, como afirmaba Tom Wolfe, que el periodismo se leyera igual que la novela, entre otras razones porque usaba las estrategias de la novela, pero el resultado no fue sólo que el periodismo canibalizó la novela, sino también que la novela -A sangre fría de Truman Capote, digamos- canibalizó el periodismo, digiriendo los recursos de éste y convirtiendo la materia periodística en materia de novela.

Épica, historia, poesía, ensayo, periodismo: esos son algunos de los géneros literarios que la novela ha fagocitado a lo largo de su historia; esos son también algunos de los géneros de los que, a su modo, participa Anatomía, un libro que, desde este punto de vista, quizá no quede más remedio que considerar como una novela, aunque solo sea porque, de Cervantes para acá, a este tipo de libros mestizos solemos llamarlos novelas. Por lo demás, vale decir que Anatomía no es por supuesto un libro aislado o excepcional; otros libros de autores contemporáneos exploran territorios colindantes con el suyo. De hecho, la hibridación de géneros es, además de un rasgo esencial de la novela, un rasgo esencial del postmodernism. Borges, acaso el fundador involuntario del postmodernism, tardó casi cuarenta años en encontrarse a sí mismo como narrador, y lo hizo con un relato titulado 'El acercamiento a Almotásim' que se publicó en un libro de ensayos, Historia de la eternidad, y que adoptaba la forma de un ensayo, la reseña de un libro ficticio titulado The Approach to Al-Mu'tasim. Esta mezcla de ficción y realidad, de narración y ensayo, es lo que le abre a Borges las puertas de sus grandes libros. Así, en Borges el relato y el ensayo se confunden y fecundan; de igual modo lo hacen en determinados autores contemporáneos -de Sebald a Magris, de Kundera a Coetzee- que indagan en los confines del género y tratan así de expandir, o simplemente de colonizar por completo, el territorio cartografiado por el Quijote. En todo caso, a esa tarea de expansión o colonización del territorio de Cervantes quiere sumarse modestamente Anatomía, y esa es otra razón por la que el libro admite una lectura novelesca.

Pero no es la última; ni desde luego la más elemental. La más elemental es que yo soy ante todo un novelista, y que, aunque también he practicado el ensayo o la crónica, en este libro no he operado como un cronista o un ensayista, sino como un novelista: la estructura del libro es novelesca, muchos de sus procedimientos técnicos son novelescos, elementos esenciales de la narración, como la ironía o el multiperspectivismo, son consustanciales al género, igual que lo son la visión ambigua y poliédrica de la realidad que a través de ellos se ofrece; mi preocupación principal mientras escribía el libro, en fin, fue la forma, y un escritor en general -y un novelista en particular- es alguien concernido ante todo por la forma, alguien que siente que en literatura la forma es el fondo y que piensa que sólo a través de la forma es posible acceder a una verdad que de otro modo resultaría inaccesible.

Y hay más. Sin duda los géneros literarios se distinguen por sus rasgos formales, pero tal vez también por el tipo de preguntas que plantean y por el tipo de respuestas que dan. Así, las preguntas centrales que ante el golpe del 23 de febrero formularía un libro de historia, o un ensayo, podrían ser estas: ¿qué ocurrió el 23 de febrero en España?; o ¿quién fue en realidad Adolfo Suárez? En cambio, es muy improbable que un libro de historia o un ensayo formulase la pregunta central que formula Anatomía: ¿por qué permaneció Adolfo Suárez sentado en su asiento el 23 de febrero mientras las balas de los golpistas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo del Congreso? Para intentar responder a esta última pregunta son desde luego indispensables los instrumentos del historiador, del periodista, del ensayista, del biógrafo, del psicólogo, pero la pregunta es una pregunta moral; una pregunta muy parecida a la que se plantea, por ejemplo, Soldados de Salamina: ¿por qué durante la Guerra Civil un soldado republicano salvó la vida de Rafael Sánchez Mazas cuando todas las circunstancias conspiraban para que lo matase? Dado que son preguntas morales, tanto la pregunta central de Soldados como la de Anatomía son preguntas esencialmente novelescas, y resultan impertinentes o carecen de sentido como preguntas centrales en un libro de historia o un ensayo. Pero además, como digo, un género literario no sólo se distingue por las preguntas que formula sino también por las respuestas que da a esas preguntas. Pues bien, al final de Soldados, después de la larga búsqueda en que consiste el libro, no sabemos por qué el soldado republicano le salvó la vida a Sánchez Mazas, ni siquiera estamos seguros de quién era ese soldado: la respuesta a la pregunta es que no hay respuesta; o mejor dicho: la respuesta a la pregunta es la propia pregunta, la propia búsqueda, el propio libro. Lo mismo ocurre en Anatomía: después de la larga búsqueda en que consiste el libro, no sabemos por qué Adolfo Suárez permaneció inmóvil en su asiento mientras las balas zumbaban a su alrededor en el hemiciclo; durante la búsqueda, el libro responde desde luego a las preguntas que se hubieran hecho el historiador o el ensayista -por ejemplo: el 23 de febrero fue el principio de la democracia en España y el final del franquismo y de la Guerra Civil; por ejemplo: Adolfo Suárez fue un colaboracionista del franquismo y un trepador social y político convertido finalmente en héroe de la democracia-; pero la pregunta novelesca, la pregunta central, queda sin respuesta o, de nuevo, la respuesta es la propia pregunta, la propia búsqueda, el propio libro. En suma: si es posible definir la novela como un género que persigue proteger las preguntas de las respuestas, esto es, como un género que rehúye las respuestas claras y unívocas y que sólo admite formularse preguntas que no pueden ser contestadas o preguntas que exigen respuestas ambiguas, complejas, plurales y en todo caso esencialmente irónicas, entonces, si es posible definir así la novela, no hay duda de que Anatomía es una novela.

 

3 Admitamos entonces que, tal vez, Anatomía de un instante es una novela. No hay duda, sin embargo, de que no es una ficción. ¿Significa esto que a fin de cuentas mi libro no es una novela? ¿Están obligadas todas las novelas a ser ficción? ¿Por qué no es una ficción Anatomía?

En marzo de 2008 yo llevaba más de dos años trabajando en una novela donde mezclaba ficción y realidad para narrar el golpe de Estado del 23 de febrero y el triunfo de la democracia en España a partir del mismo instante en torno al cual gira Anatomía. De hecho, por entonces acababa de terminar un segundo borrador de la novela, pero no estaba satisfecho con él: algo esencial fallaba y no sabía lo que era. Desesperado, para olvidarme unos días de mi novela fracasada me marché de vacaciones con mi familia. Fue entonces cuando leí en un artículo de Umberto Eco que, según una encuesta publicada en el Reino Unido, la cuarta parte de los ingleses pensaba que Winston Churchill era un personaje de ficción. Y fue entonces cuando creí comprenderlo todo. El golpe del 23 de febrero es en España una ficción, una gran ficción colectiva construida durante los últimos 30 años a base de especulaciones noveleras, recuerdos inventados, leyendas, medias verdades y simples mentiras. La explicación de este delirio es compleja, pero guarda relación con un hecho simple: el golpe del 23 de febrero fue un golpe sin documentos o sin eso que gran parte de la historiografía suele llamar documentos, de manera que los historiadores han dejado el trabajo de contar el golpe a los propios golpistas, a periodistas con muchas prisas y pocos escrúpulos y a la fantasía popular, con el resultado de que durante décadas han circulado impunemente por España las más disparatadas versiones del golpe. Una gran ficción colectiva, repito, algo quizá sólo comparable a lo que el asesinato de Kennedy representa en Estados Unidos. Eso es lo que creí comprender durante aquellas vacaciones. Eso y también, de inmediato, que escribir una ficción sobre otra ficción era una operación redundante, literariamente irrelevante; lo que podía ser literariamente relevante era realizar la operación contraria: escribir un relato cosido a la realidad, desprovisto de ficción, despojado de todas las novelerías, leyendas y disparates que a lo largo de tres décadas se habían ido adhiriendo al golpe. Y eso es lo que en definitiva intenta hacer el libro (y de ahí que su primera frase sea la frase de Eco). Partiendo del principal y casi único documento del golpe de Estado -la grabación televisiva de la entrada de los golpistas en el Parlamento, un documento tan evidente que nadie lo ha considerado un documento y que en mi opinión es sin embargo la guía mejor para entender aquellos hechos-, Anatomía trata de contar el golpe del 23 de febrero y el triunfo de la democracia en España con la máxima veracidad, como los contarían un historiador o un cronista, aunque sin renunciar por ello, insisto, a determinados instrumentos y virtudes de la novela, ni por supuesto a que el resultado sea leído como una novela.

 

4¿Significa esto que, a mi juicio, la novela puede contar la historia mejor que la historia? ¿Significa que la novela puede sustituir a la historia? Mi respuesta es no. La historia y la literatura persiguen objetivos distintos; ambas buscan la verdad, pero sus verdades son opuestas: según sabemos desde Aristóteles, la verdad de la historia es una verdad factual, concreta, particular, una verdad que busca fijar lo ocurrido a determinadas personas en determinado momento y lugar; por el contrario, la verdad de la literatura (o de la poesía, que es como llamaba a la literatura Aristóteles) es una verdad moral, abstracta, universal, una verdad que busca fijar lo que les pasa a todos los hombres en cualquier momento y lugar. Es cierto que Anatomía persigue al mismo tiempo esas dos verdades antagónicas, porque busca una verdad factual, que atañe sobre todo a determinados hombres de la España de los años setenta y ochenta, pero también busca una verdad moral, una verdad que atañe sobre todo a quienes, con un oxímoron, el libro denomina héroes de la traición, esos individuos que, como los tres protagonistas del libro -Suárez, Gutiérrez Mellado y Carrillo: dos antiguos franquistas y un antiguo estalinista-, poseen el coraje de traicionar un pasado totalitario para ser leales a un presente de libertad por el que, llegado el caso, en el instante decisivo, aceptan jugarse la vida. Y asimismo es cierto que, visto así, como un libro que ambiciona reconciliar las verdades irreconciliables de la historia y la literatura, Anatomía puede parecer, además de un libro raro, un libro contradictorio, otro oxímoron. Quizá también es eso: un libro donde, idealmente, la verdad histórica ilumina a la verdad literaria y donde la verdad literaria ilumina a la verdad histórica, y donde el resultado no es ni la primera verdad ni la segunda, sino una tercera verdad que participa de ambas y que de algún modo las abarca. Un libro imposible, dirán ustedes. No digo que no. Pero me pregunto si no serán los libros imposibles los únicos que merece la pena intentar escribir, y si un escritor puede aspirar a cosechar algo mejor que un fracaso decente; también me pregunto si yo hubiera buscado la verdad histórica del 23 de febrero si los historiadores no hubieran olvidado hacerlo, o si no la hubiesen considerado irrelevante o inasequible, regalándome así la posibilidad de este extraño libro. Sea como sea, una cosa es segura: yo sólo soy un novelista, no un historiador, y es posible por ello que incluso en Anatomía, donde he buscado con el mismo empeño dos verdades opuestas, la verdad histórica esté al servicio de la verdad literaria, y que ambas nutran aquella tercera verdad conjetural. No lo sé. Lo que sí sé es que, de ser así, ésta sería quizá la razón definitiva para considerar Anatomía una novela. Pero que eso también lo decida el lector.

 

 

 Javier Cercas (Ibahernando, Cáceres, 1962) es autor, entre otros libros, de Soldados de Salamina (Tusquets, 2001; premios Salambó, Llibreter e Independent Foreign Fiction) y Anatomía de un instante (Mondadori, 2009: Premio Nacional de Narrativa).

 

LA SED DE SAL; GONZALO HIDALGO BAYAL


 
 

Busqué por los entresijos de la memoria la continuación, pero no di con ella, pues no soy dado a rimas y ni a conjuntos de retórica, como decía un profesor que tuve, a rimes y ridetes. El espíritu está pronto, pero la mente es flaca y la lírica es esquiva. La vida sólo es soportable, decía, porque es combinación de comedia y drama: malo es que haya sólo drama y peor aún que sólo haya comedia(y yo diría que subrayaba con sorna la palabra comedia). Así que me limité a contemplar mi estado, los despojos de mi estado, sobre la maqueta aciaga que extendía a mis pies el anticipo de mi perdición. Todo esto será tuyo si postrado me adorares, dije abarcando con la mano tanto residuo de abastos. Al cabo de mucho rato, cuando la propia compasión me había llevado hasta tales abismos de abatimiento que ya no podía inspirarme más lástima (había hablado en voz alta dos o tres veces, me estoy volviendo loco, dije), se me ocurrió recoger del suelo una bola de papel, de forma mecánica, sin mayor interés, arrugada, estrujada, y la fui abriendo y alisando.

LA SED DE SAL, Gonzalo Hidalgo Bayal, Tusquets Editores.

RAFAEL CHIRBES; EN LA ORILLA



Rafael Chirbes, el pasado 23 de marzo, acudió al programa de televisión Página 2 para hablar de su novela "En la orilla", finalista del premio de novela Vargas Llosa.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ; LAS REPUTACIONES

Las reputaciones de Juan Gabriel Vásquez finalista del premio bienal de novela Vargas Llosa

Debe ser que usted es importante, dijo Samanta con una sonrisa.
Debe ser.
¿Y qué se siente?
Qué se siente qué.
Ser importante, Ser la conciencia de un país.
Mire, dijo Mallarmino, vivimos tiempos desorientados. Nuestros lideres no están liderando nada, y mucho menos están contándonos qué es lo que pasa. ¿Vamos a dejar que sólo nos los cuenten los políticos? Sería un suicidio, un suicidio nacional. No, no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión. Nos toca buscar otra versión, la de otra gente con otros intereses: la de los humanistas. Eso es lo que soy: un humanista. No soy un chistógrafo. No soy un pintamonos. Soy un dibujante satírico. Eso tiene sus riesgos también, por supuesto. El riesgo del dibujo es convertirse en analgésico social: las cosas dibujadas se vuelven más comprensibles, más asimilables. Nos duele menos enfrentarlas. Yo no quisiera que mis dibujos hicieran eso, claro que no. Pero no sé si se puede evitar.

Las reputaciones, Juan Gabriel Vásquez, editorial Alfaguara

FINALISTAS DEL PREMIO DE NOVELA VARGAS LLOSA

 

Los finalistas del premio de novela Vargas Llosa, Bonilla, Chirbes y Vásquez rastrean sus primeras lecturas y su vocación de escritores.

 Por Winston Manrique Sabogal     
 
Una luciérnaga. Eso es el origen o el soplo de inspiración o lo que habrá de acompañar la escritura de una novela. Los elementos están en la mente del escritor, que nunca sabe en qué momento se encenderá ese diminuto y pasajero destello que iluminará el destino del libro. Vladimir Maiakovski, Benito Pérez Galdós y Émile Zola y Ricardo Rendón y Henry James fueron las luciérnagas de Juan Bonilla en Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), de Rafael Chirbes en En la orilla (Anagrama) y de Juan Gabriel Vásquez en Las reputaciones (Alfaguara).

Son los tres escritores y libros finalistas de la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa que ayer inauguraron (salvo Chirbes, que no pudo viajar desde España) en el Museo de Arte Contemporáneo de Lima, con la presencia del Nobel peruano. El ganador a esa mejor novela publicada en español en los años 2012 y 2013 se dará a conocer el jueves 27 de marzo. Mientras tanto, cuatro días en los que más de treinta escritores de América Latina y España debatirán en una quincena de mesas redondas y coloquios.

Antes de los análisis sobre el presente y los derroteros de la novela en español en el siglo XXI, Bonilla, Chirbes y Vásquez evocaron para EL PAÍS la semilla de su pasión por la lectura y la escritura y las claves de sus últimas novelas.

 

El hechizo de la lectura

Son tres obras distintas, de tres escritores muy diferentes, pero con génesis literarias parecidas y una sola vocación unida por la huella dejada por la lectura en sus infancias y adolescencias. Seis años tenía Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949) cuando quedó hechizado, siete Vásquez (Bogotá, 1973) y unos 14 Bonilla (Jerez, 1966). En el caso del escritor valenciano, ocupan un lugar especial unos Cuentos de la jungla de Java que lo maravillaron. Una conquista para la lectura asegurada con los relatos de Calleja, Clark Kent, Diego Valor, Nils Hoggersson, Miguel Strogoff, La isla del tesoro, Ivanhoe, Quo vadis... "libros y películas juntos, aún casi indistinguibles".

Tierras aventureras iguales y colindantes fueron las que sedujeron al niño Vásquez. El primer flechazo del que tiene conciencia es Shadow, de Enid Blyton. A su alrededor, Los tres mosqueteros, Veinte mil leguas de viaje submarino, Sandokán… Él no recuerda un momento de su vida en Colombia sin estar leyendo.

La poesía es el caso de Bonilla. Cursaba el bachillerato cuando lo sedujeron las lecturas de Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, César Vallejo, Luis Rosales, Fernando Pessoa… Y entre las novelas que lo sacaron de este mundo cita con emoción El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, y Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Luego el deslumbramiento de Cortázar y Borges y la visita que hizo a su colegio Agustín García Calvo.

 

El elíxir de la escritura

Sus vidas continuaron, dos en España y uno en Colombia. De los tres, fue Vásquez quien atisbó primero que quería ser escritor. Tenía 8 años. Entonces ganó un concurso de cuentos escolares, y supo que no quería hacer nada más. Cuando tenía 20 años, mientras estudiaba Derecho, decidió dejar todo, la carrera e incluso el país, para tratar de ser escritor. Pero es Chirbes que sin saberlo llevaba dentro su destino. Quería “contar las aventuras de un niño entre piratas, de una ballena blanca, de un fiel correo del zar, o de unos leones que se comían a hombres y mujeres llorones; escribir o hacer cine. De pequeño no distinguía muy bien: en los libros y en el cine pasaban cosas extraordinarias”. La ruta de Bonilla vino por el lado del periodismo. En la adolescencia “tenía esa visión o esperanza romántica en el oficio de rascar en la realidad para descubrir una historia".

 

Los escritores preferidos

Con los años, estos tres lectores se convierten en escritores, y los libros y autores leídos van cogiendo su lugar en la mente de cada uno de ellos. En silencio. En secreto. Simplemente se quedan. En el caso de Chirbes son aquellos autores de los que aprende algo “no solo con respecto al mundo, también con respecto a lo que llaman la técnica literaria, o sea, a las posibilidades de la lengua para expresar”. Los mejores para él son quienes reúnen ambas cosas, como Boris Pilniak o Alfred Döblin. Y se deja envolver por un juego más literario aún: “Pero ¿y Rabelais, Fernando de Rojas, Gracián, Melville, Proust o Musil?, ¿y Mann o Conrad?, ¿y Queiroz, Galdós, Balzac o Flaubert?, ¿y ese Fielding del Tom Jones?”.

Nabokov está detrás de Bonilla y Vásquez. No solo como autor sino también como ideólogo. Coinciden con su definición de lo que es o debe ser una lectura: “La que da ese cosquilleo en la nuca”, según Vásquez, o “la que hace que la médula espinal sea el órgano imprescindible para la lectura”, dice Bonilla. Y si al autor colombiano le resulta difícil precisar nombres preferidos, porque son todos los que le producen el mentado cosquilleo, en Bonilla salen en tropel Borges, Nabokov, Nicanor Parra… Aunque prefiere hablar de libros más que de autores.

 

Compañías e influencias

Pero todos esos nombres no son siempre las principales influencias a la hora de escribir. De todos lo que ha leído, Chirbes ha cogido algo, porque, admite, “a veces influye alguien a quien ni reconoces”. En palabras de Bonilla “todo escritor es un cóctel de voces de otros escritores adaptado a sus circunstancias”. En su caso, la adolescencia y juventud son esenciales, “cuando el cemento del cerebro está tan fresco que la pisada de un jilguero puede quedarse en huella impresa. Más tarde, el cemento se endurece y ya no dejaría huella ni una manada de ñus. Así que mis principales influencias tienen que ver con mis lecturas de adolescencia y juventud, las lecturas que me llevaron, más que a querer ser escritor, a querer escribir”.

Una huella importante en Vásquez es la de los latinoamericanos del boom y los que la luz de ese gran fulgor permitió ver mejor: Borges, Onetti. Entre ellos, los que más le importan son los que le enseñaron a leer a otros de diferentes tradiciones: “Flaubert, Conrad, Joyce, Faulkner. Hay ciertos libros que asocio con el momento en que decidí dedicarme a la literatura: Cien años de soledad, Ulises, La casa verde y… las tragedias de Shakespeare”.

 

Rituales y rutinas para escribir.

Precisamente es el autor colombiano el único de los tres que ha sido capaz de establecer una rutina a la hora de escribir: trabaja en ficción de 7:30 a 2 de la tarde. Y las tardes las dedica a otras cosas (ensayos, columnas, lecturas); y con un plus: trabaja “muy bien en aviones y hoteles, lo cual resulta útil, por decir lo menos”.

Bonilla y Chirbes, en cambio, son incapaces de establecer una rutina. “Como todo el que ha tenido que escribir en redacciones”, dice Bonilla, se amolda sin dificultad a las circunstancias. “No soy yo el que le impone una rutina al texto”, afirma, “sino el texto el que me la impone a mí, es él el que me saca temprano de la cama o me exige que me acueste tarde”. En Chirbes la rutina es el caos. “No hay horario ni calendario. Tengo sitio, eso sí, mi casa. Soy incapaz de escribir una línea "de novela" fuera de casa”.

 

Semillas de su última novela

Ya sea en un hotel, en la casa o en una redacción, cada uno de los tres escritores vivió también de manera diferente el destello de la luciérnaga que vislumbró la novela por la que aspiran a la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Son la prueba de lo que decía Proust de que todo libro está escrito y solo falta quien lo traduzca. En ellos no hubo soplo de inspiración. Hubo semilla. Semillas. Y la primera que prendió fue la de Vásquez. Todo “comenzó con el suicidio de Ricardo Rendón, un caricaturista colombiano de principios del siglo pasado”. Vásquez había crecido con sus libros y sabía que se había suicidado a tres calles del lugar donde hizo sus estudios de Derecho. “Pensé en escribir una novela sobre ese suicidio, y esa novela se fue convirtiendo en otra cosa: la historia de un caricaturista de mi tiempo que tiene a Rendón como referente moral y sufre él mismo su propia caída privada”. Así nació Las reputaciones.

La segunda semilla en prender fue la de Bonilla. En 2001, durante su beca en Roma para hacer una novela sobre los futuristas italianos que fueron a la Guerra Civil. Un día apareció el enfrentamiento entre futuristas rusos -bolcheviques y futuristas italianos -fascistas. “Entre los primeros se alzó gigantesca la figura de Maiakovski, que enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder, además de esa contradicción vital que marcó su destino de creer en el arte como instrumento de transformación social pero necesitar, para ello, llegar a un público amplio. Por debajo estaba su historia de amor con Lily Brik. Abandoné el proyecto que me había llevado a Roma, y me decidí a escribir una novela con/de/desde/sobre/para/trasMaiakovski, pero no encontré la manera hasta muchos años después”. Y le daría por título: Prohibido entrar sin pantalones.

En cambio en Chirbes fue su labor de observador de la vida: “Tenía que contar lo que veía, lo que (me) estaba ocurriendo, y daba vueltas para encontrar la forma en que podía hacerlo... no hubo primer soplo, sí que hubo semilla”; y la llamó En la orilla.

 

Influencias y guardianes

Cuando llegó el momento de escribir, en el caos o en el orden de las rutinas, aparecieron, sin más, escritores padrinos o guardianes concretos para cada una de esas novelas. En Juan Bonilla la conexión fue con su propio descubrimiento de la pasión lectora: la poesía. Los poemas de Maiakovski se instalaron de manera obvia y natural.

Chirbes “pensaba en escritores que se han empeñado en contar el mundo así, a lo bestia. Pensaba en Galdós, pero también en Balzac y Zola, en Tolstoi, en Dos Passos, sólo para ver lo lejos que están”. Mientras, en Vásquez, aparecieron las novelas cortas de Henry James, “con su ambigüedad y sus finales abiertos, estuvieron tan presentes como las nouvelles de Chéjov y ciertas páginas de Bellow”.

 

El fantasma de dejar de escribir

Aun con el éxito de estas y anteriores novelas las dudas o la crisis sobre el mismo acto de la escritura siempre está al acecho. “Por supuesto que sí”, atina a decir Bonilla. Cada vez que empieza una novela, Chirbes se lo dice, y se lo vuelve a repetir cuando la lleva a medias, y cuando la termina también. Solo Juan Gabriel Vásquez reconoce que nunca se le ha pasado por la mente no escribir, no sabría qué hacer con su vida.

Un deseo y una vocación de tres escritores levantada como uno de esos castillos o fortalezas de sus lecturas infantiles, rodeados de fosos con profundas aguas peligrosas donde ningún intruso entra o sale sin que ellos bajen el puente.

 El País, 25de marzo de 2014

Las estanterías de mi biblioteca, esa que existe en el mundo de la vigilia, están repletas de libros que reflexionan sobre el sentido de la literatura. Por qué se escribe. Para qué se escribe. Cuál es la finalidad de todo este esfuerzo a menudo ingrato. Son libros inútiles y a la vez profundos. Todos esconden un punto de verdad, pero ninguno es la verdad. Quizá porque no hay verdad ninguna que desvelar en este caso.
-No lo sé -confieso-. No creo que la literatura sea algo que tenga que ver con la felicidad o con el bienestar. Supongo que es algo que hay que hacer porque no queda otro remedio. Como respirar o comer. Si no respiras, mueres; si no comes, mueres. Hay personas, sólo unas pocas en realidad, que si no escriben, mueren.


NIÑOS EN EL TIEMPO, RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN, Seix Barral

MARY SHELLEY; FRANKENSTEIN

No pudiendo soportar por más tiempo la visión del monstruo, salí precipitadamente del laboratorio. Encerrado en mi habitación, di vueltas en el lecho sin poder conciliar el sueño. Pero el caos de mi espíritu terminó por disolverse vencido por el cansancio y, vestido sobre la cama, intenté disfrutar algunos momentos de olvido. Fue inútil. Pude dormir  un poco pero sufriendo siempre terribles pesadillas. Veía a Elisabeth, rebosante de salud, caminando por las calles de Ingolstadt. Sorprendido y jubilosos intentaba abrazarla, pero en cuanto mis labios habían besado por primera vez los suyos, palidecía como una muerta. Sus rasgos parecían corromperse y yo tenía la impresión de albergar en mis brazos el cadáver de mi difunta madre. Un sudario la envolvía, y veía reptar los gusanos por entre los dobleces de la tela.

Frankestein, Mary Shelley. traducción Manuel Serrat Crespo

MANUEL LONGARES; LOS INGENUOS

Al padre no le preocupaba el comportamiento de la hija en la Papelería de Cárdenas, sino el fanatismo del hijo en la tertulia de los cabales de Sócrates. Porque fue testigo de su arrebato con las intervenciones castizas de Cárdenas, le suponía con el virus revolucionario. Le hubiera gustado sondear a los asiduos a las Bodegas, pero como recelaba de que respondiesen con sinceridad al padre de la criatura, había pensado en Modes como detective. No le pedía que anduviera por el barrio con la sospecha, porque crearía alarma, sino que aprovechara la intimidad del dormitorio compartido para enterarse de las convicciones de Goyo.


Los ingenuos, Manuel Longares, Editorial Galaxia Gutemberg



Pongamos que hablo de Longares

Por: | 07 de septiembre de 2013
 
Después de Romanticismo, que es su obra maestra, y de Las cuatro esquinas, Manuel Longares le regala a Madrid, y a la literatura, otra obra de arte. Se titula Los ingenuos (Galaxia Gutenberg), es una novela en tres estampas, sucede en el siglo XX, desde que Franco gana la guerra hasta que el dictador muere, y está atravesada por el estilo que el escritor ha ido depurando hasta hacerlo tan propio y tan personal como, por ejemplo, fue el estilo en Baroja. Ya se sabe que es de Longares en cuanto oyes hablar al libro.
Es ligero y audaz, verosímil y andariego; las novelas de Longares se escriben andando, y se leen como si tú lo estuvieras acompañando en ese viaje por la entraña de un sitio que él conoce como nadie. Es una celebración de Madrid, de su callejero más tradicional y más cotidiano, por el Madrid que habla en las puertas y en los bares y que grita aún ¡agua va! o se enorgullece de las más minúsculas de sus pertenencias. Aquel Madrid pobre e ingenuo que aún habita en corralas y en rastros y que se sube a las novelas de Longares como si estuviera esperando que alguien como él fuera a recoger un testimonio oral que aún no ha diluido del todo su antigua ingenuidad. Un Madrid hablado que además habla incesantemente.
Escribe Longares como si estuviera allí, en la posguerra, en la que por cierto nació hace setenta años ahora, y como si transitara por los barrios a los que acudían los inmigrantes cuando casi toda España (ingenuos) creía que en Madrid los que vinieran no se iban a morir de hambre. Es el encuentro del mundo rural, o del pequeño mundo urbano, con la gran urbe; ésta se abre y se redistribuye, en tiempos verdaderamente oscuros; Madrid sueña con tener dos riberas, como Nueva York, como París y como Londres, y los que viven en un barrio piensan que cuando las cosas vayan mejor es en el otro lado donde deben seguir viviendo.
Las ambiciones son chiquitas y las actitudes son mezquinas; la gente compra y vende la voluntad y el alma, y hay aprovechados que hacen de su poderío una exhibición de maldad y de abierto latrocinio. El proceso incluye la educación sentimental, y sexual, de los hijos de esos inmigrantes, que paulatinamente se van haciendo madrileños, van ascendiendo en el conocimiento de los barrios que transitan y van convirtiendo la ciudad en su cómplice. Hasta que la ciudad es una maraña y tanto los nuevos madrileños como los viejos tratan de olvidar que hubo un trayecto y que éste fue verdaderamente difícil y oscuro.
Como en Rayuela, en Los ingenuos hay dos zonas, una sagrada, o mítica, en la que Madrid avanza hasta llegar a ser la urbe desarrollada que ve morir a Franco, y el empobrecido entramado del viejo Madrid, que no es ni elegante ni antiguo, sino rancio y cansado, un lugar revenido en el que viven y gritan personas que están tristes pero no llegan a saberlo nunca porque han perdido la noción de la alegría, de la ambición o de la esperanza. En medio hay destellos, que Longares va describiendo con una maestría que ya mostró en Romanticismo, acaso la mejor novela del final del franquismo de todas las publicadas en España hasta la fecha.
Es un libro sobre Madrid como alma y sitio, como cuerpo y alma, y por tanto como símbolo literario en el que se fija Manuel Longares para escribir casi toda su obra. Como si Madrid respirara, o no pudiera respirar, la ciudad aparece en esta novela como un personaje. En realidad, los personajes que pueblan Los ingenuos (esos ingenuos) son el coro que habla, pero es la ciudad la que transita, la que sufre y espera, como símbolo de un país que quedó a merced de la arbitrariedad y del desánimo.
No es, por otra parte, ni una novela de tesis ni de introspección; está llena de espejos y de peripecias, como las películas de Buñuel, y de gente, como los filmes de Azcona, Berlanga o Fernando Fernán Gómez, o como el mejor teatro de Buero Vallejo. Esas peripecias son incesantes y suculentas, las lees con la frescura con que se vivieron, aunque sea sólo en la mente del autor; a esa acción contribuye la extraordinaria capacidad para el diálogo y para la observación que son por otra parte seña principal de identidad de la literatura de Longares.
Aquí, en Los ingenuos, alcanza su máxima madurez el lenguaje del novelista de La novela del corsé o de Las cuatro esquinas. Decía Jorge Guillén que lo profundo es el aire. Longares alcanza la profundidad desde la ligereza, ese es su estilo, ríe y muestra, no se entretiene nunca. Sale uno de Los ingenuos habiendo vivido en la novela y me parece que queriendo más a esta ciudad que, en la escritura de Longares, parece más una persona que un personaje.

 

ELVIRA NAVARRO; LA TRABAJADORA

Pero ahora ocurría que mi volumen de trabajo había empezado a aumentar porque me daban más libros para corregir con agobiante premura, y ello implicaba esforzarme más y terminar algunos días no ya a las nueve o las diez, sino a las doce de la noche . A pesar de que estos libros urgentes habían comenzado a pagármelos, aún me debían las correcciones de meses anteriores. Me acordaba a veces de las pautas de la negociación de Win-Win, que aprendí también en aquel curso donde se nos enseñaba a los freelance a sacar partido de nuestra autonomía. Yo no tenía mucho que rascar, per me presentaba todo lo Win-Win, que podía para que Carmentxu estimara que las dos ganábamos algo con mi fidelidad. Se lo daba a entender con  una solicitud que durante la época en la que trabajaba en la oficina no había mostrado. No obtenía ningún tipo de prebenda ni de satisfacción personal con mi estrategia. Semana tras semana salía del despacho de mi jefa humillada no solo por mis condiciones cada vez más penosas, sino también por algo que no me gustaba admitir. Los sellos de ficción del Grupo Editorial Término publicaban  libros y autores de best seller y libros de autores literarios consagrados. Aunque yo no pertenecía a ninguna de las dos categorías y llevaba mucho tiempo afirmando que mi vocación de escritora había sido un espejismo, me sentía dolida por que mi jefa jamás hubiese mostrado el menor interés por lo que había hecho  y por lo que tal vez restaba por hacer.

La trabajadora, Elvira Navarro, Literatura Random House

EDUARDO SAN JOSÉ; SALVOMELIORI

Los textos que siguen son una selección personal de las reseñas y artículos de crítica literaria que durante la década de 2002 a 2012 escribí para periódicos, suplementos y revistas culturales. De esas colaboraciones escojo las ceñida al ámbito de la lengua española por ser las que pueden dar alguna imagen de la geografía reciente de las dos orillas de nuestro idioma y nuestra literatura. "Tránsito permanente" y "Los adioses" se trata de crítica de la narrativa hispánica contemporánea, restricción que además de obedecer a la mayor frecuencia con que me he dedicado al género debería permitir un discurso.

Del prólogo de Salvomeliori, Eduardo San José, editorial Laria






EL VICIO MÁS CARO DE TODOS

Ricardo Piglia, El último lector, Anagrama, 2005

Al margen de ñoñas invitaciones institucionales a la lectura con las que se nos tiende un libro desde razones en las que un auténtico lector nunca acabará de reconocerse y por las que un no-lector seguirá recurriendo, qué remedio, a productos más eficaces, nos llega este admirable ensayo de Ricardo Piglia sobre la experiencia de leer. Piglia (Adrogue, 1940), sin duda el escritor más interesante que han dado las letras argentinas en muchos años, nos pone ante una situación más realista, y mística, de la verdadera pasión de leer. Lo que, más que ofrecer, exige su invitación a los libros no está al alcance promocional de las instituciones educativas: dedicación exclusiva, retiro, insomnio, celibato, tergiversación de la realidad y la ficción, un entendimiento caprichoso e intransferible, rayano en la iluminación providencialista, y, sobre todo, somatización obligada a lo leído. El vicio más caro cuesta un ojo (Joyce), los dos ( Borges), y a todos, la vida vivida.
Se trata, claro, de un lector extremo, el que lee como si fuera el último lector, el único de una civilización extinguida o aletargada que quiere creer que lo escrito alude secretamente a su propia vida. Sobra decir que este lector heroico, lectora a menudo, debe amar la lectura, no los libros: debe ser, pues, lento; no pertenecer a la clase de los compulsivos, sino de los obsesivos. Leer es, para Piglia, descifrar, investigar, crear. No esperen encontrar en El último lector las especulaciones de Umberto Eco sobre el pacto de la lectura o las tribulaciones teóricas de la estética de la recepción, sino el puro ensayo autobiográfico sobre la psicología lectora, merecedor   de la estirpe diletante y erudita de Borges, Benjamin o Steiner, donde el rumbo imprevisto de la obra en marcha parece sorprender al propio autor. Pululan aquí lectores tan extraordinarios como Borges, apremiado por una inacabable biblioteca que oscuramente desearía que se quemara; Kafka, obligado al celibato sentimental con una mujer lectora-correctora- copista (muy interesante e capítulo dedicado a las esposas copistas); Che Guevara, que encontraba en el libro un espacio al fin privado, lejos del monolítico hombre de acción creado por el mismo; Joyce, o la escritura para sí mismo. De todos y muchos más, Piglia ofrece sagaces interpretaciones literarias a partir  de los hábitos lectores (a las que deberían echar un vistazo los especialistas escépticos sobre estos "divertimentos de escritor"). Y, desde luego, están Don Quijote, Anna Karenina, Robinson Crusoe, Auguste Dupin, Dahlmann, personajes oportunos, o, aquí sí, me permito echar en falta, la adorable casta de los lectores-autores encamados; pero nada falta ni sobra en este libro entusiasta y sin más conclusiones que los límites del sacramental lector que es Piglia.
Más allá, este ensayo es una herramienta muy útil para conocer los entresijos ficcionados de Respiración artificial (1989) o La ciudad ausente (1992): el valor determinante que Pigia le da a la descodificación, la gran libertad que deja a los lectores, ofreciéndoles la seguridad de la escasa innovación temática que aportan sus relatos, fundados siempre sobre otros libros y un par de viejas metáforas: el resto, casi todo, se lo regala a la delirante discreción del lector, engastado siempre en puro y precioso lenguaje.


Salvomeliori, Eduardo San José, editorial Lara




BENITO PÉREZ GALDOS; MIAU

Pues yo te sostengo... sí, por encima de la cabeza de Cristo lo sostengo... que mantener el actual sistema es de jumentos rutinarios... y digo más, de chanchulleros y tramposos... Porque se necesita tener un dedo de telarañas en los sesos para no reconocer y proclamar que el income tax, impuesto sobre la renta o como quiera llamársele, es lo único racional y filosófico en el orden contributivo... y digo más; digo que todos los que oyen son un atajo de ignorantes, empezando por ti, y que sois la calamidad, la polilla, la ruina de esta casa, y la filoxera del país, pues le estáis royendo y devorando la cepa, majaderos mil veces. Y esto se lo digo al ministro si me apura, porque yo no quiero credenciales, ni la colocación, ni derechos pasivos, ni nada; no quiero más que la verdad por delante, la buena administración, y conciliar... compaginar... armonizar los intereses del Estado con los del contribuyente.

MIAU, Benito Pérez Galdos, 1.888

CARLOS CASTÁN; LA MALA LUZ

Tras concienzudas relecturas de novelas del siglo XIX y principios del XX, con la prosa desatada de Proust, Baroja o Thomas Mann, le había dado últimamente por volver a meterse de lleno con la poesía de Jabès y de Celan, viejos conocidos, e incluso había aprendido al dedillo algunos poemas de Amapola y memoria y La rosa de nadie, de los que buscaba traducciones distintas que luego le gustaba que comparásemos aun sin tener ninguno de los dos idea de alemán. Solía pasarse a la poesía solamente en las épocas en que peor estaba su cabeza y le costaba concentrarse y hasta sentarse a leer sin necesidad de tener que levantarse de la butaca cada dos por tres para recorrer el pasillo arriba y abajo o servirse cualquier cosa del frigorífico o del mueble bar. Me puso al tanto de la biografía de Celan y de sus versos adictivos. De hecho consiguió que yo acabase empapado por entero de Celan, al que empecé a imaginar siempre en medio de un paisaje nevado, con un nudo en la garganta, dueño de una tristeza inhumana y de la culpa que ni un solo día de su vida le dejó desterrar de la mente la imagen de sus padres muertos, tendidos sobre el frío, en el campo de Mijailovka, a orillas del Bug.

LA MALA LUZ, Carlos Castán, Editorial Destino

ISAAC ROSA; LA HABITACIÓN OSCURA

Ni siquiera aquí, en la habitación oscura que para algunos es todavía una estación principal pero para otros hace tiempo que es una vía muerta: se nos ve entrar y salir, de uno en uno y eligiendo casi siempre el lateral, y marchar de aquí como proyectiles, porque detenerse, siquiera aflojar el paso, significa perder ritmo, descolgarte ser pisoteado por los que corren detrás, no llegar, caer. La proyección parece acelerada pero esta vez no hay intención de pasar deprisa las imágenes, no es otro time-lapse: es el ritmo real de aquel tiempo, tan reciente aunque parezca lejano, cuando pedaleábamos con más furia que nunca porque presentíamos lo que acabó ocurriendo: de repente la máquina prodigiosa empezó a ralentizar su marcha, por mucho que nos esforzábamos en hacer girar las biela, en empujar, en arrojar nuevas paladas, el mecanismo se atacaba, perdía velocidad, nuestros movimientos siendo raudos, compulsivos para mantener la ilusión de vértigo, pero alrededor, todo iba frenándose, las grúas que hilvanaban edificios cada vez más despacio hasta que un día encallaron; las puertas acristaladas que como parpadeos abrían y cerraban automáticas ahora endurecían su engranaje hasta atascarse; los enormes rótulos luminosos que señalaban el horizonte se volvieron intermitentes, débiles, algunos no tardaron en fundirse; en los raíles había tropiezos, descarrilamientos, atropellos, elementos desorientados que caminaban hacia atrás;


La habitación oscura, Isaac Rosa, Seix Barral

POR SI SE VA LA LUZ: LARA MORENO

El corazón de Nadia late un poco más fuerte mientras investiga los títulos sin tocar ninguno. No esperaba nada de esto, por lo que cualquier cosa iba a sorprenderla, pero la colección la deja abatida, no sabe por donde empezar. Intenta memorizar nombre de autores y títulos, los diferentes géneros y temáticas, hay clásicos, libros divulgativos que le dan pavor y muchas mujeres, lo que le extraña. Está a punto de darse la vuelta y preguntar qué hacen allí libros como las confesiones de Tsvitáieva o la obra poética completa de Rimbaud, pero sabe que cualquier biblioteca es un misterio y a la vez una huella digital engañosa. Por otra parte no quiere decantarse por ninguno porque no se atreve a descubrirse. Ella, en realidad, va a empezar a leer por primera vez. De qué sirve todo lo que ha leído antes o de qué le ha servido, y a la vez lo que lea a partir de ahora será lo último, por lo tanto lo más definitivo y lo menos importante.

Por si se va la luz, Lara Moreno, Lumen


Polvo en el neón es una obra atípica y exquisita. En ella se combinan la prosa limpia, precisa y llena de texturas del escritor Carlos Castán y las imágenes del fotógrafo Dominique Leyva. La historia gira en torno al reencuentro consigo mismo del protagonista (Quinn) a través de su viaje para tomar posesión de un motel que le deja en herencia una tía lejana. Quinn deja en casa una mujer que le engaña, una amante despechada, y en el camino va reencontrándose con antiguas pasiones y con los restos de su naufragio familiar. Polvo en el neón es una historia de viajes interiores y exteriores, donde el cambio de motel, cada nueva habitación, los gestos de cada conserje o los sonidos de las habitaciones de los vecinos, son una maravillosa alegoría del vacío interno que el protagonista está empeñado en investigar, conocer y destruir, sin percatarse que esto mismo que desea aniquilar es la propia esencia de su ser.






Piensa en el mar como concepto o símbolo de algo bello y borroso, un lugar donde todos los paisajes se resuelven y ante cuyo despliegue de inmensidad claudica el desierto con todas sus toneladas de sed y sus innumerables alimañas. El mar como un lugar limpio donde nadie entierra cadáveres y los tapa con piedras y tablones, ni alijos ni maletines llenos de dólares manchados de sangre, un sitio en el que no hay hogares donde derretir la médula de una niña, ni casquetes de bala reluciendo al sol ni nidos donde se amontonan las culebras.

Polvo en el neón, Carlos Castán. Fotos de Dominique Leyva.  Tropo Editores

MEJOR HOY QUE MAÑANA; NADINE GORDIMER





MEJOR HOY QUE MAÑANA, editorial Acantilado,  el nuevo libro de Nadine Gordimer ( Gauteng, 1923), Premio Nobel de literatura en 1991.

Nadine Gordimer incesante luchadora contra el apartheid a su 90 años pone de nuevo la atención en Sudáfrica aunque sea muy diferente a la Sudáfrica que aparecía en otras novelas suyas  como: Un invitado de honor (1970) o El conservador (1974).







Todo surge de la creación del personaje. Los escritores somos excepcionalmente observadores, en eso somos un poco como los niños. Nosotros no nos fijamos sólo en lo que se  está diciendo, también observamos el lenguaje corporal. Y todo eso lo utilizamos para crear a personajes que respiran vida. Toda escritura es un viaje de descubrimiento. Estamos investigando en la vida de distintas personas, en distintas circunstancias y edades. Es un viaje al misterio de lo humano. Es lo que encuentras en los grandes autores, los que me han iluminado, de Tolstoi a Shakespeare o Proust. Los escritores tenemos que tener esa facilidad para meternos en la piel de otras personas que no tienen nada que ver contigo. Si no sabes penetrar en la intimidad de tus personajes, no eres un escritor.

Extracto del artículo de Juan Sardá aparecido en EL CULTURAL  8/11/2013 

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