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ISAAC ROSA; LA MANO INVISIBLE

Él va por la calle y en cada fachada ve hombres trabajando, incluso en las más monumentales, sobre  esas, se detiene a mirar una balaustrada, una cornisa historiada, un chaflán original, y no puede evitar ver andamios, hierros, moldes en los que verter el hormigón, hombres levantando piedras con poleas cuando no había grúas. Y lo mismo si va a casa de un familiar o de un amigo, desde que entra por la puerta es como si viese fantasmas, los de los albañiles que levantaron aquellas paredes y que todavía estuvieran ahí paleta en mano.
Escribir ficción supone la necesidad de inventar un lector. Los escritores miran la realidad para ser vistos mientras miran. Por eso la creación es un modo de imaginar los ojos del otro. Isaac Rosa apuesta en sus novelas por un lector interesado en conocer, a través de la ficción, el mundo en el que vive. Los pliegues de la condición humana responden a situaciones históricas concretas, las intrigas del novelista son un continuo viaje de ida y vuelta entre las obsesiones, la experiencia personal y los comportamientos sociales.
En su última novela, La mano invisible (Seix Barral, 2011), Isaac Rosa lleva la intriga a una implacable reflexión sobre el mundo del trabajo. Narra un espacio de humillaciones íntimas que suele quedar excluido de los relatos. La literatura necesita dotar de sentido humano a sus personajes. Resulta muy difícil contar los procesos de despersonalización y borradura de la propia dignidad. De ahí la importancia del reto asumido por una novela que decide transitar en dirección contraria y contar de manera minuciosa los efectos paralizadores de un trabajo deshumanizado. Los individuos sometidos a una cadena de producción se desdibujan hasta convertirse en una parte más de la maquinaria.


Los viejos y los nuevos oficios son convocados a un extraño espectáculo en el que los esfuerzos personales están condenados a la inutilidad. Un informático, una teleoperadora, un carnicero, un albañil, una modista, un mecánico, un camarero o una limpiadora trabajan en un parque temático laboral. La reproducción de impulsos mecánicos, la iniciativa mutilada, la separación del pensamiento y la actividad, del trabajador y el producto final de su esfuerzo, llevan hasta un mundo robotizado y provocador de insatisfacciones. Los recuerdos de la vida laboral de los personajes son muy parecidos a las experiencias del parque temático en el que se experimenta con ellos. ¿Dónde están los límites de la explotación? El espectáculo fragmentado de la realidad nos formula esa pregunta.

El relato es implacable, coloca ladrillos, desmonta motores, despieza animales, cose, hace encuestas por teléfono, limpia baños, rellena cajas, vigila y no deja lugar para respuestas consoladoras. Cuando el lector añora la dignidad del trabajo humanizado, una alarma le advierte de que la mitología y el ideal de la labor cumplida con decencia suele ser el arma espiritual de los explotadores. Y cuando se cae en la tentación de concluir que los trabajadores son tratados como prostitutas, aparece la tragedia verdadera de la prostitución, la miseria despiadada de la mujer que sobrevive haciendo felaciones en descampados y retretes. También hay grados en el espanto.

El mercado no es esa mano invisible que equilibra los intereses particulares y hace progresar a una comunidad. Con un poder de control cada vez más atosigante por los nuevos recursos tecnológicos, la invisibilidad sirve para establecer códigos de explotación y degradaciones personales. No existe parque temático sin público. La zafiedad del tiempo libre es un síntoma tan grave como la precariedad laboral. Un ocio dedicado al embrutecimiento, a los rencores sublimados y las pasiones sórdidas, es inseparable de la deshumanización laboral. El público observa los oficios de la vida como si asistiese a un espectáculo de telebasura. Es difícil imaginar respuestas colectivas cuando todo se resuelve en egoísmo, miedo, malos instintos, competencia, descrédito, ridiculización y exigencia de mano dura contra los demás.

Escribir ficciones supone inventarse un lector. Hacer política es inventarse un público. El dominio del pensamiento conservador se debe a su capacidad para inventar un populismo relacionado con la telebasura. Más que el conocimiento y la solidaridad, se favorecen los instintos del miedo, la risa inhumana o el desprecio. La política neoliberal del PSOE ha contribuido también, durante 30 años, a la creación de ese público. Cada privatización, cada recorte, cada bajada de impuestos, ha servido para convencer a la gente de que el Estado es un parásito, las inversiones sociales un modo de derrochar el dinero y la política un reality show. Por eso son tan necesarios los lectores que busca e inventa Isaac Rosa en cada una de sus novelas.

  Luis García Montero, Diario Público 19/9/ 2011

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