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Porque escribir, pensaba yo, es estar más despierto de lo normal. Un espasmo de lucidez recorre todo, nos sacude el sistema nervioso con una sobrecarga de vitalidad, de plenitud, de audacia, de algún modo hay que canalizar toda esa energía dispersa y un tanto alucinógena que desborda la conciencia. De la euforia molecular hasta el folio. Entran ganas de cantar, de bailar, de recibir una bofetada o un electroshock. En lugar de eso, volcamos toda esa actividad frenética hacia dentro y nos encontramos con enfilar, con gran aplomo, un signo negro tras otro.
De modo que yo escribía. Llevaba varios años buscando un lugar acogedor para escribir, sin encontrarlo, rastreando estudios y apartamento, entrevistándome con porteras y encargados de inmobiliarias y otra vez porteras, regateando precios de alquileres, anotando números de teléfono en papelitos y transcribiendo los mensajes que voces misteriosas dejaban al anochecer en el contestador; hasta que un día terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino solo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuanto más lejos mejor. Y en esto -pero solo en esto- se parece un poco a la felicidad.
Los horarios cambiados, Técnicas de iluminación, Eloy Tizón, Páginas de Espuma
De modo que yo escribía. Llevaba varios años buscando un lugar acogedor para escribir, sin encontrarlo, rastreando estudios y apartamento, entrevistándome con porteras y encargados de inmobiliarias y otra vez porteras, regateando precios de alquileres, anotando números de teléfono en papelitos y transcribiendo los mensajes que voces misteriosas dejaban al anochecer en el contestador; hasta que un día terminé rindiéndome a la verdad: que no existe nada parecido a un lugar acogedor para escribir. Que escribir es, en sí mismo (tiene que serlo), lo contrario del hogar: un lugar inhóspito, manicomial, un sótano con poca luz y humedad excesiva. Desde entonces dejé de buscar, me conformé con lo que tenía, me relajé. Asumí que escribir no es ese espacio apropiado para instalarse en él durante largas temporadas, sino solo para hacer visitas breves, entrar y salir, y el resto del tiempo pasarlo fuera y a ser posible lejos, cuanto más lejos mejor. Y en esto -pero solo en esto- se parece un poco a la felicidad.
Los horarios cambiados, Técnicas de iluminación, Eloy Tizón, Páginas de Espuma
Etiquetas: CUENTO
LA GOTERA
La casa tenía una gotera que caía- plot, plot, plot- sobre el fregadero y sonaba metálicamente igual que el corazón de un hombre de hojalata. Pensaban que era el ruido el que no les dejaba dormir, ni leer, ni hacer el amor. Pusieron un vaso debajo de la gotera. Sonaba distinto-plin,plin, plin-,casi desde lejos, como si estuviera cayendo al otor lado de las paredes de su casa. Era más llevadero.
Poco a poco el vaso se fue llenando. Mientras leían cuentos tristes se imaginaban cómo iba iba llenándose. Gota a gota. Al mismo tiempo que trataban de dormirse, sin conseguirlo, contaban la gotas como quien cuenta ovejitas durante el insomnio. Se besaban, hacían el amor mecánicamente y el ritmo de la gotera se transformaba en el diapasón de sus torpes movimientos. Pero un día la gotera dejó de sonar-silencio-y volvieron a leer y a dormir. Y a escucharse el uno al otro.
Se les quitaron entonces-definitivamente-las ganas de hacer el amor. A veces él susurraba al oído de ella:"plot". Otras veces era ella la que se acercaba a la oreja de él y murmuraba:"plin". Pero nada.
Lugares que nos habitan, Marta María López, editorial Baile del sol
Durante muchos años Marta María López (Riberas, Soto del Barco, 1975) ha venido publicando cuentos y reseñas en dos blogs muy seguidos (Relataria y, últimamente, en El Desván de los Libros). El fruto de este trabajo previo es «Lugares que nos habitan», una colección de relatos breves que acaba de ver la luz en una de las editoriales independiente más respetadas del circuito nacional: Bailes del sol.
«Lugares que nos habitan» son historias sobre las relaciones conflictivas en los espacios más surrealistas de todos. Los relatos contenidos en este debut en las librerías beben a tragos en referencias lectoras.
Marta María López es profesora en el Instituto de Secundaria Ramón Menéndez Pidal de Avilés. Sus primeros textos salieron en la revista «Pretexto», que se editó en los pasados años noventa en la Universidad de Oviedo.
Etiquetas: CUENTO
Ignacio del Valle ha publicado su primer libro de relatos. "Caminando sobre las aguas", un conjunto de historias con las que este escritor demuestra que no teme descender a los infiernos.
A continuación uno de los relatos que recoge el libro y que ha aparecido en el diario El Comercio, titulado Dromeda.
DROMEDA
La niña ha sido la única que lo ha visto. La única que cuando aparezca el furgón de atestados podría contarle al agente que, mientras ella se encontraba intentando sacar un grillo con una ramita de una de esas guaridas tan incómodas donde se esconden, en uno de los márgenes de la carretera que cruza el bosque de Dromeda, justo en mitad de la recta donde los coches suelen coger más velocidad, la ranchera efectuó un giro brusco, inexplicable, que la hizo volcar, dar varias vueltas de campana -no recuerda cuántas- y empotrarse de lado, boca abajo, contra uno de los árboles que orillaban el asfalto. Asimismo, la niña podría probar que, a pesar de hallarse entretenida con su particular caza menor, no perdió detalle del accidente debido a que segundos antes había oído el motor aumentando de revoluciones y, aunque los coches no le llamaban demasiado la atención, el color gris metalizado de la ranchera destellando contra el sol vertical del mediodía la había hechizado momentáneamente. El choque provocó el aleteo y la fuga de aves entre la frondosidad, y que el grillo tras el que tanto había porfiado diese un salto fuera de su guarida y desapareciera. Cuando la hojarasca, la madera, el metal y el eco sonoro cedieron poco a poco a la gravedad, un silencio hondo volvió a tomar posesión del bosque. Únicamente un hilillo de música -Bach, identificó más tarde uno de los agentes- continuó discurriendo entre el silencio.
La niña no ha llorado ni gritado; ni siquiera tiembla. Espera un rato más, entra en la carretera y camina hacia la ranchera. La música tira de ella como encantada por un flautista. Cuando llega a la altura de la puerta trasera, se pone en cuclillas y observa, a través del cristal roto, la cabecita ensangrentada de otra cría, aproximadamente de su misma edad, que a su vez la observa a ella con unos ojos marrones y fijos. La niña no se extraña de la imposible postura en que esta se encuentra, exactamente igual a su muñeca cuando se le cae al suelo y su cabeza adopta un absurdo ángulo respecto al cuerpo y un brazo se tuerce hacia delante y una pierna hacia atrás. Permanece un tiempo indefinido contemplando el cuerpo desmañado y, cuando cree que ya ha visto todo lo que tenía que ver, siempre en cuclillas, se mueve hacia el asiento delantero. Junto al volante, descubre un perrito de plástico afirmando con su cabeza flotante que aún quedaban restos de violencia centrífuga y, a su lado, un hombre con la cuenca de un ojo vaciada y una rígida expresión de sorpresa en la cara. La niña todavía se mantiene algunos minutos más en tertulia silenciosa con los cadáveres, mientras Bach, con su magia blanca y negra, continúa dotando a la escena de tintes oníricos. Luego, confirmando una vez más a su alrededor que no hay nadie a quien pedir ayuda, la niña vuelve a la ventanilla trasera, junta sus manos de una forma incómoda a fin de poder introducirse en el interior de la ranchera, y se encaja allí como puede, junto a la otra niña, pegada a ella, para que no esté tan sola hasta que llegue alguien.
El bosque de Dromeda cruza la provincia de norte a sur, y una autovía cruza el bosque de Dromeda de este a oeste. Antes de que la autovía, de reciente construcción, abriese el bosque en canal, se tardaba una eternidad en rodearlo por la antigua carretera que lo circunvalaba uniendo las dos ciudades más importantes de la provincia, situadas cada una en los extremos contrarios de Dromeda. Por esta autovía, y tan nueva como ella, avanza a buena velocidad una ranchera gris metalizada que acaba de ser estrenada por su propietario. Este es un hombre de mediana edad, perfectamente identificado con su vehículo; con el constante, predecible runrún de su motor, con la elegante ergonomía del tablero de mandos, con la decidida respuesta del volante, con la agradable habitabilidad del interior, porque el hombre conduce su ranchera como conduce su vida, agarrado a un timón firme que transmite con seguridad el rumbo que elige; en este caso, un entorno familiar con mujer y una niña donde alcanzar el grado máximo de la felicidad: la monotonía. Al llegar a una recta, el hombre aprieta el volante con un poco más de fuerza y acelera entre las olas verdes de los árboles. Le gusta agarrarlo con ambas manos, sentir que tiene una sensación de control sobre las cosas. De hecho, ese día, desde que arrancaran, únicamente ha dejado de agarrarlo así una vez. Aunque, en realidad, para ser exactos, fueron dos. La primera, cuando se puso a revolver en la guantera en busca de un compacto de Bach y lo introdujo en el reproductor. Nada más ponerlo en marcha, la música provocó que en el asiento trasero, su hija, a la que llevaba ese día a visitar a su abuela, saliera del mutismo contemplativo en el que la había sumido el bosque y comenzase a quejarse. La segunda, cuando al cabo de un rato, harto de soportar la tabarra de la cría, intentó quitar el compacto. Un intervalo en el cual, entre la ofuscación del momento y la distracción de la maniobra, la ranchera se escoró hacia el arcén de tal forma que, para cuando el hombre se dio cuenta del peligro que corrían, el margen de reacción se había estrechado tanto que el volantazo que dio sólo sirvió para que, en una averiada relación de espacio, velocidad, gravedad, azar y tiempo, el vehículo hiciera un extraño que lo lanzó por los aires. Un grito animal, aterrorizado. Una rotura de cristales. Luego, silencio. En los ojos del hombre, todo duró un instante o duró para siempre.
La niña ha muerto en la primera vuelta de campana. El golpe inicial contra el techo fue suficiente para romperle su delicado cuello. En su rostro ha quedado congelado el horror posterior a la mueca de disgusto que le provocó el compositor preferido de su padre. Una mueca muy parecida a la que compuso horas antes cuando fue obligada a prepararse para ir a ver a su abuela, una mujer por la que no sentía adoración. No sólo porque es una mujer severa y poco cariñosa -además de que no le permite tocar nada de su casa y va detrás de ella advirtiéndole esto o lo otro o lo de más allá-, sino porque odia profundamente esos besos rasposos que le da con su piel árida y llena de pelos negros. Lo único que la consuela de su obligación es el extraño placer que le produce el bosque de Dromeda -una emoción casi sexual que prefigura su entrada en la adolescencia-. Desde que han entrado en él, no puede dejar de mirar por la ventanilla. Ya antes de que la recién inaugurada autovía atravesara el bosque, cuando en alguna ocasión tenía que ir a visitar a su abuela, residente en la ciudad gemela del extremo opuesto, se sentía atraída por su inmenso e impenetrable borde vegetal. La noticia de que la autovía se hallaba en los últimos estadios de su obra le había producido una sensación extraña, parecida a la que experimentaría la madera clara, astillada, del árbol contra el cual se ha estrellado la ranchera; una madera que se ha encontrado con un mundo que no estaba destinada a ver. De hecho, y para acelerar su obsesión, había comenzado a soñar con Dromeda cada noche. Sueña que camina sobre sus mullidas alfombras de hierbas y hojas, con el viento susurrando entre las ramas, mientras se interna en su frondosidad a través de túneles vegetales cruzados por rayos de sol que se multiplican en las gotas de rocío posadas sobre las hojas, y cuyos finales están siempre en penumbra. Sueña que se echa bajo las verdes bóvedas, entre los helechos, el follaje húmedo, musgosos fragmentos de corteza, piñas descompuestas... y que se queda quieta, muy quieta, en un vivero de rumores y con todo el cielo verde concentrado en sus ojos, y hace como que es Dromeda, tiene raíces, respira lentamente, se hunde en las profundidades de la tierra, oscura, y observa a los gusanos, animalillos extraños, hilillos de agua, huesos, temblores, y luego mira hacia la luz, asciende como la savia hacia ella, hacia el sol, queda ciega por el sol, arriba, en las copas de los árboles, donde la luz nace, y luego vuelve abajo, donde se extingue, arriba y abajo, arriba y abajo, respirando, respirando, respirando. La música de Bach comienza de repente e interrumpe sus pensamientos, devolviéndola al interior de la ranchera desde la que ha estado contemplando el continuo verde de Dromeda. Frunce el ceño y endurece los músculos con tal intensidad que el esfuerzo produce una contracción espasmódica de sus labios. La música la molesta, la distrae de su comunión silenciosa con Dromeda, de su atención, y la niña comienza a quejarse, a patalear, con los ojos cerrados; y no los abre hasta que la música cesa y lo último que ve es a su padre forcejear con el volante. Luego, comienza a gritar.
La mujer, medio dormida, sobresaltada, cruza la casa a toda velocidad hasta llegar a la habitación de su hija y prende la luz. En la cama, profiriendo aún unos alaridos ensordecedores, la niña permanece aferrada a la almohada. Su madre se precipita hacia ella y la abraza contra su pecho, pero la cría continúa lanzando aullidos discontinuos, con los ojos horrorizados, clavados en el techo. Con un sentimiento de culpa y embarazo, desplaza todo su amor a sus brazos, la estrecha contra su pecho y comienza a ceñir su voz a una letanía ancestral que va desactivando poco a poco su miedo. Una pesadilla más, piensa la madre. Su hija llevaba una semana inquieta, despertándose sobresaltada, pero nunca con tanta exageración. Preocupada, continúa moviendo sus manos sobre ella como una pianista sobre un teclado conocido, y el llanto va perdiendo la partida hasta que, agotada, la niña va poco a poco volviendo al sueño del que fue expulsada. La madre permanece con ella y, cuando se halla segura de que sus arrullos han dado resultado, arropa a la cría y vuelve a su habitación. Se acuesta y se acopla al cuerpo de su marido para recuperar el calor. Este murmura entre la atonía del sueño si ha sido lo de siempre. Su mujer se aprieta fuerte contra él y le susurra que sí, pero que tampoco en esta ocasión se ha acordado del sueño. Sólo recuerda un grillo, acierta a silabear antes de dormirse, un grillo que se le escapa. Habrá que comprarle uno, resuelve su marido un instante antes de seguirla.
"Caminando sobre las aguas" Ignacio del Valle, editorial Páginas de Espuma
Etiquetas: CUENTO

El pulpo
Soy capaz de orientarme gracias al olfato, tengo un par de ojos muy perfeccionados y utilizo el sentido del tacto para cortejar a las hembras. Cambio de colores según mi estado de ánimo: blanco cuando estoy muy asustado, y rojo cuando me pongo de mal genio. Además, cuando me amenaza un peligro, suelto a mi alrededor una nube de tinta, del mismo modo que algunos hombres, en circunstancias parecidas, tratan de ocultarse tras las palabras más adecuadas. Yo creo, sinceramente (y no es que quiera presumir de ello) que no somos tan distintos. Lo que más me distingue de esos hombres es que yo tengo ocho brazos.
Javier Tomeo, Cuentos completos, Paginas de Espuma
Etiquetas: CUENTO
Treinta expertos consultados por Babelia han elegido El arenque rojo como su álbum ilustrado favorito, ¡Shrek! para los primeros lectores y La isla de Bowen para los adolescentes
Esta es la lista de los outsiders. Y no porque los menores de edad -la franja de edad que indiscutiblemente más lee- tengan unos gustos fuera de los márgenes literarios, sino porque los medios viven de espaldas a esta comunidad lectora grande, fiel, estable e imaginativa. Por primer año Babelia-que presentará este sábado, como cada fin de curso, su lista de los mejores libros de narrativa, poesía, biografía y ensayo para adultos- se acerca a los gustos literarios de los pequeños y los adolescentes. Una treintena de investigadores de literatura infantil y juvenil, libreros, animadores a la lectura, profesores y blogueros (ver la lista al final de este post) han elegido en tres categorías los mejores libros del sector en 2012.
Gonzalo Moure y Alicia Varela han ganado en la categoría de Álbum Ilustrado con El arenque rojo, un cuento sin palabras en el que el lector imagina la historia, que no trascurre en un acuario sino en un parque. En Primeros lectores el primer puesto es para ¡Shrek!,de William Steig, el ogro verde que originó las populares películas de Dreamworks. Y de un catalán,César Mallorquí, es el premio Edebé de este año, La isla de Bowen, considerada por los expertos como la mejor novela juvenil del 2012.
Se cumple con esta encuesta la petición del cuentista Pep Bruno que se quejaba en nuestro twitter de la ausencia de LIJ en las listas: "¿No tenéis lectores padres/madres, profesores/as, educadores/as? Seguro que sí, habría respuesta y sería interesante". Ahora querríamos conocer los gustos de los lectores.
Etiquetas: CUENTO, DE LIBROS Y ESCRITORES
"Sin pretender sin más que nadie, yo peleo contra el idioma, es mi manera de escribir"
Ensimismada correspondencia, finalista del II Premio de Narrativa Breve Ribera de Duero, es un nuevo alegato de Pablo Gutiérez a favor de la prosa contundente y efectiva.
Ya anochece, comienza el asedio de los mosquirtos. ¿Recuerdas?, Detlef encendía varitas de incienso para ahuyentarlos y nos perseguía para que apagáramos las luces. Sentados alrededor de aquella mesa de tabla, bebiamos cerveza a oscuras y lo dejábamos hablar sobre el cataclismo hacia el que el mundo se dirigía invariable. Detlef no podría creer que la humanidad sobreviviera al final del siglo XX, estaba convencido de que viviamos en un periodo terminal de la historia planetaria, la consumación de una estación fugaz, simios humanoidesque esquilmaron la Tierra, los rusos lanzarán sus misiles y en un automatismo se abrirán los silos de la Montañas Rocosas para devastar Volvogrado, Moscú, San Petesburgo, las construcciones humanas serán escombro y ceniza, los cadáveres se amalgamarán al hierro y el cemento fundido, sobre las ruinas de la cicilización arrasada no quedará nadie para encontrar una elegía.
"Ensimismada correspondencia" Pablo Gutiérrez, editorial Lengua de Trapo.
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Etiquetas: CUENTO, DE LIBROS Y ESCRITORES
Antonio Muñoz Molina repasa su vida como lector de relatos con motivo de la recopilación de toda su ficción breve en 'Nada del otro mundo' (Seix Barral). El volumen incluye el cuento inédito 'El miedo de los niños'1969, o por ahí: en el escaparate de una papelería de Úbeda me llamó la atención una portada y un título. Cuentos de terror, Edgar Allan Poe. La palabra terror y el nombre de Poe me sonaban de aquellas películas truculentas con Vincent Price. La portada, en la inolvidable colección Libro Amigo, de Bruguera, parecía más de película de miedo que de antología literaria (pero yo ignoraba lo que era una antología y hasta probablemente lo que era la literatura): la foto de una calavera encima de la cual ardía una vela. La cera derretida se extendía sobre el hueso pelado. Ahorré para comprar el libro y durante no sé cuánto tiempo fue mi única lectura. Leer por primera vez Los crímenes de la calle Morgue, El corazón delator, La barrica del amontillado o La caída de la casa Usher cuando todavía se tiene la imaginación modelada por los cuentos infantiles lo deja a uno tocado para siempre: el fulgor del misterio encerrado en unas pocas páginas; la zona de sombra que rodea a las palabras escritas y que ni siquiera al final es disipada por ellas.
'El nadador', de Cheever, historia que se recuerda como larga y morosa
Alice Munro puede comprimir novelas enteras en dos o tres páginas
El impacto de leer el principio de 'El Aleph', de Borges, todavía permanece
En la austeridad radical de Rulfo no parecía que hubiera ningún artificio
- 1973. Un amigo de fuera que ha traído a nuestra ciudad interior la tentación y el sobresalto de una música pop que nosotros apenas habíamos escuchado hasta entonces -The Doors, Jimi Hendrix, The Animals- me da a leer una historia que no se parece a nada que yo haya leído hasta entonces, escrita por un autor del que no sé nada. La isla a mediodía, de Julio Cortázar. Sé que es otra forma de literatura, pero no acierto a saber por qué. Tiene misterio y casi no tiene argumento. Está escrita en un idioma que fluye como fluye la música en una buena canción. Termina y no termina. La sensación que deja pertenece a la poesía casi más que a la experiencia de lo narrativo.
Etiquetas: CUENTO
Es sólo un hombre—mira—, un hombre viejo, y enfrente, una mujer, vieja también. Entre los dos, un fuego. Ambos, el hombre y la mujer, están sentados, cada uno en un sillón. Se ve además, tumbado a los pies del hombre, un perro—ven acércate—, un perro viejo y noble, corto de vista, un animal apacible cuyos antepasados aullaron noches enteras a la luna y olisquearon los confines del mundo. El hombre, su amo, vivió también un pasado glorioso. Hubo un tiempo en que a su paso las gentes torcían las cabezas y hablaban por lo bajo. Pero eso ocurrió en los años en que el hombre edificó poesías y compuso catedrales; ahora el hombre no sale de su hogar. Prefiere quedarse en su salón, con su perro y su mujer, contando las arañas. La mujer, en cambio, borda. Borda las páginas de un libro con letras de seda. Ella tampoco sale—en realidad siempre salió más bien poco, incluso en los tiempos en que las gentes torcían las cabezas y hablaban por lo bajo al paso de su hombre—, aunque también tuvo su momento de gloria cuando, tras las primeras sangres, dio a luz a un niño de barro. Pero ahora sólo es una mujer, una mujer vieja, y enfrente, un hombre, viejo también. Y entre los dos, el fuego, ese fuego que crepita la murria del invierno. Concéntrate en el fuego, en las crestas, en los espasmos, en las crepitaciones, en las llamas que se extinguen y renacen llamas. El hombre, la mujer y el perro no importan, aunque sean viejos. Sólo cuenta ese fuego. Ese fuego vivo. Ese fuego cambiante. Ese fuego ancestral. Míralo. Prolóngate en sus llamas. Míralo, mírame, sí. Llena mis ojos con tu imagen. El hombre y la mujer no importan. Míralo y mírame, y dime que no te gustaría atravesarlo. No se trata de arder, eso es sencillo. Eso no es nada. Yo hablo de atravesar las llamas, de ir al otro lado. El hombre y la mujer no importan. Es sólo un hombre, un hombre viejo, y enfrente, una mujer, vieja también.
La vida discontinua es uno de los cuentos que aparecen recogidos en el libro de Juan Carlos Márquez Llenad la tierra de la editorial menoscuarto.
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Casa tomada
Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.
Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.
Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.
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