
Nieves Escalada
Nacio en Gijón, Asturias, el 2 de Junio de 1920. Hija de Juan Escalada, Secretario del Juzgado Municipal de Sama de Langreo, y de Nati de la Peña Acebal. Su nacimiento acaeció en Gijón durante una corta estancia de Nati en casa de su madre, Leonor Acebal. Nieves residió hasta la edad de 21 años en Sama de Langreo donde efectuó estudios de educación primaria y bachillerato. En 1941, su padre, Juan Escalada, fue ascendido al cargo de Secretario del Juzgado Municipal de Oviedo, y la familia se trasladó a la capital asturiana. En 1942 se casó con su primo José Manuel Castañón de la Peña.
Dotada de una clara inteligencia y gran sensibilidad, autodidácta, adquirió una profunda educación humanística.
En 1961, en Venezuela, en el exilio que su marido voluntariamente había emprendido, y que ella aceptó con estoicidad y valentía, escribió breves biografías de mujeres famosas que eran emitidas semanalmente por una Radio Emisora de Caracas. Gran lectora de literatura y poesía, vuelca toda su ternura y sus íntimos anhelos en poesías que escribe y que no fueron conocidas hasta después de su muerte. Falleció en Madrid en 1983. Intimo
Intimo
¡Pobre poema mio sin mañana!
vertiendo sus dolores en el sendero muerto,
contando sus ensueños al infinito abierto,
que no tiene esperanza.
¡Pobre poema mio!
Lo hice entre dos tardes, en la hora, indefinida, muerta,
que el dolor y el amor se dan la mano.
La hora incierta, que convirtio su hueco
en el nido caliente de mis penas.
¡Pobre poema mio sin destino!
en donde apenas late mi hoy sin viento
¡y la voz de mi yo sin infinito!
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(Enviado por Guillermina)
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Era cuestión de minutos. Un poco de rimmel más, o una cucharada de cereales menos; robarle unos momentos al body milk … no se.
Analizaba mis pasos desde que el despertador sonaba y aquel vacío o no en el ascensor era real. La fresca fragancia que aspiraba era como la brisa marina repleta de sus aromas. Sus ojos fijos en mi perfil me producían una sensación de rubor que al llegar al punto cero paralizaba el caminar con normalidad.
Muchos días pasaron de repente.
En ocasiones abandoné el colorete; abroché la sandalia esperando a que aquella puerta se abriese… ¡todo fue inútil!
En aquella colmena de edificio, le di por desaparecido. Ya no era cuestión de ser más ágil o más perezosa.
Un día más estática ojeaba el reloj; en segundos lo había hecho varias veces. Cuando la puerta del ascensor por fin se abrió, reposabas en una camilla, los ojos fijos. Quise decir algo, pero ya otra persona indicaba que no tenía hueco. La puerta se cerraba como una losa y el lamento de una ambulancia me hizo estremecer.
Tere Fuertes Fernández
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Nuestro compañero en la diáspora, Juan Manuel Rodríguez Gayán, ganó el tercer premio en el concurso de Relatos Breves de Renfe Cercanías de Madrid.
El escritor Javier Reverte, como presidente del jurado, fue el encargado de entregar los premios del Certamen “El tren y el viaje”, organizado por Renfe Cercanías Madrid en colaboración con ERRESE Libros.
Desde aquí nuestra sincera enhorabuena a Juan. Los triunfos -pequeños o grandes- de nuestros compañeros, siempre nos sirven de estímulo.
Amanece desde el este, otro día más; si lo hiciera por el oeste, muchos no se enterarían. El perfume del jazmín coquetea con el sudor de tres días; tras un cortejo imposible, huye despavorido. Desagradecidas las carteras que arropadas por la masa buscan el calor de otros bolsillos. Ojos que roban las noticias de un periódico gratuito. Cuerpos en equilibrio sostenidos por el párrafo que se asoma desde la página siguiente. Algunos duermen de pie, caminan sobre los sueños. Tras millones de probabilidades, años de espera, dos pares de zapatos hermanos se encuentran, se rozan, se pisan... se alejan
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Erguido, impecable, maletín lustroso.
Susurra a mi oído fruto del marketing
Dulce empresa que me halaga.
Mercado de pasiones.
Inunda sin competencia
Tramite que encadena
Enlaza certificación.
Unidos hasta los fondos
Ningún factor nos separa.
Si en grupo nos acompañan.
Formarán eterno analisis
¿Será blanco el porvenir?
Mar Cueto Aller
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Asturias es cremallera de dos colores: verde y azul.
Verde del agua de cielo reconvertida, azul de agua de mar removida.
Si cerrada la cremallera, sus dientes son las montañas, hijas de la tierra.
Si abierta, un abismo insondable de historia y leyenda se abre a nuestros pies.
Es, pues, necesario caminar con los ojos bien abiertos, para no caer en las trampas de sus hechizos, pues no son magia de poca monta, no.
Asturias se te cuela en el corazón y se instala allí silenciosa, prudente...
Si vives en ella, casi no te percatas entre el bullicio de lo cotidiano, de la gente de sonrisa fácil y corazón grandote (y... ¡demonios!, tan relimpios que hasta lavan el carbón). Pero si te vas -yo no lo sé, sólo lo intuyo- tiene que orbayarte el alma.
Asturias, además, suena. Suena a gaita, a voces profundas que cantan canciones sencillas. Suena a hojas que se mecen en los árboles, a mugidos en los prados. Suena a arroyos y a ríos rápidos, a lagos calmos, a gotitas tiernas, a rumor de olas.
Suena, pero muy quedo -tan quedo que casi no se oye- a niebla. A niebla que es escondite de duendes. A niebla que va desde azulada a gris oscura, que si está más alta ya no se llama niebla, se llama "nubes".
Y las nubes son panzudas, como rellenas. Se mueven lentamente. Están vivas porque se juntan, se separan, algunas son más rápidas -pocas- y cuando se enfadan o están tristes, lloran. Lloran gotas de lluvia. Las nubes están casi siempre ahí.
Por eso el sol en Asturias se vende embotellado. Porque a granel, casi no hay. Al sol embotellado le llaman sidra. Son rayos mejorados, que fueron en su día capturados por las manzanas y que tienen propiedades curativas. En dosis adecuadas, según cada cual, limpian el cuerpo y el alma por dentro (y los bajos de los pantalones y los zapatos por fuera). Y huelen, primero a dulce y después a ácido. Porque la sidra también madura, como la gente. Dulce se toma con castañas y es fiesta de niños y grandes. Madura se toma, generalmente, en compañía frente a mostradores repletos de pinchos y marisco de tacto rugoso y de color rojizo.
Porque Asturias también se toca: en lo escurridizo y resbaloso de las truchas, en lo pegajoso del pulpo. Se toca en las plumas perdidas de los pájaros en el bosque, en el tacto húmedo de las setas, en el rugoso de las rocas o el flexible de la vegetación.
Se toca en la humedad que se mete por poros y oquedades, que se tiende a dormir perezosamente en las sábanas estirándose como los hilos de plata de los dedos de la luna, que acarician a la Asturias que quisiera dormir, pero tiene turno de noche... que huele a bosque, a carbón, acero y mar.
Carmen Salgado Romera (Mara)
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Correr en seco es
querer llegar
al infinito,
estar contigo
un minuto
que pareciera
una hora,
o tal vez
fuera una hora
tan corta
como un minuto.
Correr en seco es
recuerdo,
sentimiento,
alegría y dolor,
estar a tu lado
en silencio,
porque mi amor
es tu amor.
Correr en seco es
deseo de volver a
aquél día siete,
siete, siete...
que golpea
mi cerebro
como recuerdo
implacable.
Todo ocurrió
en esa fecha,
que se repite
y repite,
y acompañará
mi vida,
hasta volver
a encontrarte.
Mª Ignacia Caso de los Cobos Galán.
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Versión sobre "Nada que hacer, Monsieur Baruch" de Juan Ramón Ribeyro por Evelia San juan Aguado
Yo seguía echando por debajo de la puerta una publicidad a Monsieur Baruch que permanecía completamente insensible. En los últimos tres días había deslizado un folleto de la Sociedad de Galvanoterapia en cuya primera página se veía la fotografía de un hombre con cara de cretino bajo el rótulo “Gracias al método del doctor Klein ahora soy un hombre feliz”; había también un prospecto del detergente Ayax proponiendo un descuento de cinco centavos por el paquete familiar que se comprara en los próximos diez días; se veía por último programas ilustrados que ofrecían las memorias de Winston Churchill pagaderas en catorce mensualidades, un equipo completo de carpintería doméstica cuya pieza maestra era un berbiquí eléctrico y finalmente un volante de colores particularmente vivos sobre “El arte de escribir y redactar”, que lancé con tal pericia que estuvo a punto de caer en la propia mano de Monsieur Baruch. Pero éste, a pesar de encontrarse muy cerca de la puerta y con los ojos puestos en ella, no podía interesarse por esos asuntos, pues desde hacía tres días estaba muerto. Su nula respuesta a mi lanzamiento me hizo sospechar que sucedía algo anómalo. Me acerqué: permanecía sentado como solía hacer a diario desde tantos años. Las manos descansaban relajadas sobre el regazo: ¡Cuántas veces le había echado la correspondencia de este modo y él la había recogido con una sonrisa y un gesto amistoso de despedida! Tenía que hacer algo, necesitaba pensar, el resto de correspondencia sin repartir era urgente, pero Monsieur Baruch carecía de familia cercana. Cambié la ruta del reparto y me fui directa al hospital para dar cuenta del hallazgo. Quedaron en acercarse a la casa de modo inmediato.
Por mi parte, aceleré cuanto pude la entrega, deseaba volver para conocer más detalles y ayudar en lo posible. Ya lo habían llevado al depósito municipal. Me dijeron que la muerte le había llegado de modo súbito, sin sentir nada especial, que se habría cansado de vivir por falta de alicientes…Yo no quedé satisfecha con esta explicación y me propuse averiguar algo más sobre su pasado. Me había contado que apenas le quedaba familia: acaso un primo por parte de su madre, viudo como él, que vivía en una ciudad lejana, de la que me había dicho el nombre, pero ahora no recordaba. Busqué su agenda de direcciones: estaba situada encima de la mesita de noche. Tuve que llamarle dos veces, a la primera nadie respondió. Me dijo que se encontraba demasiado viejo para poder hacerse cargo de él y que no podría viajar.
Me pareció que le debía un pequeño homenaje póstumo, por las múltiples veces que me había invitado a tomar con él un café a media mañana, mientras hacía el reparto. Solía preguntarme acerca de las novedades del pueblo: él apenas salía, sus piernas estaban demasiado débiles. Charlábamos un poco, nunca se quejaba de su estado; a veces me pedía que le trajera alguna revista de actualidad para entretener las largas horas de soledad. Le distraían mucho los folletos publicitarios, que leía en su totalidad y luego me comentaba. Nos reíamos a menudo con las exageraciones y falsedades que suelen publicar en su intento de vender. Su compañía era para mí gratificante, representaba el abuelo que nunca tuve. En un gesto de verdadera amistad, me había confiado una llave “por si algún día me pongo enfermo y tienes que llamar para que me lleven al hospital”, a partir de lo cual mis visitas se hicieron algo más frecuentes, procuraba hacerle compañía algunas tardes. Echaba mucho de menos a su difunta, bastantes años antes un cáncer cerebral galopante se la había llevado en tan poco tiempo…No me agobiaba con sus recuerdos, nada más lo dijo en una ocasión. Solíamos merendar y jugar un rato a las cartas: el tiempo pasaba casi sin darnos cuenta y yo notaba al despedirnos sus ojos reflejando felicidad. Para mí este último año había sido muy distinto: me habían dado este destino lejos de la casa familiar, estaba viviendo sola y el lugar era tan provinciano, que procuraba distraerme como podía, a base de lecturas y poco más. Decidí poner una esquela en el periódico de la capital; el resto quedaba a cargo de los servicios municipales.
El entierro se celebró en una penosa soledad; lo inhumaron en un nicho mientras el sacerdote rezaba con desgana las oraciones habituales. Colocar una lápida costaría más de lo que yo podía permitirme, tal vez si hablara con la asistenta social podría conseguir alguna ayuda.
Me preguntaba qué pasaría a partir de ahora con la casa y las pertenencias. Desde luego, Monsieur Baruch era una persona ordenada, cuidadosa, que mantenía limpias y bien colocadas sus cosas. Yo no conocía hasta ahora todas las dependencias, sabía que se preocupaba por mantenerlas lo mejor posible, cada vez con mayor esfuerzo, sin quejarse lo más mínimo por ello. Le arreglé el salón, adecenté el dormitorio y terminé de guardar los cacharros en la cocina. Habría que cuidar las plantas, con una visita semanal sería suficiente. De momento, no sabía qué hacer con la llave.
A la semana siguiente volví por la tarde para ventilar y regar las plantas. Antes de que me diera tiempo a cerrar las ventanas sentí un timbrazo y abrí la puerta. Una mujer de edad incierta y aspecto fatigado preguntaba por la casa de Monsieur Baruch.
-Me llamo Adeline Baruch. Soy su hija.
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