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LIBERTAD, JONATHAN FRANZEN

Jonathan Franzen
¿De verdad ha llegado por fin
la “Gran Novela Americana”?

Con “Las correcciones”, en 2001, vendió cerca de tres millones de ejemplares. A punto de salir a las librerías “Libertad” (publicada en España por Salamandra y Columna), Barak Obama pidio un ejemplar para llevársela como lectura de vacaciones. Una obra que ha sido saludada en Estados Unidos como la novela del siglo. Visitamos a Jonathan Franzen en Nueva York para que nos hablara de su más famoso fan, su desencuentro con Oprah Winfrey y por qué considera que “escribir es una actividad miserable”.
Jonathan Franzen no cree que exista algo parecido a la Gran Novela Americana. El concepto mismo le irrita. “Es una idea estúpida que utiliza la gente que no siente aprecio por la literatura. Quizá sea diferente en Europa, pero en Estados Unidos se trata de una frase paternalista que sueltan los no lectores cuando les comentas que eres escritor: ‘Ah, así que estás escribiendo la Gran Novela Americana, ¿no?’”.
Sentado en una silla de respaldo recto en su apartamento del Upper East Side neoyorquino, Franzen cruza los brazos sobre el pecho y esconde las manos en las axilas. Sobre la mesa frente a él descansan varios ejemplares de su última obra, Libertad, un pesado volumen que ha sido considerado en muchos sectores como, ejem, la Gran Novela Americana, y que le ha valido ser el primer escritor al que la revista Time ha dedicado su portada en los últimos diez años.
Pero Franzen tiende a molestar a la gente (Newsweek una vez lo tachó de “capullo pomposo”) y, nada más aparecer en Time, antes incluso de que el libro viera la luz, el estallido de franzenfreude provocó también una corriente contraria al “genio”, tal y como lo catalogó la novelista Jennifer Weiner, cansada de la sucesión de reseñas elogiosas.

Aún así, Franzen parece intocable. Incluso Oprah, con quien una vez protagonizó un famoso desencuentro, seleccionó Libertad para su club del libro, con lo que la obra seguramente habrá superado ya los tres millones de ejemplares vendidos por Las correcciones, que en 2001 también fue etiquetada como la Gran Novela Americana.
“¡Pero es que nadie sabe siquiera lo que eso significa!”, estalla el escritor de 52 años, quien, pese a las gafas de friqui, resulta mucho más atractivo al natural que en sus retratos (a menudo, la carne y el hueso se quedan a bastante distancia de la imagen retocada por Photoshop). “Es lo que la gente dice: ‘Me he tomado un año sabático en mi trabajo como inversor para escribir la Gran Novela Americana’”. Se calma un poco y admite que sí, que quizá en la década de los 1930 el concepto tuviera valor. “Pero entonces se asoció con una ambición totalitaria por parte del autor para retratar el país en su conjunto”.
Le comento que, precisamente, Libertad ofrece una vista general de Estados Unidos durante la pasada década, tal y como Las correcciones hizo con los Estados Unidos de los años 1990. “Sí, pero eso no es noticia para el lector, o al menos no lo es para cualquier estadounidense que haya estado aquí durante la última década. Ya sabemos lo que ha pasado, lo hemos vivido”. La función de la novela, comenta, ha cambiado radicalmente. “Ese objetivo social de agrupar noticias se ha visto superado por la televisión e Internet. Si tuviera una lista con las tareas que debo desempeñar como novelista, la de transmitir información interesante y desconocida al lector no ocuparía siquiera el puesto número 35”.
Declaración de intenciones
Muy bien, le digo con la intención de alejarme de tan espinoso tema: ¿Cuál sería el puesto número 1? Calla durante casi un minuto, los ojos cerrados, el ceño fruncido en señal de concentración, antes de responder con mucha calma. “Encontrar un vehículo narrativo adecuado para los aspectos más difíciles que guardo en mi interior, con la esperanza de que lleguen a resonar en un lector que hasta ese momento se haya sentido solo frente a tan profundas y complicadas emociones”. Abre los ojos de nuevo. “Pero esa lista no existe, así que la definición puede sonar un poco pretenciosa. En cualquier caso, los tiros irían por ahí”.
En efecto, Libertad (el título parece ser irónico) no se arredra a la hora de tratar cuestiones difíciles. Por un lado narra los altibajos matrimoniales de Walter y Patty, una pareja de clase media del Medio-Oeste, y los mezcla con observaciones dolorosamente certeras sobre los gajes de la vida familiar: hermanos incompatibles, hijos egoístas, padres inadecuados y, en sus pasajes más vacíos, el lento trayecto colectivo hacia la muerte.
En su deambular por un amplio paisaje norteamericano, lo mismo geográfico que político, Libertad captura tanto la belleza como la fealdad del país, posiciona la dinámica de la vida familiar frente a los grandes temas de fondo: la guerra, la tecnología, la sobrepoblación y el calentamiento global, incluyendo algunos pasajes, vigorosos pero la verdad es que también un tanto aburridos, sobre el medio ambiente. A ratos uno se siente como si le hubieran obligado a tomar una carretera secundaria para ser instruido en las diversas amenazas que pesan hoy día sobre la vida salvaje, cuando lo que de verdad desea es averiguar si Patty y Walter se las arreglan para solucionar sus accidentadas existencias.
La novela también contiene una pequeña pulla contra Ian McEwan al describir a un personaje que “se esforzaba en sentir algún interés” por Expiación. Franzen explicó que se trataba de una respuesta a la afirmación de McEwan según la cual Philip Roth es el único gran novelista norteamericano vivo –palabras que “desde luego no nos sentaron nada bien a quienes seguimos produciendo novelas aquí”-. Le pregunto si el comentario de McEwan le duele aún. “Terriblemente –contesta bromeando-. Le mandé una copia de la primera galerada de Libertad. Y ayer mismo recibí una respuesta increíblemente dulce de su parte, pese a la pulla que le lancé. Se muestra maravillosamente generoso y me ha desarmado por completo. Debe de ser un tipo verdaderamente majo. ¿Dijo algo sobre los novelistas norteamericanos? ¡Yo no lo recuerdo!”.
Franzen habla casi del mismo modo en que escribe, escogiendo las palabras cuidadosamente y corrigiéndose sobre la marcha, lo cual implica que a menudo se queda a la mitad de una frase dos o tres veces antes de llegar a acabarla. Con sus pesadas gafas de caparazón de tortuga y barba de pocos días, viste de forma casual con tejanos y una camiseta azul perfectamente planchada, que luego se cambiará por una camisa del mismo color de cara a la sesión fotográfica.
El apartamento está meticulosamente limpio: una guitarra apoyada contra una de las paredes, libros apilados en cualquier espacio disponible… Los muros se encuentran decorados con arte moderno e ilustraciones de pájaros. Es, por confesión propia, una especie de observador de aves (como Walter) y en la mesa que nos separa hay dos ornamentos con forma de pájaro que pitan electrónica y desconcertantemente en cuanto captan algún movimiento. “El mes que viene tengo apalabrada una maravillosa jornada de observación en el norte de Norfolk, un magnífico punto de Inglaterra”, comenta entusiasmado.
Franzen comparte piso con Kathryn Chetkovich, su novia durante la última década, a la que describió en sus memorias de 2006, Zona fría, como “una escritora vegetariana de California ligeramente mayor que yo”. Ya estuvo casado una vez, con otra escritora, Valerie Cornell, a la que había conocido en la universidad. Mientras hablamos, una mujer pequeña con pelo oscuro hasta los hombros trastea en la cocina y abandona el apartamento. “Lo que acabas de ver era la californiana, pero no he sido lo suficientemente educado como para presentaros”.
Metódico, Franzen comienza a escribir cada día a las siete de la mañana, fines de semana incluidos, y trabaja sin descanso durante seis horas. Cuando se encuentra enfrascado en un libro, su existencia es básicamente la de un ermitaño. “Tengo que estar en casa a las nueve, que es cuando me voy a la cama, lo que en Nueva York representa básicamente que no puedes quedar con nadie”. Pasa parte del año en Santa Cruz, California, pero cuando está en la Gran Manzana se encierra en una oficina insonorizada cerca de su piso, donde ensaya en voz alta los diálogos mientras los escribe. “Hablo hasta quedarme literalmente ronco –comenta–. En cierto sentido siento que escribir es una actividad miserable, ya que me llena de ansiedad y de dudas”. Por las tardes se relaja. “Cuando estamos en California, me siento en el porche trasero y contemplo la vida de los pájaros durante 45 minutos. Entonces voy al gimnasio o juego al tenis con Kathy, voy de compras, contesto mails durante una hora, me tomo una copa y leo un rato. O, si estamos a medias con una serie o un DVD y no nos apetece otra cosa, nos obsequiamos viéndolo”.
El “asunto” con Oprah
Tras pasar años luchando como escritor antes del éxito de Las correcciones, Franzen aún no acaba de acostumbrarse a la vida bajo los focos. “Creo que es peor para Kathy que para mí, ya que se trata de un ruido que genero yo. Pero, en general, la persona que me puede reconocer es interesante, tiene la suficiente sensibilidad para no mostrarse intrusiva, sino simplemente educada. Sí tuve un encuentro desagradable durante el asunto con Oprah. Estaba en la oficina de correos y un tipo de mediana edad y maneras corteses me preguntó: ‘¿Eres Jonathan Franzen?’. Le contesté confiadamente que sí. Y ahí me soltó: ‘Sólo quiero decirte que en mi opinión eres una persona despreciable’”.
Se ríe. El “asunto” al que se refiere es la forma en que respondió hace diez años a la selección de Las correcciones para el club del libro de Oprah, ante la que comentó que le había hecho “rechinar los dientes” en una declaración que luego fue sacada de contexto. Oprah no tardó en retirar el libro y la invitación para que el escritor acudiera a su programa. Se le tachó de esnob elitista. “Como entrevistado, ahora soy más cuidadoso y menos arisco que hace diez años”, bromea Franzen. Así que… ¿estaría preparado para acudir al programa si ella lo vuelve a invitar? “Sin duda. Me encantaría poder hacer las paces”.
Pero la controversia sigue rodeando a Franzen. Su ascenso a la categoría de icono cultural ha provocado reacciones fuera de tono por parte de quienes consideran que se insiste en menospreciar a las mujeres novelistas. Jodi Picoult y Jennifer Weiner, ambas autoras de best sellers cuyos libros rara vez son objeto de críticas serias, se sumaron a la polémica señalando que el mundo literario mide las cosas con un doble rasero. Franzen, en cualquier caso, no quiere atizar ese fuego. “Estoy bastante de acuerdo. Cuando un hombre escribe adecuadamente sobre temas familiares, su libro es recibido de forma seria porque ‘Guau, un hombre ha prestado atención a la textura emocional de la vida diaria’, mientras que una mujer que lo haga podrá ser catalogada de chick-lit. Hay un desequilibrio de género que viene de lejos en lo que al canon respecta, sea cual sea ese canon”.
Franzen puede rivalizar con cualquier mujer, si no superarla, a la hora de articular los tejidos emocionales de la vida cotidiana. En Libertad, una madre ya de cierta edad le explica a su hija adulta cómo lidia con el equipaje en que se ha convertido su existencia: “Intento no pensar demasiado sobre ciertas cosas, porque de otro modo se me rompería el corazón”. Le pregunto si basta con rascar un poco en la superficie para descubrir que todas las familias son disfuncionales (y sin querer provoco otra diatriba por su parte): “No me gusta nada el término ‘disfuncional’. Si dices que vienes de una familia disfuncional, suena como si llevaras un chip en el hombro. O si comentas que la familia de alguien es disfuncional, suenas como un profesional de la salud mental que mide las cosas según alguna normativa tipo de funcionalidad”. ¿Qué término utilizaría, pues? “Bueno, siempre está la ineludible frase inicial de Anna Karenina [“Las familias felices son todas iguales, pero cada familia infeliz lo es a su propia manera”]. De hecho, creo que hay familias felices, en las que pueden surgir pequeños roces aquí y allá, pero que básicamente funcionan. Yo marcaría la distinción entre familias felices y familias interesantes”.
Aún así, le cuesta dar con una categoría para clasificar a su propio clan. Criado en St. Louis, Missouri, donde su padre trabajaba para una empresa ferroviaria, le “bañaron en amor. Mi familia era un pandemónium emocional con gente en un estado permanente de frustración, depresión crónica, ansiedad, infelicidad… Mi madre se sentía frustrada en muchos aspectos de su vida y se volcó en sus hijos porque no tenía ninguna esfera propia a la que recurrir. Mi padre se hallaba enfadado con el mundo, consideraba que éste no hacía más que infravalorarlo. Y mis hermanos estaban viviendo los años 1960, por lo que había batallas continuas. Así que básicamente, para salvaguardar mi propia identidad, me convertí en una persona callada, celosa de su intimidad, a una muy edad temprana. Pero cuando pienso en ello veo que éramos una familia increíblemente amorosa, de la que todos hemos salido bien parados”.
Territorio desconocido
Sus padres han fallecido ya. Antes del encontronazo con Oprah, regresó a la calle en la que creció con un equipo de filmación del programa que quería retratarlo en su viejo barrio. En un emotivo artículo para The New Yorker, el escritor describió cómo aquel rodaje lo destrozó, la crudeza de las emociones que experimentó y la reacción prácticamente física que le provocó la banalidad de la situación. Al punto que cambió de idea sobre la marcha y se negó en redondo a visitar su antiguo hogar.
En Las correcciones, el deterioro mental de su propio padre le sirvió para diseñar el personaje de Alfred, que lentamente va perdiendo la cabeza. Pero con Libertad se ha adentrado en un territorio desconocido, creando a sus personajes de la nada. “Hubo un trabajo extra en cuanto me esforcé para que no acabaran siendo yo”. Admite, eso sí, que el tema de la lucha contra la depresión tiene que ver en parte con su propia experiencia. “He sufrido algunos ataques de depresión moderada y en una o dos ocasiones me he encontrado en aguas más profundas. Pero afortunadamente nunca he tenido que ser hospitalizado. Atravesé una pequeña crisis no hace mucho, estaba enfrascado en Libertad, tenía los primeros cuatro capítulos, pensaba que las cosas iban viento en popa y resultó que mi idea sobre lo que el libro debía ser estaba completamente equivocada”. ¿Cómo supera esos ataques? “Mi cabeza es muy esquemática. El lado depresivo se alinea con mi padre, pero ahí está también el lado que representa a mi madre, que siempre encontró la energía para tirar adelante. Me doy cuenta de que la depresión obedece a un motivo. Todas las alarmas suenan y el edificio se cierra a cal y canto, pero lo que queda de mí necesita recorrerlo, ir de habitación en habitación hasta dar con el problema”.
Hace unos años, su gran amigo, el también novelista David Foster Wallace, se suicidó tras una larga lucha con la depresión. Franzen había pasado la mayor parte del verano anterior intentando convencer a Wallace de que la vida vale la pena y que sus mejores obras estaban aún por llegar. Pero en septiembre de 2008 se ahorcó. “Sentí rabia”, cuenta. ¿Hacia Wallace o hacia el mundo? “Hacia David. Pero se trató de un tipo de rabia que también contenía una buena ración de fuerza y energía”.
Un año después, Libertad comenzó a cobrar forma. Dado el éxito mayúsculo de Las correcciones, ¿se sintió presionado por el peso de las expectativas? “No, el peso de la autoexpectativa fue peor cuando escribía Las correcciones, ya que sentía que no se me había reconocido por todo aquello de lo que soy capaz. En mis peores momentos pensaba que me tomaban por un don nadie, alguien a quien no hacía falta leer. Es duro ponerte a trabajar si no tienes motivos para creer que alguien va a leer lo que escribes”.
¿Buen padre o buen escritor?
Hoy día, la aparición de una novela de Jonathan Franzen se ha convertido en un evento nacional. El mismísimo presidente Obama solicitó una galerada de Libertad para poder leerla durante sus vacaciones. ¿Ha sabido algo al respecto? “Me han dicho que la leyó”. ¿Y? “Bueno, citaron el adjetivo ‘genial’. Lo cual –añade con pesimismo– puede significar muchas cosas”. Le sugiero, en broma, que quizá Obama quiso decir: “Por fin la he terminado, ¡genial!”. Pero Franzen no se ríe. “Si de verdad la leyó y la leyó con atención, me sentiría maravillado e inmensamente orgulloso”.
Incluso Michiko Kakutani, la temible crítica literaria de The New York Times, quien dijo de las memorias de Franzen que eran “petulantes, pomposas, obsesivas”, ha descrito Libertad como “su novela más profunda y sentida hasta la fecha”. Pero el escritor no está dispuesto a enterrar el hacha de guerra: “Es como escuchar a una piadosa alumna de bachillerato emitiendo juicios morales. Es una vergüenza nacional”.
Franzen se ha tomado un respiro de la escritura para dedicarse al “horror publicitario” de los próximos meses. “Probablemente podría quedarme en casa y aún así el libro funcionaría bien, pero en esta cultura ruidosa en la que vivimos los novelistas a veces son vistos como los últimos aborígenes. Así que siento una especie de responsabilidad diplomática por salir ahí fuera y proclamar: ‘No estamos en proceso de extinción. Probad a leernos, quizá incluso os guste’”.
Mientras posa para el fotógrafo, le pregunto si le importa que eche un vistazo a su biblioteca, al otro lado de la habitación. “Hazlo rápido”, responde bruscamente, dejando claro que en efecto le importa. La situación se ha vuelto un tanto embarazosa, así que repaso brevemente los volúmenes: Dickens, Kipling, Steinbeck, Günter Grass, Don DeLillo, Virginia Woolf. La única escritora contemporánea es Lorrie Moore, cuyas obras jamás podrían ser consideradas chick-lit.
Aunque es un maestro describiendo el ámbito familiar, Franzen no ha tenido hijos. “No puedes hacerlo todo –suspira–. Pero ciertamente no se debe a un principio que me lleve a oponerme a aumentar la población mundial”. Mientras trabajaba en Libertad, se le metió en la cabeza que ser padre quizá podría ayudarle con el proceso creativo. “Me planteé seriamente adoptar a un par de huérfanos de guerra iraquís”. Le expuso la idea a su editor de The New Yorker mientras tomaban unas copas, y éste se mostró horrorizado. “Cogió dos mondadientes del bar, formó una cruz con ellos y la comenzó a mover lentamente frente a mí como si quisiera ahuyentar a un espíritu maligno –ríe al recordarlo–. Y con mucha sensibilidad me hizo ver que en el mundo hay más personas capaces de ser buenos padres que dotadas para escribir buenos libros”.

(Texto HELENA DE BERTODANO, Qué leer)

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