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APOLOGÍA Y PETICIÓN; UNA SEXTINA DE JAIME GIL DE BIEDMA

Por Eduardo Jordá  Revista digital fronterad


Gil de Biedma escribió esta sextina a finales de 1961 o principios de 1962. Su estado de ánimo por aquella época era gloomy, lúgubre, por decirlo con una de esas palabras inglesas que tanto le gustaba usar en su conversación. El poeta tenía 32 años y vivía un momento vital complicado (aunque uno puede preguntarse si hubo algún momento en la vida de Gil de Biedma que no fuera complicado). A comienzos de los 60, no había ninguna esperanza racional de que la oposición democrática fuera capaz de derribar el franquismo. Gil de Biedma también estaba cansado de su trabajo como ejecutivo en la Compañía de Tabacos de Filipinas. Era consciente de que se había terminado su juventud y de que ya no podía vivir como la “joven promesa de la literatura”. Además, su situación sentimental era tan inestable y confusa como siempre. En aquellos años mantenía una relación amorosa con un hombre al que Miguel Dalmau llama Jorge Vicuña en su biografía Jaime Gil de Biedma (Circe, 2004), pero la relación tampoco pasaba por sus mejores momentos. El poeta sentía una mezcla de rabia, impotencia y desesperación. Estaba insatisfecho con la asfixiante política española, con su vida y con su trabajo.
       Conocemos el estado de ánimo de Gil de Biedma por sus maravillosas cartas a Juan Ferraté, un hombre de una inteligencia tan deslumbrante como la del poeta (las cartas están publicadas por El Acantilado en 2009). “En cuanto a mí -escribía Gil de Biedma-, 1962 ha sido hasta ahora desastroso y complicado en todos los aspectos –desde el fisiológico hasta el sentimental- y tengo cada vez más la sensación de hundirme en este pantano deprimente de la falta de ganas”.
       Gil de Biedma eligió una sextina para expresar su opinión política porque desconfiaba de la poesía demasiado directa o declamatoria. No quería ser un poeta social con un megáfono en la boca, sino otra cosa, algo más complejo y más sutil. De hecho, su análisis de la situación política de aquellos años era de una clarividencia apabullante, tanto que ni uno solo de sus comentarios ha perdido actualidad cincuenta años más tarde. En abril de 1962, por ejemplo, le escribió a Ferraté este retrato de la España de entonces: “Parece que España, que es un país feudal que no ha tenido feudalismo, y un país burgués que jamás ha hecho la revolución burguesa, se prepara a ser un país neocapitalista sin gran capitalismo. Vamos a la economía de consumo, pero de un consumo mínimo: nuestro porvenir consiste en convertirnos en el menos desarrollado de los países desarrollados. Es decir: adquiriremos nuevas miserias y nuevos defectos sin perder ninguno de los antiguos”. Es difícil encontrar un análisis tan certero de la historia de España, incluso de la España actual que Gil de Biedma no pudo llegar a conocer.
       Cuando Gil de Biedma le envió esta sextina por carta a Juan Ferraté, éste le manifestó una cierta reticencia hacia el contenido político. Ferraté era un liberal escéptico que había vivido la Revolución Cubana y que no se hacía muchas ilusiones sobre las efusiones revolucionarias. Gil de Biedma quiso explicarle por qué había escrito esta sextina y por qué había elegido una forma estrófica tan complicada: “Sólo mediante un esquema formal enrevesado, y lo más gratuito posible, puede hoy un poeta español escribir un poema sobre España que no resulte absolutamente tonto, por la sencilla razón de que es imposible escribir sobre España un buen poema moderno”. Gil de Biedma no quería escribir un poema más con unas cuantas consignas políticas y un grito más o menos desesperado con el que desahogarse. No quería ser un poeta tonto. Quería un poema complejo que le permitiera dar su opinión sobre una realidad muy compleja. Y si no fuera por la complejidad técnica del poema, nunca habría escrito esta Apología y petición.
       La sextina es una forma estrófica medieval inventada por el trovador provenzal Arnaut Daniel. Consta de seis estrofas de seis endecasílabos blancos, que terminan siempre con las mismas seis palabras, sólo que en un orden distinto en cada estrofa. Cada nueva estrofa empieza por la misma palabra con que termina la estrofa anterior. Y en la contera final de tres versos tienen que aparecer las seis palabras que han sido usadas como rimas. En España escribieron sextinas Fernando de Herrera y Cervantes, pero Gil de Biedma se inspiró más bien en una sextina renacentista inglesa de Sir Philip Sydney y en una moderna de Ezra Pound.
       La sextina de Gil de Biedma tuvo mala suerte. Formaba parte del volumen Moralidades, pero la censura lo prohibió y tuvo que ser editado en México en 1966. Nada más salir de la imprenta, el almacén de la editorial Joaquín Mortiz donde se guardaba la primera edición se inundó y se perdieron casi todos los ejemplares. Los pocos que se salvaron los tuvo que distribuir el propio Gil de Biedma entre sus amigos y conocidos. La sextina no se publicó en España hasta la edición de Poemas póstumos en 1968. Quizá no haya un destino más ajustado para un poema dedicado a “este país de todos los demonios”.
       Leído hoy en día, el poema resuena con nuevos ecos y nuevas inflexiones. Y los demonios, por desgracia, todavía están ahí.


 
 
 
Apología y petición                                                                                                                             
 
      
Y qué decir de nuestra madre España,
este país de todos los demonios
en donde el mal gobierno, la pobreza
no son, sin más, pobreza y mal gobierno
sino un estado místico del hombre,
la absolución final de nuestra historia? 

De todas las historias de la Historia
sin duda la más triste es la de España,
porque termina mal. Como si el hombre,
harto ya de luchar con sus demonios,
decidiese encargarles el gobierno
y la administración de su pobreza. 

Nuestra famosa inmemorial pobreza,
cuyo origen se pierde en las historias
que dicen que no es culpa del gobierno
sino terrible maldición de España,
triste precio pagado a los demonios
con hambre y con trabajo de sus hombres. 

A menudo he pensado en eso hombres,
a menudo he pensado en la pobreza
de este país de todos los demonios.
Y a menudo h epensado en otra historia
distinta y menos simple, en otra España
en donde sí importa un mal gobierno. 

Quiero creer que nuestro mal gobierno
es un vulgar negocio de los hombres
y no una metafísica, que España
debe y puede salir de la pobreza,
que es tiempo aún para cambiar su historia
antes que se la lleven los demonios. 

Porque quiero creer que no hay demonios.
Son hombres los que pagan al gobierno,
los empresarios de la falsa historia,
son hombres quienes han vendido al hombre,
los que le han convertido a la pobreza
y secuestrado la salud de España. 

Pido que España expulse a esos demonios.
Que la pobreza suba hasta el gobierno.
Que sea el hombre el dueño de su historia.

 Jaime Gil de Biedma
                                                    

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