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Microficciones III

Esta semana abordaremos el cuento desde el conflicto. Al plantear el conflicto tenemos dos fuerzas que se oponen. Una situación crítica que obliga al protagonista a elegir, a cumplir o no su propósito, a decidir si resuelve o no un problema.
El escritor peruano Julio Ramón Ribeyro decía: “El cuento debe partir de un punto en el que los personajes surgen de un conflicto y esto les obliga a tomar decisiones” .
La propuesta de trabajo es la siguiente: construir un relato en el que el conflicto esté compuesto por los siguientes elementos:

  • una biblioteca
  • un profesor de matemáticas recién jubilado
  • una postal de Alejandría
  • un pañuelo de seda

3 comentarios:

“Recordando a Hipatia”
Ya no volverían a llamarle a sus espaldas: "Don Cateto", "El Hipotenuso" o "El Escaleno" Pensó con cierto alivio. Aunque, tampoco tendría la satisfacción de volver a proponer a sus alumnos que resolviesen alguno de sus famosos problemas. Aquellos que los volvían locos. Los hacían estrujarse las neuronas y solo unos pocos privilegiados eran capaces de descifrar. Tenía que olvidarse de aquel morboso placer que le proporcionaba sentirse intelectualmente por encima de aquellos jovenzuelos que se burlaban de él. Los había visto temblar de pavor al entregar las hojas de sus exámenes. Todo aquello, pasó de golpe a la historia el día que tuvo que despedirse. Solo le quedaba el consuelo de que sería casi imposible que alguien le usurpase el tirulo de ser el más temible de todo Madrid y de parte de las provincias cuyos alumnos libres examinaba.
Durante varias décadas, su principal monomanía había sido: buscar las ecuaciones y los ejercicios de mayor intríngulis que se pudiesen esperar los estudiantes de secundaria. Pasaba horas y horas inventándose nuevos retos que confundiesen cada vez más a sus pupilos. Casi siempre había conseguido su objetivo. Ahora, no sabía como rellenar su tiempo.
Lo único que despertaba su interés era la idea de viajar y conocer la Nueva Biblioteca de Alejandría que la UNESCO había promovido e inaugurado en el año 2003. Aunque, en realidad, hubiese preferido hacer un viaje a la época de la original. Allí hubiese sido feliz, junto a: Ptolomeo, Euclides, Arquímedes, Apolonio de Pérgamo, Hipatia "la martir" y tantos otros matemáticos brillantes. Pero, ante la imposibilidad, se conformaba con visitar la actual y dejar volar su poco utilizada imaginación.
Mientras recorría los pasillos de la biblioteca de su barrio en busca de información, sobre la que pensaba visitar en breve, los recuerdos de sus teoremas y formulas no dejaban de acompañarle. Era duro tener que reconocer que ya no los necesitaba. Pensar que muchos de los jóvenes que ahora veía consultando libros, a su alrededor, le reconocían y le señalaban como a un tirano. Solo le quedaba la satisfacción de poder reconocer que siempre había sido justo. Si había suspendido a miles de alumnos, siempre había sido porque no habían resuelto adecuadamente los problemas. Nadie podía acusarle de lo contrario. ¿Nadie? Se preguntó mentalmente a la vez que sus ojos se posaron sobre una guapa jovencita de rubia melena, recogida hacía atrás, con un pañuelo largo de seda azul turquesa. Era ella, no cabía duda. Su recuerdo le golpeó la mente. Rasgó completamente la premisa en que se basaban orgullosamente sus ideales. ¿Había sido siempre realmente justo? ¿O quizás con ella no lo fue? ¿Porqué no la había dejado explicarse cuando aseguró que ella si había resuelto bien aquél problema? ¿Porqué la había obligado a callarse alegando que si su resultado no era de 1.053 que estaba mal? No la había permitido expresar su planteamiento, la había mandado: a ponerse lacitos y a callarse. Mientras, ella se quejaba diciendo que: "Eso ya lo haré más tarde, el problema tiene dos soluciones y la mía es la más rápida y eficaz ya que; 1.053 es un múltiplo de 3 del resultado 351". De repente, al recordarlo, lo comprendió todo, la chica había tenido razón.
Una sensación de ahogo le invadió la garganta. La guía que sostenía en la mano cayó al suelo, haciendo que se doblase la postal de la Biblioteca de Alejandría con que separaba las páginas. Cuando se precipitaba al suelo, gritó, resonando en toda la sala: "¡Perdóname, Hipatia!"

Mar Cueto Aller
30 de abril de 2009



OTRA OPORTUNIDAD

Después de la muerte de su esposa, de esto hacía casi dos años, se había refugiado en su trabajo. Ahora, recién jubilado, el tiempo libre lo aplastaba. Los planes tejidos para cuando llegara ese momento (viajar, pasar temporadas en la cabaña) no eran lo mismo sin ella.

Esa mañana decidió salir a pasear por la ciudad. La sensación de poder deambular un día laborable era sorprendente. Al pasar por delante de la biblioteca pública, decidió entrar a hojear la prensa del día. Llevaba un rato leyendo cuando el perfume lo envolvió. Levantó la vista y vio a la mujer sentada, no lejos de él. Intentó calcular su edad: de cincuenta y cinco a sesenta años. Dato impreciso para un profesor de Matemáticas – pensó. Por un instante, sus ojos se cruzaron y se sintió azorado.

A ese día le sucedieron otros. Ya reconocía su perfume; la suave cadencia de sus pasos, intentando no perturbar el silencio; la costumbre de jugar con un mechón de cabello mientras leía. Si sus miradas se cruzaban, ambos sonreían, reconociéndose.

Aquella mañana se retrasaba, y un hormigueo de intranquilidad lo invadió. Por eso cuando la vio aparecer, con una revista de viajes en la mano y el pañuelo de seda, de un rojo coral intenso, rodeando su cuello, tuvo que reprimir el impulso de salir a su encuentro. Permaneció sentado incluso cuando ella , al marcharse, se acercó y depositó en su mesa una postal de Alejandría. En el reverso, un nombre y un teléfono.


Concha Torre Bayón
30 de abril de 2009


EL FLECHAZO
Aquel encontronazo en la Biblioteca Pública iba a marcar mucho mi existencia.

Nunca creí en los flechazos, sino en el querer seguir todos los días.

Pero en aquel momento, sólo vi un pañuelo de seda enredado al cuello de un cuerpo varonil y maduro, que le servía de soporte. Incapaz de evasivas, apuraba el tiempo, como si todo dependiese de minutos; departiendo en aquel café, retazos de una vida.

Él me decía que se le pasaron los años entre logaritmos y que había llegado a la cifra exacta para cerrar ese ciclo.

Yo le hablaba de mi pecado de indecisión y cómo una jerarquía de valores había regido mi destino.

Ya era noche cerrada y llovía. Las calles duplicaban las luces al reflejarse en el suelo encharcado. El paraguas nos refugiaba y se convertía en cómplice de nuestra próxima cita.

La llegada a mi casa llenó de zozobra aquella despedida. Aún sujetaba las llaves cuando recordé el buzón. Una postal de Alejandría temblaba en mis dedos. Leí el final: ¡Cariño!, sólo dos días y juntos de nuevo.

Tere Fuertes
5 de mayo de 2009


HABITACIÓN 206
Aquella mañana del 2 de enero de 1981 el señor Wallace, profesor de Matemáticas de Harvard recién jubilado, entró el primero en la biblioteca situada detrás de su apartamento. Ocupó la silla de siempre junto a un amplio ventanal que encuadraba un parque con más árboles de los habituales. En vez de coger “La Ilíada”, como llevaba haciendo en las últimas siete semanas, abrió una caja de tamaño mediano con rayas blancas y negras. Después, sacó una postal de Alejandría de 1902, sin firma, y un pañuelo de seda azul, estampado y del mismo año. En éste, todavía se podían ver siete gotas de sangre que parecían dibujar una sonrisa flotante. Repasó el texto: caligrafía perfecta, tinta de calidad inmejorable, lenguaje culto… Estaba claro que su padre era un hombre que cuidaba al máximo los detalles. Un purista de la palabra, un artesano del concepto elegante y sucinto que no defraudaba jamás a los lectores. Al fin y al cabo, un escritor se debe siempre a la causa del idioma tanto como a la de la imaginación. Y a un escritor se le perdona todo, salvo que manche su herramienta de trabajo. Esta máxima la había observado su progenitor con rigurosidad admirable. El señor Wallace apartó la vista de la postal para contemplar el pañuelo. Una extraña tristeza se apoderó de su rostro. ¿Cuántas veces había abierto esa caja? ¿En cuántas ocasiones había leído la postal y tocado la tela de seda? Lentamente, se levantó. Temblando, se puso el abrigo y abandonó la biblioteca. Se dirigió al hospital. Tres manzanas de distancia que dieron para pensar. Y mucho. Habitación 206. Abrió la puerta despacio. Antes de entrar, se cercioró de que nadie le veía. Un anciano de 94 años, de rasgos parecidos a los suyos, yacía en una cama como un muñeco de feria. El respirador que le aferraba a la vida resoplaba como un viajero cansado. Se sorprendió de su vacilación, pero acercó la mano y desconectó el aparato. En ese instante, se preguntó cómo podía haber tardado tanto tiempo en hacerlo. Y supo que su madre, desde algún lugar, estaría sonriéndole.

Alberto Díaz
5 de mayo de 2009


LA DESMEMORIA
De pequeño soñaba con ser profesor.
Ahora estoy jubilado. Reconozco que he tardado bastante en retirarme. Y no por vanidad: sé que hay entre mis alumnos mentes brillantes que hacen que mire al futuro con algo de esperanza.
Siempre quise ser profesor de matemáticas.
Me quedé perplejo y maravillado la primera vez que vi esta secuencia:
1 x 8 + 1 = 9
12 x 8 + 2 = 98
123 x 8 + 3 = 987
1234 x 8 + 4 = 9876
12345 x 8 + 5 = 98765
123456 x 8 + 6 = 987654
1234567 x 8 + 7 = 9876543
12345678 x 8 + 8 = 98765432
123456789 x 8 + 9 = 987654321
Nadie en mi clase entendió la pasión que se despertó en mí por los números. Sólo mi abuelo, el único que conocí, me explicaba con paciencia lo que yo no entendía.
He sido un buen profesor.
Al menos, eso es lo que yo creo.
He tenido una buena vida. Ahora lo sé. Tuvieron que pasar años oscuros, y luego el dolor se suavizó. Hablo de cuando mi mujer se marchó a Alejandría de vacaciones con su grupo de amigas.
Ella nunca regresó.
Sus amigas me evitaron desde entonces. Creo que les daba lástima mi cara de dolor, el silencio que se instaló en nuestra casa. Una noche salí de allí. Dejé los recuerdos detrás de la puerta. Sólo me llevé su pañuelo de seda azul.
Nunca más volví a casa.
Alguna tarde, cuando el dolor me atenazaba, entraba en la biblioteca y buscaba libros de viajes. Leía sobre Alejandría, sobre su historia y sus costumbres.
Una vez recibí una postal desde Alejandría.
O quizá lo soñé. No estoy seguro.
Muchos amigos míos han muerto. Otros vagan entre las nieblas de la desmemoria, felices e inconscientes. Mientras tanto, mientras llega lo inevitable, siento a mi nieta en mis rodillas y le explico por qué son tan admirables las matemáticas. Y ella me mira muy seria cuando le digo que son tan sencillas y complejas, tan apasionantes como una bella mujer.
Ójala ella me entienda.

ana sagasti
5 de mayo de 2009


BAJO LA MIRADA DE JANE AUSTEN
Bernardo Aramburu, el párroco del pueblo, estaba sentado ante su mesa, frente a la ventana. Miraba al cielo en busca de inspiración para el sermón del domingo. En una esquina de la acogedora estancia, su hermana Teresa bordaba a punto de cruz. A su lado sobre la mesa reposaba un gastado y manoseado libro. En la tapa el título casi ilegible: “Persuasión” de Jane Austen. Aquella sala a la que llamaban la biblioteca por contener, en tres de sus cuatro paredes, montones de libros era un lugar en el que los dos hermanos disfrutaban de pasar las tardes. Al bajar de las nubes, nuestro cura reparó en la figura solitaria de un hombre que paseaba por la otra acera. Lo reconoció al instante. Se levantó y comenzó a golpear los cristales de la ventana. Su hermana sobresaltada llegó hasta su lado. “Es Luisito Asenjo” gritaba, el párroco. El paseante ya se había dado cuenta de que era increpado y cruzaba decidido hacía la puerta de entrada. Los dos amigos después de saludarse con emotivos abrazos repararon en Teresa. ¿Te acuerdas de Luisito, Teresita? La mujer asintió con una dulce sonrisa y un tenue rubor apenas perceptible. Alargó su mano para que fuera besada por el invitado. Pasaron todos juntos a la sala. Luisito Asenjo, o mejor dicho el Doctor D. Luis Asenjo, Doctor en matemáticas, Catedrático de Cálculo Diferencial en la Universidad de Berkeley durante treinta años, se había jubilado y volvía a ocupar la casa familiar en el pueblo donde nació. Mientras los dos amigos se ponían al día, Teresa anunció que iba a preparar café. El invitado recorrió la estancia con la mirada. Reparó en el libro sobre la mesa. Lo cogió y abrió por la página en que una postal marcaba el punto de lectura. Al instante reconoció la letra. Era la postal de Alejandría que había mandado hacía veinte años. Mientras D. Bernardo seguía hablando sin parar, Teresa llegó con la bandeja del café y le vio con el libro en la mano. Sus miradas se encontraron. Depositó la bandeja sobre la mesa y se quitó el pañuelo de seda que oprimía su cuello.

Ángela Martínez
5 de mayo de 2009


DESTINO ALEJANDRÍA
El 31 de Agosto causa baja por jubilación el profesor de matemáticas Álvaro Márquez.
La situación le provoca sentimientos encontrados. Dejar la tiza le supone un gran alivio. Ha sido para muchos de sus alumnos, el caballo de Atila. Sonríe al recordar aquel mensaje, en mayúsculas blancas, sobre el encerado de luto riguroso:”Con Márquez no aprueba ni Dios. Jesucristo: 4 ,5 “.A pesar de todo califica esta etapa como ilusionante y fecunda. A partir de aquí tendrá que reinventar el tiempo y la vida.
Es el momento de llevar a cabo un proyecto largamente acariciado: viajar a Alejandría. Multitud de razones justifican el destino: su admirado Alejandro Magno fundó la ciudad frente a la isla de Faros, su magnífica biblioteca, los eminentes matemáticos que elaboraron sus teorías en ella, el faro, su plano hipodámico…
.Soborna a su esposa, regalándole las memorias de Cleopatra. Dos extensos tomos que devora con fruición y la convierten en su cómplice incondicional.
Elaboran un riguroso plan que ejecutan de forma precisa. En las mañanas visitarán los puertos, la mezquita da Abu al Abbas al- Murgi, el fuerte Qaytbay, la Corniche. Todo un mundo para descubrir y gozar. Reservan las tardes para la biblioteca, reconstruida por la UNESCO. 85.000 metros cuadrados, que la hacen parecer inconmensurable. Desde sus estantes más de ocho millones de libros los contemplan. Se sienten anonadados. Todo es magnífico y excesivo y, sin embargo resulta apacible, fascinante. Tienen ocasión de acariciar alguno de los cien mil manuscritos y libros raros que custodia. Álvaro cierra los ojos e imagina que sus compañeros de mesa son: Arquímedes, Euclides, Hiparco, Apolonio de Pérgamo, que han explicado allí sus teorías, y se siente embargado por una profunda emoción. Cada tarde descubren nuevos centros de interés sin salir del recinto: el museo de ciencias, el de arte, el planetario…y muchas tiendas. En una de ellas adquieren una postal con una vista panorámica de la ciudad y un pañuelo de gruesa seda, que abrigará el cuello de su hija, su bien más preciado.

Pepa
8 de mayo de 2009

14 de mayo de 2009, 23:17  

NUEVA VIDARoberto Albuerne revisó la agenda cultural: ninguna novedad interesante. Su nueva vida parecía tener pocos alicientes.
Podría emprender un viaje, casi no se había movido de su ciudad natal; pero, ¿por dónde empezar?
Buscó en el Google se lo había recomendado su compañera Loly cuando lo retiraron de su cátedra de matemáticas.
Buscó en imágenes “playas”; le llamó la atención una playa desierta en Alejandría cuyas esbeltas palmeras se encontraban bañadas por el mar, pero ¿dónde demonios estaba Alejandría? ¡En Egipto! ¡Quién lo hubiera pensado! ¡Él, que había creído que allí solo había pirámides y arena!
Recordó sus clases de matemáticas. ¡Dios, cómo odiaba a su sucesora que se había quedado con sus clases y sus alumnos!
El viaje en avión le pareció interesante. Los paisajes desaparecían como barridos por el viento.
Al llegar a Alejandría se dirigió a la Biblioteca, pero se vio envuelto en un tumulto de gentes que se entremezclaban como marionetas movidas por hilos ocultos.
Puestos ambulantes ofrecían lo inimaginable: un pañuelo de seda de flores multicolores llamó su atención; ya había encontrado el regalo para Loly; ahora sólo faltaba la postal de Alejandría que le había prometido para su colección. La playa de las Palmeras, él estaba allí por eso; buscó su cartera, pero su bolsillo estaba vacío.
Mientras esperaba el giro de Loly, iba a la playa, que sólo en la postal estaba desierta. Le llamó la atención que los nativos tomasen el sol vestidos. Él, con su bañador de rayas azules, dejaba acariciar su piel por el sol y la brisa.
Maria Jesús López López

16 de mayo de 2009, 0:26  

“ISIS”

Estaba contento, había llegado el fin de su vida laboral; pero al mismo tiempo le invadía un temor: el mismo que experimentó cuando aprobó las oposiciones para ingresar como profesor de matemáticas en la universidad, y unos años posteriores acceder a la cátedra. Pero había una gran diferencia, antes tenía 25 años y una vida por delante llena de ilusiones…y en cambio ahora ¿qué?.....estaba solo había quedado viudo hace dos años y se encontraba perdido.
Entró en su despacho, a recoger todas sus cosas y revisando sus libros de la biblioteca se encontró dentro de uno de ellos una postal de Alejandría, ¿de quien será?, la miró detenidamente, la letra estaba ilegible y sus colores difuminados ¡claro! Ya fluían por su memoria los recuerdos de aquel viaje por Egipto.
Sí, era el año 1973 ¡cómo olvidar ese año!, ocurrieron tantas cosas en mi vida, y una de ellas era conocer a Isis. Fue a través de un compañero de la Universidad que cuando se enteró que yo viajaba a Egipto me pregunto:
¿Vas a Alejandría? y le respondí-sí es uno de mis destinos-¿por qué?, me gustaría enviar un regalo a una buena amiga, bueno si no tienes inconveniente.
No, desde luego-le respondí. ¿De quién se trata?, -ya te dije- una buena amiga que me ayudo desinteresadamente, ya que la cuestión era muy grave.
Después de haber recorrido la parte ribereña del Río Nilo, conocer dentro de mi capacidad, ya que mis conocimientos de la historia Egipcia eran muy escasos y ya habían quedado muy atrás, observaba con mucha atención todas aquellos templos, tumbas, esculturas gigantes y todos los jeroglíficos y dibujos escritos, tallados y pintados en las paredes ¡que majestuosidad!. Lo más difícil de entender es como hace tantos miles de años aquellos hombres hayan podido expresar tanto y dejarnos reflejadas sus vidas y sus mensajes como si estuviéramos viendo una película. Para ellos la vida solo tenía un cometido la muerte y vivían para luego perpetuarse en la eternidad, como así lo lograron. Me gustó mucho constatar todo aquello que formó parte de nosotros en nuestra época de estudiante, ya que Egipto era, y pienso que sigue siéndolo, uno de los pilares de nuestra historia…es encontrarse con los origines del todo: la pintura, la música, la ciencia, el amor…todo.
Alejandría era mi nuevo destino. Aproveche el primer día y me dirigí a la dirección que llevaba apuntada para entregar aquello que debía de ser un regalo. Era una dirección complicada pero al final dí con ella. No tuve necesidad de llamar pues había como tres personas en la puerta y pregunté:
Por favor; ¿Aquí vive Isis?, sin decirme nada, uno de ellos dio media vuelta y se introdujo en la casa. Espere un poco cuando de pronto estaba delante de mi, -pensé- ¡que preciosa!, estaba delante de una diosa Egipcia, y así se llamaba como una de las diosas. Llevaba en la cabeza un pañuelo de seda color turquesa que todavía adornaba más su belleza.
Fue mi lazarillo en la ciudad. No dejaba de observarla y enseguida me dí cuenta que era una parte de mí, siendo tantas cosas hermosas las que nos unieron.
Le habían invadido los recuerdos y había perdido la noción del tiempo, fueron a su despacho a buscarle, el homenaje estaba a punto de empezar, cuando abrieron la puerta lo encontraron tendido en el suelo y en el pecho llevaba una foto de “Isis” su mujer fallecida hace dos años.

Guillermina Castañón Escalada

30 de mayo de 2009, 23:44  

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