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NURIA AMAT



Hubo un tiempo en el que yo soñaba con escribir novelas verdaderas, novelas al estilo característico de las novelas-novelas . Historias totales. Tal vez el oficio de escritor surja precisamente de esta limitación que consiste en no poder  convertirse en según qué tipo de escritor. Y el novelista de hoy en día sea el escritor más incapacitado para narrar la historia de otras vidas distintas a su pobre vida de escritor.

Letra herida, Nuria Amat, editorial Alfaguara

ADOLFO GARCÍA ORTEGA ESCRIBIR/ ACTUAR

Mujer escribiendo  Thomas Pollock

ESCRIBIR/ACTUAR

En literatura, uno de los más duros aprendizajes que lleva a la madurez es el del día en que uno cae en la cuenta de que es una actividad sin padre, sin origen. En literatura uno mismo es su propio padre. Aprende de su propio modelo, de la reflexión sobre su propia experiencia. Y sin embargo, el escritor es incapaz de escribir sobre lo que le pasa "realmente". Como mucho, lo mixtifica en la fábrica de la literatura. La ficción pasa a ser, así, liberación o venganza de la propia vida, salpicada por aquí y por allá en sus novelas y poemas. La vida del escritor es, pues, un emerger tortuoso hacia la acción. Es la conquista de algo aún no logrado del todo, pero que se encuentra in progress. Una de las obras obsesivas de mi vida ha sido el difícil Tractatus Logico-Philosophicus, de Ludwig Wittgenstein, y tardé mucho tiempo (veinticinco años) en comprender que la lectura de esa obra inaugural puede ser, por su intensidad, una gran revelación en el campo literario. Enseña ideas, provoca revelaciones, intuiciones, asume planteamientos, forma moldes de conocimiento aplicables a la vida y a la literatura, aparte del objetivo intencional de su autor: la lógica, el pensamiento. Lo primero y básico que revela es una determinación activa. Enseña la acción, que es una obsesión del escritor: hacer acción, no estar en la pasividad; quizás porque ser escritor es algo en esencia pasivo: mirar, escrutar, describir las acciones de los otros, de lo otro, ser, por tanto, otro. Todo el arranque del Tractatus es fundamental para entender la vida como actividad. Y la literatura, para casi todos los escritores, es el hecho y el lugar de ese tránsito a la acción, a la actividad. Pero, ¿quién transita? Lo anónimo, es decir, nadie. O quizá Dios, el No-Existente por excelencia, que es un imitador del escritor, que a su vez es un imitador de Dios. Roland Barthes lo expresa en S/Z cuando escribe acerca de la base de la literatura como una no-respuesta a la pregunta de "¿quién habla?". Dice Barthes: "Flaubert opera un malestar saludable en la escritura: no se sabe nunca si es responsable de lo que escribe (si hay un sujeto detrás de su lenguaje); pues el ser de la escritura (el sentido del trabajo que la constituye) es impedir que se responda a esta pregunta: ¿quién habla?". Esto recuerda a lo que decía Forster acerca de lo anónimo como base de lo literario. Al escritor de verdad sólo le interesa la revelación. Lo que de pronto aflora de la realidad y siempre ha estado en ella, esperando el momento de revelarse. La literatura, entonces, sirve para dar respuestas, como aspiraba Wittgenstein encontrar en la filosofía. La lectura, por obvia derivación, es una búsqueda de respuestas, que se agudiza con la edad. Quizá proceda todo esto de la lección de Leibniz acerca de la analogía entre el orden del mundo, la realidad en suma, y el orden gramatical de los símbolos en el lenguaje, algo que está muy presente en el Tractatus y en toda la obra de Wittgenstein. Leibniz/Wittgenstein: una muy interesante mezcla para la reflexión del escritor sobre su propia práctica de escritura. Baudelaire la aprobaría.


– Adolfo García Ortega (Valladolid, 1958) es autor de novelas como "El comprador de aniversarios", "Pasajero k" (Seix Barral) y Autómata (Bruguera).

Artículo aparecido en el País 26/1/2008

RAY LORIGA

Una carta a Rodrigo Fresán, con cariño, desde el infierno.

Llega el desánimo y todo se vuelve imposible para un narrador. Escribir, por ejemplo. Creer en la ficción y, de paso, en la literatura como artefacto generador de tramas. Surge así una pregunta: ¿qué contar cuando hacerlo es inútil y, a la vez, imprescindible? Esta carta forma parte de la introducción a Días más extraños, la recopilación de textos que el escritor madrileño publicó en la editorial El Aleph.


Cómo describir este sombrero? ¿Y por qué? Que decía Beckett, pues si en algo va marcando el tiempo a quien escribe es en el desánimo de la propia descripción de todas y cada una de las cosas. Se derrumban las frases comenzadas con un entusiasmo impropio y uno pensaría que hasta infantil, antes de ser terminadas. Hubo un tiempo en el que la ficción parecía posible pero ese tiempo ya pasó, y por qué negarlo, se fue sin mucha gloria. Por qué seguir entonces hablando de este sombrero, que ya ni siquiera recuerdo a pesar de ser un sombrero del que ya hablé antes, del que ya escribí antes en realidad, porque de lo dicho queda aún menos que de lo escrito, y es la misma desconfianza ante las palabras la que construye ahora la jaula de todos mis miedos. ¿Y qué encierro es éste? Supuestamente no existe pero se va formulando a mi alrededor con absoluta precisión, e incluso quien ha dejado de tensar la cuerda de la ficción, quien ya ha desfallecido víctima de ese empeño, vuelve a poner una frase detrás de otra, encima de otra, para nada. El mundo no es muy fuerte. Esa frase creí haberla leído en The expelled, una novella de Beckett, pero al revisarla hace apenas unas horas, me di cuenta de que la frase era en realidad: la palabra no es muy fuerte. Hay que considerar, además de mi torpeza, que mundo en inglés se escribe world y palabra, word, de manera que parece normal que en la memoria, tal vez en el momento mismo de la lectura, ambos términos se confundieran. La frase cerraba una reflexión circular acerca de la altura, la cuenta en peldaños de una determinada escalera en la memoria de Beckett, y tal vez el mundo no es muy fuerte me pareció en su día una conclusión más acertada, aunque bien es cierto que en literatura la palabra es el mundo, así que ambas frases, la real y la imaginada, venían a ser casi lo mismo al final o al principio de esa beckettiana indagación sobre la naturaleza microscópica de las cosas, y el envenenado recuerdo de las cosas. Hubo un tiempo en el que estuve sinceramente interesado en la mecánica cuántica y seguramente aquello es lo que me ha llevado a esta locura actual. En la que el mundo es cuestionado desde posiciones ajenas al mundo. Lo cual justifica gran parte de mis frustraciones porque a nadie se le escapa que pensar en un sombrero no es un sombrero ni cubre la cabeza. La ficción precisa de un entusiasmo, de un rigor y de un talento que ya no tengo, que nunca tuve, en realidad. Por eso ahora me dedico al cine porque un mal escritor vive mejor del cine que de la literatura y además conoce a más gente. Todo esto no tendría mayor importancia si uno no se fuera derrumbando con los años. De niños éramos más fuertes, me dijo Rodrigo Fresán, el magnífico escritor argentino y mejor amigo, ayer mismo en una atropellada conversación telefónica, atropellada por mi parte no por la suya, que era yo el que estaba borracho, de esta manera en la que estoy permanentemente borracho sin estarlo del todo, sin ni siquiera haber bebido. Efectivamente de niños éramos más fuertes y ahora estamos pagando ese esfuerzo. La ficción precisa de un entusiasmo, de un rigor y de un talento que ya no tengo. Por eso ahora me dedico al cine Seguramente, querido Fresán, no he encontrado nunca antes, antes de mí y después de Beckett, sé que alguien me fusilará por esta frase pero estoy dispuesto a morir por ella, tal falta de fe en la ficción, tanta pesadumbre ante lo inútil de narrar lo construido previamente, el empeño de relatar lo inventado como real, o el absurdo paralelo de darle a lo real una formulación literaria, con la posible excepción de Meter Handke, ese incómodo alemán enamorado de la nada. Leyendo Jardines de Kensington, amigo Fresán, y con esto ya te dejo tranquilo, recordé un viaje a Argentina, en el que habría de conocerte, recuerdo el avión en realidad y la lectura de Vidas de santos, y no puedo ni imaginar dónde terminó, qué día firmé el certificado de defunción de todo interés por la trama. O de toda pasión por la trama, que diría Pitol. Pero eso no es lo que ahora me sorprende, sino el entusiasmo de entonces. Y si te escribo estas líneas que algún día leerás, porque te obligaré a que lo hagas, es porque al ser tú ligeramente mayor, y al envidiar tan profundamente el entusiasmo que aún mantienes, no ya en la lectura de todas las literaturas posibles, que ése también lo guardo yo, sino la fe en tus propias aventuras literarias, y esa fe yo también la mantengo, es decir que creo en ti más que en mí, me pregunto cuál puede ser la causa última de mi derrota. Es decir, te escribo como paciente, impaciente por comprender el alcance de esta enfermedad y sus posibilidades de cura. Como cada uno de esos escritores que de cuando en cuando declaran que la novela ha muerto, sin reconocer que ellos la han matado, tengo claro que la novela, las novelas gozan de perfecta salud, todas menos las mías. Sé que la muerte de un escritor menor no es el fin del mundo, pero qué quieres que te diga, amigo Fresán, a mí me preocupa. En fin, nada de esto es importante y hay una parte feliz que no te cuento, pero siempre hay una parte feliz, que no se cuenta. Volviendo al tema que me trajo, que me trajo hasta ti, no a este resort tailandés, la ficción se me escapa. Supongo que entre nosotros hay quien se hace con ella, y quién no. Nuestro común amigo y admirado amigo, además, Enrique Vila-Matas, parece tenerla a buen recaudo, seguramente ha pagado una vida por ello, pero ¿qué menos? Y ya que estamos hablando de nuestro admirado Vila-Matas, hemos de reconocer que su manera de torcer la ficción para su lado ha sido suicida. ¿O acaso no se ha ficcionalizado él mismo para desentrañar el misterio que a mí se me escapa? Ésa es sin duda la vida que ha pagado, a la que antes me refería. ¿Hay otro modo? No puede escribirse más por mera repetición de los modelos admirados, porque, ¿qué sentido tendría? Más allá de la propia pericia, y un mínimo orgullo, el siniestro orgullo del copista, y en cambio, querido Fresán, hay que seguir escribiendo. Qué remedio. Este largo preámbulo, que no es una carta, ni por supuesto una nota de suicidio, sino una manera más de llenar la tarde en este absurdo paraíso tailandés, ya se acaba, y en realidad no tiene otra función que la de servir de prólogo a una pequeña ficción. Porque parece imposible librarse del todo de este hábito, querido Fresán, porque me temo que no tenemos más remedio que tratar de escribir una vez más. Lo que sigue no es más que un cuento abortado, una muestra más de mi impotencia, y supongo un intento desesperado por librarme de ella. Quién sabe, amigo Fresán, tal vez algún día esta larga lista de derrotas me sirva para alzarme con una merecida victoria.

Aparecido en el diario El País el 19 de mayo de 2007

LA PÁGINA EN BLANCO 2

ELENA PONIATOWSKA

Si toda la vida me la he pasado buscando respuestas, es poco probable tener reglas para escribir. Si yo soy la que pregunto desde que sale el sol hasta que se mete, ¿cómo voy a saber qué se hace para enfrentar la página en blanco? Con la página en blanco comienza la inmensa aventura frente a la mesa de trabajo, bueno, antes era una mesa, ahora es una pantalla también espantosamente blanca y llena de trucos, trampas, escondites porque una sola tecla te borra el alma. Hay días buenos y días malos. En los malos, todo va a dar al cesto de la basura, en los que uno cree buenos sale media página y uno se esponja como gallina roja. Es más fácil poner un huevo que escribir. Escribir me cuesta un huevo y la mitad de otro. Bueno como si yo tuviera huevos. La única manía que puede evitarse es insistir y empeñarse en vez de salir a la calle y abrazar a los demás aunque sea con la mirada.

LA PÁGINA EN BLANCO 1

ANTONIO GAMONEDA

Parto de una actitud permanente en el sentido de que la manifestación o la presencia del pensamiento poético es una parte de mi vida. Ese pensamiento poético por decirlo de alguna manera, permanece inmovilizado, pero está conmigo todo el tiempo. Y en algún momento una parte de mi cerebro que los científicos nos están localizando, pone en marcha ese pensamiento poético del que hablo, el cual, a mi entender, difiere de cualquiera otra modalidad de pensamiento. Es un lenguaje interior que se activa rítmicamente, en su aparición hay un desencadenante musical, y ese pensamiento rítmico es identificable como pensamiento poético. Lo que no se debe hacer, sin que esto sea una ley de aplicación general, es crear un proyecto, programar, crear unas metas o significaciones previas con fines de escritura poética. No es precisamente el automatismo puro de los surrealistas, pero sí es una actividad que no debe ser intervenida por otras formas de pensamiento. Finalmente, de una manera quizá no perceptible para el poeta hasta el final sí aparece un sentido , un conocimiento que se parte del no saber que decía Juan de Yepes al saber, al conocimiento, pero por mecanismos que no son la indagación, el estudio o la indagación previa.

El País 17/04/2010

ELIAS CANETTI


Un escritor que busca siempre la medianía ¿Es realmente un escritor? Modera cuanto le llega para no salirse de sus propios límites. ¿Puede una vida que se aísla tanto saber realmente algo de la de los demás?

Las rotundidades de sus obras me resultan penosas. Él nunca me infunde terror. Siempre consigue tranquilizar al lector. Le falta el componente estremecedor, desgarrador, le falta adversidad y rabia, le falta la sensación del vacío bajo sus pies, la sensación de acoso. Su ironía es placentera, su humor jamás se pasa de la raya. Le gusta ser delgado y lo considera una ventaja.



"El corazón secreto del reloj" Elias Canetti, Muchnik Editores, Traducción de Juan José del Solar B.

EL ARTE DE ESCRIBIR: ANA MARÍA MATUTE

• El escritor nace, no se hace.

• Escribir es también una forma de protesta.

• Mientras haya un poeta la poesía existirá.

• Maestros, modelos, estudios, nunca estorban y pueden ayudar pero no crean.

• Escribir es siempre muy difícil, sobre todo hacerlo de forma aparentemente sencilla.

• Lo “políticamente correcto” casi nunca es literario.

• Para un escritor no hay universidad ni escuela que enseñe lo que es enseña la vida.

• Escribir no es sólo una profesión y una vocación: es una forma de ser y de estar.

• Un libro no existe en tanto alguien no lea.

• El día que yo piense que he escrito algo perfecto

Ana María Matute

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