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RECOMENDAR LIBROS


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Soy de los que viven en departamentos alquilados y cada cierto tiempo debo desprenderme de libros de mi biblioteca para darle espacio a mis muebles. Intento no exceder los tres únicos libreros que me he permitido, con libros a doble fila (la doble fila es lamentable); aunque últimamente reconozco que ando algo desbordado, con decenas de libros en el suelo esperando una ubicación (es decir, toca una nueva venta).

Desde mi adolescencia llevo en mis mudanzas dos centenares de libros ajados, clásicos que he ido arrastrando desde la biblioteca de mi padre y de los que no pienso desprenderme. Tengo, además, mis libros favoritos, una radiografía de mi personalidad sintetizada en títulos y lomos. Y luego están las novedades. Los libros que compro cuando viajo, los libros que pido que me traigan cuando alguien viaja, los libros que encuentro en Lima luego de bucear en sus libreros y encontrarme con sorpresas.
Mi biblioteca personal, como la de todos, está llena de anécdotas. La mejor incluye a San Petersburgo de Andréi Biely. Encontré una lista de cinco libros imprescindibles para Vladímir Nabokov, de la cual yo había leído cuatro. Pero jamás había escuchado hablar del tal Biely. Durante muchos años, con verdadera insistencia, busqué San Petersburgo en librerías de Barcelona, Madrid, Buenos Aires, México, Santiago de Chile, Bogotá. Nada. Un día, bajé a la librería del primer piso del centro cultural donde enseño talleres literarios desde hace más de una década. Es una librería pequeña en la que suelo entrar antes de cada clase para echar una rápida mirada sin expectativas. Entonces, en una mesa de saldos, encontré San Petersburgo. No uno sino cinco ejemplares, y a un precio casi simbólico. Ahora es también uno de mis libros favoritos.

Otra anécdota similar ocurrió con Los desaparecidos de Andrew O'Hagan. Me lo recomendó Marcos Giralt Torrente, que le había hecho una reseña. Estaba en Madrid y luego iría a Barcelona. Lo busqué sin éxito en las librerías de ambas ciudades. Finalmente, me convencieron de que no encontraría un libro de relativo éxito, publicado un par de años antes, ni en saldos. Tuve que olvidarme de su existencia. Una semana después, de regreso en Lima, por aquella inercia que me hace meterme siempre en librerías a ver qué pasa, visité al antiguo local de la calle Dasso de la librería El Virrey. En la mesa de novedades, como levitando, me esperaba un ejemplar del libro inhallable.
Esto me lleva al tema de las recomendaciones. De manera indirecta, Rodrigo Fresán, sin duda el mejor creador en castellano de blurbs para los libros que reseña (y que las editoriales suelen coger para sus contratapas o sus tiras), es el principal culpable de que mi biblioteca exceda su continente. Gracias a él he leído libros memorables, y también por culpa de su entusiasmo contagioso he gastado mucho dinero. Dos amigos escritores, el mencionado Marcos Giralt Torrente y Edmundo Paz Soldán, son estupendos recomendando libros. Recuerdo la noche en Lima cuando, visitando una librería, con la aparente indiferencia de un pase en primera, Edmundo me recomendó que compreAmanece la muerte de Jim Crace. Era caro, excedía mi presupuesto, pero igual lo compré. Instantáneamente, se volvió uno de mis favoritos, un libro que solía releer cada año hasta que terminó desapareciendo de mi biblioteca (debo añadir que, más allá de mis ventas organizadas, de vez en cuando los libros se evaporan de mis libreros misteriosamente). Otra recomendación espectacular: en una cena en México, visitando a unos amigos de Mario Bellatin, uno de ellos -director de teatro- me dijo: "Anda a una librería y cómprate un libro que nadie más te va a recomendar: La obediencia nocturna de Juan Vicente Melo". Le hice caso y compré el libro. Fabuloso. Lo he recomendado desde entonces a muchas personas (en una librería de viejo en Medellín encontré varias ediciones y se las hice comprar a todos los presentes. Nunca supe si les había gustado).
¿Cuál es el libro que más he recomendado y regalado en mi vida? Otras tardes, de un escritor peruano casi desconocido llamado Luis Loayza. No dejar pasar oportunidad -como esta- para recomendarlo.
Comprar un libro guiado por el instinto (el título, el dibujo o el color de la carátula, o unblurb preciso como un gancho al mentón) depara más decepciones que sorpresas. Pero las sorpresas se disfrutan el doble. Por ejemplo, en una desangelada feria de libro compréUna princesa en Berlín de Arthur R. G. Solmssen. Eran época de vacas flacas y me lo llevé solo porque era el único que podía pagar y me gustó el dibujo de la carátula. La felicidad que me deparó dura hasta hoy. Extraordinario. El más reciente libro que conseguí por recomendación (esta vez de un lector de Moleskine Literario) es Noches insomnes de Elizabeth Hardwick. Apenas lo mencionó, mi memoria me condujo a un libro pequeño que meses atrás había visto, y pasado por alto, en Sur, una bella librería recién inaugurada en Lima. Demoré varias semanas en comprobar si era ese el libro y sí, era ese, y desde ayer lo tengo conmigo.
Mientras tuve mi programa de TV y desde que creé el blog Moleskine Literario mi objetivo principal ha sido siempre recomendar libros (incluso los que no he leído pero me atraen compulsivamente). Desde el 1 de enero del 2013 inicié un proyecto personal: un blog llamado 365 días de libros. No sé si cumpliré aquello de recomendar un libro al día (me está costando mucho, lo reconozco, y quizá más adelante deba recurrir a amigos) pero sí sé que cuando alguien dice que le gustó un libro que le recomendé, un orgullo mal disimulado aparece en mi cara, lo más parecido que hay a la felicidad.

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