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LÁGRIMAS DE EROS

Desde el 20 de de octubre de 2009 al 31 de enero de 2010 permanecerá abierta en el Museo Tyssen-Bornemisza la exposición “Lágrimas de Eros” comisariada por Guillermo Solana.
El título de la exposición está tomado del último libro que publicó Georges Bataille(1897-1962), Les larmes de Eros( 1961), donde el autor francés aborda un problema clásico: la íntima relación entre Eros y Tanatos, entre la pulsión sexual y el instinto de muerte.

Ex seminarista, pornógrafo, comunista revolucionario, bebedor, orgiasta, cercano al círculo surrealista, bibliotecario, místico, ateo (convertido), nietzscheano de izquierdas –en la tradición de Palante a Foucault–, pueden ser descripciones atinadas de la vida o las vidas de Georges Bataille. En este sentido, quizás el mayor logro de su trabajo intelectual haya sido la libertad absoluta para pensar y escribir. Martin Heidegger dijo acerca de él que podía ser considerado como "la mejor cabeza pensante de Francia en el siglo XX". Calificado de genial y contradictorio, Bataille fue un apasionado escritor y un profundo filósofo que vivió y escribió hechizado y seducido por los enigmas del erotismo y la muerte. Su vasta producción incluye novela, crítica, ensayo y poesía. En ella queda patente que, para Bataille, el placer y el dolor están siempre inexorablemente unidos y que el erotismo es "la aprobación de la vida hasta la muerte".
El erotismo es objeto de un tabú, de una prohibición que ilumina lo prohibido “con una luz a la vez siniestra y divina: lo ilumina en una palabra con una luz religiosa”. Para Bataille el erotismo como es lo sagrado, la prohibición no existe sin la transgresión. Desde el momento que es formulada, la prohibición provoca el retorno de lo excluido; los impulsos reprimidos regresan en el sacrificio religioso, donde su violencia es moldeada como un material precioso y peligroso. El sacrificio es para Bataille el escenario último del erotismo.
La exposición se aproxima al erotismo desde un puñado de mitos, tanto grecorromanos como judeocristianos. Desde la figura de Venus recién nacida y su contrapunto bíblico Eva, tentada y tentadora. Doce capítulos abarcan esta exposición: Nacimiento de Venus, Eva y la serpiente, Esfinges y sirenas, Tentaciones de San Antonio, El Martirio de San Sebastián, Andrómeda encadenada, El beso, Apolo y Jacinto, Endimión dormido, Bellas suicidas. Cleopatra, Magdalena penitente, Cazadoras de cabezas.

La segunda parte de la exposición se expone en la Sala de las Alhajas de la Fundación Caja Madrid, y en ella es la muerte misma la que se ve erotizada.
Cuadros de Coubert, Lefebre, Munch, Camille Corot, Gericault; Fotografías de Man Ray, Richard Avedon, Tom Hantes; Esculturas de Rodin, John Andrea y Bernini entre otras obras componen la exposición.

En el siguiente enlace se puede acceder a algunas de estas obras.
ESPECIAL.- 'Lágrimas de Eros'

A continuación encontraréis el artículo de Francisco Calvo Serraller aparecido el 12/12/2009 en el periódico El País.


Lágrimas de Eros.

Las Lágrimas de Eros (1961), el último libro publicado en vida por Georges Bataille (1897- 1962), escritor francés ligado circunstancialmente al surrealismo, fue un compendio ilustrado de su obsesión por el erotismo, que interpretó en esa clave romántica antirracionalista que engarzó el pensamiento de Schopenhauer, Nietzsche y Freud. De la etapa final de este último tomó el componente destructivo que tiene el amor de los humanos mortales, cuya extrema excitación sexual produce un éxtasis; esto es: un paroxismo, una "parada", un instante absoluto en el que todo se detiene como cuando adviene la muerte, pero "no tan callando", como apuntaba el muy cristiano vate español, sino en el puro grito del placer que estalla en un mundo sin Dios. Leyendo ahora la correspondencia que Bataille cruzó con J. M. Lo Duca con motivo de la preparación de Las lágrimas de Eros, que iba a editar Pauvert, en la que las ilustraciones del texto desempeñaban un papel crucial, se comprende la pertinencia de hacer una exposición con el tema del erotismo bajo esa bella advocación. También los peligros, que no sólo se ciñen a la siempre dificultosa tarea de trasladar el libertinaje de unas páginas impresas a una sala de exposición, sino a todo lo que ha ocurrido al respecto en arte durante el medio siglo que ha transcurrido entre la publicación del libro y la actualidad. Que yo sepa, aunque sobre erotismo se han multiplicado las convocatorias de muestras y libros durante el periodo temporal antedicho, nadie se había atrevido a afrontar el candente tema apelando al título de Bataille, como lo ha hecho Guillermo Solana, lo cual le hace merecedor del adjetivo de gallardo tanto por su personal arrojo como por subrayar la fuente de la que otros manan sin apenas citarla.
De todas formas, el problema para afrontar el desafío no estriba sólo en las limitaciones funcionales de que muchas de las obras que, según Bataille, deberían servir de ejemplo de la humana pulsión sexual pertenezcan al mundo del arte rupestre paleolítico, sino a su naturaleza obscena o abyecta, que no es exactamente lo mismo que lo que se entiende hoy por pornográfico. Porque para Bataille la expresión misma del sexo era la violencia, un auténtico tabú para nuestra higienizada sociedad de lo políticamente correcto, donde hacer el amor es un ejercicio de gimnástico relax en la antípoda de un acto de desesperación visionario.
Creo que ya lo he dicho todo, pero aún me puedo aventurar a ilustrarlo a costa de la selección realizada por Guillermo Solana, que salva como puede el atosigante engorro social. Lo hace, a mi juicio, con brillantez a través, principalmente, de la obra elegida de artistas actuales, pero no sólo por ser, cómo decirlo, hermosamente obscena, sino, sobre todo, porque, consciente o inconscientemente, retoma los viejos mitos, lo que, a la postre, demuestra que Bataille tenía razón acerca de la naturaleza regresiva del ser humano por más que progrese. En este contexto, sin embargo, las obras de arte históricas se nos muestran como antiguallas. Significativamente, hay sólo un momento que salva este abismo de separación: el del arte perverso del fin del siglo XIX, muy justamente explotado en la presente exposición.
Lágrimas de Eros, que se exhibe simultáneamente en el Museo Thyssen-Bornemisza y Caja de Madrid, comienza con el icono de una célebre fotografía de Man Ray de 1932, en la que unos bellos ojos femeninos maquillados están circundados por unas gotas de cristal, foto perfectamente acompañada por cinco lágrimas de cristal diseñadas en 1994 por Kiki Smith. Si las lágrimas se vitrifican es porque la pasión -amor y muerte- ha sido higienizada, todo lo cual se resume en el eslogan político, completamente deprimente, del "sexo seguro". Con lo que ¿qué seguridad vamos a tener de que, en un museo, se nos adentre en las fascinantes y aborrecibles profundidades del sexo mediante una exposición pública, asediada por mil ojos vigilantes? A la postre, esta experiencia sirve como espejo de la vergonzosa y vergonzante mirada perversa del espectador, sin que pueda verbalizar nada de lo que allí haya podido atrapar en las entretelas, o lo haga para sus adentros.

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