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LEER

La lectura de un libro de Cervantes, Flaubert, Schopenhauer, Melville, Whitman, Stevenson o Spinoza es una experiencia tan fuerte como viajar o estar enamorado”
Jorge Luis Borges

Stanislas Dehae explica en “Les Neurones de la lecture” (Odile Jacob, 2007) qué tuvo de singular en la evolución humana la adquisición de la capacidad de leer. Se trata de una actividad cerebral relativamente reciente: el invento babilónico de la escritura tiene 5.400 años, y el alfabeto, 3.800, es decir que ambos son demasiado recientes como para que nuestro genoma haya podido modificarse y desarrollar circuitos cerebrales específicos para la lectura. “¿Cómo la arquitectura cerebral de un extraño primate bípedo convertido en cazador-recolector se adaptó con tal precisión, en unos pocos miles de años, a las dificultades que plantea el reconocimiento de la letra escrita?”, Stanislas Dehaene. Esta facultad, que cada individuo vive como algo mágico, constituye pues también un acontecimiento improbable en el plano de la evolución humana, y uno de los aspectos más sorprendentes de nuestro funcionamiento cerebral. La lectura, que primero sirvió para recoger información (probablemente de información comercial, o para dejar un rastro de los intercambios e impuestos,) permitió luego anotar reflexiones más gratuitas, transmitirlas a distancia y legarlas a las generaciones posteriores, lo que favoreció su acumulación y su constante enriquecimiento. Con la escritura, y por lo tanto con la lectura, el ser humano no dio un simple salto cultural cuantitativo, cambió de escala a nivel mental. Se convirtió en un ser pensante complejo.


Jacques Bonnet “Bibliotecas llenas de fantasmas” Traducción de David Stacey, Editorial Anagrama (2010)

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