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AMÓS SALVADOR CARRERAS

Retrato
Retrato de la mujer de Amós Salvador y sus hijas
Amós Salvador Carreras (Logroño 1879- Madrid 1963)

Estudió arquitectura en Madrid y a igual que su padre y su hermano Miguel ejercerán la política y serán miembros destacados del Ateneo de Madrid. El golpe de estado de Primo de Rivera en 1923 y su amistad con Manuel Azaña le inclinará hacia el republicanismo. Será elegido diputado por Logroño en las elecciones del 1933 y 1936. En plena guerra civil ocupará, por espacio de un año, el puesto de Ministro Plenipotenciario e introductor de embajadores. Al finalizar el conflicto se exilia a Venezuela. Regresa en 1950  y reside en Madrid hasta su fallecimiento en 1963.
Gran aficionado a la fotografía realizó un número muy abundantes de fotos durante su vida. De su conjunto se conservan más de dos mil realizadas sobre vidrio y en formato estereoscópico. La estereoscopia perseguía la sensación de tridimensionalidad mediante dos fotos obtenidas como una cámara de doble objetivo. La placa de vidrio positivada conteniendo las dos imágenes se veía al trasluz con un visor. La mezcla de esas imágenes en la retina producía y produce una clara sensación de profundidad.
La fotografía de Amós Salvador  rescata una visión del mundo, algo melancólica pero llena de matices, abierta a la incursión de lo cotidiano y atenta al sentido inamovible de lo transitorio.

LEER A BORDO


¿.

¿Qué hacer durante un vuelo? Algunos duermen, otros juegan con sus iPads, otros ven las películas que las aerolíneas ofrecen a bordo. Yo soy de las que leen. Los aviones, los autobuses, los trenes, son lugares perfectos para la lectura. Con ese perfil de viajero en mente, la aerolínea australiana Qantas tuvo una idea encantadora y de lo más adecuada: creó una colección de libros para leer a bordo, textos que duran justo lo que un vuelo, y con un diseño editorial muy interesante.

ENTRE AMIGOS

Amos Oz
Siruela

ImagenLos ocho relatos de Entre amigos transcurren en el kibutz imaginario Yikhat y dibujan retratos maravillosos por su delicadeza de mujeres y hombres que tienen sueños íntimos y experiencias dolorosas privadas a la sombra de uno de los más grandes sueños colectivos de la historia del siglo XX. Un padre cuya hija se va a vivir con un miembro del kibutz tan mayor como él; una mujer que escribe una carta estremecedora a otra mujer por la que su marido la ha abandonado; un niño externo que va a visitar a su padre a un hospital para enfermos mentales; un jardinero que carga sobre sus espaldas con todas las tragedias del mundo: cada una de estas historias personales es una perla de humanidad literaria y juntas forman un collar que es también un retrato de un ideal y de una época.  



El rey de Noruega
     Teníamos en el kibutz Yikhat a un hombre, Zvi Provizor, un soltero bajito de unos cincuenta y cinco años con un tic en los ojos, al que le gustaba dar malas noticias: temblores de tierra, aviones estrellados, derrumbes de edificios con víctimas mortales, incendios e inundaciones. Por la mañana temprano, antes que nadie, leía el periódico y escuchaba todos los boletines de noticias para poder presentarse en el comedor e impresionarte con doscientos cincuenta mineros atrapados sin esperanza dentro de una mina de carbón en China o con un transbordador que había volcado y se había hundido con sus seiscientos pasajeros durante una tormenta en el mar Caribe. También se afanaba en memorizar las esquelas. Se enteraba antes que nadie del fallecimiento de personas de renombre e informaba a todo el kibutz. Una mañana me paró delante del ambulatorio:
     -¿Conoces a un escritor llamado Wislavsky?
     -Sí. Lo conozco. ¿Por qué?
     -Ha muerto.
     -Lamento oír eso. 
     -También los escritores mueren.
     Y en otra ocasión me pilló durante mi turno de trabajo en el comedor:
     -He visto en una esquela que tu abuelo ha fallecido.
     -Sí.
     -Y hace tres años también se te murió un abuelo.
     -Sí.
     -Entonces, este era el último. 

(Principio del libro)

LA VIDA SIMPLE


(Extracto del libro La vida simple, de Sylvain Tesson, editado por Alfaguara y traducido por César Ayra. Obtuvo el premio Médicis al mejor ensayo en 2011)

14 de febrero
2013-05-10-Capturadepantalla20130510alas14.19.52.pngLa última caja es una caja de libros. Si me preguntan por qué vine a encerrarme aquí, respondería que tenía lecturas atrasadas. Clavo una plancha de madera de pino encima de mi camastro y acomodo sobre ella mis libros. Traje unos sesenta. En París tuve el mayor cuidado en hacer una lista ideal. Cuando uno desconfía de la pobreza de su vida interior, hay que llevar buenos libros: con ellos siempre se podrá llenar el vacío. El error sería elegir exclusivamente lectura difícil imaginándose que la vida en los bosques lo mantiene a uno en un alto grado de temperatura intelectual. El tiempo se hace largo cuando no hay más que Hegel para una tarde de nieve.

Antes de la partida un amigo me aconsejó llevar las Memorias del Cardenal de Retz y el Fouquet de Morand. Yo ya sabía que nunca hay que viajar con libros que evoquen el lugar de llegada. En Venecia, leer a Lermontov, pero en el Baikal, a Byron.

Vacío la caja. Tengo a Michel Tournier para las ensoñaciones, a Michel Déon para la melancolía, a Lawrence para la sensualidad, a Mishima para los fríos de acero. Tengo una pequeña colección de libros sobre la vida en solitario: Grey Owl para la radicalidad, Daniel Defoe para el mito, Aldo Leopold para la moral, Thoreau para la filosofía, aunque sus sermones de contable calvinista me fastidian un poco. Whitman, por su parte, me encanta: sus Hojas de hierba exhalan gracia. Jünger inventó la expresión de «recurso a los bosques», tengo cuatro o cinco de sus libros. Un poco de poesía y de filosofía también: Nietzsche, Schopenhauer, los estoicos. Sade y Casanova para calentar la sangre. Novelas policiacas de Série Noire: a veces hay que entretenerse. Algunas guías naturalistas de la colección Delachaux y Niestlé sobre pájaros, plantas e insectos. Lo menos que se puede hacer cuando invita el bosque es saber el nombre de los dueños de casa. La indiferencia sería insultante. Si viniera gente a mi departamento para instalarse por la fuerza, querría al menos que me llamasen por mi nombre. Los lomos de los volúmenes de la Pléiade brillan a la luz de las velas. Los libros son íconos. Por primera vez en mi vida, leeré un libro de una sola vez.

JORDI DOCE


ANIVERSARIO 

La puerta de otro año se cierra tras de ti
sin ruido de bisagras, sin llave escandalosa.
Estás donde no estabas aunque nada cambió,
contigo va tu aliento, la lumbre de tus íntimos,
el son de algunas líneas y aquel otro, insondable,
que brota de tus sueños sembrando apariciones.
A este lado del sol, de la sangre que gira,
tu cuerpo no ha caído de pronto en la vejez,
no encaneció la piel ni los ojos mermaron,
haciendo más pequeño el mundo, más difícil.
Es un día cualquiera, es el mismo y distinto,
pero está por hacer y en hacerlo se irá,
como siempre otro día, mientras pardea el aire
al hilo de tus pasos, de estas nubes que cruzan.
Es un día cualquiera, con su ajuar de costumbres
inertes, su horizonte de anhelos, su flaqueza.
Sumar un año más no es sumar un anillo,
no es cruzar un umbral ni una horca caudina.
Caminas bajo el mismo cielo, las mismas alas,
mientras la tierra ofrece su raro laberinto
tus huesos ya celebran el sol que más calienta. 

 

(Jordi Doce, “Gran angular”)

 

SOLARIS




Solar la contemplación, solar la gravitación... en este espacio vacío, bueno, que nos quieren hacer ver vacío, informe... más que nunca solar el regazo, la permanencia de un niño haciendo fuego en la nieve... las velas del candelabro que hacen sonar las lágrimas de la lámpara... Fernando es danzante y habitante de las (fotografías)... la simiente se recoge se muele se transforma se recoge se recoge se recoge... Canetti dice en El juego de los ojos: "En una ocasión le pregunté a Friedl si era capaz de oír muchas cosas a la vez en un local completamente lleno en el que la gente habla, discute, canta. Ella no lo creía posible, le parecía que no se podía atender a la vez a más de una cosa, sin dejar de escapar nada. En esos momentos, le dije, uno tiene en el oído dos, tres o cuatro voces al mismo tiempo, y lo más interesante es el diálogo que se produce entre esas voces. Las voces no se atienden unas a otras, le expliqué, cada una marcha por su lado, a su ritmo, imparable, indesviable, como un mecanismo de relojería al que se hubiera dado cuerda; pero cuando uno capta simultáneamente  varias voces acontecen las cosas más extrañas, es como si tuviese una llave propia para un mecanismo especial, para captar, si así cabe expresarse, los efectos intermedios, de los que las voces mismas nada saben"... hoy solar la biblioteca...


Solaris 1972,  Unión Soviética (URSS)

Director Andrei Tarkovsky
 
Guión Friedrich Gorenstein & Andrei Tarkovsky (Novela: Stanislaw Lem)
 
Música Eduard Nikolay Artemiev (AKA Edward Artemyev)
 
Fotografía Vadim Yusov (AKA Vadim Iusov)
 
Reparto Donatas Banionis, Natalya Bondarchuk, Yuri Jarvet, Vladislav Dvorzhetsky, Anatoly Solonitsyn

Sí, ella fingió. Él sin embargo, no pudo hacerlo. Y esa noche pensé que quizá ella fuese la verdadera artista. Porque el artista siempre finge. El artista es un sujeto. Y los sujetos fingen. Flanagan, sin embargo, se convirtió en un objeto, en el material de Rose. Y por eso dejó de ser un artista. Porque un objeto no puede ser un artista. Quizá entonces Flanagan fuese la obra de arte. El objeto, el material, la forma. Y Rose, la artista. O quizá no. Quizá Flanagan fuese al mismo tiempo sujeto y objeto, artista y arte, igual que la prostituta, que es vendedora y mercancía, sujeto y objeto, voluntad y piedra, al mismo tiempo. Pero las prostitutas no se gastan, o se gastan menos. Y Flanagan sí que se gastaba. O, bien pensado, las prostitutas también gastan. Pero el objeto de Flanagan estaba ya gastado. O, mejor, convertido en mero objeto. Un cadáver abyecto. La obra de arte total. La vida como obra de arte. Y la muerte, sobre todo, la muerte, la última frontera, el límite que nadie aún se había atrevido a cruzar. El límite que Flanagan franqueó. O quizá no lo franquease, quizá todo era sólo un intento frustrado, y quizá ahí no hubiera arte alguno. O quizá, en el fondo, lo único que ocurría era que se había hecho demasiado tarde y mi cabeza ya no daba para más. Por eso apagué el ordenador y lo puse sobre la mesita de noche.
INTENTO DE ESCAPADA , Miguel Ángel Hernández, editorial Anagrama

 Atractiva y lograda por su composición, es, sin embargo, por el contenido por lo que Intento de escapada merece mayor atención. Un argumento original cuenta las vicisitudes del joven licenciado en arte Marcos al convertirse en ayudante de un transgresor artista plástico, Jacobo Montes, creador de perfomances e instalaciones revulsivas. La enajenación y carácter visionario de Montes abisma al mozo en una profunda conflictividad personal. En paralelo, su propia imagen de patito feo le provoca graves dilemas a causa de la seducción que ejerce en él Helena, su profesora y avalista de Montes. Esta historia de complejas relaciones humanas, sostenida en los motivos del poder, la humillación, la dignidad y el sexo, tiene las trazas de una interesante exploración psicologista, un tanto dostoievskiana, cuyo diseño general coincide con una aproximación clásica al relato de maduración.

Santos Sanz Villanueva El Cultural

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