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SOBRE MONSIEUR BARUCH


Versión sobre "Nada que hacer, Monsieur Baruch" de Juan Ramón Ribeyro por Evelia San juan Aguado


Yo seguía echando por debajo de la puerta una publicidad a Monsieur Baruch que permanecía completamente insensible. En los últimos tres días había deslizado un folleto de la Sociedad de Galvanoterapia en cuya primera página se veía la fotografía de un hombre con cara de cretino bajo el rótulo “Gracias al método del doctor Klein ahora soy un hombre feliz”; había también un prospecto del detergente Ayax proponiendo un descuento de cinco centavos por el paquete familiar que se comprara en los próximos diez días; se veía por último programas ilustrados que ofrecían las memorias de Winston Churchill pagaderas en catorce mensualidades, un equipo completo de carpintería doméstica cuya pieza maestra era un berbiquí eléctrico y finalmente un volante de colores particularmente vivos sobre “El arte de escribir y redactar”, que lancé con tal pericia que estuvo a punto de caer en la propia mano de Monsieur Baruch. Pero éste, a pesar de encontrarse muy cerca de la puerta y con los ojos puestos en ella, no podía interesarse por esos asuntos, pues desde hacía tres días estaba muerto. Su nula respuesta a mi lanzamiento me hizo sospechar que sucedía algo anómalo. Me acerqué: permanecía sentado como solía hacer a diario desde tantos años. Las manos descansaban relajadas sobre el regazo: ¡Cuántas veces le había echado la correspondencia de este modo y él la había recogido con una sonrisa y un gesto amistoso de despedida! Tenía que hacer algo, necesitaba pensar, el resto de correspondencia sin repartir era urgente, pero Monsieur Baruch carecía de familia cercana. Cambié la ruta del reparto y me fui directa al hospital para dar cuenta del hallazgo. Quedaron en acercarse a la casa de modo inmediato.





Por mi parte, aceleré cuanto pude la entrega, deseaba volver para conocer más detalles y ayudar en lo posible. Ya lo habían llevado al depósito municipal. Me dijeron que la muerte le había llegado de modo súbito, sin sentir nada especial, que se habría cansado de vivir por falta de alicientes…Yo no quedé satisfecha con esta explicación y me propuse averiguar algo más sobre su pasado. Me había contado que apenas le quedaba familia: acaso un primo por parte de su madre, viudo como él, que vivía en una ciudad lejana, de la que me había dicho el nombre, pero ahora no recordaba. Busqué su agenda de direcciones: estaba situada encima de la mesita de noche. Tuve que llamarle dos veces, a la primera nadie respondió. Me dijo que se encontraba demasiado viejo para poder hacerse cargo de él y que no podría viajar.
Me pareció que le debía un pequeño homenaje póstumo, por las múltiples veces que me había invitado a tomar con él un café a media mañana, mientras hacía el reparto. Solía preguntarme acerca de las novedades del pueblo: él apenas salía, sus piernas estaban demasiado débiles. Charlábamos un poco, nunca se quejaba de su estado; a veces me pedía que le trajera alguna revista de actualidad para entretener las largas horas de soledad. Le distraían mucho los folletos publicitarios, que leía en su totalidad y luego me comentaba. Nos reíamos a menudo con las exageraciones y falsedades que suelen publicar en su intento de vender. Su compañía era para mí gratificante, representaba el abuelo que nunca tuve. En un gesto de verdadera amistad, me había confiado una llave “por si algún día me pongo enfermo y tienes que llamar para que me lleven al hospital”, a partir de lo cual mis visitas se hicieron algo más frecuentes, procuraba hacerle compañía algunas tardes. Echaba mucho de menos a su difunta, bastantes años antes un cáncer cerebral galopante se la había llevado en tan poco tiempo…No me agobiaba con sus recuerdos, nada más lo dijo en una ocasión. Solíamos merendar y jugar un rato a las cartas: el tiempo pasaba casi sin darnos cuenta y yo notaba al despedirnos sus ojos reflejando felicidad. Para mí este último año había sido muy distinto: me habían dado este destino lejos de la casa familiar, estaba viviendo sola y el lugar era tan provinciano, que procuraba distraerme como podía, a base de lecturas y poco más. Decidí poner una esquela en el periódico de la capital; el resto quedaba a cargo de los servicios municipales.
El entierro se celebró en una penosa soledad; lo inhumaron en un nicho mientras el sacerdote rezaba con desgana las oraciones habituales. Colocar una lápida costaría más de lo que yo podía permitirme, tal vez si hablara con la asistenta social podría conseguir alguna ayuda.
Me preguntaba qué pasaría a partir de ahora con la casa y las pertenencias. Desde luego, Monsieur Baruch era una persona ordenada, cuidadosa, que mantenía limpias y bien colocadas sus cosas. Yo no conocía hasta ahora todas las dependencias, sabía que se preocupaba por mantenerlas lo mejor posible, cada vez con mayor esfuerzo, sin quejarse lo más mínimo por ello. Le arreglé el salón, adecenté el dormitorio y terminé de guardar los cacharros en la cocina. Habría que cuidar las plantas, con una visita semanal sería suficiente. De momento, no sabía qué hacer con la llave.
A la semana siguiente volví por la tarde para ventilar y regar las plantas. Antes de que me diera tiempo a cerrar las ventanas sentí un timbrazo y abrí la puerta. Una mujer de edad incierta y aspecto fatigado preguntaba por la casa de Monsieur Baruch.
-Me llamo Adeline Baruch. Soy su hija.






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