
Francisco Ayala, el decano de las letras españolas y último superviviente de de la Generación del 27, ha muerto en Madrid a los 103 años. Su prolongada vida ha hecho que sea un testigo de excepción de la historia del siglo XX. El escritor granadino se exilió al estallar la guerra civil y no volvió a su país hasta 1980. Se declaraba un hombre tímido que amaba la literatura.
“He escrito demasiado porque he vivido demasiado y lo he hecho intensamente.”
“Yo digo que la literatura es lo esencial, lo básico. Todo lo que no sea literatura no existe. Porque, ¿dónde está la realidad? Un árbol lo es porque uno lo está nombrando. Y al nombrarlo está suscitando la imagen inventada que teníamos. Pero si no nombra un árbol no existe”
Entre sus numerosas distinciones se encuentran el Premio Cervantes 1991, el Premio Príncipe de Asturias, el Premio de la Crítica en 1972, el Premio Nacional de Narrativa en 1983, el Premio de la Letras Españolas y andaluzas en 1988 y 1990 respectivamente.
Los que le conocían bien dicen que en los últimos tiempos había dejado de ver y apenas tenía un hilo de voz. Su mente, lúcida hasta el final, advirtió que la muerte le llegaba. Descanse en paz.
A continuación el Texto íntegro del discurso pronunciado por Francisco Ayala al recibir el Premio Antonio de Sancha, el 26 de septiembre de 2005.
Queridos amigos:
He sido escritor público a lo largo de toda mi vida. Empecé a publicar textos de mi pluma en mis años de adolescente y casi me atrevería a decir que desde mi infancia, y en ello he perseverado hasta ayer mismo, aunque mejor dicho, en verdad, hasta el día de hoy, cuando tengo la esperanza de alcanzar a cumplir la edad de cien años. Sin embargo, soy un escritor anómalo, en el sentido de que esa principal e incesante actividad mía se ha desarrollado sin profesionalidad, esto es, sin que yo haya hecho de ella mi modus vivendi. Lo cual ha permitido que mis relaciones con la industria editorial, sin que faltaran a veces los desencuentros y algún enojo, hayan discurrido desde el comienzo de modo apacible y generalmente amistoso. A tal resultado ha contribuido sin duda un factor de buena suerte. En efecto, terminé de redactar una primera novela cuando sólo tenía diecinueve años y, siendo no sólo novato sino también totalmente impecune, carecía de perspectivas de verla publicada, una señora amiga de casa pidió a un su pariente, el exitoso autor teatral Guillermo Fernández-Shaw, que leyese el original, y este celebrado autor tuvo la generosidad de ofrecerse a pagar la impresión del libro; y enseguida, por si fuera poca mi fortuna, el libro fue comentado con benévolo aplauso en el diario El Sol por el más acreditado crítico de entonces, Enrique Díez-Canedo (era el año 1925); de esta manera el joven autor que era yo quedó ingresado de golpe en la
Vendría pronto la época de la renovación vanguardista. Fue ésta una época de gran brillantez para la cultura española. Todavía estaba en su actividad la espléndida generación innovadora del 98; Ortega y Gasset había irrumpido ya en la vida nacional acompañado por un nuevo grupo de literatos del más alto nivel; y por debajo, continuaba actuando un numeroso conjunto de escritores más o menos estimables que gozaban de popularidad, viniendo todo ello a coincidir con una profunda renovación de la vida nacional, sometida pronto a una crisis de sus instituciones políticas con el consiguiente cambio de régimen. Pero, según iba diciendo, surgió entonces un grupo de jóvenes poetas, narradores, músicos y artistas plásticos -la gente de mi grupo, que recibió el nombre de generación del 27-, dentro de la cual me fue dado desempeñar también mi propio papel personal, publicando varios escritos concebidos y redactados dentro del espíritu de la vanguardia. Fueron ediciones muy cuidadas, muy bien recibidas por el no tan escaso público minoritario de aquellos días, y hoy deseadas, buscadas y atesoradas por los coleccionistas; entre ellas, quisiera mencionar algunos de los títulos de los que yo mismo era autor: El boxeador y un ángel, Cazador en el alba e Indagación del cinema, exponentes claros, ya desde su propia cubierta, de una renovadora visión del mundo.
Conviene hacer notar aquí que el desarrollo de la actividad cultural española, así renovada, coincide de un modo muy significativo con movimientos parejos, simultáneos, surgidos en los diferentes países de la América hispánica, cuya historia intelectual no puede echarse en olvido. Fue una época de intercomunicación, de sintonía, entre los grupos intelectuales jóvenes y los de quienes en España nos esforzábamos por descubrir caminos estéticos todavía inéditos: un esfuerzo de apertura hacia el exterior y, mejor aún, de recepción recíproca desde todas partes. Cuando quiere entenderse bien lo que ocurre en el terreno de la cultura, no se puede prescindir del contexto político-institucional y, más ampliamente, del histórico-social, que imponen su marca y modulan las iniciativas de los grupos activos. Por supuesto, no es ésta la oportunidad de establecer alguna precisión que aclare lo dicho. Me limitaré, por tanto, a invocar el recuerdo de la famosa polémica sobre "el meridiano intelectual" suscitada por una imprudencia de Guillermo de Torre en La Gaceta Literaria en relación con la revista argentina Martín Fierro, tan fraternal ésta sin embargo para nosotros. Vivíamos los jóvenes en una atmósfera de felicidad cultural frente a un porvenir que se nos antojaba despejado y muy prometedor. Tal atmósfera estaba alimentada por un conjunto de iniciativas editoriales -conjugadas a ambas orillas del océano- en cuyo desarrollo participábamos con entusiasmo los nuevos escritores de mi generación. Por cuanto se refiere a España, baste recordar la mencionada Gaceta Literaria, para no hablar de la espléndida y por entonces muy respetada Revista de Occidente, debiéndose también hacer mención de la famosa CIAP (Compañía Iberoamericana de Publicaciones), empresa de dudosa catadura y de no menos dudosa gestión. Por cierto que mi buen amigo Esteban Salazar y Chapela tuvo la chance de participar en aquella manipulación editorial, y lo hizo con intención óptima y bien agradecida por sus amigos. En suma, quiero hacer notar también que durante aquel periodo de nuestra historia cultural traducíamos aquí en seguida todo lo más importante que aparecía publicado en el mundo, de modo tal que los lectores españoles podían estar al tanto de las novedades surgidas en diversos países, y ello con una apertura de intereses no igualada a aquella hora en ningún otro país europeo (y por cierto, el joven escritor que por aquellas fechas era yo fue traductor de muy importantes libros extranjeros, cuyo impacto sobre nuestra atmósfera intelectual de entonces fue evidentemente notable).
En resumidas cuentas, conviene notar que durante la primera fase de mi vida como escritor, esto es, desde los años de mi adolescencia hasta el comienzo de nuestra guerra civil, la industria editorial española había desempeñado un papel principal dentro del mundo hispánico, acogiendo a muchos de los más notables escritores hispanoamericanos, mientras que dentro del país se encontraba bien servido el conjunto de los productores literarios nacionales. Los nuevos, los de mi generación -la vanguardia-, promovimos por propia iniciativa la aparición de otros sellos editoriales de alcance minoritario que traían al mercado una fisonomía nueva, marcada por el gusto a lo distinto y con ciertas aspiraciones a la exquisitez. Y convendría notar que esta última manifestación de la actividad literaria española se había correspondido de un modo que pudiéramos calificar de fraterno con las actividades de los grupos de vanguardia simultáneamente aparecidos en diversos países de la América hispana. (Y empleo el calificativo de "fraterno" incluyendo en él las simpatías y los encontronazos como, por ejemplo, el de la famosa polémica del Martín Fierro).
Fue una floración maravillosa, pero ¡ay!, la turbulencia de aquella hora histórica habría de hacerla dolorosamente fugaz. Vino la guerra civil en España, destrozando el país y dejando a la población sobreviviente reducida a las condiciones más precarias. A mí me tocó formar parte del cuantioso número de quienes logramos salvar la vida emigrando, para caer en un exilio que parecía interminable y que de todos modos se prolongó por decenas de años, y que en muchos casos resultó ser definitivo y para siempre.
Ese exilio fue para mí en cambio relativamente suave. Mis circunstancias personales me permitirían recuperar de inmediato en Buenos Aires, ciudad que ya conocía y donde era conocido, y donde tenía muy buenas relaciones, tanto el papel de escritor como una posición social muy aceptable. Se me abrieron las páginas de las publicaciones argentinas más importantes: el diario La Nación, la revista Sur, otras revistas, entre estas una de especialidad político-jurídica: La Ley. Y comenzó asimismo mi implicación en una industria editorial como la de aquel país, allí renovada entonces a expensas de la decadencia peninsular, y favorecida por las aportaciones de tantos profesionales emigrados.
Instalado, pues, en Buenos Aires, y desde el mismo día de mi llegada, reanudé allí la tarea de creador literario que había estado suspendida en España durante los años de nuestro conflicto civil, publicando ahora en la revista Sur (diciembre de 1939) mi Diálogo de los muertos, a la vez que empezaron a aparecer en La Nación artículos míos sobre temas diversos. Debo mencionar aquí algo muy señalado desde el punto de vista editorial: en 1944 aparecería, publicado por iniciativa de Eduardo Mallea, en la refinadísima colección de Cuadernos de la Quimera, lujosa oferta de la editorial Emecé, mi relato El hechizado (una de las piezas que habían de componer luego el volumen Los usurpadores). A la editorial Emecé he de referirme más adelante, pues a partir de entonces tuve con ella una relación excelente.
Si, como dije al comienzo, nunca a lo largo de toda mi vida fui un escritor profesional en el sentido de convertir en modus vivendi el fruto económico de mi creación literaria (soy, por notable excepción un escritor que nunca se ha valido de los servicios, al parecer sumamente útiles, de algún agente), he trabajado sin embargo, de vez en cuando, incluso como empleado a sueldo, para una casa editorial; pues es lo cierto, además, que durante esa breve etapa de mi vida los magros productos de mi pluma debieron servirme para atender en cierta medida a lo más indispensable del diario vivir. Trabajé para la editorial Losada, que publicaría varios de mis libros, algunos de ellos tan importantes como Razón del mundo, La cabeza del cordero y -sobre todo si se atiende a la magnitud de la empresa- mi Tratado de sociología.
Traduje por su encargo obras, alguna de ellas de mi gusto y otras a disgusto mío, y ello me permitió avanzar en la carrera modesta pero grata de tratar con los libros y sobrevivir en un ambiente que me consentía hasta cierto punto elegir el terreno de mis actividades. Entre éstas he de mencionar de modo muy especial la creación y gestión de la revista Realidad, a la que, para matizar su carácter, subtitulé Revista de Ideas. Esta revista la habíamos planeado Francisco Romero y yo con la ayuda y el estímulo de Mallea. E insistí en que Romero apareciera como su director, comprometiéndome con él a no encomendarle ni hacerle responsable de ningún trabajo. La revista fue diseñada y, lo que es más importante, costeada a sus expensas por la Imprenta López, empresa que entonces servía a las publicaciones de las dos principales editoriales bonaerenses. No debo extenderme, como bien pudiera, en detalles interesantes. Invité a colaborar en ella a varios de mis amigos y colegas de España, como José Luis Cano y Ricardo Gullón; se publicó un comentario muy apreciativo de la recién aparecida novela Nada, de Carmen Laforet, y también hubo trabajos con la firma de diversas personalidades de relieve máximo, que son hoy figuras indispensables en la historia universal: Bertrand Russell, Jean-Paul Sartre, Jorge Luis Borges, Martin Heidegger, Juan Ramón Jiménez, Arnold Toynbee, Pedro Salinas, T. S. Eliot, Alfonso Reyes... De Realidad se publicaron dieciocho números; y cuando -por razones diversas- decidí poner fin a mi residencia en la Argentina y trasladarme (año 1949) al norte del continente americano resolví, con gran contrariedad de todos los concernidos, cerrar su publicación, pues no quería que, abandonada por nosotros, pudiera caer en lamentable decadencia, según suele ocurrir en casos análogos, y según ocurriría más adelante con la revista La Torre, que yo mismo había de fundar en la Universidad de Puerto Rico.
En cuanto a mi relación con la Editorial Sudamericana, fue desde el comienzo, y siempre hasta el final, fácil y muy satisfactoria. Había entablado yo muy pronto una buena amistad con su promotor y dueño, Don Antonio López Llausás, un hombre a cuyo padre, dueño de un importante negocio librero en Barcelona, había tenido yo ocasión de saludar no mucho tiempo antes en aquella ciudad. Su hijo, López Llausás, era persona culta, discreta, prudente en sus negocios, y muy capaz de mantenerse siempre dentro de su papel marginal, aunque ciertamente decisivo, en la vida intelectual porteña. La Editorial Sudamericana publicó con complacencia y satisfacción de mi parte las primeras ediciones de mis libros Histrionismo y representación, Los usurpadores, Muertes de perro y El fondo del vaso. Mi familiaridad con el mundo editorial en aquellos años porteños me permitió ofrecer una mirada irónica, quizá divertida, sobre esa profesión que finalmente es la mía. Algunos de mis relatos, como El colega desconocido (recogido en el volumen Historia de macacos), pueden dar una idea de esa actitud mía -ligera, burlona y escéptica- acerca del pintoresco mundo de los escribidores, afanándose por entrar, a fuerza de publicidad, en el juego competitivo de los best sellers.
Luego, mi vida en el trópico, mi relación con la Universidad de Puerto Rico y con su editorial a cuyo cargo estuve, viene a completar esta fase de mi larga actividad de intelectual, pasando yo pronto, desde allí mismo, a reanudar mi verdadera profesión: la docente. Aquella universidad, como la isla misma, su régimen de gobierno y sus perspectivas culturales, se encontraban en una fase de gran plasticidad. Todo cambiaba rápida y profundamente; y esto permitió que mi colaboración, tanto como mi amistad, con el rector Jaime Benítez y con varias de las personalidades singulares, y muy interesantes, que componían aquella peculiar sociedad, fuesen para mí ocasión de experiencias bastante singulares de las que he dejado algún testimonio por escrito. Me referiré aquí tan sólo al aspecto relacionado con la actividad intelectual, que fue de todos modos bastante importante. Establecimos allí una relación muy fecunda con el mundo orteguiano (Benítez era, para así decirlo, un ferviente fan de don José Ortega), y de ahí vino un arreglo para imprimir y publicar en Puerto Rico varios de los títulos que llevan el sello de Revista de Occidente. Marginalmente, la gente de dicha revista en España (concretamente, Fernando Vela) imprimiría en Madrid (1955) la primera edición comercial de mi libro Historia de macacos -aunque seguro estoy de que dicho libro nunca pasó a las librerías-, reproduciendo una edición privada, en verdad clandestina, que previamente se había impreso gracias al entusiasmo amistoso de Ricardo Gullón.
A partir de allí mi actividad y mis iniciativas docentes en la Universidad de Puerto Rico abren una nueva etapa, ya definitiva, a mi carrera de escritor público. En fin, ahora, en la fecha de hoy (el 26 de septiembre de 2005), cuando he terminado de poner por escrito estas palabras, y ante la perspectiva de cumplir los cien años de mi vida, vuelvo la vista hacia el prolongadísimo camino de esta mi existencia sobre el deleznable planeta en que me fue dado abrir los ojos al mundo y encontrarme conmigo mismo y me doy cuenta de que la realidad en la que se desenvolvía mi existencia ha experimentado tan sustanciales cambios que apenas si acierto a reconocerla. Venía hablando hasta este momento de un siglo en el que los libros han constituido el panorama básico de la existencia humana, debiendo entenderse por tal la del hombre que se alza sobre su naturaleza material para contemplar un panorama superior apenas descifrable, y reconozco que los libros, y dentro de ellos lo que en sentido preciso debe llamarse literatura, que ha sido para mí la orientación y meta capaz de justificar dicha existencia sobre la tierra, han perdido ya su vigencia, y están siendo sustituidos por vehículos distintos de la expresión y de la comunicación sobre los soportes que nuevas tecnologías introducen y que anuncian maneras de vivir y de entender el mundo enteramente ajenas a aquellos que, como yo, han desarrollado su existencia temporal en un tiempo que ya hoy se ha hecho pretérito.
No me ha sido dado a mí otro medio de realizarme en función del mundo en que me tocó vivir, si no es a través de la letra impresa. El espacio de la realidad acotado por los libros ha sido desde la infancia mi espacio natural, y en él se ha desenvuelto básicamente mi actividad sobre la tierra, en relación siempre con quienes, como yo, con los libros han vivido, y me refiero a quienes fueron mis compañeros escritores, o los muchos, incontables, aficionados a la lectura, pero, muy en particular, a los profesionales de la producción de tales objetos de cultura: bibliotecarios, editores y libreros, entre los que, ya en su mayor parte desaparecidos, he tenido y tuve tantos y tan buenos amigos a lo largo de esta dilatadísima permanencia mía sobre este cuerpo astral al que piadosamente he calificado de deleznable.
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Temas para el relato del próximo viernes, 13 de Noviembre:
* Tema libre con la canción de Paolo Conte, Azurro
* "Sentado en mi sillón"
A partir de hoy, pondremos en el blog la grabación de Contadores de Historias.
(Ahora ya no tenéis excusas para no escribir...)
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EL TRINO DEL DIABLO Y OTRAS MODULACIONES, DE DANIEL MOYANO
“Cuando se acaban las palabras, llegan los sonidos”
Esta novela narra la historia de Triclinio, un violinista que habita un lugar donde esta profesión es vista como sospechosa de divulgar ideologías conspiradoras contra el gobierno en turno. La mayor parte de estos músicos son llevados al exilio, en donde además sufren la desgracia de enfermarse de artritis. A pesar de ser una historia trágica, las aventuras de Triclinio son contadas con un registro humorístico y de parodia, de tal forma que el dolor es mitigado por la risa y la complicidad, afirma Casarín.
En el texto se advierte la multiplicación de la violencia y se percibe la prohibición, la censura y el estado policial. En su conjunto, configura hechos que no eran visibles aún en la Argentina de 1973.
Existen en la novela paralelos claros con personajes de la vida política. Por ejemplo, referencias claras a Juan Carlos Onganía, o similitudes con características clave de la dictadura, como la noche de los lápices, la complicidad civil y la doctrina de seguridad nacional.
En 1988 Moyano reescribió el libro y lo transformó en todos los niveles. Al igual que en 1974, la publicación no pasó desapercibida, pero su mayor reconocimiento fue entre círculos de escritores, críticos y lectores selectos.
El trino del diablo es sobre todo, un cuento mágico, un relato que sostiene una atmósfera onírica desde el primer capítulo ,“Sobre el arte de fundar ciudades” , donde se inicia la trama. De manos de Triclinio, personaje real que fue alumno del propio Moyano, un violinista con la cabeza plagada de sonidos y ecos, que simboliza la pureza en un país desangrado ante la locura y la barbarie de la dictadura, el autor espolea la conciencia colectiva para aceptar y comprender que en su mundo la música salva al hombre.
Una fusión de sonidos para evidenciar que el arte salva al hombre. De ella dijo Cortázar que es la novela que a él le hubiera gustado escribir.
LA FIGURA DE DANIEL MOYANO
Daniel Moyano (Buenos Aires, 1930- Madrid, 1992) es uno de los olvidados de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Autor de ocho libros de relatos, cinco novelas, ganador del Premio Juan Rulfo de 1985, no ha encontrado todavía la categoría de gran prosista de la lengua castellana.
Amigo personal del Che Guevara, fue calificado por autores como Mario Benedetti, Eduardo Galeano, Julio Cortázar y Juan Gelman como "uno de los narradores más brillantes de la segunda mitad del siglo XX en lengua española".
La literatura de Moyano es de un estremecedor realismo profundo abonado por los grandes, como Pavesse, Kafka , Borges o Bioy Casares.
Cortázar no escatimaba elogios, opinaba que Moyano era "el mejor cuentista de su generación".
Si quieres saber algo más.
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The Spoon River Anthology (Antología de Spoon River) de Edgar Lee Masters. Este es un libro de poesía, pero también es una novela en verso. Su primera edición fue en el año 1915, tuvo 19 reimpresiones y en 1940 ya iba por las 70 ediciones.
Es un libro compuesto exclusivamente por poemas que al mismo tiempo son epitafios. Cada poema tiene por nombre al muerto que yace bajo la supuesta tumba y en su epitafio se refiere por lo general a algún asunto concerniente a su vida en el pueblo y a su relación con los demás habitantes. Pero estos epitafios no son como los que la farándula local le entregaba a Jorge Ginzburg al final de las entrevistas, del tipo “fue un buen hombre”, “trabajador y romántico”. Los epitafios de Spoon River son narrativos, cuentan una historia significativa para la persona allí sepultada. Pero eso que cuenta el muerto y que puede ser un secreto, también puede estar relacionado con otros habitantes del pueblo quienes tienen sus verdades para decir sobre los mismos hechos. Para hacerse una idea de la magnitud de estas historias y todos sus vericuetos es necesario tener en cuenta que integran el libro 220 personajes.
Aquí no se trata de ser un biógrafo piadoso: no hay omisiones para no perjudicar la memoria de los muertos. No se trata de hacer un conmovedor panegírico ni una evocación llena de nostalgia por el difunto o difunta. Se cuenta la verdad, por incómoda que ésta pueda llegar a ser. Fue así y punto. Lo políticamente correcto queda relegado a un segundo plano o llega a ser inexistente.
Algunos ejemplos:
WELDY “EL DURO”
Tras volver a la religión y sentar cabeza,
me dieron un trabajo en la fábrica de conservas,
y todas las mañanas tenía que llenar
de gasolina el depósito del recinto
del que se alimentaban los fuegos de los barracones
en los que calentaban los soldadores.
Y para hacerlo me subía a una escalera desvencijada
llevando los cubos llenos.
Una mañana, cuando estaba en lo alto echándola,
el aire se quedó en calma y pareció hincharse,
y yo volé con la explosión del depósito,
y al caer quedé con las piernas rotas
y los ojos quemados como dos huevos fritos.
Y es que alguien había dejado encendido un fuego
y la llama había sido absorbida hasta el depósito.
El Juez del Distrito dijo que quien lo hiciera
tenía que ser un compañero de trabajo y, por lo tanto,
el hijo del tío Rhodes no tenía que pagarme nada.
Y yo estaba sentado en el banco de los testigos, tan ciego
como Jack el Violinero, diciendo una y otra vez
“No, no le reconozco.”
LA SEÑORA DE MEYERS
Toda la vida se quejó
de que le calumniaron vilmente los periódicos;
decía que él no tuvo la culpa de cómo acabó Minerva,
que solo intentó ayudarla.
¡Pobre alma tan hundida en el pecado que no podía ver
que, aun intentando ayudarla, como él decía,
había violado las leyes humanas y divinas!
Caminantes, oíd esta antigüa advertencia:
Si quereís que vuestros caminos sean caminos de delicias,
y todos vuestros senderos sean de paz,
amad a Dios y guardad sus mandamientos.
JONES “EL INDIGNADO”
No podíais creer
que yo venía de la auténtica estirpe galesa, ¿verdad?
Que mi sangre era más pura que la basura blanca de aquí.
Y que era de linaje más directo que los de Spoon River
que venían de Nueva Inglaterra o Virginia.
No podíais creer que yo había ido a la escuela
y había leído libros.
Tan solo me veíais como un hombre deshecho,
con greñas, mal barbado
y harapiento.
Hay veces en que la vida de un hombre se convierte en un cáncer
de tanto ser machacado y machacado
y se hincha hasta ser una masa amoratada
como esos bultos de los tallos de maíz.
Así estaba yo, de carpintero, atascado en el lodazal de la vida,
en el que me metí pensando que era un prado,
con una cerda de mujer y la pobre Minerva, mi hija,
a la que atormentasteis y llevasteis a la muerte.
Y así me arrastré y me arrastré por los días de mi vida
como un caracol.
Ya no oiréis mis pasos por la mañana
resonando en las huecas aceras
cuando iba a la tienda a por un poco de harina de maíz
y unos céntimos de tocino.
(Fuente: Hablando del asunto)
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Temas para el relato del próximo viernes, 6 de Noviembre:
* Tema libre con la canción de Nina Simone My baby just cares for me
* "Su ticket, gracias"
Etiquetas: CONTADORES DE HISTORIAS
Sin imágenes.
Sin vídeos.
Sólo la voz de la poeta.
Sólo su poesía sin adornos.
La obstinada escena persiste: los árboles avarientos atesoran
Las hojas del año que se va, reacios a llorar su muerte, a vestir el sayal
O a transformarse en dríades elegíacas, mientras la austera hierba
Guarda para sí la dura esmeralda de su esencia,
Por mucho que la pomposa mente desprecie
Tal pobreza. Los gritos de los muertos.
No florecen nomeolvides entre las losas
Que pavimentan este camposanto. Aquí es la honesta podredumbre
La que descose el corazón, monda el hueso hasta liberarlo
De la vena ficticia. Cuando un escueto esqueleto
Viene a sumarse a lo real, todas las lenguas de los santos se deshacen
En silencio: las moscas no ven resucitar a nadie bajo el sol.
Observa, pues, observa bien este paisaje esencial
Hasta que tus ojos urdan una visión deslumbrante en el viento:
Sea cual sea la pérdida que destellan los condenados
Espectros, aullando en sus sudarios por el páramo,
Ensalza la jauría de la mente famélica
Que puebla el cuarto desnudo, el aire vacío, desocupado.
Etiquetas: POESÍA
Epitafio: Inscripción que se pone, o se supone puesta, sobre un sepulcro o en la lápida o lámina colocada junto al enterramiento.
(DRAE)
La costumbre de adornar con inscripciones las tumbas y monumentos fúnebres tiene su origen, como tantas cosas, en el Antiguo Egipto, que fue una cultura necrófila por excelencia. A orillas del Nilo, el culto a los muertos alcanzó un nivel no pensado de sofisticación.
¡Que no sea rechazado de vuestra puerta, dioses!La inscripción funeraria, que en Egipto era fundamentalmente invocatoria y siempre instrumental, entre los griegos se convierte en género literario. Los epitafios son escritos, en su mayoría, en versos, composiciones poéticas breves, llenas de intimismo y sentimentalidad. De su lectura aprendemos acerca del carácter del difunto. De su oficio, sus años y hasta su forma de morir. Sobre todas estas circunstancias se impone el deseo de permanecer en la memoria de los hombres. El Hades no ofrece ninguna garantía. Caronte, el barquero, no es una figura que inspire mucha confianza, teniendo en cuenta que entre sus atribuciones está el rechazar a los difuntos sin óbolo.... El más allá es un antro gris y apático. Poco sabemos de él y lo poco que sabemos dista de ser alentador. Mejor ser conocido entre los vivos que en medio de aquellas sombras insomnes.
¡Que no la encuentre cerrada con cerrojo!…
¡Ojalá pueda contemplar a Tum, mi Padre,
establecido en sus dominios del Cielo y de la Tierra!
Que Hades te conceda agua fresca,El epitafio como género literario está determinado por su brevedad. No es prudente, ni posible, extenderse demasiado sobre la superficie de una tumba. No se trata de una elegía. El lírico de la epitafía se debe a la concisión y parquedad. Es el más difícil de los géneros. Resumir la vida de un hombre, así se trate de uno mismo, en cuatro o seis hexámetros, requiere de sobrados talentos.
porque
perdiste la dulce flor de la juventud.
Al transformarse en género literario, el estremecimiento se mudó en ingenio y la imaginación desplazó a la experiencia. Los epitafios se fueron haciendo cada vez más literarios. El cristianismo acercará las tumbas a los templos, algo impensable en la antigüedad grecolatina. De los asuntos en el más allá se encarga el Creador, inaccesible y huraño:
Quietos yacen los huesos entre las piedras
mientras el alma vuela a voluntad de Dios.
El siglo XX, a pesar de su tanatofilia, no fue especialmente pródigo en epitafios memorables. No se no encuentra nada escrito sobre las tumbas de escritores y artistas como Rimbaud, Apollinaire, Marcel Proust, Gertrude Stein...
Una muestra de epitafios de escritores conocidos:

Rosa, oh! pura contradicción, alegría de no ser
el sueño de nadie bajo tantos párpados.
(Rilke)

Con una fría mirada
a la vida, a la muerte.
¡Jinete, pasa!
(Yeats)

Buen amigo, por Jesús, abstente
de cavar el polvo aquí encerrado.
Bendito el hombre que respete estas piedras,
y maldito el que remueva mis huesos.
(William Shakespeare)

Aqui yace Luis Camoens
principe de los poetas de su tiempo.
Vivió pobre y miserablemente,
y así murió. (Luis de Camoens)

And ne forhtedon na
("Y jamás con temor")
Borges
Si quieres saber algo más sobre NECROLÓGICAS Y EPITAFIOS...
(Fuente: La suerte del alma en su viaje al más allá. Epitafios: la poesía de los muertos
(Alejandro Oliveros)
Etiquetas: Moleskine
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