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MARY SHELLEY; FRANKENSTEIN

No pudiendo soportar por más tiempo la visión del monstruo, salí precipitadamente del laboratorio. Encerrado en mi habitación, di vueltas en el lecho sin poder conciliar el sueño. Pero el caos de mi espíritu terminó por disolverse vencido por el cansancio y, vestido sobre la cama, intenté disfrutar algunos momentos de olvido. Fue inútil. Pude dormir  un poco pero sufriendo siempre terribles pesadillas. Veía a Elisabeth, rebosante de salud, caminando por las calles de Ingolstadt. Sorprendido y jubilosos intentaba abrazarla, pero en cuanto mis labios habían besado por primera vez los suyos, palidecía como una muerta. Sus rasgos parecían corromperse y yo tenía la impresión de albergar en mis brazos el cadáver de mi difunta madre. Un sudario la envolvía, y veía reptar los gusanos por entre los dobleces de la tela.

Frankestein, Mary Shelley. traducción Manuel Serrat Crespo

8 DE MARZO, DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

¡Cuántas flores mueren en el bosque
o se marchitan en la colina
sin el privilegio de saber
que son hermosas!


¡Cuántas entregan su anónima semilla
a una brisa cualquiera,
ignorantes del cargamento escarlata
que a otros ojos lleva!


Emily Dickinson, EL VIENTO COMENZÓ A MECER LA HIERBA. Nordicalibros

FALLECE LEOPOLDO MARÍA PANERO

Un Dia con Leopoldo Maria Panero, Carlos Ann, Bunbury
 
          
"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado Volar.."
y.. Wendy se levantó y encendió la Luz; Él lanzó un grito de dolor..
James Matthew Barrie, Peter Pan

MANUEL LONGARES; LOS INGENUOS

Al padre no le preocupaba el comportamiento de la hija en la Papelería de Cárdenas, sino el fanatismo del hijo en la tertulia de los cabales de Sócrates. Porque fue testigo de su arrebato con las intervenciones castizas de Cárdenas, le suponía con el virus revolucionario. Le hubiera gustado sondear a los asiduos a las Bodegas, pero como recelaba de que respondiesen con sinceridad al padre de la criatura, había pensado en Modes como detective. No le pedía que anduviera por el barrio con la sospecha, porque crearía alarma, sino que aprovechara la intimidad del dormitorio compartido para enterarse de las convicciones de Goyo.


Los ingenuos, Manuel Longares, Editorial Galaxia Gutemberg



Pongamos que hablo de Longares

Por: | 07 de septiembre de 2013
 
Después de Romanticismo, que es su obra maestra, y de Las cuatro esquinas, Manuel Longares le regala a Madrid, y a la literatura, otra obra de arte. Se titula Los ingenuos (Galaxia Gutenberg), es una novela en tres estampas, sucede en el siglo XX, desde que Franco gana la guerra hasta que el dictador muere, y está atravesada por el estilo que el escritor ha ido depurando hasta hacerlo tan propio y tan personal como, por ejemplo, fue el estilo en Baroja. Ya se sabe que es de Longares en cuanto oyes hablar al libro.
Es ligero y audaz, verosímil y andariego; las novelas de Longares se escriben andando, y se leen como si tú lo estuvieras acompañando en ese viaje por la entraña de un sitio que él conoce como nadie. Es una celebración de Madrid, de su callejero más tradicional y más cotidiano, por el Madrid que habla en las puertas y en los bares y que grita aún ¡agua va! o se enorgullece de las más minúsculas de sus pertenencias. Aquel Madrid pobre e ingenuo que aún habita en corralas y en rastros y que se sube a las novelas de Longares como si estuviera esperando que alguien como él fuera a recoger un testimonio oral que aún no ha diluido del todo su antigua ingenuidad. Un Madrid hablado que además habla incesantemente.
Escribe Longares como si estuviera allí, en la posguerra, en la que por cierto nació hace setenta años ahora, y como si transitara por los barrios a los que acudían los inmigrantes cuando casi toda España (ingenuos) creía que en Madrid los que vinieran no se iban a morir de hambre. Es el encuentro del mundo rural, o del pequeño mundo urbano, con la gran urbe; ésta se abre y se redistribuye, en tiempos verdaderamente oscuros; Madrid sueña con tener dos riberas, como Nueva York, como París y como Londres, y los que viven en un barrio piensan que cuando las cosas vayan mejor es en el otro lado donde deben seguir viviendo.
Las ambiciones son chiquitas y las actitudes son mezquinas; la gente compra y vende la voluntad y el alma, y hay aprovechados que hacen de su poderío una exhibición de maldad y de abierto latrocinio. El proceso incluye la educación sentimental, y sexual, de los hijos de esos inmigrantes, que paulatinamente se van haciendo madrileños, van ascendiendo en el conocimiento de los barrios que transitan y van convirtiendo la ciudad en su cómplice. Hasta que la ciudad es una maraña y tanto los nuevos madrileños como los viejos tratan de olvidar que hubo un trayecto y que éste fue verdaderamente difícil y oscuro.
Como en Rayuela, en Los ingenuos hay dos zonas, una sagrada, o mítica, en la que Madrid avanza hasta llegar a ser la urbe desarrollada que ve morir a Franco, y el empobrecido entramado del viejo Madrid, que no es ni elegante ni antiguo, sino rancio y cansado, un lugar revenido en el que viven y gritan personas que están tristes pero no llegan a saberlo nunca porque han perdido la noción de la alegría, de la ambición o de la esperanza. En medio hay destellos, que Longares va describiendo con una maestría que ya mostró en Romanticismo, acaso la mejor novela del final del franquismo de todas las publicadas en España hasta la fecha.
Es un libro sobre Madrid como alma y sitio, como cuerpo y alma, y por tanto como símbolo literario en el que se fija Manuel Longares para escribir casi toda su obra. Como si Madrid respirara, o no pudiera respirar, la ciudad aparece en esta novela como un personaje. En realidad, los personajes que pueblan Los ingenuos (esos ingenuos) son el coro que habla, pero es la ciudad la que transita, la que sufre y espera, como símbolo de un país que quedó a merced de la arbitrariedad y del desánimo.
No es, por otra parte, ni una novela de tesis ni de introspección; está llena de espejos y de peripecias, como las películas de Buñuel, y de gente, como los filmes de Azcona, Berlanga o Fernando Fernán Gómez, o como el mejor teatro de Buero Vallejo. Esas peripecias son incesantes y suculentas, las lees con la frescura con que se vivieron, aunque sea sólo en la mente del autor; a esa acción contribuye la extraordinaria capacidad para el diálogo y para la observación que son por otra parte seña principal de identidad de la literatura de Longares.
Aquí, en Los ingenuos, alcanza su máxima madurez el lenguaje del novelista de La novela del corsé o de Las cuatro esquinas. Decía Jorge Guillén que lo profundo es el aire. Longares alcanza la profundidad desde la ligereza, ese es su estilo, ríe y muestra, no se entretiene nunca. Sale uno de Los ingenuos habiendo vivido en la novela y me parece que queriendo más a esta ciudad que, en la escritura de Longares, parece más una persona que un personaje.

 

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA

Miércoles 5 de marzo a las 19:00 horas en la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala de Oviedo se proyectará El espíritu de la colmena, una película de Víctor Erice con Fernando Fernán Gómez, Ana Torrent y Teresa Gimpera.
 
 
 

Entrada libre hasta completar aforo

OLVIDO GARCÍA VALDÉS



para poder vivir, fue su respuesta y
percibí el ahogo
                           guarda los días, los días
de guardar, movía la yema
del pulgar sobre el papel como una zarpa
jugando, enronquecida
respiración
                
                  la mañana, desde el coche
las montañas, los sucesivos planos
entre la niebla y el sol, parecía el paisaje
de un film japonés, no de Ozu desde luego
no de Ozu, la felicidad requiere
un esfuerzo, tal vez el primer año
no se consigue ni el segundo, a veces
hacen falta cinco, a veces diez, un esfuerzo
en el que persistir, la vida breve

LO SOLO DEL ANIMAL Olvido García Valdés, Tusquets Editores

ELVIRA NAVARRO; LA TRABAJADORA

Pero ahora ocurría que mi volumen de trabajo había empezado a aumentar porque me daban más libros para corregir con agobiante premura, y ello implicaba esforzarme más y terminar algunos días no ya a las nueve o las diez, sino a las doce de la noche . A pesar de que estos libros urgentes habían comenzado a pagármelos, aún me debían las correcciones de meses anteriores. Me acordaba a veces de las pautas de la negociación de Win-Win, que aprendí también en aquel curso donde se nos enseñaba a los freelance a sacar partido de nuestra autonomía. Yo no tenía mucho que rascar, per me presentaba todo lo Win-Win, que podía para que Carmentxu estimara que las dos ganábamos algo con mi fidelidad. Se lo daba a entender con  una solicitud que durante la época en la que trabajaba en la oficina no había mostrado. No obtenía ningún tipo de prebenda ni de satisfacción personal con mi estrategia. Semana tras semana salía del despacho de mi jefa humillada no solo por mis condiciones cada vez más penosas, sino también por algo que no me gustaba admitir. Los sellos de ficción del Grupo Editorial Término publicaban  libros y autores de best seller y libros de autores literarios consagrados. Aunque yo no pertenecía a ninguna de las dos categorías y llevaba mucho tiempo afirmando que mi vocación de escritora había sido un espejismo, me sentía dolida por que mi jefa jamás hubiese mostrado el menor interés por lo que había hecho  y por lo que tal vez restaba por hacer.

La trabajadora, Elvira Navarro, Literatura Random House

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