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EDUARDO MENDOZA, LA VERDAD SOBRE EL CASO SAVOLTA


—Bah —exclamó el poeta—, con ésos no hay que contar. Van a roncar al Liceo porque hay que lucir las joyas y adquieren cuadros valiosos para darse tono, pero no distinguen una ópera de Wagner de una revista del Paralelo.

—Bueno no hay que exagerar—dijo Pere Parells recordando para sus adentros algunos títulos de revistas que le habían complacido especialmente—. Cada cosa tiene su momento.

—Y así —prosiguió la señora Van Peltz, que no estaba dispuesta a tolerar digresiones frívolas—, los artistas se han vuelto contra la aristocracia y han creado ese naturalismo que padecemos y que no es más que afán de echarse en brazos del pueblo halagando sus instintos.

Pere Parells, poco adicto a semejantes conversaciones, se despegó del grupo y buscó refugio junto a unos industriales a los que conocía superficialmente. Los industriales habían acorralado a un obeso y risueño banquero y descargaban sus iras en él.

— ¡No me diga usted que los bancos no se han puesto de culo! —exclamaba uno de los industriales señalando al banquero con la punta de su cigarro.

— ¡Puñetas! — bramaba el otro industrial, cuyo rostro se tornaba rojo y blanco con pasmosa prontitud—. Cuando las cosas van bien, ustedes se hinchan a ganar…

— ¡Y a estrujar! —terció su compañero.

—…y cuando van torcidas, se vuelven de espaldas…

— ¡De culo, de culo!

—… y se hacen los sordos. Arruinarán al país y aún pretenden haberse comportado como buenos negociantes

—Yo, señores, tengo mi sueldo, que no varía de mes en mes—respondió el banquero—. Si actuamos como lo hacemos no es por lucro personal. Administramos el dinero que nos han confiado.

— ¡Puñetas! Especulan con la crisis.

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