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VLADIMIR NABOKOV



Cuentos completos, Traducción de María Lozano. Alfaguara. Madrid, 2009. 811 páginas, 24 euros

Los escritores bilingües, como Borges, Beckett, o Nabokov (1899-1977), poseen, según George Steiner, un talento especial para escribir desde un punto creativo singular, en el que se producen conjunciones de ideas inéditas. El ruso escribía anotando en tarjetas momentos estelares de la historia, para luego someter esas escenas a una minuciosa reescritura, trabajando los detalles y puliendo su expresión verbal, caracterizada por un auténtico virtuosismo gramatical. Sus Cuentos completos suman más de setenta relatos, redactados entre 1921 y 1976, que incluyen ahora dos inéditos en castellano, “La palabra” y “Natasha”.

John Updike eligió para una antología de los mejores cuentos norteamericanos “En Aleppo una vez...”, un relato sorprendente de Nabokov cuyo título proviene de una frase del Otelo (1604) shakesperiano. Cuenta la historia de un emigrante ruso en Francia, casado con una mujer joven que le será infiel; entonces aflora el turco (Otelo) en su carácter y acaba negando la existencia de la esposa. La forma del cuento resulta igualmente novedosa, pues se trata de una carta enviada por el protagonista al autor para que éste escriba el relato. Ese intento de orillar la realidad aparece en varios cuentos suyos en los que aborda el tema del matrimonio.

El amor (“Primavera en Fialta”) y la muerte (“Una cuestión de honor”) son constantes de sus relatos. “Aureliana”, por ejemplo, es una sugerente historia donde se cruzan el amor y la muerte, pues el protagonista, que se gana la vida vendiendo mariposas, y que tiene fama de vividor aunque nunca haya viajado fuera de Berlín, decide un día, el de la boda de su hija, abandonar a la familia. Cuando la esposa regresa a casa de la fiesta encontrará una nota de despedida y al hombre muerto.

La muerte aparece también en “Una cuestión de honor”, donde toma este asunto tratado por varios grandes de la literatura rusa, entre ellos Chéjov, cuyo nombre pone al protagonista, Anton. El personaje vuelve de un viaje de negocios y encuentra que su mujer le es infiel con Berg, un socio, al que reta a un duelo. Tras buscar testigos para que hagan los arreglos, el miedo le lleva a esconderse en un hotel y no acudir al duelo. “Música” es otro de los relatos en que los temas -el matrimonio fracasado y la música- se acercan. Víctor, el protagonista, asiste a un concierto, pero la música le aburre. Distraído, mira al público y ve a su mujer. La música entonces empieza a transmitirle sentimientos, y el afecto hacia su ex mujer cambia. Otros relatos, como “Símbolos y señales”, en el que un matrimonio visita a su hijo en el sanatorio mental el día de su cumpleaños, nos deleitan con la mezcla de la vida cotidiana, el sufrir personal y la enfermedad.

“La palabra” y “Natasha”, las novedades de la colección, nos llevan a un extraño mundo. En el primero un ángel pronuncia una palabra que calma todos los pesares, pero al despertarnos olvidamos la palabra en cuestión. Pesimismo semejante encontramos en “Natasha”. La joven, al regresar de un día en el campo, ve a su padre sano y recuperado en el portal, pero al subir la escalera sabe que la visión se ajustaba al deseo más que a la realidad. Esta colección permite al lector darse un festín sensorial, que no pide tanto el encuentro con un yo autorial, sino con unas piezas que permiten disfrutar según la sensibilidad de cada lector. Son tantas las especies que contiene su prosa que el paladearlas supone una tarea gustosa.

Germán GULLÓN.
Fotografía de Carl Mydans

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