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LA VIDA SIMPLE


(Extracto del libro La vida simple, de Sylvain Tesson, editado por Alfaguara y traducido por César Ayra. Obtuvo el premio Médicis al mejor ensayo en 2011)

14 de febrero
2013-05-10-Capturadepantalla20130510alas14.19.52.pngLa última caja es una caja de libros. Si me preguntan por qué vine a encerrarme aquí, respondería que tenía lecturas atrasadas. Clavo una plancha de madera de pino encima de mi camastro y acomodo sobre ella mis libros. Traje unos sesenta. En París tuve el mayor cuidado en hacer una lista ideal. Cuando uno desconfía de la pobreza de su vida interior, hay que llevar buenos libros: con ellos siempre se podrá llenar el vacío. El error sería elegir exclusivamente lectura difícil imaginándose que la vida en los bosques lo mantiene a uno en un alto grado de temperatura intelectual. El tiempo se hace largo cuando no hay más que Hegel para una tarde de nieve.

Antes de la partida un amigo me aconsejó llevar las Memorias del Cardenal de Retz y el Fouquet de Morand. Yo ya sabía que nunca hay que viajar con libros que evoquen el lugar de llegada. En Venecia, leer a Lermontov, pero en el Baikal, a Byron.

Vacío la caja. Tengo a Michel Tournier para las ensoñaciones, a Michel Déon para la melancolía, a Lawrence para la sensualidad, a Mishima para los fríos de acero. Tengo una pequeña colección de libros sobre la vida en solitario: Grey Owl para la radicalidad, Daniel Defoe para el mito, Aldo Leopold para la moral, Thoreau para la filosofía, aunque sus sermones de contable calvinista me fastidian un poco. Whitman, por su parte, me encanta: sus Hojas de hierba exhalan gracia. Jünger inventó la expresión de «recurso a los bosques», tengo cuatro o cinco de sus libros. Un poco de poesía y de filosofía también: Nietzsche, Schopenhauer, los estoicos. Sade y Casanova para calentar la sangre. Novelas policiacas de Série Noire: a veces hay que entretenerse. Algunas guías naturalistas de la colección Delachaux y Niestlé sobre pájaros, plantas e insectos. Lo menos que se puede hacer cuando invita el bosque es saber el nombre de los dueños de casa. La indiferencia sería insultante. Si viniera gente a mi departamento para instalarse por la fuerza, querría al menos que me llamasen por mi nombre. Los lomos de los volúmenes de la Pléiade brillan a la luz de las velas. Los libros son íconos. Por primera vez en mi vida, leeré un libro de una sola vez.

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