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Relato ganador del primer premio en la edición 2014 del Certamen de Narrativa Breve  8 de Marzo "La Salud y el Bienestar de las Mujeres" del Ayuntamiento de Valencia.

 
 
EL CUECELECHES

 

Cada mañana, de su furgoneta de reparto un sonriente lechero bajaba un cántaro de leche recién ordeñada  que subía hasta nuestro piso y la medía por cuartos en el descansillo. Al marchar dejaba un olor a vaca que nos sugería una forma de vida exótica, pues mi hermana y yo no teníamos más contacto con la vida rural que los prados colindantes de los que traíamos las rodillas tatuadas de verde cuando jugábamos en ellos. Los prados rodeaban por tres partes nuestra vieja y solitaria casa. Solo teníamos un vecino abajo, un señor de  unos treinta años que quería aparentar ser simpático pero cuya mirada rápida y huidiza no nos gustaba. Por delante  de la casa  una carretera conectaba la ciudad con nuestro extrarradio y los pueblos limítrofes y a continuación había otra gran parcela por la que se escondía el sol al atardecer. Eran prados urbanos, sin animales. Solo había en ellos insectos que, años más tarde, mi hermana y yo atraparíamos con un cazamariposas  para meterlos en formol, insertarlos en finas agujas y exhibirlos en cajas de tapa de cristal en los estantes de la vitrina del salón.

Una vez que mi madre cerraba la puerta al lechero pasábamos por debajo de la cortina de terciopelo que separaba el vestíbulo del pasillo y nos adentrábamos en ese túnel con forma de U mayúscula que por el día, iluminado por la luz de las habitaciones, era agradable con su papel pintado de color verde y los cuadros que adornaban sus paredes, pero que a la luz artificial se convertía en un trozo del laberinto del Minotauro. Nuestra pequeña comitiva avanzaba hasta la cocina. Allí nuestra madre encendía el fuego de gas y colocaba “el cueceleches” sobre él. Ese hervidor azul con su chimenea central nos fascinaba. Mi hermana y yo mirábamos extasiadas cómo un chorro blanco  comenzaba a brotar por el cilindro, al principio de forma tímida, apenas lo justo para ir sobrepasando el borde de la chimenea y resbalar por su parte externa y luego con fuerza, como una fuente de líquido espumoso que iba cambiando de sonido hasta que su mutismo nos indicaba que era el momento de apagar el fuego. Así, cada mañana, a eso de las once,  acabábamos con las mejillas ligeramente sonrojadas por el calor de la cocina y los ojillos brillantes. Procurábamos demorarnos por la cocina y  aprovechar los ires y venires de nuestra madre para birlarle algún dulce o poner en alto el bote de leche condensada y dejar que un chorro dulce y denso cayera sobre nuestras bocas glotonamente abiertas. Luego salíamos riendo felices, viviendo el presente sin recordarnos protagonistas de otros momentos en los que en la oscuridad del pasillo habíamos sentido un soplo en nuestros cuellos, un empujón en nuestro cuerpo, un susurro cercano, un olor diferente o golpes en las paredes. Sin recordar cómo nuestros músculos se encogían y no éramos capaces ni de chillar. En cuanto podíamos salíamos disparadas hacia nuestra habitación, cerrábamos la puerta, nos escondíamos bajo la colcha y nos abrazábamos a nuestra manera. Luego juntábamos nuestras cabezas hasta conseguir el valor suficiente para volver a salir. Muchas veces era nuestra madre la que se daba cuenta de que algo ocurría y venía a buscarnos a la habitación. Se sentaba en la cama a nuestro lado, abrazaba nuestro cuerpo, acariciaba nuestros rizos negros, nos daba un beso, nos cogía de la mano y nos llevaba pasillo adelante hasta el comedor.

Nuestro padre no solía cenar con nosotras, al salir del trabajo se quedaba en el bar. Siempre supimos que era para no vernos, aunque también pensábamos que, a su manera, nos quería pero que sentía vergüenza de nosotras y que por eso nos mantenía tan alejadas  de todo, hasta de la escuela.  No echábamos de menos estar con otros niños, sobre todo cuando hacía buen tiempo y salíamos a correr por los prados con el cazamariposas. La colección de insectos fue creciendo año tras año, a la par que nuestro miedo a recorrer el pasillo se transformaba en curiosidad. ¿Notaremos algo? Y si así era, nos esforzábamos por tomar fiel registro para luego comentarlo entre nosotras. Sí, estábamos cambiando mucho. Un día nos dimos cuenta de que nos gustaban los chicos, los de la televisión, porque seguíamos sin ver a ninguno real hasta que una mañana, sobre las once, al oír el timbre salimos con el hervidor  y vimos detrás del lechero a un muchacho de nuestra edad, su hijo. Su padre quiso presentarnos: “Julián, estas son Carmen y Yolanda”. Entonces avanzó un par de pasos y mirando hacia el suelo, temblando,  nos tendió una mano. No quisimos prolongar su malestar. Dejamos el cueceleches en el suelo y nos fuimos llorando por el pasillo. Esa vez no nos preocupamos de si había, o no, fantasmas. Nos dimos cuenta cabal de que el tema de los amoríos no era para nosotras. Quizás para compensarlo comíamos muchos dulces y aprendimos a hacer polos en el congelador. Nos enseñó Paloma, la chica que venía a darnos clase. Antes, cuando éramos más pequeñas nuestra madre nos daba lecciones y cuando supimos tanto como ella, cuando los libros que nos compraba papá dejaron de ser suficientes mamá se propuso convencer a esa chica para que viniera a casa. Había acabado Magisterio por ciencias, pero nuestra colección de bichos creo que le revolvió el estómago solo un poco menos que el vernos por primera vez. Porque hay que entender que para la gente éramos raras y, además, Paloma estaba embarazada. Al principio tomaba talidomida para evitar las náuseas, pasaba por el pasillo mirando hacia los lados, aunque nunca nos comentó nada, y notábamos que le costaba parecer natural. Pero no tardó en acostumbrarse a los soplos, empujones, susurros, olores y golpes extraños y a ser presa de nuestros encantos: éramos unas alumnas excelentes. Por eso le preguntó a mamá si cuando diera a luz  podría traer a casa al bebé ya que pasaba aquí una gran parte del día. Nosotras nos entusiasmamos y mi madre estuvo de acuerdo. Lo que no sabíamos entonces es que nuestro nuevo contertulio, Alvarito, también iba a ser peculiar: A él le faltaría un bracito. Colgando de su hombro derecho solo había un muñón con cuatro deditos.

Quizás en otro ambiente eso hubiera sido una tragedia, pero en nuestra casa el bebé correteaba con el tacatá por el pasillo lo que debió de espantar a los fantasmas, pues no volvimos a sentir nada hasta unos años después. Mi hermana y yo le llenábamos de mimos hasta que Paloma nos llamaba al orden y entonces nuestra madre se encargaba del niño  quien, cuando fue ya más mayor,  también se aficionó a mirar cómo hervía la leche en el cueceleches y a birlar dulces en la cocina.  Por aquella época, nuestra madre se empezó a teñir el pelo, a usar  gafas para coser y ya no tenía el humor de antes. Papá seguía parando por casa solo a dormir y trabajaba hasta los fines de semana. Nos parecía que estaba cada vez más flaco. Cuando cumplimos dieciséis años nos regaló dos colgantes de resina. Yo todavía lo llevo puesto. Fue su último regalo. No notamos nada su ausencia. Al menos, no para mal. Nos quedó una pensión suficiente, además de la que ya teníamos nosotras, y nuestra madre contrató pintores, compró muebles nuevos y dijo que ya estaba bien de que estuviéramos encerradas, que éramos distintas, sí, pero con tanto derecho a disfrutar de la vida como los demás. ¡Y que el que no quisiera ver, que no mirara! Así que un día llamó a un taxi y nos llevó hasta la Catedral. Ya nos había prevenido que nos señalarían con el dedo. No se equivocó. No nos importó. Estábamos mareadas, pero felices, de ver tanta gente desembocando en aquella plaza para admirar las piedras milenarias. La sensación de adentrarnos en un lugar tan grande, tan fresco, tan majestuoso, con una luz tan increíble nos hizo impermeables a todo lo demás y despertó en nosotras el ansia por estudiar historia y arte. Como nuestro caso era tan especial, el rector de la Universidad consintió hacernos un examen de acceso y así fue como comenzó nuestra etapa universitaria, rodeadas de compañeros para quienes éramos sencillamente Carmen y Yolanda. Hubo momentos muy salados, otros desdichados, sobre todo porque no nos gustaba el mismo tipo de chico y eso  era algo en lo que teníamos que coincidir. Afortunadamente nos presentaron a un moreno apuesto, rizoso y bigotudo, estudiante vago y risueño que tocaba la guitarra y recitaba poemas,  que nos hechizó en cuanto le vimos  y al que le pareció muy exótico ser nuestro novio. Él nos ayudó a manejar nuestra peculiar sexualidad.

Acabamos la carrera y encontramos trabajo tasando antigüedades. Solo nos querían pagar un sueldo para las dos y nosotras decíamos que si estaban contratando a nuestro cuerpo o a nuestras mentes. Al final lo resolvimos con salario y medio. Nos convertimos en unas personas muy populares y queridas porque hicimos la primera asociación de minusválidos físicos y síquicos de nuestra ciudad y todo parecía ir bien hasta que un pequeño rectángulo de tierra fue atrayendo hacia sí a nuestra madre. Poco a poco sintió que la vida ya no le interesaba como antes, que ya había cumplido su tarea, que nosotras nos las arreglábamos bien solas y, tranquila porque siempre nos tendríamos la una a la otra, decidió investigar lo que hay más allá de la vida. Una tarde, al volver de trabajar, nos la encontramos sentada en la terraza del salón, mirando hacia el Oeste. Pero no se fue del todo. De vez en cuando da tres golpes en la pared del pasillo. Es la señal que habíamos convenido cuando nos confesó que, en la época en que éramos pequeñas, ella también sentía los soplos, empujones, susurros, olores y golpetazos. Lo hace, sobre todo, cuando vienen a casa Paloma o su hijo, para saludarles.

 

Carmen Salgado Romera –Mara-

 


EL CUADERNO NECESITA SUSCRIPTORES


Muchos de vosotros ya conocéis El Cuaderno revista cultural que hemos venido disfrutando en los últimos años de forma gratuita. A continuación os dejamos la carta que los coordinadores de  la revista han hecho llegar a sus lectores planteando la situación actual de la publicación. Así mismo adjuntamos el boletín de suscripción por si a alguien le pudiera interesar.
 
 
Queridos amigos y amigas de El Cuaderno:

Dos años y medio y 56 números después, ha llegado el momento de plantearse definitivamente el futuro de la revista, pero esta vez con solo dos alternativas por delante: el cierre o la suscripción anual de sus lectores. De todos modos, nos gustaría decir algo antes. Si quieres ir al grano, puedes saltar desde el final de este párrafo hasta donde pone “Y ahí vamos”. Aunque preferiríamos que no.

Un poco de autobiografía

Como probablemente sabrás, El Cuaderno ha seguido un camino azaroso: empezamos como suplemento semanal (8 páginas) del diario La Voz de Asturias. Tras el cierre del mismo, y sin su soporte económico, decidimos proseguir como publicación independiente y gratuita tanto en digital como en papel, adaptando formato y periodicidad hasta llegar a la actual revista mensual de 32 páginas integrada como suplemento mensual de cultura del diario digital www.asturias24.es.

Durante estos dos años y medio, Ediciones Trea ha aportado el impulso y la mayor parte del capital que han sustentado un proyecto que no hubiera sido posible sin los muchísimos colaboradores con que ha contado El Cuaderno. No sólo han satisfecho con creces los objetivos de calidad conceptual y literaria, rigor, flexibilidad y atractivo que buscamos desde el primer número, sino que lo han hecho —desde los miembros del consejo editorial hasta el último firmante— con una generosidad abrumadora, sin cobrar ni un céntimo desde que, cerrado el diario La Voz de Asturias, les planteamos que su sola contraprestación sería la mera satisfacción de participar en el proyecto o de escribir y ver publicados sus textos con el mayor decoro y respeto de los que hemos sido capaces.

Contamos durante un tiempo con colaboración pública en concepto de publicidad de sus programaciones culturales institucionales, que decidimos resolver, no mediante la mecánica inserción de anuncios o publirreportajes, sino elaborando contenidos exclusivos y de calidad que rentabilizasen en términos de efectiva promoción de la cultura el dinero público que para ello llegó a nuestro proyecto. Estamos particularmente satisfechos del modo en que se plasmó esa colaboración que, lamentablemente, no se ha mantenido este año.

En los últimos meses, por tanto, hemos capeado la edición de El Cuaderno con recursos propios y minúsculas aportaciones publicitarias, pero en la pésima y larga coyuntura económica que soporta nuestro país, la editorial no puede permitirse ya seguir acumulando unas pérdidas que serían irresponsables desde el punto de vista empresarial e irrazonables desde el punto de vista del simple sentido común. Al fin y al cabo, estamos hablando de una revista cultural, nada menos. Pero nada más.

Por ello, hace un par de números nos vimos obligados a renunciar a esa gratuidad que mantuvimos mientras fue posible. El precio —3€ por ejemplar; 30€ para una suscripción de 12 números— ni siquiera estaba pensado para cubrir gastos; solo para hacer las pérdidas tolerables.

 

 

Ahí vamos

Desde el primer número, se nos ha hecho saber de mil maneras que El Cuaderno gusta a sus lectores. A algunos, incluso mucho. Ese sido un acicate de primer orden para nosotros, una aportación en energía intangible, pero efectiva, al proyecto. Por desgracia, ya no es suficiente con eso. Hace falta energía algo más cuantificable, contante y sonante.

Calculamos que nos bastaría con cubrir una campaña de suscripciones con unos 500 compromisos (30€ anuales como suscripción a 12 números; 60 € para suscripciones fuera de España) para seguir adelante. El problema es que tendría que ser ya.  Si a fecha del 31 de mayo no hemos reunido ese mínimo de suscripciones, El Cuaderno no podrá seguir adelante y su número 56 habrá sido nuestra despedida. No nos queda más remedio que dejar la pelota en el tejado del lector. No se trata de reclamar un esfuerzo que no tenemos derecho a pedir, sino de solicitar un compromiso activo para seguir haciendo juntos algo que merece la pena (si es que el 31 de mayo constatamos que merece la pena). Si finalmente no se cubre dicha expectativa, no se efectuará el cobro de las suscripciones tramitadas. Solamente se efectuará una vez confirmada la cifra que nos permita seguir adelante.

Si en esa fecha El Cuaderno sigue siendo posible, nosotros seguiremos exactamente igual que hasta ahora con todo el proceso de edición, difusión digital y distribución en papel. Tú, como lector, pondrías 30€ al año, es decir, 2,50€ al mes. La ganancia es El Cuaderno mismo, lo único que nos repartimos todos.

 

Juan Carlos Gea y Jaime Priede

Coordinadores de El Cuaderno.

 

 

 

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Deseo suscribirme a EL CUADERNO/EDICIONES TREA, S. L. por 12 números a partir del número ____ inclusive, por el precio de 30 €, gastos de envío incluidos (60 € si es fuera de España). Esta suscripción me da derecho a recibir por correo postal la edición impresa de la publicación, y por correo electrónico el PDF.

 

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Fecha y firma:

 

 

MARTA SANZ

 
El próximo jueves 8 de mayo, a las 19:00 horas, en el Salón de Actos de a Biblioteca de Asturias, lectura de poesía a cargo de MARTA SANZ ganadora del PREMIO TIGRE JUAN 2013.


Hay personas
que no pueden recordar
si tienen la nevera
llena o vacía.

Cuál es el uso
que ha de darse
a los instrumentos
imprescindibles.

Cómo es el rostro de una criatura
que sale del útero
atada con hilo de sangre
y fibra placentaria.

Otros no logran
borrar
de su mente:
el amante seco,
el desahucio,
la factura,
la desaparición.

La gota serena de un reloj de pared.

Que la sopa de sobre
cuesta
dos euros con quince.

                                                                                                                                             
                                                                        
VINTAGE Marta Sanz, Bartleby Editores







GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ POR MARTA SANZ

No conocí personalmente a Gabriel García Márquez. Nunca le llamé Gabo ni hoy puedo contar anécdotas que certifiquen nuestra familiaridad, nuestra relación entrañable, su calidad humana y literaria. Estoy en la misma posición que cualquiera de ustedes: soy una lectora que va a echar de menos a uno de los escritores fundamentales de la segunda mitad siglo XX. No conocí a García Márquez ni pude llamarlo Gabo –ni mucho menos Gabito- y, pese a todo, el colombiano es de esos autores que sí me habría gustado conocer en persona. Tomar con él un cafetito o un ron o cualquier cosa que a él le agradara. No suelo experimentar este tipo de deseos muy a menudo. No soy mitómana y algunos escritores a quienes admiro desde un punto de vista literario me producen cierta aprensión humana. A veces es mejor evitar desilusionarse.
Pero a García Márquez sí me habría gustado estrecharle la mano. Hablar con él de política y literatura, de la realidad y sus ficciones, de los hilos que conectan lo uno con lo otro. De lo que él se propuso hacer. Me lo imagino casi siempre en posiciones intensas y alegres: inhalando el aroma de una cala rojísima, besando el pico de un colorido guacamayo, pulsando con fuerza e ímpetu las teclas de su máquina de escribir en su ejercicio del periodismo, bailando un vals, fumándose un aromático puro, haciéndole la corte con gran entrega dramática a una muchacha, luciendo una guayabera de un blanco nuclear, discutiendo apasionadamente o escribiendo a la vez con pausa y prisa una colección de  excelentes novelas.
La luz y los epígonos
Los escritores fundamentales de cualquier periodo suelen serlo para bien y para mal. La sombra de García Márquez es alargada y se proyecta sobre un amaneramiento en la escritura y una sobrevaloración de lo maravilloso que llevó la mano o poseyó, como un súcubo travieso,  a escritores y escritoras carentes de la originalidad y la fuerza cosmovisionaria del Nobel colombiano.
Epígonos que, llenos de admiración y buenas intenciones, se intentaron apropiar de una mirada y un lenguaje que no eran suyos, y se los colocaron encima como aquella princesa que se cubrió con la piel de un asno: la diferencia es que la princesa del cuento quería esconderse mientras los epígonos de García Márquez usan un vestido de mal corte para hacer ostentación de su vacío. Los epígonos escribieron adornos y sonsonetes; escribieron de fantasmas familiares y de la superposición de los distintos estratos del tiempo, y lo hicieron de un modo rutinario porque hay escrituras tan singulares y primigenias que cualquier imitación es mala.
En ese sentido, García Márquez ha hecho tanto daño a la literatura universal como Salinger: desde la publicación de El guardián entre centeno, ciertos autores confundieron la figura del escritor, del narrador y del personaje, y se pusieron a escribir siguiendo aparentemente la estela de Holden Caulfield.
Confundieron la sencillez con la tontería. La incomunicación y el sentimiento de pérdida con las rutinas metafóricas. O con la vulgaridad. Somos humanos: la excusa de esas repeticiones –no se puede reducir la intrepidez a muletilla- tiene que ver con el deslumbramiento. Porque era mucha la luz de los textos de García Márquez y es muy posible que sean sus epígonos quienes más se acuerden de él.
El ‘best seller’ de calidad
Hay otro aspecto en el que creo que García Márquez y sus libros nos han hecho mucho bien y mucho daño. El éxito del autor de Cien años de soledad modifica el significado de la figura del escritor y de su reconocimiento social, e inaugura un concepto que altera los cánones literarios: el best seller de calidad.
Se subraya la idea de que la calidad y la venta masiva no son términos antagónicos y de que no siempre las moscas vuelan hacia la caca: a veces mueren atraídas por la miel. Hablo del bien y del daño porque creo que es bueno que la gente lea. Pero no cualquier cosa: cartones de los corn-flakes, revistas del corazón, sagas crepusculares. Conviene leer selectivamente. Con el impulso de aprender mientras uno se ríe o se desasosiega, se emociona o sufre.
Leer por debajo de las alfombras y de lo obvio poniendo en su lectura lo mejor y lo peor de sí mismo… A la vez, sospecho que el éxito comercial genera un tipo de lógica megalómana y cuantitativa que interfiere en el juicio estético, lo populariza demagógicamente y dificulta el emprendimiento de ciertas aventuras. El acto de leer se convierte en una actividad que fundamenta su prestigio en la moda, en la publicidad, en la convicción de que la cultura viste y de que ciertas temporadas unas prendas se llevan más que otras: prêt-à-porter de realismo mágico –no confundir con lo real maravilloso-, las it girls del chick-lit, novela negra y gabardina para el invierno nórdico...
Tal vez ese estado de cosas no es responsabilidad de los García Márquez del mundo, sino un modelo de industria cultural que ha hecho del espectáculo su exclusiva razón de ser. 
La muerte anunciada
La familia del escritor anunciaba la debilidad de su salud. La inminencia de la muerte. El fin. Una de las novelas que más me sobrecogen de García Márquez es Crónica de una muerte anunciada. En ella el autor revela un inmenso talento para la narración apretando la exuberancia dentro del mecanismo de un reloj suizo.
Los lectores leen el texto con la esperanza ingenua de que el autor se atreva a hacer trampas. El lector lee con la incredulidad de que Santiago Nasar pueda morir, pese a la advertencia del título, y recorre dolorosamente las estaciones del asesinato de Santiago como un paso procesional: recorre todo lo que pudo haber sido y no fue.
Si el lector es inteligente, corroborará que la xenofobia y la diferencia de clases son más poderosas que la fatalidad o el estupro. Que la responsabilidad de muchas muertes violentas es coral: los matarifes son a su manera víctimas, los chivos expiatorios de una irrefrenable ansia comunitaria.
Cuando la familia del escritor sale a la palestra para que la muerte de Gabo no le pille a nadie desprevenido, volvemos a ser ese lector que confía en los milagros y necesita que le hagan la trampa, el truco de magia: el lector que necesita que le saquen la moneda de detrás de la oreja. Pero ya sabemos que los milagros no existen y que los magos –sobre todo los prestidigitadores del lenguaje, los que hacen salir elefantes de la bañera y le dan tres vueltas de tuerca al mismo final espectacular- son una pandilla de embaucadores. También sabemos que Gabriel García Márquez no es un escritor de esa especie.  
La realidad poliédrica
Aunque a veces pienso que no hay más allá de la sociología de la literatura, me imagino la cabeza de Gabriel García Márquez esculpida en piedra con rayos que le salen de la frente. Como un Zeus olímpico con mucha imaginación y un gran sentido del humor. Tonante y selvático. Cosmogónico.
El escritor construye una realidad compuesta de vivos y muertos, relatos y hechos inamovibles, rumores y certezas, folletines y actas notariales, paisajes evocados y enmascarados por nombres que al mismo tiempo existen y no existen, explotados y explotadores, mujeres y hombres que empiezan a copular casi desde el mismo momento en que se miran a los ojos: Aurelianos y José Arcadios, en conocimiento bíblico, incestuoso y endogámico, copulan con Amarantas, Úrsulas, con Remedios la Bella y con esa Rebeca que se come la tierra y la cal de las paredes y, con el ruido de su masticación, nos trae a la memoria a la Blimunda del Memorial del convento de Saramago quien, a su modo, fue practicante de un realismo ibérico-mágico…
Los libros de García Márquez recogen el magisterio de William Faulkner: la cartografía de un espacio mítico –Yoknapatawpha o Macondo- y una lengua que es capaz de revelar simultáneamente el fuera y el dentro de los personajes. García Márquez escribe con una lengua precisa, autóctona y universal, antiquísima y ultramoderna, que se mezcla extrañamente para enfocar lo real con una luz nunca imaginada. Trescientos cincuenta vatios de potencia.
Con sus novelas el Nobel colombiano coloniza un territorio que conoce bien y lo refunda para descubrirlo y transformarlo. Construye una realidad poliédrica que, no obstante, está recorrida por la indeleble conciencia de la Historia y de todas las historias que la van tejiendo. También de las historias de amor más sobresalientes: como el triángulo entre Fermina Daza, Juvenal Urbino y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera.
Muchas son las novelas de García Márquez: La hojarasca, El coronel no tiene quien lo escriba, El general en su laberinto... Tal vez hoy sea un buen momento de recuperar alguna. Leyendo Cien años de soledad, no se sabe si Aureliano es uno y trino, o una sucesión de Aurelianos que se descomponen y se reafirman dentro de un reflejo. La identidad de la saga o la saga de la identidad.
La descomposición de los límites entre el yo y el nosotros, lo que se recuerda y se vive, el individuo y la comunidad, el paisaje y el país. Todo eso está en la literatura de Gabriel García Márquez. Aunque Dios no exista, pueden servirnos las supersticiones, una especie de fe en la cultura o en la energía que no se destruye y solo se transforma: tal vez leer un libro de Gabriel García Márquez hoy funcione como un conjuro capaz de devolvérnoslo.

EL CONFIDENCIAL  17/04/2014


Rafael Chirbes, con su obra En la orilla, y Antonio Hernández con Nueva York después de muerto, han ganado hoy los Premios Nacionales de Crítica Literaria 2014 en las categorías de novela y poesía, respectivamente.
La alcaldesa de Logroño, Concepción Gamarra, y el presidente del jurado del Premio Nacional de Crítica Literaria, Ángel Basanta, han dado hoy a conocer el fallo de la 56 edición, en un acto en el que también han participado el secretario de la Junta Directiva de la Asociación Española de Críticos Literarios, Enrique Turpín; y la concejala logroñesa de Cultura, Pilar Montes.
La Asociación concede este galardón desde el año 1956 y se otorga a los mejores libros de narrativa y poesía publicados en España el año anterior, tanto en castellano como en gallego, euskera y catalán.
Así, en lengua catalana se ha premiado la novela de Pep Coll Dos taüts negres i dos de blancs (Dos ataúdes negros y dos blancos) y la obra de poesía Alba del vespre(Alba de la noche), de Carles Duarte.
Los premios en lengua gallega han correspondido a la novela de Anxos Sumai A lúa da colleita (La luna de la cosecha) y al poemario de Berta Dávila Raíz da fenda (Raíz de la grieta).
Por último, el galardón en narrativa vasca ha sido para Nevadako egunak (Días de nevada) de Bernardo Atxaga y para la obra poética en dos partes Heriotzarenataria dugu bizitza (La vida es el pórtico de la muerte) y Bizitzaren atea dukegu heriotza (Acaso la muerte sea el umbral de la Vida) de Joxan Artze.
En representación del jurado, José María Pozuelo ha detallado que la novela de Rafael Chirbes profundiza en la crisis moral y de valores que ha provocado la especulación inmobiliaria en la costa mediterránea, hasta dejar en la orilla a muchas víctimas y construir "una sociedad injusta y falsa".
Chirbes ha sabido representar las "angustias y zozobras" de los que han sufrido las consecuencias de esa crisis, con un estilo "cuidado", en el que alterna los discursos interiores y exteriores de unos personajes concebidos en su dimensión coral, ha agregado.
Según el jurado, ha sabido retratar la realidad social de este país como en su día Víctor Hugo reflejó la de París y Charles Dickens la de Londres.
Por su parte, el también componente del jurado Santos Domínguez ha explicado que Antonio Hernández, quien ha sido premiado por Nueva York después de muerto, es "uno de los autores más sólidos de la poesía española del último medio siglo".
Con este título recoge el proyecto frustrado con el que Luis Rosales pretendía cerrar su obra, pero una enfermedad se lo impidió, y, así, realiza un doble homenaje: al "maestro" y también a Federico García-Lorca, "maestro del maestro", ha detallado.
Nueva York después de muerto es un libro "sorprendente y arriesgado", en el que, según el jurado, el autor recoge un cruce de vidas y destinos que acaban en la ciudad de la muerte y de la aurora, con columnas de cieno y aguas podridas.
El presidente del jurado del Premio Nacional de Crítica Literaria, Ángel Basanta, ha recordado que este galardón es el único que se otorga a obras literarias publicadas en las cuatro lenguas oficiales del país y ha resaltado el gran trabajo desempeñado por los 21 miembros del jurado.

CICLO "ENSAYO:LEER,ESCRIBIR"

Ciclo «Ensayo: leer, escribir»
 
Presenta y modera: Miguel Casado

Mesa redonda «Ensayo y crítica literaria»

con Walter Cassara, Antonio Ortega y Esther Ramón
Jueves 3 de abril a las 19:30 horas en Enclave de libros, c/ Relatores, 16


 

prácticas. Ahí se situaría esta mesa redonda, en la preocupación por el tipo de relaciones que la

crítica establece con las obras de las que se ocupa y en la posibilidad de que la crítica se constituya

también, con variable autonomía, como escritura.

Los participantes:


Walter Cassara es poeta, crítico y editor. Sus últimas publicaciones son Nostalgia y otros poemas

(2011) y el libro de ensayos El oído del poema (2011).

Antonio Ortega es poeta y crítico. Es autor de la antología poética La prueba del nueve (1995) y del

libro de poemas Arenario (1998).

Esther Ramón es poeta, crítica y profesora de literatura creativa. Su último libro de poesía es Caza

con hurones (2013).




 
Organiza: Libros de la resistencia




 

 

 
 

 

 

MÚSICA CINEMATOGRÁFICA

EL MARTES 2 DE ABRIL, A LAS 19:00 HORAS, EN EL SALÓN DE ACTOS DE LA BIBLIOTECA DE ASTURIAS, MANUEL BALLESTEROS TABOADA REALIZARÁ UN VIAJE AUDIOVISUAL POR LAS GRANDES BANDAS SONORAS  DEL SIGLO XX

Organiza la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Asturias
Entrada libre hasta completar aforo.

FALLECE LEOPOLDO MARÍA PANERO

Un Dia con Leopoldo Maria Panero, Carlos Ann, Bunbury
 
          
"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado Volar.."
y.. Wendy se levantó y encendió la Luz; Él lanzó un grito de dolor..
James Matthew Barrie, Peter Pan

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA

Miércoles 5 de marzo a las 19:00 horas en la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala de Oviedo se proyectará El espíritu de la colmena, una película de Víctor Erice con Fernando Fernán Gómez, Ana Torrent y Teresa Gimpera.
 
 
 

Entrada libre hasta completar aforo

ADIÓS A UN MAESTRO


LA POTENCIA MUSICAL DEL FLAMENCO POR JOSÉ CABALLERO BONALD


Paco de Lucía estudió y practicó la guitarra flamenca con una extraordinaria capacidad indagatoria. Se sometió desde muy niño a un riguroso, obstinado, inflexible aprendizaje y asimiló muy a fondo los secretos expresivos de una tradición flamenca nacida y desarrollada en ciertos arrabales de la Baja Andalucía.
Desde su rincón nativo, Paco de Lucía saltó bien pronto al mundo. Era de natural retraído y ensimismado, pero nada de eso se traspasó a la potencia comunicativa de su música. También era partidario de la soledad y de la felicidad, y eso sí reaparece de continuo en su obra. Casi sin apenas ser notado, a través de lentas y perseverantes enseñanzas, pasó de usar la guitarra como acompañamiento del cante a enaltecerla como instrumento de concierto. Se integró así en una estirpe de guitarristas —Niño Ricardo, Sabicas, Montoya- que aportaron al flamenco toda una serie de memorables conquistas expresivas. Pero Paco de Lucía impulsó, dotó de un nuevo rango estético, más dinámico, más innovador, lo que ya se había alcanzado en este sentido.
Convertido en uno de los grandes reformadores históricos de la guitarra flamenca, Paco de Lucía quiso llegar a más. Su técnica era impecable, de una desaforada perfección, pero él necesitaba ir más allá: necesitaba posponer la técnica a la sensibilidad, supeditar el lenguaje a su libre potencial creador. A partir de los básicos esquemas musicales del flamenco, ideó nuevas formulaciones complementarias. Los límites expresivos de los cantes eran en ocasiones insuficientes, o lo eran en razón de sus propios cauces comunicativos. Probó para ello con deslumbrante eficiencia esa correlación de fuerzas que le proporcionaban otros guitarristas eminentes de acento universal —Carlos Santana, Al Di Meola, Eric Clapton—, con quienes se confabuló para articular una manera de entender la poética de la guitarra flamenca absolutamente innovadora. Se fundamenta así una forma nueva por inusitada de alianza artística. Por el tejido de la tradición popular empiezan a filtrarse —o a definirse— unos nutrientes cultos. Una eventualidad que, en el mejor de los casos —en este caso— también resultaba enriquecedora.
Paco de Lucía disponía de un virtuosismo enigmático, imprevisible por momentos, literalmente inscrito en un sistema expresivo que podría llamarse —empleando un término muy manoseado— la estética del duende. Por ahí se perfila el prodigio de llegar adonde nadie había llegado, a una situación límite donde la novedad equivalía a la clarividencia. La manera de tocar la guitarra de Paco de Lucía era su forma de sacar a flote la intimidad. Y en esa intimidad se juntaban con similar lucidez el conocimiento y la intuición, lo aprendido y lo adivinado, una especie de cabal síntesis creadora. No me refiero ya a sus falsetas, es decir, a esas inolvidables filigranas ornamentales con que solía acompañar al cante, sino a la exigente estructura melódica, a la exquisita plenitud de su obra de solista.
Casi sin proponérselo, Paco de Lucía llegó a ser un auténtico compositor. Llevaba en la sangre, como suele decirse, una admirable propensión a los traspasos musicales de la experiencia. Es lo que hizo siempre con un lenguaje originalísimo y una asombrosa destreza imaginativa. Y todo eso sin esgrimir nunca ninguna clase de alharacas o vanas complacencias. Amaba la música con tanta honestidad como la vida. Con él, la guitarra flamenca alcanzó un fin de trayecto o, más propiamente, una virtud extrema que también podría llamarse —como he apuntado más arriba— una situación límite. Lo demás es silencio.

Artículo aparecido en El País 27/2/2014

ANTONIO MUÑOZ MOLINA; LLAMÁDME LÁZARO


Artículo aparecido en Babelia el 22/2/14
 
Como el marinero y náufrago Ishmael, Lázaro empieza por declarar su nombre: “Pues sepa vuestra merced ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes”. En ambos casos hay un tono imperativo, un interlocutor cercano y una sospecha o una evidencia de impostura. Ishmael no asegura que ese sea su nombre: tan solo nos insta a llamarlo así. El “vuestra merced” de Lázaro está tan presente en la primera línea de la historia como el vosotros o el tú —“call me Ishmael”— del narrador de Melville. Ishmael puede estar ocultándose tras un nombre supuesto, pero el autor de la novela no finge que sea un personaje real. Lázaro juega a presentarse como el narrador de su propia peripecia. Cuenta en primera persona, y en la portada del libro no hay más nombre que el suyo. No es un autor anónimo, sino apócrifo, como ha precisado Francisco Rico. Además, en toda la historia, los únicos nombres propios que hay son el suyo y el de sus padres.

 

En el principio fue el nombre. Los nombres de los personajes de ficción son la semilla de sus posibilidades narrativas. El primer paso que da el hidalgo Alonso Quijada o Quesada para convertirse en caballero andante es elegir un nombre, tan vinculado a su origen como el de Lázaro al suyo, aunque son orígenes prosaicos y por lo tanto burlescos, porque aluden a lugares de la realidad común y no de la literatura; y a continuación inventa el nombre de su amada y el de su caballo.

 

El Lazarillo finge ser una carta que Lázaro dirige a alguien de su confianza. Cervantes finge haber encontrado unos cartapacios en árabe en una almoneda de Toledo. Cuando Defoe publicó por primera vez Robinson Crusoe lo hizo pasar por el testimonio verdadero de un náufrago. Allan Poe escribió algunos de sus cuentos de exploraciones fantásticas en los periódicos asegurando que eran relatos fidedignos. Max Aub presentó su Jusep Torres Campalans no como una novela sino como una biografía y un estudio monográfico sobre la obra del pintor de ese nombre. En Zelig Woody Allen juega a estar haciendo un documental, con metraje defectuoso de los años veinte y treinta, y testimonios perfectamente serios de intelectuales de Nueva York que aseguran haber conocido al personaje: Susan Sontag, Saul Bellow. En la ficción, desde Lázaro de Tormes, siempre ha existido como un impulso desvergonzado de falsificación y de estafa, un deseo no solo de imitar lo real sino de invadirlo y ocuparlo. En el Alcázar de Madrid las Meninas ocupaban una pared en una habitación interior no muy grande: quien entrara en ella tendría por un momento la sensación de estar pisando el espacio del cuadro.

 

La novela es un formidable universo en expansión que abarca ya cinco siglos, pero en el origen de esa inmensidad todavía viviente —¿quién puede saber cuántas novelas se han escrito, cuántas se están escribiendo y leyendo ahora mismo?— hay un Big Bang, un punto ínfimo, un libro muy breve y de pequeñas dimensiones que parecía tener y reclamar para sí tan poca importancia como la vida de su narrador y protagonista, un don nadie, un desecho social, un pregonero de Toledo dócil y cornudo, uno de los últimos entre los últimos, hijo de un preso por ladrón y de una mujer amancebada con un esclavo negro.

 

Qué extraordinaria expresión castellana, don nadie. Podría ser el título de una novela metafísica. Hasta el Lazarillo, hasta la plena irrupción de la novela picaresca y el Quijote y sus inmediatos derivados en Inglaterra y luego en el mundo, las ficciones trataban de personajes socialmente exaltados, reyes o príncipes, poderosos a caballo, etcétera. Con Lázaro de Tormes, con la novela, llegan a la literatura los don nadies, los que no cuentan, los de abajo, los tarados, los excluidos, las mujeres. Lo que hacen las novelas es contar las historias de los que por su poco relieve social carecen de ellas. También los que por algún motivo se declaran fugitivos de una identidad obligatoria: Don Quijote, Huck Finn, Fabrice del Dongo, Emma Bovary, aquel príncipe de la India que por abjurar de toda la tierra firme, gobernada por la infamia, decidió exiliarse bajo el mar, el Capitán Nemo de Jules Verne, el capitán Nadie.

 

Lázaro de Tormes es el Adán de los personajes novelescos, pero él viene de otro origen mucho más antiguo, el cuento popular y la cultura carnavalesca, mundos sumergidos y fácilmente olvidados porque apenas dejan testimonios escritos. La alta cultura, como su propio nombre indica, trata de la parte alta de la sociedad y del cuerpo humano. Mijaíl Bajtín nos recuerda que los héroes otean el mundo desde la altura de sus caballos. El valor del héroe épico y del enamorado culto residen en el órgano más noble, que es el corazón; la belleza que celebran es la que se revela a la mirada. El órgano principal en la vida de Lázaro, como en la de Sancho, es el estómago. Comilonas, vómitos, ronquidos, eructos, pedos, diarreas, secreciones corporales de todo tipo, pasan de la risa popular y el descaro carnavalesco a la literatura filtrándose por el tejido poroso de la novela. El ciego introduce su nariz tan larga como si fuera de una máscara de carnaval en la boca abierta de Lázaro queriendo averiguar por el olor si se ha comido una longaniza, y Lázaro le baña toda la cara en la abundancia pestilente de su vomitona. Nos parece que oímos ataques de risa del siglo XVI. En el siglo XX James Joyce restituye al arte de la novela la desvergüenza escatológica que había estado en su principio. Leopold Bloom, como Lázaro de Tormes, es un don nadie y un cornudo consentido y tranquilo: los dos desmienten por igual la cruenta superstición masculina y literaria de la honra.

 

En clase un estudiante mexicano lee ese episodio intentando sin mucho éxito contener la carcajada. Otro estudiante, de Colombia, levanta la mano y dice, sin burla: “Escuchaba el Lazarillo leído con tu acento y me acordaba del Chapulín Colorado y del Chavo del Ocho”. Es un recuerdo legítimo: Cantinflas, el Chavo, el Chapulín, son tan herederos naturales de Lázaro de Tormes como Huck Finn y Moll Flanders, y el Kim de Kipling y el soldado Schvejk y los soldados pobres y haraganes de Miguel Gila: los indigentes, los errantes, los que viven al azar de sus encuentros y sus aventuras, los que miran el mundo desde el ángulo preciso en el que no cabe ningún engaño y en el que son más visibles las pompas ridículas de los que mandan y la crudeza sin misericordia de las normas sociales, la miseria oculta tras el oropel, la imbecilidad bajo la máscara grave del conocimiento, los que saben hasta qué punto la prioridad absoluta en la vida es llenar el estómago y procurar, si hace falta haciendo trampa, que no lo pisen o lo arrollen a uno. De donde viene Lázaro es de esos cuentos populares en los que el fuerte, el primogénito y el bravucón nunca prevalecen sobre la viveza y la astucia del más pequeño. Empezó a vivir y a contar su vida mucho antes de que existiera la literatura.

 Antonio Muñoz Molina

PUEDE SER POPULAR LA POESÍA POR MARTA SANZ

  
Puede ser popular la poesía por Marta Sanz
Artículo aparecido en El Confidencial el 8/2/14 
Parece un hecho que puedo escribir una novela en primera persona en la que una monja ninfómana asesine a sus amantes apretando mucho las piernas. Acaba de ver Blade Runner y se ha quedado impactada por los saltos de Daryl Hannah y la criminal firmeza de sus muslos. Por su capacidad de amar. Para escribir esa historia no tengo que ser monja ni ninfómana ni haber matado a nadie. Ni siquiera tengo que haber visto la película de Ridley Scott.
Puede que esa novela refleje alguna de las facetas del poliedro que soy yo –y cualquier hijo de perra o de vecino-, pero no ha de corresponderse miméticamente ni con mi experiencia ni con mi carácter. Sólo un psicoanalista sutil –lo imagino con la cara de Viggo Mortensen o Michael Fassbender- se atrevería a definir a la persona del novelista a través de sus libros.
Los libros del novelista son su carta astral. O a lo mejor son su máscara y la máscara es lo mismo que la piel porque, como Wilde y Vonnegut saben, hay que tener mucho cuidado con lo que uno parece ser porque uno es lo que parece. Cada vez que alguien escribe –ficción, fantasía, periodismo…- está enseñando la patita por debajo de la puerta…
A propósito de Vonnegut, estamos de celebración: la editorial La bestia equilátera acaba de publicar uno de sus textos más divertidos, Cuna de gato. En a contraportada de esta preciosa y violenta edición, unas palabras recogidas en The New York Times contradicen esa identidad entre el ser y el parecer que Vonnegut calca de Wilde: “El momento de leer a Vonnegut es justo cuando se empieza a sospechar que nada es lo que parece. No solo divierte: electrocuta”. Lo bueno de la literatura es que no es una ciencia exacta.
Los poetas polifónicos
Muchos lectores están dispuestos a admitir la brecha que separa al autor de sus narradores, el talante esquizofrénico e impostor del novelista. Sin embargo, con la poesía se tiende a pensar que entre voz, sujeto y autor no existe distancia. Se piensa que toda la poesía es autobiográfica y puede que todos los libros lo sean pero, mientras lo decidimos, convendría que leyéramos La poesía de la experiencia de Robert Langbaum (Comares) para detectar las polifonías del texto poético y poner en cuarentena algunos tópicos: Espronceda saca pecho en la proa de un bergantín o disfruta con la lúbrica Jarifa; Antonio Machado se concentra en el vuelo de las moscas; Miguel Hernández araña la tierra bajo la que reposan los huesos de Ramón Sijé.
Quizá tienen la culpa las ingenuas ilustraciones de los libros de lengua y la propensión a conmovernos, mientras identificamos a personas con personajes y a los personajes con nosotros mismos. Volviendo a los psicoanalistas, Freud apuntó que leemos identificándonos con héroes y antihéroes, proyectando en ellos nuestras carencias o confusiones, rechazándolos o amándolos: leemos con la pulsión de que el texto nos cure del demonio. Leemos sin salir de nosotros mismos. No sé si esa es la mejor manera de leer. O la inevitable.
Hoy voy a hablar de poetas polifónicos: son ellos mismos pero consiguen ser a la vez muchas personas. Suenan como una mano que se cae sobre las teclas de un órgano –como Isaac Rosa en La habitación oscura (Seix Barral). Son poetas a los que el psicoanalista sutil reconocería debajo de sus figuras retóricas y, sin embargo, merecen la pena por su capacidad para modular otros acentos, salir del cascarón y hablarnos de las cosas que pasan usando esas palabras que “son difíciles en todos los idiomas”. La cita es de Martín Rodríguez-Gaona en Madrid, línea circular (La Oficina).

Pero antes de hablar del poemario de Rodríguez-Gaona, merecedor del XXIV Premio de Poesía Cáceres, Patrimonio de la humanidad, leamos en esta Biblioteca pública Penúltimo danzante (Ediciones La Baragaña) del ovetense Fernando Menéndez
 
El lector derviche
La sintaxis baila en los poemas de Fernando Menéndez. El hipérbaton es contorsión, necesidad y esfuerzo. En ese extrañamiento del lenguaje el lector se siente acogido. En ese extrañamiento de la palabra poética reside su hospitalidad: el lector forma parte del poema porque escucha las mismas voces que quien ha tomado la palabra, y comparte su baile y su distorsión.
El lector, contagiado, podría ponerse a hablar para completar las polifonías de Penúltimo danzante. Desde la revolución de la sintaxis y el replanteamiento de cuál es el punto en el que acaba el poema, Menéndez propone una sintaxis de la revolución por la que nos sentimos concernidos. Nos remite a El Homóvil de Jesús López Pacheco, una “polinovela”, rescatada por Debate en 2002, donde a través de la parodia experimental del experimentalismo se plantea un trabalenguas y una verdad: en la literatura española se sustituye el lenguaje de la revolución por la revolución del lenguaje.
La palabra de Menéndez, desde su aparente complejidad, habla de cosas que nos atañen. Es voz en el tiempo: lo cotidiano, lo político, principio y fin, dentro y fuera, maternidad y muerte, la excentricidad y la inquietante posibilidad de que lo poético no sea una anomalía, sino un modo único e innegociable de entender y decir lo que ocurre. Un modo de aproximarse a lo real que ordena ese magma caótico en realidad inteligible. Una realidad que sólo puede nombrarse como se nombra en un poema en particular.
Nombrar de otro modo presupone y construye otra realidad. El lenguaje da cuenta de una necesidad: no es una opción. Si partimos de ese axioma –el lenguaje del poema no es una anomalía-, empezamos a ver de un modo diferente el poema político: la normalización del escorzo formal despolitizaría ciertos riesgos retóricos, por ejemplo, la posibilidad de una sintaxis crítica como marca de un desajuste en el mundo.
La perplejidad del lector y la calidad inasequible del texto –el escorzo de lectura que exige- ya no serían la medida de su intrepidez civil. La propuesta de Menéndez no desdeña esa contradicción que a menudo aparta la poesía de los lectores: elitismo frente a populismo, ilegibilidad frente a facilidad confortable. La paradoja de los escritores que saben que la oposición entre conocimiento y comunicación en poesía es una falacia.   
La voz de este Penúltimo danzante pone las neuronas a danzar. Como un derviche. Mientras bailamos y leemos cobramos conciencia de que somos textos hechos de otros textos. Somos permeables y nos empapan las canciones. Como los poemas de Menéndez que a la vez son flujo de conciencia –particular y colectiva- lleno de interrupciones y campo sembrado visto desde arriba. En la escisión, en el corte de los retazos y de los textos que nos constituyen, como en los collages, reside el sentido de las cosas.
En el collage y la polifonía de Menéndez resuena la voz de José-Miguel Ullán cuya muerte afectó al poeta de Oviedo más de lo que él mismo había imaginado. Penúltimo danzante es la demostración de que el lenguaje sigue siendo suficiente, frente a las cochambrosas místicas del poema. Para el lector interesado en la obra de José-Miguel Ullán, recomiendo la edición que lleva a cabo en Cátedra otro poeta y crítico, Miguel Casado: Ardicia. (Antología poética 1964-1994).
El lenguaje de la revolución y la revolución del lenguaje funciona como paradoja creativa en poetas con vocación civil que son exigentes con su palabra. Como Fernando Menéndez. Por cierto, el profesor, crítico y director de escena, César de Vicente fue a la Feria del Libro de Madrid para regalar ejemplares de El Homóvil que iban a destruirse. Pocos se quisieron llevar el libro: tenemos una desconfianza enfermiza hacia lo gratis y también desconfiamos de lo que se vende poco. Cuestiones cuantitativas. César de Vicente fue retirado –él y los ejemplares- de la vía pública: una buena ilustración del estado de la cultura en nuestro país.
Encerrados en un túnel transparente
Así pasamos nuestra vida, según Rodríguez-Gaona. Por fortuna, la transparencia nos deja mirar dentro e incluso escuchar voces que se escapan. Los poemas de Madrid, línea circular son, entre otras cosas, apuntes del natural a través de los que el observador, el paseante diurno y noctámbulo –el nocturno es uno de los géneros sobresalientes en este libro-, el poeta plasma el desarraigo de quien está buscando prender en tierra extraña: senegaleses, paquistaníes, chinos, peruanos.
El amor –“Madrugada en la glorieta de Bilbao” es un texto precioso- o la amistad se entretejen en los viajes de ida y de vuelta, pero las palabras que sirven para expresar esos sentimientos suenan tan ásperas como el acento español al oído latinoamericano. Y ése es el hallazgo de una poesía que no suena ni dócil ni tópica ni complaciente.
Rodríguez-Gaona habla de la necesidad de construir un espacio heroico, un proyecto vital destinado al fracaso: ese impulso, enfermizamente humano, lo emparenta con el romanticismo y con aquellos poetas modernistas que se morían de sed en sentido figurado y literal. Me acuerdo del retrato de Rubén Darío que hacía Rafael Reig en su Manual de literatura para caníbales (Debate). En “Retrato con velo negro” percibimos la pulsión tanática de los que han sido mordidos por el arte: la inclinación autodestructiva se atempera con la conciencia de que otras voces interfieren en la poesía para construir el yo en el nosotros.
Los personajes que deambulan por estas líneas de metro buscan una patria que no proporcionan las gestas futbolísticas. Rodríguez-Gaona, paseante y poeta, sujeto y objeto de su propia palabra, deconstruye con razón el paraíso. Su manera de mirar, dolorosa y escorada, contempla alegrías extrañas: como la de los muchachos que tocan de madrugada los tambores porque “no tener vida es el motivo para la mayor alegría.” Sin expectativas llegan las explosiones báquicas y el verle a la luna siempre el reverso oscuro.
Rodríguez-Gaona ofrece apuntes muy interesantes sobre su propia poética. Antes, el curioso lector se queda alucinado leyendo “Finis desolatrix veritae”: un poema/instalación/poliedro donde las historias de la anarquista Lucía Sánchez Saornil y el escritor fascista Giménez Caballero se entrecruzan con las peripecias románticas de Lucía Lapiedra/Miriam Sánchez, Pipi Estrada y Terelu Campos. Más allá de los propósitos confesos del poeta, las hogueras de las vanidades y la cultura pop, laten dos preguntas: ¿puede la poesía ser popular? Y, sobre todo, ¿qué es digno de ser contado? Averígüenlo ustedes mismos. No van a arrepentirse.     
 
 
 


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