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IVÁN REPILA; EL NIÑO QUE ROBÓ EL CABALLO DE ATILA

 


Los vivos... los vivos son como niños: juegan a morirse. Viví con hombres recios que no tenían miedo a la muerte y con hombres astutos que la sorteaban y con hombres débiles que se dejaron arrastrar por ella, pero ninguno comprendía lo pequeño, lo insignificante de un mundo consagrado a esa cruzada. Yo no lo entiendo, hasta ahora no lo entendía... Mírame... Tres pasos largos. Esa es toda la distancia que puedo recorrer antes de que las paredes me interrumpan. Tres pasos largos. Mi mundo es tan pequeño como el suyo; es una mandíbula que me retiene y saliva para diluirme como si pretendiera erradicarme, y mi batalla se reduce a posponerlo. ¿Eso es todo? ¿Los hombres deben vivir entre paredes sin puertas ni ventanas? ¿Hay algo más allá de esta vida mientras dura la vida? ¡Lo hay, hermano, lo hay! ¡Yo lo sé! Porque en mi cabeza, aquí dentro, donde nadie mira, nada puede contenerme. Es un territorio sin muros, sin pozos, solamente mío.
                                                                                 






Dos hermanos, cuyos nombres se reducirán en todo momento a las escuetas designaciones “el Grande” y “el Pequeño”, se encuentran, sin que sepamos las causas, en el fondo de una cueva de unos siete metros de profundidad, con paredes arcillosas que anulan cualquier intento de trepar por ellas desde un fondo húmedo y cenagoso.


El niño que robó el caballo de Atila, Iván Repila, editorial Libros del silencio

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