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DE MEMORIA



¿Qué poema sabes de memoria?





Aunque el futuro tiene más prestigio que el pasado, a veces una buena reforma no es más que una restauración. Viene esto a cuento de que el Gobierno británico está decidido a que los estudiantes de primaria aprendan poemas de memoria. La idea tomó un nuevo impulso hace semanas, pero no es nueva. Hace meses que la lanzó el secretario de Educación, Michael Gove, y desde entonces no ha parado de dar vueltas. The Guardian llegó incluso a plantear un curioso –y muy británico- test en su web en el que el lector debía elegir el final de un poema de entre tres versos dados. Solo uno era el original, o sea, como en el práctico del carnet de conducir pero con Kipling, Byron o Christina Rossetti en lugar del límite de velocidad en carreteras de doble dirección con arcén de menos de un metro.

Más allá de pensar en los beneficios de recordar versos, en lo primero que uno piensa cuando lee juntas las palabras poesía y memoria es, por supuesto, en hacer memoria. Con permiso, eso sí, de Joe Brainard, Perec y el recio profesor que nos enseñó métrica en séptimo de EGB (traducción a euros: primero de la ESO).

Me acuerdo, pues, de gente que recuerda poemas.

Me acuerdo, por ejemplo, de Luis García Montero recitando un arranque de Pedro Salinas. Fue en un curso de verano en el que cada mesa redonda terminaba con un homenaje al 27 leyendo versos de un autor de esa generación. Nadie había advertido a García Montero –o él no lo recordaba- y tiró de memoria:

¡Si me llamaras, sí,
si me llamaras!

Lo dejaría todo, 
todo lo tiraría:
los precios, los catálogos,
el azul del océano en los mapas,
los días y sus noches,
los telegramas viejos
y un amor.
Tú, que no eres mi amor,
¡si me llamaras!


El poema sigue, pero yo me acuerdo de la cervantista Helena Percas y de su marido, Ignacio Ponseti, médico republicano exiliado, recitando en inglés a Emily Dickinson, concretamente, el poema que dice que la esperanza es una cosa con plumas. No olvido la necrológica que escribió David Alandete cuando murió Ponseti.


Y de Andrés Trapiello recitando un poema que Miguel D’Ors le había leído, creo, por teléfono. También yo me lo sé ahora: habla de Horacio y del fútbol.

Y me acuerdo –disculpen la primera persona (no todos van a ser ilustres)- de uno de mis tíos, que no ha olvidado, me temo, los versos de Gabriel y Galán.


Me acuerdo de Ángel Luis Prieto de Paula, catedrático y crítico de este periódico, que tiene una antología de poesía universal en la cabeza y al que un día llamé con una misión imposible: un amigo había oído a Sánchez Dragó en la tele decir unos versos de Machado con las palabras sombra, tiempo y ceniza –si no recuerdo mal-. Ni idea, le dije, pero llamé a Prieto de Paula, que los reconstruyó al momento, sobre la marcha.

Me acuerdo del propio Prieto de Paula recordando otro poema de Antonio Machado. Este:

Sabe esperar, aguarda que la marea fluya,
-así en la costa un barco- sin que al partir te inquiete.
Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya;
porque la vida es larga y el arte es un juguete.
Y si la vida es corta
y no llega la mar a tu galera,
aguarda sin partir y siempre espera,
que el arte es largo y, además, no importa.

Me acuerdo de una historia que le escuché en la radio a George Steiner y me acuerdo también de que Steiner la recogió luego en La barbarie de la ignorancia (Del Taller de Mario Muchnik, traducido por el propio editor). En la URSS de Bréznev había una profesora de literatura inglesa a la que metieron en una celda -sin luz, sin papel ni lápiz- a causa de una delación absurda. Conocía de memoria –eso contaba Steiner- los más de treinta mil versos del Don Juan de Lord Byron y se dedicó a traducirlos mentalmente en la oscuridad. Cuando salió de la prisión había perdido la vista, pero dictó la traducción a una amiga. Hoy esa está considerada la mejor traducción rusa de Byron.


Me acuerdo de un reportaje que me tocó escribir sobre los beneficios de la lectura. Y me acuerdo de que pregunté a Steiner (por teléfono) por el episodio de la traductora. Recuerdo, lo escribí, que me dijo esto: "Esa historia me la contaron en Rusia. Yo no conocí a la traductora, pero su caso es real. De todos modos, no sorprende en una cultura acostumbrada a aprender los textos de memoria. De hecho, si los poemas de Mandelstam sobrevivieron fue porque su mujer, Nadiezhda, los aprendió así. En algunos regímenes la memoria se convierte en la única forma de evitar la censura y la destrucción". Acantilado, recuerden, recuperó hace muy poco las memorias de Nadiezhda Mandelstam traducidas por Lydia Kúper. Contra toda esperanza, se titulan.

Pensando en la esperanza, en la destrucción y en aquel reportaje sobre la lectura, me acuerdo también de “El canto de Ulises”, el capítulo de Si esto es un hombre en el que Primo Levi rememora la plenitud que le procuraba en Auschwitz traducirle unos versos de Dante a Jean, el Pikolo, un muchacho alsaciano que guarda turno junto a él en la fila del rancho. En ese instante, nos cuenta Primo Levi, habría dado su ración de potaje a cambio de recordar el final de unos versos.

Procuro no olvidarlo cuando escucho la expresión “alimento para el espíritu” y, automáticamente, pienso que es un tópico.

 | EL PAÍS)

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