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Ignacio del Valle ha publicado su primer libro de relatos. "Caminando sobre las aguas", un conjunto de historias con las que este escritor demuestra que no teme descender a los infiernos.
 A continuación  uno de los relatos que recoge el libro y que  ha aparecido en el diario El Comercio, titulado Dromeda.
 
 
DROMEDA
 
La niña ha sido la única que lo ha visto. La única que cuando aparezca el furgón de atestados podría contarle al agente que, mientras ella se encontraba intentando sacar un grillo con una ramita de una de esas guaridas tan incómodas donde se esconden, en uno de los márgenes de la carretera que cruza el bosque de Dromeda, justo en mitad de la recta donde los coches suelen coger más velocidad, la ranchera efectuó un giro brusco, inexplicable, que la hizo volcar, dar varias vueltas de campana -no recuerda cuántas- y empotrarse de lado, boca abajo, contra uno de los árboles que orillaban el asfalto. Asimismo, la niña podría probar que, a pesar de hallarse entretenida con su particular caza menor, no perdió detalle del accidente debido a que segundos antes había oído el motor aumentando de revoluciones y, aunque los coches no le llamaban demasiado la atención, el color gris metalizado de la ranchera destellando contra el sol vertical del mediodía la había hechizado momentáneamente. El choque provocó el aleteo y la fuga de aves entre la frondosidad, y que el grillo tras el que tanto había porfiado diese un salto fuera de su guarida y desapareciera. Cuando la hojarasca, la madera, el metal y el eco sonoro cedieron poco a poco a la gravedad, un silencio hondo volvió a tomar posesión del bosque. Únicamente un hilillo de música -Bach, identificó más tarde uno de los agentes- continuó discurriendo entre el silencio.
La niña no ha llorado ni gritado; ni siquiera tiembla. Espera un rato más, entra en la carretera y camina hacia la ranchera. La música tira de ella como encantada por un flautista. Cuando llega a la altura de la puerta trasera, se pone en cuclillas y observa, a través del cristal roto, la cabecita ensangrentada de otra cría, aproximadamente de su misma edad, que a su vez la observa a ella con unos ojos marrones y fijos. La niña no se extraña de la imposible postura en que esta se encuentra, exactamente igual a su muñeca cuando se le cae al suelo y su cabeza adopta un absurdo ángulo respecto al cuerpo y un brazo se tuerce hacia delante y una pierna hacia atrás. Permanece un tiempo indefinido contemplando el cuerpo desmañado y, cuando cree que ya ha visto todo lo que tenía que ver, siempre en cuclillas, se mueve hacia el asiento delantero. Junto al volante, descubre un perrito de plástico afirmando con su cabeza flotante que aún quedaban restos de violencia centrífuga y, a su lado, un hombre con la cuenca de un ojo vaciada y una rígida expresión de sorpresa en la cara. La niña todavía se mantiene algunos minutos más en tertulia silenciosa con los cadáveres, mientras Bach, con su magia blanca y negra, continúa dotando a la escena de tintes oníricos. Luego, confirmando una vez más a su alrededor que no hay nadie a quien pedir ayuda, la niña vuelve a la ventanilla trasera, junta sus manos de una forma incómoda a fin de poder introducirse en el interior de la ranchera, y se encaja allí como puede, junto a la otra niña, pegada a ella, para que no esté tan sola hasta que llegue alguien.
El bosque de Dromeda cruza la provincia de norte a sur, y una autovía cruza el bosque de Dromeda de este a oeste. Antes de que la autovía, de reciente construcción, abriese el bosque en canal, se tardaba una eternidad en rodearlo por la antigua carretera que lo circunvalaba uniendo las dos ciudades más importantes de la provincia, situadas cada una en los extremos contrarios de Dromeda. Por esta autovía, y tan nueva como ella, avanza a buena velocidad una ranchera gris metalizada que acaba de ser estrenada por su propietario. Este es un hombre de mediana edad, perfectamente identificado con su vehículo; con el constante, predecible runrún de su motor, con la elegante ergonomía del tablero de mandos, con la decidida respuesta del volante, con la agradable habitabilidad del interior, porque el hombre conduce su ranchera como conduce su vida, agarrado a un timón firme que transmite con seguridad el rumbo que elige; en este caso, un entorno familiar con mujer y una niña donde alcanzar el grado máximo de la felicidad: la monotonía. Al llegar a una recta, el hombre aprieta el volante con un poco más de fuerza y acelera entre las olas verdes de los árboles. Le gusta agarrarlo con ambas manos, sentir que tiene una sensación de control sobre las cosas. De hecho, ese día, desde que arrancaran, únicamente ha dejado de agarrarlo así una vez. Aunque, en realidad, para ser exactos, fueron dos. La primera, cuando se puso a revolver en la guantera en busca de un compacto de Bach y lo introdujo en el reproductor. Nada más ponerlo en marcha, la música provocó que en el asiento trasero, su hija, a la que llevaba ese día a visitar a su abuela, saliera del mutismo contemplativo en el que la había sumido el bosque y comenzase a quejarse. La segunda, cuando al cabo de un rato, harto de soportar la tabarra de la cría, intentó quitar el compacto. Un intervalo en el cual, entre la ofuscación del momento y la distracción de la maniobra, la ranchera se escoró hacia el arcén de tal forma que, para cuando el hombre se dio cuenta del peligro que corrían, el margen de reacción se había estrechado tanto que el volantazo que dio sólo sirvió para que, en una averiada relación de espacio, velocidad, gravedad, azar y tiempo, el vehículo hiciera un extraño que lo lanzó por los aires. Un grito animal, aterrorizado. Una rotura de cristales. Luego, silencio. En los ojos del hombre, todo duró un instante o duró para siempre.
La niña ha muerto en la primera vuelta de campana. El golpe inicial contra el techo fue suficiente para romperle su delicado cuello. En su rostro ha quedado congelado el horror posterior a la mueca de disgusto que le provocó el compositor preferido de su padre. Una mueca muy parecida a la que compuso horas antes cuando fue obligada a prepararse para ir a ver a su abuela, una mujer por la que no sentía adoración. No sólo porque es una mujer severa y poco cariñosa -además de que no le permite tocar nada de su casa y va detrás de ella advirtiéndole esto o lo otro o lo de más allá-, sino porque odia profundamente esos besos rasposos que le da con su piel árida y llena de pelos negros. Lo único que la consuela de su obligación es el extraño placer que le produce el bosque de Dromeda -una emoción casi sexual que prefigura su entrada en la adolescencia-. Desde que han entrado en él, no puede dejar de mirar por la ventanilla. Ya antes de que la recién inaugurada autovía atravesara el bosque, cuando en alguna ocasión tenía que ir a visitar a su abuela, residente en la ciudad gemela del extremo opuesto, se sentía atraída por su inmenso e impenetrable borde vegetal. La noticia de que la autovía se hallaba en los últimos estadios de su obra le había producido una sensación extraña, parecida a la que experimentaría la madera clara, astillada, del árbol contra el cual se ha estrellado la ranchera; una madera que se ha encontrado con un mundo que no estaba destinada a ver. De hecho, y para acelerar su obsesión, había comenzado a soñar con Dromeda cada noche. Sueña que camina sobre sus mullidas alfombras de hierbas y hojas, con el viento susurrando entre las ramas, mientras se interna en su frondosidad a través de túneles vegetales cruzados por rayos de sol que se multiplican en las gotas de rocío posadas sobre las hojas, y cuyos finales están siempre en penumbra. Sueña que se echa bajo las verdes bóvedas, entre los helechos, el follaje húmedo, musgosos fragmentos de corteza, piñas descompuestas... y que se queda quieta, muy quieta, en un vivero de rumores y con todo el cielo verde concentrado en sus ojos, y hace como que es Dromeda, tiene raíces, respira lentamente, se hunde en las profundidades de la tierra, oscura, y observa a los gusanos, animalillos extraños, hilillos de agua, huesos, temblores, y luego mira hacia la luz, asciende como la savia hacia ella, hacia el sol, queda ciega por el sol, arriba, en las copas de los árboles, donde la luz nace, y luego vuelve abajo, donde se extingue, arriba y abajo, arriba y abajo, respirando, respirando, respirando. La música de Bach comienza de repente e interrumpe sus pensamientos, devolviéndola al interior de la ranchera desde la que ha estado contemplando el continuo verde de Dromeda. Frunce el ceño y endurece los músculos con tal intensidad que el esfuerzo produce una contracción espasmódica de sus labios. La música la molesta, la distrae de su comunión silenciosa con Dromeda, de su atención, y la niña comienza a quejarse, a patalear, con los ojos cerrados; y no los abre hasta que la música cesa y lo último que ve es a su padre forcejear con el volante. Luego, comienza a gritar.
La mujer, medio dormida, sobresaltada, cruza la casa a toda velocidad hasta llegar a la habitación de su hija y prende la luz. En la cama, profiriendo aún unos alaridos ensordecedores, la niña permanece aferrada a la almohada. Su madre se precipita hacia ella y la abraza contra su pecho, pero la cría continúa lanzando aullidos discontinuos, con los ojos horrorizados, clavados en el techo. Con un sentimiento de culpa y embarazo, desplaza todo su amor a sus brazos, la estrecha contra su pecho y comienza a ceñir su voz a una letanía ancestral que va desactivando poco a poco su miedo. Una pesadilla más, piensa la madre. Su hija llevaba una semana inquieta, despertándose sobresaltada, pero nunca con tanta exageración. Preocupada, continúa moviendo sus manos sobre ella como una pianista sobre un teclado conocido, y el llanto va perdiendo la partida hasta que, agotada, la niña va poco a poco volviendo al sueño del que fue expulsada. La madre permanece con ella y, cuando se halla segura de que sus arrullos han dado resultado, arropa a la cría y vuelve a su habitación. Se acuesta y se acopla al cuerpo de su marido para recuperar el calor. Este murmura entre la atonía del sueño si ha sido lo de siempre. Su mujer se aprieta fuerte contra él y le susurra que sí, pero que tampoco en esta ocasión se ha acordado del sueño. Sólo recuerda un grillo, acierta a silabear antes de dormirse, un grillo que se le escapa. Habrá que comprarle uno, resuelve su marido un instante antes de seguirla.
 
"Caminando sobre las aguas" Ignacio del Valle, editorial Páginas de Espuma

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