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KADARÉ, EL ETERNO CANDIDATO


Entrevista completa a Kadaré en Qué leer.

¿La libertad?
La libertad es una palabra muy suntuosa, muy grande. Prefiero ser más modesto y de algún modo hacerla más pequeña. Prefiero hablar de la vida cotidiana, del comportamiento normal, del lenguaje normal, de tomarte un café con la persona con la que tú elijas sin que nadie te vigile. El sueño totalitario consiste en eliminar las relaciones entre la gente, entre los amigos, porque todo eso lo viven los dictadores y quienes les apoyan como una herida, como un riesgo a su deseo de dominio total.

¿Puede la literatura hacer algo contra las tiranías?
Absolutamente nada, como las tiranías tampoco pueden hacer nada contra la literatura. Un tirano puede fusilar al escritor, pero eso no cambia sus libros. El comunismo comprendió que la lucha contra la literatura era una cosa muy seria. No bastaba con amenazar a los autores, con intentar callarlos, porque esas medidas no destruyen la literatura. Así que crearon una raza de escritores conformistas, dogmáticos, sin una visión del mundo propia, autores de libros deleznables.
Se refiere a los llamados escritores oficiales.
Cuando vivía en Moscú había miles y miles de escritores, pero muy pocos que verdaderamente pudieran llevar ese título con orgullo. La minoría de autores auténticos disminuía cada día y los totalitarios pensaban que triunfarían cuando hubieran desaparecido todos. Los soviéticos decían: “Nosotros permitimos la libertad de los autores”. En realidad, estaban beneficiando a aquellos que escribían sin pulso, a los que tenían como objetivo matar a la literatura.

"La idea de tomar estas notas en forma de diario acerca de Kosovo me surgió, por lo que parece, de regreso de Nueva York, una noche de comienzos de enero de 1999, mientras sobrevolaba el océano Atlántico.
Hacía ya algún tiempo que las informaciones sobre Kosovo, las declaraciones oficiales, los análisis, los diagnósticos políticos, las previsiones ocupaban un espacio siempre creciente en los medios de comunicación. Pero, al igual que al comienzo de Hamlet, cuando, como ha observado T. S. Eliot, llega un momento en que se alude a la aparición del fantasma y la charla normal de los guardias adopta de pronto un tono particular, solemne e incluso luctuoso, así entre la multitud de informaciones sobre Kosovo se produjo bruscamente una transformación. Tal vez fuera imperceptible a primera vista. Los términos utilizados, las declaraciones, continuaban siendo semejantes, los análisis políticos se parecían a los precedentes, las fórmulas y las amenazas también. Y, sin embargo, si se prestaba la necesaria atención se discernía en todo ello un ritmo nuevo, unas veces ralentizado, otras acelerado, una especie de reverberación, un eco semejante a los que se originan bajo la cúpula de un templo. En la prosa cotidiana de los medios políticos hacían aparición con frecuencia cada vez mayor elementos de la fatalidad («En Kosovo fue donde comenzó, allí es donde llegará a su fin…»), como llegados de otro mundo. El círculo se cerraba, los presagios se ensombrecían. Con toda naturalidad, como en los tiempos antiguos, se esperaba a que el telón se alzara sobre el último acto de la tragedia.
En realidad, nosotros llevábamos ya tiempo sumergidos en la tragedia, sólo que ahora sus contornos se tornaban más nítidos. Todos los acontecimientos cotidianos, las declaraciones del Consejo de Seguridad o de la OTAN, la partida de los portaaviones, los bombardeos, las masacres, las deportaciones adquirían de inmediato los atributos de una suprema desgracia, se densifi caban en el interior de una estructura de apariencia sobrenatural, como en el teatro antiguo, pero que no era sino fruto de nuestra propia existencia.
Así fue como, ante los ojos del mundo entero, al pueblo albanés le cayó en suerte experimentar una de esas infrecuentes calamidades que consiguen conmover a todo el planeta. Desde sus sillones, los demás asistieron durante semanas y meses a su padecimiento. La mayor parte con dolor y compasión, algunos con indiferencia y otros, los menos, con cinismo. De este modo contemplaron cómo dicho pueblo era golpeado con el hacha, cómo era desarraigado, derribado, y luego conseguía volver a levantarse para escapar de aquella abominación.
Estas notas se refieren a sucesos diarios aislados, tal y como se fueron produciendo día tras día durante el curso de esos diez meses. Componen la materia de un drama fragmentado o, mejor dicho, son las piedras de las que está hecho. Corresponde al lector unirlas en su mente para erigir él mismo con ellas la capilla conmemorativa de un sufrimiento".
(Extracto de Diario de Kosovo, Siruela 2007)

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