CARMEN SALGADO, MARA, GANADORA DEL CERTAMEN DE NARRATIVA LA SALUD Y EL BIENESTAR DE LAS MUJERES
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Hay personas
que no pueden recordar
si tienen la nevera
llena o vacía.
Cuál es el uso
que ha de darse
a los instrumentos
imprescindibles.
Cómo es el rostro de una criatura
que sale del útero
atada con hilo de sangre
y fibra placentaria.
Otros no logran
borrar
de su mente:
el amante seco,
el desahucio,
la factura,
la desaparición.
La gota serena de un reloj de pared.
Que la sopa de sobre
cuesta
dos euros con quince.
VINTAGE Marta Sanz, Bartleby Editores
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No conocí personalmente a Gabriel García Márquez. Nunca le llamé Gabo ni hoy puedo contar anécdotas que certifiquen nuestra familiaridad, nuestra relación entrañable, su calidad humana y literaria. Estoy en la misma posición que cualquiera de ustedes: soy una lectora que va a echar de menos a uno de los escritores fundamentales de la segunda mitad siglo XX. No conocí a García Márquez ni pude llamarlo Gabo –ni mucho menos Gabito- y, pese a todo, el colombiano es de esos autores que sí me habría gustado conocer en persona. Tomar con él un cafetito o un ron o cualquier cosa que a él le agradara. No suelo experimentar este tipo de deseos muy a menudo. No soy mitómana y algunos escritores a quienes admiro desde un punto de vista literario me producen cierta aprensión humana. A veces es mejor evitar desilusionarse.
Pero a García Márquez sí me habría gustado estrecharle la mano. Hablar con él de política y literatura, de la realidad y sus ficciones, de los hilos que conectan lo uno con lo otro. De lo que él se propuso hacer. Me lo imagino casi siempre en posiciones intensas y alegres: inhalando el aroma de una cala rojísima, besando el pico de un colorido guacamayo, pulsando con fuerza e ímpetu las teclas de su máquina de escribir en su ejercicio del periodismo, bailando un vals, fumándose un aromático puro, haciéndole la corte con gran entrega dramática a una muchacha, luciendo una guayabera de un blanco nuclear, discutiendo apasionadamente o escribiendo a la vez con pausa y prisa una colección de excelentes novelas.
La luz y los epígonos
Los escritores fundamentales de cualquier periodo suelen serlo para bien y para mal. La sombra de García Márquez es alargada y se proyecta sobre un amaneramiento en la escritura y una sobrevaloración de lo maravilloso que llevó la mano o poseyó, como un súcubo travieso, a escritores y escritoras carentes de la originalidad y la fuerza cosmovisionaria del Nobel colombiano.
Epígonos que, llenos de admiración y buenas intenciones, se intentaron apropiar de una mirada y un lenguaje que no eran suyos, y se los colocaron encima como aquella princesa que se cubrió con la piel de un asno: la diferencia es que la princesa del cuento quería esconderse mientras los epígonos de García Márquez usan un vestido de mal corte para hacer ostentación de su vacío. Los epígonos escribieron adornos y sonsonetes; escribieron de fantasmas familiares y de la superposición de los distintos estratos del tiempo, y lo hicieron de un modo rutinario porque hay escrituras tan singulares y primigenias que cualquier imitación es mala.
En ese sentido, García Márquez ha hecho tanto daño a la literatura universal como Salinger: desde la publicación de El guardián entre centeno, ciertos autores confundieron la figura del escritor, del narrador y del personaje, y se pusieron a escribir siguiendo aparentemente la estela de Holden Caulfield.
Confundieron la sencillez con la tontería. La incomunicación y el sentimiento de pérdida con las rutinas metafóricas. O con la vulgaridad. Somos humanos: la excusa de esas repeticiones –no se puede reducir la intrepidez a muletilla- tiene que ver con el deslumbramiento. Porque era mucha la luz de los textos de García Márquez y es muy posible que sean sus epígonos quienes más se acuerden de él.
El ‘best seller’ de calidad
Hay otro aspecto en el que creo que García Márquez y sus libros nos han hecho mucho bien y mucho daño. El éxito del autor de Cien años de soledad modifica el significado de la figura del escritor y de su reconocimiento social, e inaugura un concepto que altera los cánones literarios: el best seller de calidad.
Se subraya la idea de que la calidad y la venta masiva no son términos antagónicos y de que no siempre las moscas vuelan hacia la caca: a veces mueren atraídas por la miel. Hablo del bien y del daño porque creo que es bueno que la gente lea. Pero no cualquier cosa: cartones de los corn-flakes, revistas del corazón, sagas crepusculares. Conviene leer selectivamente. Con el impulso de aprender mientras uno se ríe o se desasosiega, se emociona o sufre.
Leer por debajo de las alfombras y de lo obvio poniendo en su lectura lo mejor y lo peor de sí mismo… A la vez, sospecho que el éxito comercial genera un tipo de lógica megalómana y cuantitativa que interfiere en el juicio estético, lo populariza demagógicamente y dificulta el emprendimiento de ciertas aventuras. El acto de leer se convierte en una actividad que fundamenta su prestigio en la moda, en la publicidad, en la convicción de que la cultura viste y de que ciertas temporadas unas prendas se llevan más que otras: prêt-à-porter de realismo mágico –no confundir con lo real maravilloso-, las it girls del chick-lit, novela negra y gabardina para el invierno nórdico...
Tal vez ese estado de cosas no es responsabilidad de los García Márquez del mundo, sino un modelo de industria cultural que ha hecho del espectáculo su exclusiva razón de ser.
La muerte anunciada
La familia del escritor anunciaba la debilidad de su salud. La inminencia de la muerte. El fin. Una de las novelas que más me sobrecogen de García Márquez es Crónica de una muerte anunciada. En ella el autor revela un inmenso talento para la narración apretando la exuberancia dentro del mecanismo de un reloj suizo.
Los lectores leen el texto con la esperanza ingenua de que el autor se atreva a hacer trampas. El lector lee con la incredulidad de que Santiago Nasar pueda morir, pese a la advertencia del título, y recorre dolorosamente las estaciones del asesinato de Santiago como un paso procesional: recorre todo lo que pudo haber sido y no fue.
Si el lector es inteligente, corroborará que la xenofobia y la diferencia de clases son más poderosas que la fatalidad o el estupro. Que la responsabilidad de muchas muertes violentas es coral: los matarifes son a su manera víctimas, los chivos expiatorios de una irrefrenable ansia comunitaria.
Cuando la familia del escritor sale a la palestra para que la muerte de Gabo no le pille a nadie desprevenido, volvemos a ser ese lector que confía en los milagros y necesita que le hagan la trampa, el truco de magia: el lector que necesita que le saquen la moneda de detrás de la oreja. Pero ya sabemos que los milagros no existen y que los magos –sobre todo los prestidigitadores del lenguaje, los que hacen salir elefantes de la bañera y le dan tres vueltas de tuerca al mismo final espectacular- son una pandilla de embaucadores. También sabemos que Gabriel García Márquez no es un escritor de esa especie.
La realidad poliédrica
Aunque a veces pienso que no hay más allá de la sociología de la literatura, me imagino la cabeza de Gabriel García Márquez esculpida en piedra con rayos que le salen de la frente. Como un Zeus olímpico con mucha imaginación y un gran sentido del humor. Tonante y selvático. Cosmogónico.
El escritor construye una realidad compuesta de vivos y muertos, relatos y hechos inamovibles, rumores y certezas, folletines y actas notariales, paisajes evocados y enmascarados por nombres que al mismo tiempo existen y no existen, explotados y explotadores, mujeres y hombres que empiezan a copular casi desde el mismo momento en que se miran a los ojos: Aurelianos y José Arcadios, en conocimiento bíblico, incestuoso y endogámico, copulan con Amarantas, Úrsulas, con Remedios la Bella y con esa Rebeca que se come la tierra y la cal de las paredes y, con el ruido de su masticación, nos trae a la memoria a la Blimunda del Memorial del convento de Saramago quien, a su modo, fue practicante de un realismo ibérico-mágico…
Los libros de García Márquez recogen el magisterio de William Faulkner: la cartografía de un espacio mítico –Yoknapatawpha o Macondo- y una lengua que es capaz de revelar simultáneamente el fuera y el dentro de los personajes. García Márquez escribe con una lengua precisa, autóctona y universal, antiquísima y ultramoderna, que se mezcla extrañamente para enfocar lo real con una luz nunca imaginada. Trescientos cincuenta vatios de potencia.
Con sus novelas el Nobel colombiano coloniza un territorio que conoce bien y lo refunda para descubrirlo y transformarlo. Construye una realidad poliédrica que, no obstante, está recorrida por la indeleble conciencia de la Historia y de todas las historias que la van tejiendo. También de las historias de amor más sobresalientes: como el triángulo entre Fermina Daza, Juvenal Urbino y Florentino Ariza en El amor en los tiempos del cólera.
Muchas son las novelas de García Márquez: La hojarasca, El coronel no tiene quien lo escriba, El general en su laberinto... Tal vez hoy sea un buen momento de recuperar alguna. Leyendo Cien años de soledad, no se sabe si Aureliano es uno y trino, o una sucesión de Aurelianos que se descomponen y se reafirman dentro de un reflejo. La identidad de la saga o la saga de la identidad.
La descomposición de los límites entre el yo y el nosotros, lo que se recuerda y se vive, el individuo y la comunidad, el paisaje y el país. Todo eso está en la literatura de Gabriel García Márquez. Aunque Dios no exista, pueden servirnos las supersticiones, una especie de fe en la cultura o en la energía que no se destruye y solo se transforma: tal vez leer un libro de Gabriel García Márquez hoy funcione como un conjuro capaz de devolvérnoslo.
EL CONFIDENCIAL 17/04/2014
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Rafael Chirbes, con su obra En la orilla, y Antonio Hernández con Nueva York después de muerto, han ganado hoy los Premios Nacionales de Crítica Literaria 2014 en las categorías de novela y poesía, respectivamente.
La alcaldesa de Logroño, Concepción Gamarra, y el presidente del jurado del Premio Nacional de Crítica Literaria, Ángel Basanta, han dado hoy a conocer el fallo de la 56 edición, en un acto en el que también han participado el secretario de la Junta Directiva de la Asociación Española de Críticos Literarios, Enrique Turpín; y la concejala logroñesa de Cultura, Pilar Montes.
La Asociación concede este galardón desde el año 1956 y se otorga a los mejores libros de narrativa y poesía publicados en España el año anterior, tanto en castellano como en gallego, euskera y catalán.
Así, en lengua catalana se ha premiado la novela de Pep Coll Dos taüts negres i dos de blancs (Dos ataúdes negros y dos blancos) y la obra de poesía Alba del vespre(Alba de la noche), de Carles Duarte.
Los premios en lengua gallega han correspondido a la novela de Anxos Sumai A lúa da colleita (La luna de la cosecha) y al poemario de Berta Dávila Raíz da fenda (Raíz de la grieta).
Por último, el galardón en narrativa vasca ha sido para Nevadako egunak (Días de nevada) de Bernardo Atxaga y para la obra poética en dos partes Heriotzarenataria dugu bizitza (La vida es el pórtico de la muerte) y Bizitzaren atea dukegu heriotza (Acaso la muerte sea el umbral de la Vida) de Joxan Artze.
En representación del jurado, José María Pozuelo ha detallado que la novela de Rafael Chirbes profundiza en la crisis moral y de valores que ha provocado la especulación inmobiliaria en la costa mediterránea, hasta dejar en la orilla a muchas víctimas y construir "una sociedad injusta y falsa".
Chirbes ha sabido representar las "angustias y zozobras" de los que han sufrido las consecuencias de esa crisis, con un estilo "cuidado", en el que alterna los discursos interiores y exteriores de unos personajes concebidos en su dimensión coral, ha agregado.
Según el jurado, ha sabido retratar la realidad social de este país como en su día Víctor Hugo reflejó la de París y Charles Dickens la de Londres.
Por su parte, el también componente del jurado Santos Domínguez ha explicado que Antonio Hernández, quien ha sido premiado por Nueva York después de muerto, es "uno de los autores más sólidos de la poesía española del último medio siglo".
Con este título recoge el proyecto frustrado con el que Luis Rosales pretendía cerrar su obra, pero una enfermedad se lo impidió, y, así, realiza un doble homenaje: al "maestro" y también a Federico García-Lorca, "maestro del maestro", ha detallado.
Nueva York después de muerto es un libro "sorprendente y arriesgado", en el que, según el jurado, el autor recoge un cruce de vidas y destinos que acaban en la ciudad de la muerte y de la aurora, con columnas de cieno y aguas podridas.
El presidente del jurado del Premio Nacional de Crítica Literaria, Ángel Basanta, ha recordado que este galardón es el único que se otorga a obras literarias publicadas en las cuatro lenguas oficiales del país y ha resaltado el gran trabajo desempeñado por los 21 miembros del jurado.
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Mesa redonda «Ensayo y crítica literaria»
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Organiza la Asociación de Amigos de la Biblioteca de Asturias
Entrada libre hasta completar aforo.
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y.. Wendy se levantó y encendió la Luz; Él lanzó un grito de dolor..
James Matthew Barrie, Peter Pan
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Entrada libre hasta completar aforo
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LA POTENCIA MUSICAL DEL FLAMENCO POR JOSÉ CABALLERO BONALD
Paco de Lucía estudió y practicó la guitarra flamenca con una extraordinaria capacidad indagatoria. Se sometió desde muy niño a un riguroso, obstinado, inflexible aprendizaje y asimiló muy a fondo los secretos expresivos de una tradición flamenca nacida y desarrollada en ciertos arrabales de la Baja Andalucía.
Desde su rincón nativo, Paco de Lucía saltó bien pronto al mundo. Era de natural retraído y ensimismado, pero nada de eso se traspasó a la potencia comunicativa de su música. También era partidario de la soledad y de la felicidad, y eso sí reaparece de continuo en su obra. Casi sin apenas ser notado, a través de lentas y perseverantes enseñanzas, pasó de usar la guitarra como acompañamiento del cante a enaltecerla como instrumento de concierto. Se integró así en una estirpe de guitarristas —Niño Ricardo, Sabicas, Montoya- que aportaron al flamenco toda una serie de memorables conquistas expresivas. Pero Paco de Lucía impulsó, dotó de un nuevo rango estético, más dinámico, más innovador, lo que ya se había alcanzado en este sentido.
Convertido en uno de los grandes reformadores históricos de la guitarra flamenca, Paco de Lucía quiso llegar a más. Su técnica era impecable, de una desaforada perfección, pero él necesitaba ir más allá: necesitaba posponer la técnica a la sensibilidad, supeditar el lenguaje a su libre potencial creador. A partir de los básicos esquemas musicales del flamenco, ideó nuevas formulaciones complementarias. Los límites expresivos de los cantes eran en ocasiones insuficientes, o lo eran en razón de sus propios cauces comunicativos. Probó para ello con deslumbrante eficiencia esa correlación de fuerzas que le proporcionaban otros guitarristas eminentes de acento universal —Carlos Santana, Al Di Meola, Eric Clapton—, con quienes se confabuló para articular una manera de entender la poética de la guitarra flamenca absolutamente innovadora. Se fundamenta así una forma nueva por inusitada de alianza artística. Por el tejido de la tradición popular empiezan a filtrarse —o a definirse— unos nutrientes cultos. Una eventualidad que, en el mejor de los casos —en este caso— también resultaba enriquecedora.
Paco de Lucía disponía de un virtuosismo enigmático, imprevisible por momentos, literalmente inscrito en un sistema expresivo que podría llamarse —empleando un término muy manoseado— la estética del duende. Por ahí se perfila el prodigio de llegar adonde nadie había llegado, a una situación límite donde la novedad equivalía a la clarividencia. La manera de tocar la guitarra de Paco de Lucía era su forma de sacar a flote la intimidad. Y en esa intimidad se juntaban con similar lucidez el conocimiento y la intuición, lo aprendido y lo adivinado, una especie de cabal síntesis creadora. No me refiero ya a sus falsetas, es decir, a esas inolvidables filigranas ornamentales con que solía acompañar al cante, sino a la exigente estructura melódica, a la exquisita plenitud de su obra de solista.
Casi sin proponérselo, Paco de Lucía llegó a ser un auténtico compositor. Llevaba en la sangre, como suele decirse, una admirable propensión a los traspasos musicales de la experiencia. Es lo que hizo siempre con un lenguaje originalísimo y una asombrosa destreza imaginativa. Y todo eso sin esgrimir nunca ninguna clase de alharacas o vanas complacencias. Amaba la música con tanta honestidad como la vida. Con él, la guitarra flamenca alcanzó un fin de trayecto o, más propiamente, una virtud extrema que también podría llamarse —como he apuntado más arriba— una situación límite. Lo demás es silencio.
Artículo aparecido en El País 27/2/2014
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