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Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo. Yo no es que esté asustado, pero la sensación es la misma que cuando lo estoy. El mismo mariposeo en el estómago, la misma inquietud, los bostezos. Aguanto y trago saliva.
Otras veces es como siestuviera medio borracho o conmocionado. Hay una especie de manta invisible entre el mundo y yo. Me cuesta mucho trabajo enterarme de lo que me dicen los demás. tiene tan poco interés. y sin embargo quiero tener gente a mi alrededor. Me espantan los ratos en que la casa se queda vacía. Lo único que querría es que hablaran ellos unos con otros, que no se dirigieran a mí.
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"Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos desde el borde del paladar para apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo.Li.Ta.
Era Lo, sencillamente Lo, por la mañana, un metro cuarenta y ocho de estatura con pies descalzos. Era Lola con pantalones. Era Dolly en la escuela. Era Dolores cuando firmaba. Pero en mis brazos era siempre Lolita. "
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"El talón de Aquiles de Peppone se llamaba Michele, muchachote de manos grandes como palas y tan greñudo que hacía pensar en esas hayas que a fuerza de ser podadas, quedan reducidas a gruesos troncos encapuchados con estúpidas bolas de hojas. Viajaba en un trasto de motocicleta con bolsas adornadas de bollones y flecos a lo cowboy, y lucía un chaquetón negro en cuya espalda había hecho pintarrajear una blanca calavera y la palabra «Veneno».
Michele, alias Veneno y último de los hijos de Peppone, era el único melenudo del pueblo, pero se bastaba y se sobraba, porque, además de tener una fuerza de búfalo, sabía usarla condenadamente bien. Veneno era el jefe de los melenudos esparcidos por la Bassa, y, cuando se movía con su pandilla, temblaba la tierra.
Pero había otras grandes novedades en el pueblo de don Camilo: desaparecido el viejo Piletti, la farmacia fue ocupada por una joven doctora de la ciudad que se había trasladado al pueblo cobijado tras la orilla del gran río, en compañía de su marido, también doctor.
Por su parte, Peppone había transformado su taller en un gran establecimiento en el que se vendían a plazos automóviles, motocicletas y electrodomésticos de todas clases. El dinero para montar el negocio lo habían facilitado los camaradas de la sección, convencidos por el razonamiento de Peppone: «Si el pueblo trabajador quiere automóvil, lavadora, televisor, nevera, etc., vendámoselos nosotros. El beneficio quedará en el pueblo trabajador, porque las ganancias serán repartidas entre los accionistas...»
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Empezó por una equivocación.
Estábamos en navidades y me enteré por el borracho que vivía calle arriba, y que lo hacía todos los años, que contrataban a cualquiera que se presentase, así que fui y lo siguiente que supe fue que tenía una saca de cuero a mis espaldas y que me dedicaba a pasear a mis anchas. Vaya un trabajo, pensé. ¡Tirado! Sólo te daban una manzana o dos y si te las arreglabas para terminar, el cartero regular te asignaba otra manzana para repartir el correo, o también podías volver y el jefe te mandaba a otra parte, pero lo mejor que podías hacer era tomarte tu tiempo y meter relajadamente las tarjetas de Navidad en los buzones.
Creo que fue en mi segundo día como auxiliar de Navidad cuando esta mujerona salió y se puso a andar a mi lado mientras yo repartía las cartas. Cuando digo mujerona me refiero a que tenía un culazo y unas tetazas y en general era grande en todos los lugares adecuados. Parecía estar un poco chiflada, pero me ponía a mirar su cuerpo y no me importaba demasiado.
Hablaba y hablaba y hablaba. Entonces salió la cosa.
(CHARLES BUKOWSKY, Cartero)
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HISTORIA DEL REY SCHAHRIAR Y DE SU HERMANO EL REY SCHAHZAMAN
"Cuéntase -pero Alah es más sabio, mas prudente, más poderoso y más benéfico- que en lo que transcurrió
en la antigüedad del tiempo y en lo pasado de la edad, hubo un rey entre los reyes de Sassan, en las islas de
la India y de la China. Era dueño de ejércitos y señor de auxilliares de servidores y de un séquito numeroso.
Tenía dos hijos, y ambos eran heroicos jinetes, pero el mayor valía más aún que el menor. El mayor reinó
en los países, gobernó con justicia entre los hombres, y por eso le querían los habitantes del país y del rei-
no. Llamábase el rey Schahriar. Su hermano, llamado Schahzaman; era el rey de Samarcanda Al-Ajam.
Siguiendo-
las cosas el mismo curso, residieron cada uno en su país, y gobernaron con justicia a sus ove-
jas durante veinte años. Y llegaron ambos hasta el límite del desarrollo y el florecimiento.
No dejaron de ser así, hasta que el mayor sintió vehementes deseos de ver a su hermano. Entonces orde-
nó a su visir que partiese y volviese con él. El visir contestó: “Escucho y obedezco.”
Partió, pues, y llegó felizmente par la gracia de Alah; entró en casa de Schahzaman, le transmitió la paz,
le dijo que el rey Schahriar deseaba ardientemente verle, y que el objeto de su viaje era invitarle a visitar a
su hermano. El rey Schahzaman contesto: “Escucho y obedezco.” Dispuso los preparativos de la partida,
mandando sacar sus tiendas, sus camellos y sus mulos, y que saliesen sus servidores y sus auxiliares. Nom-
bró a su visir gobernador del reino y salió en demanda de las comarcas de su hermano.
Pero a media noche recordó una cosa que había olvidado; volvió a su palacio secretamente y se encaminó
a los aposentos de su esposa a quien pensaba encontrar triste y llorando por su ausencia..."
(ANÓNIMO, Las mil y una noches)
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Está claro que ni es un cuchillo de cocina, ni un quitapenas del golfo. Pero tampoco una navajita. Pongamos que un Opinel del 6, o un Laguilole. Una navaja que perfectamente hubiera podido ser la de un hipotético y cabal abuelo, que éste se hubiera metido en el pantalón de pana de canalillo ancho color chocolate. Una navaja que el abuelo se hubiera sacado del bolsillo a la hora de la comida, hincando la punta en las rodoajas de salchichón, pelando lentamente una manzana, con el puño replegado sobre la hoja. Una navaja que hubiera cerrado con amplio y ceremonioso ademán, tras tomarse el café en un vaso -y eso hubiera significado para los allí presentes que había que volver al trabajo.
(PHILIPPE DELERM, El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida)
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Fue el verano en que el hombre pisó por primera vez la luna. Yo era muy joven
entonces, pero no creía que hubiera futuro. Quería vivir peligrosamente, ir lo más lejos
posible y luego ver qué me sucedía cuando llegara allí. Tal y como salieron las cosas,
casi no lo consigo. Poco a poco, vi cómo mi dinero iba menguando hasta quedar
reducido a cero; perdí el apartamento; acabé viviendo en las calles. De no haber sido
por una chica que se llamaba Kitty Wu, probablemente me habría muerto de hambre. La
había conocido por casualidad muy poco antes, pero con el tiempo llegué a considerar
esa casualidad una forma de predisposición, un modo de salvarme por medio de la
mente de otros. Esa fue la primera parte. A partir de entonces me ocurrieron cosas
extrañas. Acepté el trabajo que me ofreció el viejo de la silla de ruedas. Descubrí quién
era mi padre. Crucé a pie el desierto desde Utah a California. Eso fue hace mucho
tiempo, claro, pero recuerdo bien aquellos tiempos, los recuerdo como el principio de
mi vida.
(PAUL AUSTER, El palacio de la luna)
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Vincent apagó las luces de la galería. Después de cerrar la puerta, ya afuera alisó el ala de un elegante panamá y se encaminó a la Tercera Avenida, golpeando la acera ligeramente con la caña de su sombrilla. Desde el amanecer una promesa de lluvia había oscurecido el día; ahora un cielo de abultadas nubes cubría el sol de las cinco de la tarde; pero hacía un calor tan húmedo como bruma tropical y las voces resonaban en esa calle gris de julio de un modo extraño, embozado, que delataba un trasfondo de inquietud. Vincent sintió como si avanzara bajo el mar. Los autobuses que atravesaban la ciudad por la calle Cincuenta y siete parecían peces de vientre verde, los rostros de los pasajeros se asomaban, meciéndose como máscaras sobre una ola. Examinó a los transeúntes hasta que finalmente la vio con su impermeable verde. Estaba en la céntrica esquina de la Cincuenta y siete y la Tercera Avenida, fumando un cigarrillo; daba la impresión de tararear una melodía. El impermeable era transparente. Llevaba pantalones negros de pinzas, sandalias sin calcetines, una camisa blanca de hombre. Su pelo era color de ante y lo llevaba cortado como un muchacho. Cuando vio que Vincent cruzaba la calle en dirección a ella, tiró el cigarrillo y caminó deprisa hacia la puerta de una tienda de antigüedades.
(TRUMAN CAPOTE, El halcón decapitado)
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— Afuera, la noche invernal había envuelto la ciudad en agua, en niebla y en viento. Con la cabeza tapada bajo el embozo, yo escuchaba el ruido sordo y monótono de las gotas de lluvia sobre el gran tejado de nuestra casa.
Imaginaba cómo las gotas innumerables rodaban en aquel instante sobre las aguas inclinadas del tejado, apresurándose a caer cuanto antes a tierra para evaporarse después y volver a encaramarse allá arriba, en el cielo blanco. No sabían que en los aleros del tejado les esperaba una trampa oculta, el canalón de hojalata. Justo cuando se disponían a brincar del tejado al suelo, se encontraban de pronto en el interior del estrecho canalón junto con miles y miles de sus compañeras que se preguntaban amedrentadas: «¿A dónde vamos?, ¿a dónde nos llevan?». Entonces, antes de que hubieran podido recuperarse de su alocada carrera por el tubo, caían bruscamente en una prisión honda y oscura bajo la tierra, en el enorme aljibe de nuestra casa. De este modo llegaba a su fin la vida libre y gozosa de las gotas de lluvia.
(KADARÉ, ISMAIL, Crónica de la ciudad de piedra)
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