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MURIEL SPARK; EL ASIENTO DEL CONDUCTOR

Algunos de los adjetivos más recurrentes a la hora de invocar el universo narrativo de Muriel Spark sin: enigmático, estrafalario, estrambótico y otros que se mueven en la misma órbita semántica. En sus novelas nos encontramos con elementos ciertamente insólitos: narradores de ultratumba, miembros de la Cámara de los Lores incapaces de perpetrar un parricidio a derechas, abuelas contrabandistas que ocultan un alijo de diamantes en la miga de una baguete, platillos volantes que se muestran interesados por la suerte de los personajes. Decía Jhon Updike que leer una novela de Muriel Spark era lo más parecido que había a adentrarse en una casa encantada en la que hay puertas falsas que conducen a pasadizos secretos y paredes que ceden al oprimir botones ocultos. Estamos en un mundo en el que nada es lo que parece.
Eduardo Lago


Mañana por la mañana la encontrarán muerta de múltiples heridas de arma blanca, las muñecas atadas con un pañuelo de seda y los tobillos sujetos con una corbata de hombre, en los terrenos de una villa deshabitada, en un parque de la ciudad extranjera adonde la conduce el vuelo en el que embarca ahora mismo por la puerta 14.
Cruza la pista en dirección al avión con su paso largo, pisando los talones del compañero de viaje al que, según parece, al fin ha decidido pegarse. Se trata de un joven de unos treinta años, fuerte y de cutis sonrosado, que viste traje oscuro de hombre de negocios y lleva un maletín negro. Lise lo sigue con determinación, atenta a bloquear el paso a cualquier otro viajero que en su carrera sin rumbo pudiera interponerse entre ellos.

EL ASIENTO DEL CONDUCTOR,  Muriel Sapark, Contraseña editorial. Traducción de Pepa Linares. Prólogo de Eduardo Lago.

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