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RAFAEL CHIRBES; EN LA ORILLA



Rafael Chirbes, el pasado 23 de marzo, acudió al programa de televisión Página 2 para hablar de su novela "En la orilla", finalista del premio de novela Vargas Llosa.

JUAN GABRIEL VÁSQUEZ; LAS REPUTACIONES

Las reputaciones de Juan Gabriel Vásquez finalista del premio bienal de novela Vargas Llosa

Debe ser que usted es importante, dijo Samanta con una sonrisa.
Debe ser.
¿Y qué se siente?
Qué se siente qué.
Ser importante, Ser la conciencia de un país.
Mire, dijo Mallarmino, vivimos tiempos desorientados. Nuestros lideres no están liderando nada, y mucho menos están contándonos qué es lo que pasa. ¿Vamos a dejar que sólo nos los cuenten los políticos? Sería un suicidio, un suicidio nacional. No, no podemos confiar en ellos, no podemos quedarnos con su versión. Nos toca buscar otra versión, la de otra gente con otros intereses: la de los humanistas. Eso es lo que soy: un humanista. No soy un chistógrafo. No soy un pintamonos. Soy un dibujante satírico. Eso tiene sus riesgos también, por supuesto. El riesgo del dibujo es convertirse en analgésico social: las cosas dibujadas se vuelven más comprensibles, más asimilables. Nos duele menos enfrentarlas. Yo no quisiera que mis dibujos hicieran eso, claro que no. Pero no sé si se puede evitar.

Las reputaciones, Juan Gabriel Vásquez, editorial Alfaguara

JEREMÍAS GAMBOA; CONTARLO TODO



Una tarde tras la filmación, sin embargo, Montero me dijo, de una manera algo despreocupada, que había leído “Aguas distintas”. Recuerdo que intenté hacerme el despreocupado también y no le dije nada. Cuando salimos a la rampa, Montero sacó el manuscrito, lo dejó a un lado, prendió un cigarrillo y empezó a decirme su balance. Aún hoy puedo recordarlo perfectamente. Lo primero que dijo fue que en el texto no había propiamente una historia. En cualquier taller de narrativa me dirían que sin historia no hay cuento. Tampoco había personajes claramente definidos; solo elucubraciones y una presencia bastante afantasmada lanzada sobre el lector. El estilo era bastante enrevesado, había muchos arrebatos líricos problemas con la adjetivación, giros artificiosos. Sin embargo, me dijo, el texto era “potente”. Así lo dijo: “Tiene nervio”

-Esto es más de lo te pueden enseñar en cualquier taller –me dijo, prendiendo un cigarrillo con otro que tenía a su lado, también algo nervioso-. Nadie te va revelar jamás cómo hacer un texto que emocione, que sea honesto, que diga cosas ¿te das cuenta? Lo otro, las técnicas, los diálogos, los puntos de vista  o lo que sea que te falta, lo aprenderás leyendo, copiando, ensayando, trabajando horas y horas metido en tu cuarto… Pero, esto lo que hay en el fondo de este texto, su “urgencia”, esto nació de ti y es tuyo. –Eso me dijo.
 
Contarlo todo, Jeremías Gamboa, Editorial Random House


UNA SERIE: TRUE DETECTIVES



Título original True Detective (TV Series)
 
Director Nic Pizzolato 
 
Guión Cary Joji Fukunaga Nic Pizzolatto
 
Música T Bone Burnett (Tema principal: The Handsome Family)
 
Reparto
Matthew McConaughey, Woody Harrelson, Michelle Monaghan, Michael Potts, Tory Kittles,  Kevin Dunn, Alexandra Daddario, Charles Halford, J.D Evermore, Glenn Fleshler, Shea Whigham, Joe Chrest, Dane Rhodes, Michael Harney, Jay O Sanders, Lili Simmons,  Jonny McPhailJ, Jim Klock, Garrett Kruithof, Dana Gourrier, Madison Wolfe, Meghan Wolfe, Jackson Beals, Erin Moriarty
 
Productora Home Box Office (HBO)

FINALISTAS DEL PREMIO DE NOVELA VARGAS LLOSA

 

Los finalistas del premio de novela Vargas Llosa, Bonilla, Chirbes y Vásquez rastrean sus primeras lecturas y su vocación de escritores.

 Por Winston Manrique Sabogal     
 
Una luciérnaga. Eso es el origen o el soplo de inspiración o lo que habrá de acompañar la escritura de una novela. Los elementos están en la mente del escritor, que nunca sabe en qué momento se encenderá ese diminuto y pasajero destello que iluminará el destino del libro. Vladimir Maiakovski, Benito Pérez Galdós y Émile Zola y Ricardo Rendón y Henry James fueron las luciérnagas de Juan Bonilla en Prohibido entrar sin pantalones (Seix Barral), de Rafael Chirbes en En la orilla (Anagrama) y de Juan Gabriel Vásquez en Las reputaciones (Alfaguara).

Son los tres escritores y libros finalistas de la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa que ayer inauguraron (salvo Chirbes, que no pudo viajar desde España) en el Museo de Arte Contemporáneo de Lima, con la presencia del Nobel peruano. El ganador a esa mejor novela publicada en español en los años 2012 y 2013 se dará a conocer el jueves 27 de marzo. Mientras tanto, cuatro días en los que más de treinta escritores de América Latina y España debatirán en una quincena de mesas redondas y coloquios.

Antes de los análisis sobre el presente y los derroteros de la novela en español en el siglo XXI, Bonilla, Chirbes y Vásquez evocaron para EL PAÍS la semilla de su pasión por la lectura y la escritura y las claves de sus últimas novelas.

 

El hechizo de la lectura

Son tres obras distintas, de tres escritores muy diferentes, pero con génesis literarias parecidas y una sola vocación unida por la huella dejada por la lectura en sus infancias y adolescencias. Seis años tenía Chirbes (Tavernes de la Valldigna, Valencia, 1949) cuando quedó hechizado, siete Vásquez (Bogotá, 1973) y unos 14 Bonilla (Jerez, 1966). En el caso del escritor valenciano, ocupan un lugar especial unos Cuentos de la jungla de Java que lo maravillaron. Una conquista para la lectura asegurada con los relatos de Calleja, Clark Kent, Diego Valor, Nils Hoggersson, Miguel Strogoff, La isla del tesoro, Ivanhoe, Quo vadis... "libros y películas juntos, aún casi indistinguibles".

Tierras aventureras iguales y colindantes fueron las que sedujeron al niño Vásquez. El primer flechazo del que tiene conciencia es Shadow, de Enid Blyton. A su alrededor, Los tres mosqueteros, Veinte mil leguas de viaje submarino, Sandokán… Él no recuerda un momento de su vida en Colombia sin estar leyendo.

La poesía es el caso de Bonilla. Cursaba el bachillerato cuando lo sedujeron las lecturas de Juan Ramón Jiménez, Luis Cernuda, César Vallejo, Luis Rosales, Fernando Pessoa… Y entre las novelas que lo sacaron de este mundo cita con emoción El árbol de la ciencia, de Pío Baroja, y Últimas tardes con Teresa, de Juan Marsé. Luego el deslumbramiento de Cortázar y Borges y la visita que hizo a su colegio Agustín García Calvo.

 

El elíxir de la escritura

Sus vidas continuaron, dos en España y uno en Colombia. De los tres, fue Vásquez quien atisbó primero que quería ser escritor. Tenía 8 años. Entonces ganó un concurso de cuentos escolares, y supo que no quería hacer nada más. Cuando tenía 20 años, mientras estudiaba Derecho, decidió dejar todo, la carrera e incluso el país, para tratar de ser escritor. Pero es Chirbes que sin saberlo llevaba dentro su destino. Quería “contar las aventuras de un niño entre piratas, de una ballena blanca, de un fiel correo del zar, o de unos leones que se comían a hombres y mujeres llorones; escribir o hacer cine. De pequeño no distinguía muy bien: en los libros y en el cine pasaban cosas extraordinarias”. La ruta de Bonilla vino por el lado del periodismo. En la adolescencia “tenía esa visión o esperanza romántica en el oficio de rascar en la realidad para descubrir una historia".

 

Los escritores preferidos

Con los años, estos tres lectores se convierten en escritores, y los libros y autores leídos van cogiendo su lugar en la mente de cada uno de ellos. En silencio. En secreto. Simplemente se quedan. En el caso de Chirbes son aquellos autores de los que aprende algo “no solo con respecto al mundo, también con respecto a lo que llaman la técnica literaria, o sea, a las posibilidades de la lengua para expresar”. Los mejores para él son quienes reúnen ambas cosas, como Boris Pilniak o Alfred Döblin. Y se deja envolver por un juego más literario aún: “Pero ¿y Rabelais, Fernando de Rojas, Gracián, Melville, Proust o Musil?, ¿y Mann o Conrad?, ¿y Queiroz, Galdós, Balzac o Flaubert?, ¿y ese Fielding del Tom Jones?”.

Nabokov está detrás de Bonilla y Vásquez. No solo como autor sino también como ideólogo. Coinciden con su definición de lo que es o debe ser una lectura: “La que da ese cosquilleo en la nuca”, según Vásquez, o “la que hace que la médula espinal sea el órgano imprescindible para la lectura”, dice Bonilla. Y si al autor colombiano le resulta difícil precisar nombres preferidos, porque son todos los que le producen el mentado cosquilleo, en Bonilla salen en tropel Borges, Nabokov, Nicanor Parra… Aunque prefiere hablar de libros más que de autores.

 

Compañías e influencias

Pero todos esos nombres no son siempre las principales influencias a la hora de escribir. De todos lo que ha leído, Chirbes ha cogido algo, porque, admite, “a veces influye alguien a quien ni reconoces”. En palabras de Bonilla “todo escritor es un cóctel de voces de otros escritores adaptado a sus circunstancias”. En su caso, la adolescencia y juventud son esenciales, “cuando el cemento del cerebro está tan fresco que la pisada de un jilguero puede quedarse en huella impresa. Más tarde, el cemento se endurece y ya no dejaría huella ni una manada de ñus. Así que mis principales influencias tienen que ver con mis lecturas de adolescencia y juventud, las lecturas que me llevaron, más que a querer ser escritor, a querer escribir”.

Una huella importante en Vásquez es la de los latinoamericanos del boom y los que la luz de ese gran fulgor permitió ver mejor: Borges, Onetti. Entre ellos, los que más le importan son los que le enseñaron a leer a otros de diferentes tradiciones: “Flaubert, Conrad, Joyce, Faulkner. Hay ciertos libros que asocio con el momento en que decidí dedicarme a la literatura: Cien años de soledad, Ulises, La casa verde y… las tragedias de Shakespeare”.

 

Rituales y rutinas para escribir.

Precisamente es el autor colombiano el único de los tres que ha sido capaz de establecer una rutina a la hora de escribir: trabaja en ficción de 7:30 a 2 de la tarde. Y las tardes las dedica a otras cosas (ensayos, columnas, lecturas); y con un plus: trabaja “muy bien en aviones y hoteles, lo cual resulta útil, por decir lo menos”.

Bonilla y Chirbes, en cambio, son incapaces de establecer una rutina. “Como todo el que ha tenido que escribir en redacciones”, dice Bonilla, se amolda sin dificultad a las circunstancias. “No soy yo el que le impone una rutina al texto”, afirma, “sino el texto el que me la impone a mí, es él el que me saca temprano de la cama o me exige que me acueste tarde”. En Chirbes la rutina es el caos. “No hay horario ni calendario. Tengo sitio, eso sí, mi casa. Soy incapaz de escribir una línea "de novela" fuera de casa”.

 

Semillas de su última novela

Ya sea en un hotel, en la casa o en una redacción, cada uno de los tres escritores vivió también de manera diferente el destello de la luciérnaga que vislumbró la novela por la que aspiran a la I Bienal de Novela Mario Vargas Llosa. Son la prueba de lo que decía Proust de que todo libro está escrito y solo falta quien lo traduzca. En ellos no hubo soplo de inspiración. Hubo semilla. Semillas. Y la primera que prendió fue la de Vásquez. Todo “comenzó con el suicidio de Ricardo Rendón, un caricaturista colombiano de principios del siglo pasado”. Vásquez había crecido con sus libros y sabía que se había suicidado a tres calles del lugar donde hizo sus estudios de Derecho. “Pensé en escribir una novela sobre ese suicidio, y esa novela se fue convirtiendo en otra cosa: la historia de un caricaturista de mi tiempo que tiene a Rendón como referente moral y sufre él mismo su propia caída privada”. Así nació Las reputaciones.

La segunda semilla en prender fue la de Bonilla. En 2001, durante su beca en Roma para hacer una novela sobre los futuristas italianos que fueron a la Guerra Civil. Un día apareció el enfrentamiento entre futuristas rusos -bolcheviques y futuristas italianos -fascistas. “Entre los primeros se alzó gigantesca la figura de Maiakovski, que enseguida se me apareció como un gran espejo en el que reflejar toda su época y en el que combatían cuestiones importantes como el papel del artista en la sociedad en sus dos vertientes: el papel del artista contra el poder y el papel del artista al servicio del poder, además de esa contradicción vital que marcó su destino de creer en el arte como instrumento de transformación social pero necesitar, para ello, llegar a un público amplio. Por debajo estaba su historia de amor con Lily Brik. Abandoné el proyecto que me había llevado a Roma, y me decidí a escribir una novela con/de/desde/sobre/para/trasMaiakovski, pero no encontré la manera hasta muchos años después”. Y le daría por título: Prohibido entrar sin pantalones.

En cambio en Chirbes fue su labor de observador de la vida: “Tenía que contar lo que veía, lo que (me) estaba ocurriendo, y daba vueltas para encontrar la forma en que podía hacerlo... no hubo primer soplo, sí que hubo semilla”; y la llamó En la orilla.

 

Influencias y guardianes

Cuando llegó el momento de escribir, en el caos o en el orden de las rutinas, aparecieron, sin más, escritores padrinos o guardianes concretos para cada una de esas novelas. En Juan Bonilla la conexión fue con su propio descubrimiento de la pasión lectora: la poesía. Los poemas de Maiakovski se instalaron de manera obvia y natural.

Chirbes “pensaba en escritores que se han empeñado en contar el mundo así, a lo bestia. Pensaba en Galdós, pero también en Balzac y Zola, en Tolstoi, en Dos Passos, sólo para ver lo lejos que están”. Mientras, en Vásquez, aparecieron las novelas cortas de Henry James, “con su ambigüedad y sus finales abiertos, estuvieron tan presentes como las nouvelles de Chéjov y ciertas páginas de Bellow”.

 

El fantasma de dejar de escribir

Aun con el éxito de estas y anteriores novelas las dudas o la crisis sobre el mismo acto de la escritura siempre está al acecho. “Por supuesto que sí”, atina a decir Bonilla. Cada vez que empieza una novela, Chirbes se lo dice, y se lo vuelve a repetir cuando la lleva a medias, y cuando la termina también. Solo Juan Gabriel Vásquez reconoce que nunca se le ha pasado por la mente no escribir, no sabría qué hacer con su vida.

Un deseo y una vocación de tres escritores levantada como uno de esos castillos o fortalezas de sus lecturas infantiles, rodeados de fosos con profundas aguas peligrosas donde ningún intruso entra o sale sin que ellos bajen el puente.

 El País, 25de marzo de 2014

DÍA MUNDIAL DE LA POESÍA



EL JUEGO DE HACER VERSOS

El juego de hacer versos
-que no es un juego-es algo
parecido en principio
al placer solitario.

Con la primera muda,
en los años nostálgicos
de nuestra adolescencia,
a escribir empezamos.

Y son nuestros poemas
del todo imaginarios
-demasiado inexpertos
ni siquiera plagiamos-

porque la Poesía
es un ángel abstracto
y, como todos ellos,
predispuesto a halagarnos.

El arte es otra cosa
distinta. El resultado
de mucha vocación
y un poco de trabajo.

Aprender a pensar
 en renglones contados
-y no en los sentimientos
con que nos exaltábamos-,

tratar con el idioma
como si fuera mágico
es un buen ejercicio,
que llega a emborracharnos.

Luego está el instrumento
en su punto afinado
la mejor poesía
es el Verbo hecho tango.

Y los poemas son
un modo que adoptamos
para que nos entiendan
y que nos entendamos.

Lo que importa explicar
es la vida, los rasgos
de su filantropía,
las noches de sus sábados.

La manera que tiene
sobre todo en verano
de ser un paraíso.
Aunque, de cuando en cuando,

si alguna de esas noches
que las carga el diablo
uno piensa en la historia
de estos últimos años,

si piensa en la vida
que nos hace pedazos
de manera podrida,
perdida en un naufragio,

la conciencia le pesa
-por estar intentando
persuadirse en secreto
de que aún es honrado.

El juego de hacer versos,
que nos es un juego, es algo
que acaba pareciéndose
al vicio solitario.

Jaime Gil de Biedma

Las estanterías de mi biblioteca, esa que existe en el mundo de la vigilia, están repletas de libros que reflexionan sobre el sentido de la literatura. Por qué se escribe. Para qué se escribe. Cuál es la finalidad de todo este esfuerzo a menudo ingrato. Son libros inútiles y a la vez profundos. Todos esconden un punto de verdad, pero ninguno es la verdad. Quizá porque no hay verdad ninguna que desvelar en este caso.
-No lo sé -confieso-. No creo que la literatura sea algo que tenga que ver con la felicidad o con el bienestar. Supongo que es algo que hay que hacer porque no queda otro remedio. Como respirar o comer. Si no respiras, mueres; si no comes, mueres. Hay personas, sólo unas pocas en realidad, que si no escriben, mueren.


NIÑOS EN EL TIEMPO, RICARDO MENÉNDEZ SALMÓN, Seix Barral

MARY SHELLEY; FRANKENSTEIN

No pudiendo soportar por más tiempo la visión del monstruo, salí precipitadamente del laboratorio. Encerrado en mi habitación, di vueltas en el lecho sin poder conciliar el sueño. Pero el caos de mi espíritu terminó por disolverse vencido por el cansancio y, vestido sobre la cama, intenté disfrutar algunos momentos de olvido. Fue inútil. Pude dormir  un poco pero sufriendo siempre terribles pesadillas. Veía a Elisabeth, rebosante de salud, caminando por las calles de Ingolstadt. Sorprendido y jubilosos intentaba abrazarla, pero en cuanto mis labios habían besado por primera vez los suyos, palidecía como una muerta. Sus rasgos parecían corromperse y yo tenía la impresión de albergar en mis brazos el cadáver de mi difunta madre. Un sudario la envolvía, y veía reptar los gusanos por entre los dobleces de la tela.

Frankestein, Mary Shelley. traducción Manuel Serrat Crespo

8 DE MARZO, DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER

¡Cuántas flores mueren en el bosque
o se marchitan en la colina
sin el privilegio de saber
que son hermosas!


¡Cuántas entregan su anónima semilla
a una brisa cualquiera,
ignorantes del cargamento escarlata
que a otros ojos lleva!


Emily Dickinson, EL VIENTO COMENZÓ A MECER LA HIERBA. Nordicalibros

FALLECE LEOPOLDO MARÍA PANERO

Un Dia con Leopoldo Maria Panero, Carlos Ann, Bunbury
 
          
"No puedo ya ir contigo, Peter. He olvidado Volar.."
y.. Wendy se levantó y encendió la Luz; Él lanzó un grito de dolor..
James Matthew Barrie, Peter Pan

MANUEL LONGARES; LOS INGENUOS

Al padre no le preocupaba el comportamiento de la hija en la Papelería de Cárdenas, sino el fanatismo del hijo en la tertulia de los cabales de Sócrates. Porque fue testigo de su arrebato con las intervenciones castizas de Cárdenas, le suponía con el virus revolucionario. Le hubiera gustado sondear a los asiduos a las Bodegas, pero como recelaba de que respondiesen con sinceridad al padre de la criatura, había pensado en Modes como detective. No le pedía que anduviera por el barrio con la sospecha, porque crearía alarma, sino que aprovechara la intimidad del dormitorio compartido para enterarse de las convicciones de Goyo.


Los ingenuos, Manuel Longares, Editorial Galaxia Gutemberg



Pongamos que hablo de Longares

Por: | 07 de septiembre de 2013
 
Después de Romanticismo, que es su obra maestra, y de Las cuatro esquinas, Manuel Longares le regala a Madrid, y a la literatura, otra obra de arte. Se titula Los ingenuos (Galaxia Gutenberg), es una novela en tres estampas, sucede en el siglo XX, desde que Franco gana la guerra hasta que el dictador muere, y está atravesada por el estilo que el escritor ha ido depurando hasta hacerlo tan propio y tan personal como, por ejemplo, fue el estilo en Baroja. Ya se sabe que es de Longares en cuanto oyes hablar al libro.
Es ligero y audaz, verosímil y andariego; las novelas de Longares se escriben andando, y se leen como si tú lo estuvieras acompañando en ese viaje por la entraña de un sitio que él conoce como nadie. Es una celebración de Madrid, de su callejero más tradicional y más cotidiano, por el Madrid que habla en las puertas y en los bares y que grita aún ¡agua va! o se enorgullece de las más minúsculas de sus pertenencias. Aquel Madrid pobre e ingenuo que aún habita en corralas y en rastros y que se sube a las novelas de Longares como si estuviera esperando que alguien como él fuera a recoger un testimonio oral que aún no ha diluido del todo su antigua ingenuidad. Un Madrid hablado que además habla incesantemente.
Escribe Longares como si estuviera allí, en la posguerra, en la que por cierto nació hace setenta años ahora, y como si transitara por los barrios a los que acudían los inmigrantes cuando casi toda España (ingenuos) creía que en Madrid los que vinieran no se iban a morir de hambre. Es el encuentro del mundo rural, o del pequeño mundo urbano, con la gran urbe; ésta se abre y se redistribuye, en tiempos verdaderamente oscuros; Madrid sueña con tener dos riberas, como Nueva York, como París y como Londres, y los que viven en un barrio piensan que cuando las cosas vayan mejor es en el otro lado donde deben seguir viviendo.
Las ambiciones son chiquitas y las actitudes son mezquinas; la gente compra y vende la voluntad y el alma, y hay aprovechados que hacen de su poderío una exhibición de maldad y de abierto latrocinio. El proceso incluye la educación sentimental, y sexual, de los hijos de esos inmigrantes, que paulatinamente se van haciendo madrileños, van ascendiendo en el conocimiento de los barrios que transitan y van convirtiendo la ciudad en su cómplice. Hasta que la ciudad es una maraña y tanto los nuevos madrileños como los viejos tratan de olvidar que hubo un trayecto y que éste fue verdaderamente difícil y oscuro.
Como en Rayuela, en Los ingenuos hay dos zonas, una sagrada, o mítica, en la que Madrid avanza hasta llegar a ser la urbe desarrollada que ve morir a Franco, y el empobrecido entramado del viejo Madrid, que no es ni elegante ni antiguo, sino rancio y cansado, un lugar revenido en el que viven y gritan personas que están tristes pero no llegan a saberlo nunca porque han perdido la noción de la alegría, de la ambición o de la esperanza. En medio hay destellos, que Longares va describiendo con una maestría que ya mostró en Romanticismo, acaso la mejor novela del final del franquismo de todas las publicadas en España hasta la fecha.
Es un libro sobre Madrid como alma y sitio, como cuerpo y alma, y por tanto como símbolo literario en el que se fija Manuel Longares para escribir casi toda su obra. Como si Madrid respirara, o no pudiera respirar, la ciudad aparece en esta novela como un personaje. En realidad, los personajes que pueblan Los ingenuos (esos ingenuos) son el coro que habla, pero es la ciudad la que transita, la que sufre y espera, como símbolo de un país que quedó a merced de la arbitrariedad y del desánimo.
No es, por otra parte, ni una novela de tesis ni de introspección; está llena de espejos y de peripecias, como las películas de Buñuel, y de gente, como los filmes de Azcona, Berlanga o Fernando Fernán Gómez, o como el mejor teatro de Buero Vallejo. Esas peripecias son incesantes y suculentas, las lees con la frescura con que se vivieron, aunque sea sólo en la mente del autor; a esa acción contribuye la extraordinaria capacidad para el diálogo y para la observación que son por otra parte seña principal de identidad de la literatura de Longares.
Aquí, en Los ingenuos, alcanza su máxima madurez el lenguaje del novelista de La novela del corsé o de Las cuatro esquinas. Decía Jorge Guillén que lo profundo es el aire. Longares alcanza la profundidad desde la ligereza, ese es su estilo, ríe y muestra, no se entretiene nunca. Sale uno de Los ingenuos habiendo vivido en la novela y me parece que queriendo más a esta ciudad que, en la escritura de Longares, parece más una persona que un personaje.

 

EL ESPÍRITU DE LA COLMENA

Miércoles 5 de marzo a las 19:00 horas en la Biblioteca Ramón Pérez de Ayala de Oviedo se proyectará El espíritu de la colmena, una película de Víctor Erice con Fernando Fernán Gómez, Ana Torrent y Teresa Gimpera.
 
 
 

Entrada libre hasta completar aforo

OLVIDO GARCÍA VALDÉS



para poder vivir, fue su respuesta y
percibí el ahogo
                           guarda los días, los días
de guardar, movía la yema
del pulgar sobre el papel como una zarpa
jugando, enronquecida
respiración
                
                  la mañana, desde el coche
las montañas, los sucesivos planos
entre la niebla y el sol, parecía el paisaje
de un film japonés, no de Ozu desde luego
no de Ozu, la felicidad requiere
un esfuerzo, tal vez el primer año
no se consigue ni el segundo, a veces
hacen falta cinco, a veces diez, un esfuerzo
en el que persistir, la vida breve

LO SOLO DEL ANIMAL Olvido García Valdés, Tusquets Editores

ELVIRA NAVARRO; LA TRABAJADORA

Pero ahora ocurría que mi volumen de trabajo había empezado a aumentar porque me daban más libros para corregir con agobiante premura, y ello implicaba esforzarme más y terminar algunos días no ya a las nueve o las diez, sino a las doce de la noche . A pesar de que estos libros urgentes habían comenzado a pagármelos, aún me debían las correcciones de meses anteriores. Me acordaba a veces de las pautas de la negociación de Win-Win, que aprendí también en aquel curso donde se nos enseñaba a los freelance a sacar partido de nuestra autonomía. Yo no tenía mucho que rascar, per me presentaba todo lo Win-Win, que podía para que Carmentxu estimara que las dos ganábamos algo con mi fidelidad. Se lo daba a entender con  una solicitud que durante la época en la que trabajaba en la oficina no había mostrado. No obtenía ningún tipo de prebenda ni de satisfacción personal con mi estrategia. Semana tras semana salía del despacho de mi jefa humillada no solo por mis condiciones cada vez más penosas, sino también por algo que no me gustaba admitir. Los sellos de ficción del Grupo Editorial Término publicaban  libros y autores de best seller y libros de autores literarios consagrados. Aunque yo no pertenecía a ninguna de las dos categorías y llevaba mucho tiempo afirmando que mi vocación de escritora había sido un espejismo, me sentía dolida por que mi jefa jamás hubiese mostrado el menor interés por lo que había hecho  y por lo que tal vez restaba por hacer.

La trabajadora, Elvira Navarro, Literatura Random House

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