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MANUEL RIVAS: LA MANO DEL EMIGRANTE

Mi hermano era también muy pavero y le escribía curiosidades que bien parecían armadas por el caletre de Albino. Le hablaba de unos cuervos que pescaban en la Patagonia, abriendo un hueco en el hielo, y usando tanza y anzuelos que les robaban a los hombres. Del pez arquero, que calzaba libélulas en el aire disparando flechas de agua. De unas orugas que tomaban la forma, el color y el olor del excremento de los pájaros que ansiaban comerlas, y así se salvaban, simulando ser mierda, dispensando. De una Lámpara de Humor que tenía un barbero amigo suyo, y que cuando la encendías daba la risa. De otro amigo suyo, invisible, al que llamaba Señor nadie, que siempre pitaba un silbato de policía para que no lo pisaran El niño resucitaba con aquellas cartas que firmaba el padre. Soñaba con ellas.




La mano del emigrante, Manuel Rivas, Editorial Alfaguara

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