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NICANOR PARRA SEMBLANZA


 Estupenda la semblanza del reciente Premio Cervantes de Literatura, Nicanor Parra, realizada para “Babelia” por Leila Guerrero. Se titula “El aire de poeta” e incluye un retrato de la cotidianidad del poeta, opiniones contundentes sobre poetas latinoamericanos y su método de escritura (un lapicero -birome para Leila- sobre cuadernos simples).

Las Cruces es un poblado de dos mil habitantes protegido del océano Pacífico por una bahía que engarza a varios pueblos: Cartagena, El Tabo. La casa de Nicanor Parra está en una barranca, mirando el mar. En el antejardín, una escalera desciende hacia la puerta de entrada en la que un grafiti, pintado por los punkis locales para que nadie ose tocarle la vivienda, dice: “Antipoesía”. En el pasillo que conduce a la sala, anotados con fibrón en la pared con su caligrafía de maestro, los nombres y los números telefónicos de algunos de sus hijos: Barraco, Colombina.
-Adelante, adelante.
El pelo de Nicanor Parra es de un blanco sulfúrico. Lleva la barba crecida y no tiene arrugas: sólo surcos en una cara que parece hecha con cosas de la tierra. Las manos bronceadas, sin manchas ni pliegues, como dos raíces pulidas por el agua. Sobre una mesa baja está el segundo tomo de sus obras completas -Obras completas & algo (1975- 2006)- publicado cinco años después del primero por Galaxia Gutenberg, una edición a cargo del británico Niall Binns y del español Ignacio Echevarría, con un prefacio de Harold Bloom, que dice “(…) creo firmemente que, si el poeta más poderoso que hasta ahora ha dado el Nuevo Mundo sigue siendo Walt Whitman, Parra se le une como un poeta esencial de las Tierras del Crepúsculo”. A fines de los ochenta, cuando aún vivía en Santiago, Parra dejó de dar entrevistas y, aunque siempre ha habido excepciones, las preguntas directas lo disgustan de formas impensadas, de modo que una conversación con él está sometida a una deriva incierta, con tópicos que repite y a los que arriba con cualquier excusa: sus nietos, el Código de Manú, el Tao Te King, Neruda.
-Hombres del sur. ¿Cómo se decía hombres del sur? A ver, a ver…
Echa la cabeza hacia atrás, cierra los ojos, repite el mantra perentorio:
-A ver, a ver… ¿Cómo se llaman los pueblos del sur originarios de Chile? Antes se llamaban onas, alacalufes y yaganes…
-¿Selk’nam?
-Eso, eso. Selk’nam. Hay una frase. “La tierra del fuego se apaga”. Autor: Francisco Coloane. Una gran frase. Pero él era un personaje bastante antipático, ¿ah? Insoportable.
(…)
Nicanor. Nicanor Parra. Escribe con birome común en cuadernos comunes, toma ácido ascórbico en dosis masivas, come siempre lo mismo: cazuelas, arrollados, sopas. Fue varias veces candidato al Nobel, sempiterno al Cervantes. Hace tiempo le propusieron filmar una publicidad de leche y, como Shakira formaba parte del proyecto, pidió cobrar lo mismo que ella. Dizque le pagaron treinta mil dólares por medio minuto de participación y que, desde entonces, repite que su tarifa es de mil dólares por segundo. Tiene dos casas en Santiago, una en Las Cruces, otra en Isla Negra. Nadie sabe qué hace con aquellas que no habita.
(…)
El proceso de las obras completas llevó casi una década. En noviembre de 1999, Ignacio Echevarría y Roberto Bolaño, que se había transformado en un gran impulsor de la obra de Parra (“escribe como si al día siguiente fuera a ser electrocutado”, escribió), fueron a visitarlo.
-De regreso en Barcelona -dice Ignacio Echevarría-, Roberto me sugirió que hiciera las obras completas de Parra. Todos me dijeron que era imposible, pero se lo propuse y dijo que estaba dispuesto. Claro que luego yo le enviaba un contrato, él lo tenía seis meses y me decía que lo había perdido, y había que hacer todo de nuevo. Tres años pasaron hasta que, luego de la muerte de Bolaño, viajé a Chile, lo visité y me dijo: “Voy a firmar el contrato. A Roberto le hubiera gustado, ¿verdad? Vamos a hacerlo por Roberto”. Pero he ido sintiendo un escrúpulo cada vez mayor por haber obligado a Parra a hacer algo que él no quería hacer. Él concibe la antipoesía como algo que se escribe en un muro, en una servilleta. Y creo que la idea de las obras completas le repugna.
(…)
 En la sala, Parra toma té y recita en griego los primeros versos de la Ilíada. Después, echa la cabeza hacia atrás y se coloca la bolsa de té sobre el ojo derecho.
-Tengo algo en el ojo. Con esto se cura. La vez pasada me fui corriendo de la clínica, en Santiago. El urólogo me dijo: “Preparesé, compadre, porque mañana es la intervención quirúrgica. Una simple sistología”. Y entonces le dije: “Prefiero morirme. Deme de alta o salto por esa ventana”. Y yo iba a saltar. Acabo de descubrir en mi biblioteca un libro que se llama El libro del desasosiego.
-De Pessoa.
-Ya no corre. Ese chiste de los heterónimos. Ya, compadre, ya. Tiene un poema que es insuperable. Dice: “Todas las cartas de amor son ridículas. Si no fueren ridículas no serían cartas de amor”. Y sigue, “yo también en mi tiempo escribí cartas de amor, como las otras, ridículas”. Mire usted las volteretas que se da. Como esas poetisas argentinas. La María Elena
… la María Elena…
-¿Walsh?
-Claaaro. A ver, hay otras.
-¿Alejandra Pizarnik?
-Ah, la Pizarnik. Fantástica. ¿Y cuál de ellas es la autora de La vaca estudiosa?
María Elena Walsh se dedicó, aunque no únicamente, a escribir para niños, rama en la que tuvo el más alto de los prestigios pero, en cualquier caso, es dueña de una obra muy distinta a la de Alejandra Pizarnik, una poeta oscura que se suicidó en 1972. La vaca estudiosa es una canción de María Elena Walsh, que cuenta la historia de una vaca que quería estudiar.
-Ah, qué maravilla. Y para matar el aburrimiento la vaca se matricula en una escuela. Y a los niños les llama la atención, entonces ella dice: “No, yo me comprometo a ser una vaca estudiosa”. No, la María Elena. Estamos cien por ciento con ella.
(…)
-¿Le conté la historia de la huiña? La huiña es un gato salvaje, de monte.
Parra abre la puerta que separa la sala del balcón y señala un trozo de tierra entre las plantas del jardín trasero.
-Era arisca. Pero un día se acercó y la pude tocar. Y al otro día estaba muerta. Le molestó que yo la tocara. Se sintió desvirgada. Está enterrada ahí. Le hicimos los funerales.
De regreso en la sala se pone una chaqueta verde, un sombrero de paja.
-Vamos a almorzar.
En el auto, camino al restaurante, mira por la ventanilla y dice, divertido:
-¿Usted es de Buenos Aires? Una vez a Borges le preguntaron qué pasaba con la poesía chilena y dijo: “¿Qué es eso?”. Y le dijeron que ahí estaba un premio Nobel que era Pablo Neruda. Y dijo: “Ya lo dijo Juan Ramón Jiménez, un gran mal poeta”. Y eso que Neruda todavía no había descubierto el kitsch. Y le preguntaron por Nicanor Parra. Y dijo: “No puede haber un poeta con un nombre tan horrible”.
(…)
La conversación deriva hacia algunos poetas chilenos, hacia la visita que la fotógrafa argentina Sara Facio hizo en los años 50 a su casa de Isla Negra para hacerle un retrato.
-Con lo de la Sarita hubo un punto de inflexión. Una revista puso en la portada una foto que decía: “El poeta de Isla Negra: Nicanor Parra”. Neruda vio eso y dijo “Esta es la cabeza de una maniobra internacional antineruda, pero yo voy a descargar todo mi poder en la cabeza de Nicanor Parra”. Y dicho y hecho. Descargó todo el poder del PC internacional.
-¿Se acuerda de ese verso de Neruda, “dar muerte a una monja con un golpe de oreja”?
-Un poeta, Braulio Arenas, me enseñó que cada diez versos hay que tirar uno oscuro, uno que no entienda nadie, ni uno mismo. Y ahí se arregla la cosa.
Después, de regreso a su casa, desde el auto, señala una colina.
-Ahí hay un desarmadero de automóviles. A veces voy. Me gusta ese sitio.
-¿Está contento con las obras completas?
-Sorprendido. Yo leo esos poemas y no me siento el autor. Pienso que nunca fui el autor de nada porque siempre he pescado cosas que andaban en el aire.

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