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DOMINGO CABALLERO

Adiós a la malevolencia “Pasos contados”, Domingo Caballero. KRK ediciones. Oviedo, 2012. 234 páginas

Reseña de Fernando Menéndez aparecida en la Nueva España.

De entrada, desconfíen de lo dicho desde la parcela que rodea a un libro (solapa-contraportada). En el caso de “Pasos contados”, se afirma que el poeta Caballero “da un giro temático y formal que rompe con su anterior trayectoria”; se declara que el poeta Caballero “renuncia en este libro a la poesía hermética que le venía caracterizando, culturalista y de factura irracionalista, para valerse ahora de una retórica racionalista, casi clásica, de metáforas limpias.” Desconfíen: pues ni antes el decir era tan turbio ni ahora tan cristalino. Que el ofidio cambia de camisa es un hecho: a diferencia de “Fauna de varia lección” (KRK, 2008), “Pasos contados” está desbordado por poemas río que parecen evocar sigilosamente el fluir inapelable de las “Coplas a la muerte” del maestro Manrique. Poemas que – prodigios de la edición – se presentan al lector fragmentados en remansos o en ligerísimos torrentes; vigilados siempre por la esclusa del salto de página. Nunca cubre totalmente el poema el lecho ofrecido, lo que (y esto es harina de otro costal, debate de otro momento) inclina la lectura a una experiencia de espejos fragmentados. Ni quito ni pongo. Del editor como autor sobrevenido se podría perorar a lo largo y a lo ancho. No es el momento. Lo que sí digo es que por cada poema conviene primero avanzar a saltos y en una segunda oportunidad de corrido. De un salto o de un pase veo que el poema que abre el libro, “Casa demolida”, concluye con un final redondo, esférico por su rotundidad: “Porque nadie habita dos veces / la misma casa.” No se demora el poeta Caballero en darme la razón: en cuestión de casas se podrá mudar o demoler todo lo que imponga la vida; se verán pasar los días atrincherado uno tras fachadas herméticas o racionalistas pero el inquilino – racioncita menos, racioncita más – tiende a ser el mismo. Y qué decir del inquilino Caballero: que pese a mudas y otoños, hay un aliento que sopla desde su lejano “Autogeografías”(Provincia. León, 1985): su desconfianza de lo poético como término, como identidad. El peregrino Caballero quisiera pasar por la poesía pero no quedarse; ejercitar pero no militar. Evidencias de lo paradójico: es ese recelo el que empuja a escribir y a dejar lo impreso como testigo de cargo. Desde el ladino género de la contraportada ya se nos advertía en “Autogeografías”. Conviene valorar este libro en su justa medida, mayor incluso de lo que el propio autor quisiera o sospechase. La autogeografía – acertado concepto – se ofrece como una suerte de poética, amparo o autojustificación. Vayamos pues a la contraportada: “La autogeografía es un subgénero literario que apunta a un doble objetivo: emborronar el paisaje con las pinceladas de un yo que pretende gozar o sufrir muchísimo en privado para vocearlo en público – achaque común de poetas - ; y, por otro lado, enmarcar un yo, embellecido, entre las frondas y riscos del paisaje – otro guiño poético. En cualquier caso, la lectura de estos dos poemas deja la impresión de una malévola inautenticidad poética, hecha de materiales auténticos (suponiendo que se sepa de antemano lo que es o no es auténtico). Esta ambigüedad parece divertir al Autor, y constituye la esencia de la autogeografía.” Aquí está el cambio: el título de la última entrega del poeta Caballero nos lo anuncia: “Pasos contados”. El tiempo apremia y fuera hace frío. Más que las modificaciones formales, lo trascendente es que no son horas de ambigüedades ni de malévolas inautenticidades. Se puede asumir la natural y ancestral imposibilidad del poema desde el cinismo o desde la lucidez de la evidencia: “¿Acaso te ves obligado, esférico sin tropiezos, / a vivir lisa y llanamente? / No, por cierto. / Como un animal fatigado / en un bosque esquivo, / careces de centro, / adoleces de superficie, / echas de menos / algo tibio. / Y vuelta a rodar.” (“Núcleo en guerra”, “Pasos contados”). Que diecisiete años no son nada para superar de la poesía su juventud, su ambigua adolescencia. Que el poema a lo sumo sólo puede igualar o remendar la realidad es la chispa que enciende los versos de “Pasos contados”. Se acabaron los bailes, hemos sido expulsados del salón: “Digo que quizá nunca nada ha sido natural / ni nunca urbano, / pues arde la historia de cadáveres, / y no sabrás de qué mueres / ni para quién vives. / Los campos son siempre campos de batalla, / las margaritas enrojecen, / las raíces chorrean espantadas. / No volveré. / La historia nos siega como mies / y quien sólo domine / latín, griego y francés, / a estas alturas, / es un cadáver, padre, ciudadano.” (“Raíz de urce”) “Quizá nunca nada ha sido natural ni nunca urbano…” Menos aún la poesía. Género por definición indómito y atípico. Fuerte en su incapacidad. Aceptar dicha contradicción forja al poeta. Lo demás son edades, pasajes, coyunturas. Y si no que concluya el maestro Lezama, extraído el pecio de su luminoso ensayo “La dignidad de la poesía:” La poesía tiene que empatar o zurcir el espacio de la caída. De ahí la gravedad o exigencia de su imposibilidad. ¿Pues cómo lograr ese espacio de aliento, que aparece entre las contradicciones de su circunstancia y el vacío de su identidad? En toda sustancia poética, hay como un punto bisagra, como una señal adhesiva a un caudal que primero aclaró e hizo posible la existencia de lo embozado detrás de su bisagra. Al desaparecer ese análogo el poema queda condenado a su propia confluencia y a las excepciones, a los aislamientos, a las imploraciones, que por su voluntarioso predominio logra establecer en lo temporal.

                                                 

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