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ALBERT CAMUS

El cuatro de enero se cumplió el cincuenta aniversario de la trágica muerte de escritor Albert Camus (Argelia 1913, Francia 1960). Por este motivo, en estos días han aparecido en prensa distintos artículos elogiando al fallecido escritor. A continuación las palabras que le dedicó Ricardo Menéndez Salmón en el periódico La Nueva España.

Ateísmo y ética personal se conforman en Camus como las regiones más bellas y audaces del sujeto

Digno, libre, rebelde

Para satisfacer una encuesta, el pasado año redacté una lista con mis escritores imprescindibles. En orden cronológico cité el siguiente once: Platón, Spinoza, Marx, Dostoievski, Proust, Kafka, Faulkner, Onetti, Camus, Bernhard y DeLillo. Esos nombres cifran otras tantas aventuras intelectuales de las que resulta imposible salir indemne. Aunque convocaría a ciertos suplentes de lujo (Stendhal, Nietzsche, Pessoa, Canetti, Beckett), me mantengo firme en mi elección. Con ese elenco iría hasta el fin del mundo.

No creo que la biblioteca esencial de cualquier lector, por voraz que su pasión sea, precise de un baúl para transportarse. En una de esas maletas que no es necesario facturar en los aeropuertos cabe la historia íntima del lector más culto del mundo. Con los años, de hecho, toda biblioteca que se precie adelgaza. Acumular títulos me parece prueba de escaso gusto. El verdadero conocedor, como el gran prosista, no acumula páginas, sino que se despoja de ellas. Quién sabe si el objeto último de toda biblioteca no es, en el fondo, poseer un único libro que cancele o contenga todos los demás. Ese libro, en mi caso, podría llevar la firma de Camus.

Desde la perspectiva de Sirio, medio siglo es un suspiro; desde la nuestra, tiempo suficiente para ponderar la estatura de una obra. Cuando Camus murió el 4 de enero de 1960 en el Facel Vega que conducía Michel Gallimard (nunca un editor le hizo tan flaco favor a la literatura) nació un mito. Cincuenta años después de su muerte el testamento vital y literario del creador de Rieux y Meursault permanece sin mácula. Y no sólo por la rotundidad de su escritura, cuyo caudal de verdad y belleza asfixia a tantas prosas banales que llegan del otro lado de los Pirineos, sino por su compromiso con el hombre concreto, no con esa pilastra abominable soñada por cierto humanismo, el nefasto Hombre, con mayúsculas, que tanto daño ha hecho en nombre de sus pretendidas bondades.

Todo lector que se precie posee su «amarcord», su tiempo de gracia, una estación iluminada. Ese umbral que, una vez cruzado, supone un punto de no retorno y acompaña para siempre a su protagonista, constituye un venero fecundo, inagotable para la emoción y la inteligencia, sobre todo, a medida que el tiempo dibuja su curva silenciosa pero implacable. Quizá toda tentativa de lectura no sea otra cosa que el regreso circular y constante a ese tiempo que, visto en perspectiva, adquiere un cariz augural. Camus, valedor de esta tesis, la ratificó en «El revés y el derecho» con su habitual elegancia: «Una obra de hombre no es otra cosa que una larga marcha para volver a encontrar, por los meandros del arte, las dos o tres grandes imágenes a las que el corazón se abrió por primera vez».

Como la mayoría de lectores, abordé a Camus a través de sus dos novelas más celebradas, «El extranjero» y «La peste», leídas en sucesivos veranos de mi adolescencia, asombrado por el objetivismo extenuante de la primera y por la angustiosa metáfora de la segunda, cautivado, en ambos casos, por una prosa que convertía la desnudez en el más bello ornamento. Sin embargo, el Camus que más amo, aquel que me sedujo sin remedio y para siempre, es el autor de «El hombre rebelde», volumen procedente de la biblioteca de mi abuelo y heredado por mi padre, editado por Losada, en Argentina, en 1953, en la extraordinaria traducción de Luis Echávarri, y que leí cuando comenzaba la carrera de Filosofía, allá en el umbral de mis dieciocho febreros, abrasado por una escritura que era como un traje en llamas.

Ese libro inagotable, en el que descubrí a los novelistas filósofos y a los asesinos delicados, y que me puso sobre la pista de lecturas como «Los demonios», «En busca del tiempo perdido» o «El castillo», me mostró que el compromiso y la responsabilidad están en nosotros, no en los discursos de los salvapatrias, en los bancos de las iglesias o en el esplendor de las academias. Gracias a «El hombre rebelde» soy ateo y, a la vez, sostengo que, precisamente porque Dios no existe, no todo está permitido. Ateísmo y ética personal se conforman en Camus como las regiones más bellas y audaces del sujeto, con su decisión de aceptar que la existencia carece de sentido pero que aun así merece ser vivida, con su sospecha de que estamos solos entre dos nadas pero que no por ello somos espíritus ciegos, abducidos por la estupidez, el mal o la sinrazón, sino que podemos (y debemos) dejar tras nosotros obras dignas, como la belleza de la literatura, la solidaridad con quienes sufren o el amor por los niños. Desconozco si abandoné aquel libro más sabio o feliz; sin duda, salí de él menos temeroso ante el reto de la existencia. «Nec metu nec spe»; sin miedo ni esperanza, a cambio de la conciencia del dolor que estar vivo provoca, «El hombre rebelde» me insinuó la posibilidad de construir mi propia vida sin apelar a una autoridad externa, capaz de premiar o castigar a capricho.

Es privilegio de unos pocos perdurar a través de su pensamiento, que es la forma más innegociable de libertad que existe. La obra de Camus, empeñada en construir un hombre en rebeldía con los miedos instituidos por la política y la religión, sobrevive en este tiempo confuso, violento y triste como una de las tierras más fértiles en las que crecer. Así, al comienzo de «El mito de Sísifo», su indagación sobre el suicidio como problema filosófico, el niño de Mondovi colocó como exordio una frase de la III Pítica de Píndaro. Esa breve admonición recoge, en su flaco enunciado, lo que Camus nos legó en sus libros y en su vida: una ética, una pedagogía y una estética. «Oh, alma mía, no aspires a la vida inmortal, pero agota el campo de lo posible».

Nadie en su sano juicio negará que esos versos enuncian uno de los más hermosos programas concebibles para una vida humana.

Ricardo Menéndez Salmón


1 comentarios:

No sé cómo llegué a él, si recomendado por otro autor, de libro en libro, como me pasa siempre, la cuestión es que llegué y ya no me pude despegar de su escritura. En unos meses me leí toda su obra. Pero la que más me gustó, la más impactante, la que figura entre mis libros favoritos fue El hombre rebelde, el primero que leí de él y al que, confieso, tuve que seguir con un diccionario al lado (mi base de Filosofía era escasísima). Pero el esfuerzo valió la pena.
Con párrafos como los que siguen, será para mí un libro de relectura constante:

"Un solo jefe, un solo pueblo, significa un solo amo y millones de esclavos. Los intermediarios políticos, que son, en todas las sociedades, las garantías de la libertad, desaparecen para dejar lugar a un Jehová con botas que reina sobre multitudes silenciosas, o, lo que viene a ser lo mismo, que aúllan consignas" (Alianza, p. 218. Trad: Luis Echávarri)

"Mussolini y Hitler han sido los primeros que han construido un Estado basándose en la idea de que nada tenía sentido y que la historia no era sino el azar de la fuerza" (214)

"Económicamente, el capitalismo es opresor por el fenómeno de la acumulación. Oprime por lo que es, acumula para aumentar lo que es, explota tanto más y sigue acumulando, sucesivamente" (258)

Y podría seguir hasta el infinito, porque todo el libro es así... Vale la pena leerlo y tenerlo en la biblioteca personal.

6 de enero de 2010, 23:40  

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