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FILANDONES

Luis Mateo Díez, José María Merino y Juan Pedro Aparicio nos cuentan de viva voz sus últimos relatos


Cuenta la leyenda que cuando la nieve cerraba los caminos, los leoneses se reunían en torno al fuego del hogar y se contaban historias, filandones que enlazaban anécdotas, secretos y cuentos, como si del hilo firme y blanco que las viejas mujerucas extraían de los burujos de lino se tratara. En plena era de internet, Juan Pedro Aparicio, Luis Mateo Diez y José María Merino, que han llevado estas veladas mágicas y literarias a Nueva York o Berlín, nos proponen hoy en nuestras páginas un nuevo filandón. Son cuentos inéditos de amor y tristuras, que nos narran casi a trompicones, aunque sin interrumpirse, para que el lector pueda incluso oír sus voces así, arrebujado al amor de la lumbre en estos días de invierno.


Tres historias de amor

La carta en el árbol Ha regresado, veinte años después, a la ciudad de su infancia y adolescencia, al otro lado del océano. Recorre las antiguas calles observando con extrañeza los cambios en los colores de las casas y en los trazados callejeros. Se le revela de repente el parque de los juegos de niños, el lugar en el que conversó y paseó con muchachas por primera vez. Vuelven a él los ojos negros de Rosa, sus manos blancas y suaves, la separación dolorosa, cuando él tuvo que acompañar a su familia en el traslado a la ciudad donde ha crecido. Recuerda que antes de separarse escribieron una carta en la que pretendían conjurar el futuro: su amor no se extinguiría, volverían a reunirse para no separarse nunca más. La firmaron con sangre, un alfilerazo en la yema del índice de cada mano izquierda, la introdujeron en una botella pequeña y, tras cerrarla, la escondieron en la enorme hendidura de un árbol muy viejo, que alza todavía sus ramas negruzcas en el extremo más frondoso del lugar. En un impulso que lo avergüenza un poco, rebusca entre las hojas secas, los papeles, las piedras y los desperdicios antiguos que ocupan la cavidad, hasta encontrar la botella. La abre y saca el papel, pero cuando lo lee, el mensaje ha cambiado: “Lo siento, Joaquín”, dice. “El tiempo pasa, no vuelves, y he conocido a Alberto, un chico muy majo”. Y firma Rosa, esta vez sin sangre. José María Merino

La montaña

Pedro no era capaz de relacionarse con mujeres. Lo intentaba una y otra vez porque era muy enamoradizo. Braulio, su amigo del alma, se empeñaba en animarle.
Todas las que me gustan son encantadoras conmigo en principio, pero luego, cuando quiero tener alguna intimidad, tomarles la mano o un simple beso, se me tornan una montaña inaccesible -decía Pedro.
Un día Braulio le presentó a una prima suya argentina, María Luján. Se gustaron a primera vista. Las manos juntas, besos y un día se acostaron. Nunca lo hiciera. A la mañana siguiente apareció su cadáver a los pies de la cama, descalabrado. Juan Pedro Aparicio

Espejo


Lo primero que hace cada mañana es mirarse al espejo, y lo que habitualmente descubre es el rostro que le devuelve una lejanía en la que el tiempo va ganando la partida.
No es un gesto de desánimo, nada que dramatice el acto de levantarse para iniciar la jornada, casi resulta un gesto de complacencia, ya que en el reconocimiento se alberga la expectativa de vivir y, más allá de las desgracias que asedian y las penas patrimoniales del sufrimiento y la desdicha, propias de la condición de quien se mira y se reconoce, hay una voluntad de vividor que no se resigna, y la consecuente esperanza de un día llevadero.
Pero también, cuando a veces se mira en el espejo, no es el rostro lo que devuelve la lejanía de esa edad o ese tiempo en que pierde la partida, sino voces, palabras, que conciertan el interior de su condición o, a lo mejor sería más exacto decir, de su identidad.
Palabras más o menos borrosas en el cristal empañado con que comienza el día. Palabras numerosas que normalmente no se repiten pero que nunca son casuales y entre las que podría elegir algunas que fundamentan un retrato bastante preciso.
Las mira, las pronuncia como si pronunciase su nombre, algunas veces inquieto, otras somnoliento. Lo poco que sabe de sí mismo lo aprendió cuando las recuerda. Luís Mateo Díez

Tres historias de amor
Amor en conferencia

Doy una charla sobre literatura y explico que cualquier cosa puede sugerirnos un cuento, y que es la mirada del escritor la que descubre esos indicios.
– Si en lugar de ser yo quien les hablase fuese Andersen, seguro que encontraría el embrión de un cuento en las tres botellas de agua que hay sobre la mesa. Tanto mi presentadora como yo hemos abierto nuestras respectivas botellas, y ambas se han enamorado. Pero la botella que está ante el director de la venerable institución que nos acoge, celosa del súbito amor entre las otras dos, está dispuesta a dificultarlo.
Sigo hablando, bebo de vez en cuando, hasta que descubro que mi botella, mediada, está cada vez más lejos de mi mano y más cerca de la de mi presentadora. Cuando empiezo a hablar del cuento literario, encuentro frente a mí la botella, ya abierta, del director. No hay duda de que en el ardor de la charla he manipulado inadvertidamente las botellas, y al buscar la mía para servirme otro vaso de agua, la diviso en el extremo de la mesa, pegada a la botella de mi presentadora. Ante ambas se alza la botella casi llena del director. Una sacudida inesperada del tablero las vuelca, y mi botella y la del director ruedan juntas, caen al suelo del estrado vertiendo el agua que todavía contienen, salpicándonos. El incidente nos ha sorprendido a todos, y no me atrevo a decir que me parece que la única botella que permanece en pie sobre la mesa tiene un aspecto muy triste. José María Merino

La línea de sombra


Enamorado de la cultura anglosajona se hacía llamar Franky. Cuando hubo leído a Horace Beemaster, el Nobel americano de Tenessee, quedó tan enganchado que rara era la ocasión en que no lo citara. Supo que se había abierto un museo en su ciudad natal, Nashville, y antes de que pasara un mes ya había aterrizado en la llamada Atenas del sur. Quería ser el primer español en visitarlo. Cómo miraba cada objeto, cómo se embelesaba sopesando el desgaste de la boquilla de las pipas del maestro que, según decían los folletos, permanecían donde él mismo las había dejado. O los libros de su biblioteca, y, más todavía, los que tenía sobre la mesita de noche tan impregnados del halo de su vida. ¿Y qué decir de la mesa de trabajo? Parecía que Beemaster se acabara de levantar para ir momentáneamente al baño. Allí estaba el vaso de whisky todavía mediado.
–El whisky se lo reponemos cada día, yo me encargo –le había dicho el conserje negro–. Las pepitas, no. El maestro las tiraba al suelo como hacen en Madrid, –y simuló unos movimientos de expulsión con los labios–. El Nobel estuvo allí de brigadista en la Guerra Civil.
Franky no pudo reprimir un leve temblor. ¡Cómo no había sido capaz de reparar en ello antes! Precisamente uno de los personajes de Beemaster, Elly la Bella, incitaba así a su primo Aaron para que la siguiera al tálamo. Nunca es tarde si la dicha es buena, alcanzó a decirse. Aunque, ojo, quieto ahí –añadió–, que Beemaster no era amigo de refranes. ¡Peste de costumbrismo!
Los huesos de aceituna dormían su sueño eterno sobre un platito blanco. Eran siete. Contemplarlos, ponía en su pensamiento un énfasis de orante. Rebaño diminuto de naturaleza inerte –se dijo–, semillas que en la saliva del maestro articularon ideas y generaron mundos.
El conserje, abandonó momentáneamente la estancia y Franky quedó solo. Tenía al alcance de la mano la mesa, el vaso de whisky, unas pocas cuartillas a medio llenar de una letra indecisa, difícil, jeroglífica... y ¡las pepitas de aceituna! … allí, allí mismo.
Como un autómata salvó la altura del cordón que delimitaba el espacio prohibido y con mano temblorosa se atrevió a tomar un hueso de aceituna. Lo alzó a la altura de los ojos, quizá buscando en él los destellos de una joya. Se lo llevó a la boca con gesto de comulgante y sintió un contacto frío que pronto se atemperó en el lecho pastoso de su lengua.
Su voluntad se le antojaba el liviano objeto que las olas traen y llevan a capricho. También su entendimiento parecía haber perdido pie. La pepita reseca, endurecida, añorante de saliva, se impregnaba de la suya como un fluido vivificante que se mezclara con la del maestro. Experimentó varios sentimientos encontrados: desconfianza, conmiseración, ternura, estupefacción y algo de despecho.
La mente esclarecida del maestro había penetrado en la suya como el hueso de aceituna en su boca. Supo entonces que Beemaster no se tenía a sí mismo por importante, cuanto más se elogiaba su obra, más dudaba de ella. ¿Y cuál era su opinión sobre la literatura española? ¿Era acaso de segundo orden, como siempre había defendido Franky? Beemaster, que tenía la frustración de no haber podido leer el Quijote en castellano, encontraba la actitud de Franky ante la literatura española similar a la de Madame Bovary, que, incapaz de ver el amor heroico de su marido, lo mendigó de modo patético fuera de casa.
Ignorando si esos pensamientos eran suyos o del maestro, sintió un malestar físico general que tomó como grave recriminatoria al empeño de toda su vida. De su boca, a la par que el hueso de aceituna, salió el proyectil de una palabra: ¡Imbécil! Y, aunque fuera en sus labios donde se articulara, no supo quién la había pronunciado, si él mismo o el fantasma del maestro hablando por su boca. Juan Pedro Aparicio

Tres historias de amor

Desolación

Acababa de publicar su tercera novela cuando su hijo se mató en un accidente. El éxito del libro no logró amortiguar su dolor, que a lo largo de cinco años la mantuvo incapaz de escribir ni una sola línea. Por fin decidió comenzar otra novela en la que intentaría plasmar la amargura que segregaba incesantemente dentro de ella el parásito dañino de la amargura. Resultaron mil páginas, redactadas con nervioso apresuramiento. Los escenarios de la novela eran lugares dominados por las carencias elementales, la injusticia y la violencia, como la mayoría de los espacios humanos. En ellos, unos personajes, Rosa, Alberto, Joaquín y Walter, se relacionaban en sucesivas historias de desdicha y aflicción, como cifras simbólicas de un mundo sin orden ni sentido, presidido por un caos que hacía verterse irremisiblemente cada destino en la tristeza y la muerte. Una relectura pausada del manuscrito le aconsejó eliminar reiteraciones y páginas, lo redujo a 800 y lo dejó apartado durante casi un año, para repasarlo por fin y descubrir que 500 páginas eran suficientes para expresar con certeza lo sustantivo de su ficción. Pero mientras corregía una vez más el texto, fue eliminando situaciones, diálogos y escenas, y lo acortó hasta las 250 páginas. Este fin de semana, en medio de un otoño en el que el viento amontona en el jardín las hojas amarillas de los chopos, ha vuelto a releer el texto y a depurarlo, hasta comprender que, para expresar el sentimiento de lo que permanece incrustado en su corazón, es suficiente una sola página, e incluso una sola palabra. José María Merino

Omega

El reloj de sus días, un Omega de esfera descascarillada, era lo menos valioso en el inventario de los bienes de mi tío Sesmo. Nadie se interesó por él entre los objetos repartidos por los sobrinos sin otra ambición que la de quitarse del medio lo poco que dejaba un soltero sin oficio ni beneficio. No había objetos especialmente preciados en el precario inventario, pero al Omega lo devaluaba además su aspecto, lo que el uso imprime en el deterioro y hasta la inminencia de aquella muñeca a la que estuvo sujeto, la propia mano izquierda de mi tío Sesmo que siempre asomó como una sabandija más allá del puño de la camisa nunca muy limpio.
Me quedé con el reloj. El Omega podía resultar algo así como el residuo vergonzante de un hombre sin destino o la huella más aprensiva de quien en la vida no hizo otra cosa que arrugarse hasta la desaparición, entre el favor de una familia cansada de mantenerlo. Pasaron meses hasta que un día, cuando buscaba cualquier cosa perdida, abrí un cajón y vi el reloj de mi tío Sesmo, en el mismo lugar inadvertido donde lo había dejado como el objeto más invisible del inventario.
Cuando lo sujeté en mi muñeca, después de contemplar la esfera descascarillada y el minutero roto, sentí que mi mano temblaba igual que una sabandija enferma. El vacío del tiempo era algo así como el del alma en el recuerdo de quien apenas lo había empleado, como si Sesmo perviviera en el Omega sin nada que justificase su vida ni, por supuesto, su muerte. Volví a guardarlo en el cajón y el recuerdo rescató la mano de mi tío dando cuerda al Omega, en cualquier momento, cuando yo era un niño y él me guiñaba el ojo con más indolencia que complicidad. El tiempo me hizo languidecer. Las horas inútiles de un pensamiento así de pesaroso. El sudor seco que impregnaba la correa del reloj, como el resultado de la fiebre en la enfermedad de una vida demorada sin ningún sentido. Luis Mateo Díez

Artículo aparecido en el periódico El País (24- 12- 09)

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