VIVIR POR VIVIR
Sentado, veo transcurrir la vida con la placidez de una tarde de estío.
Observo a la gente que pasa, con prisa, junto a mí. Sus ademanes ausentes, los gestos diarios que conforman nuestras vidas, gestos decididos, vigorosos, inconscientes o casuales.
Gestos inadvertidos.
Vivimos sin ser conscientes de que vivimos, de que caminamos o respiramos. Nos levantamos por la mañana, repetimos una y otra vez las mismas rutinas, ajenos al hecho de que estamos realizando un pequeño milagro cada vez que vemos, tocamos, oímos… Uno no agradece a los dedos el acto de abrocharse un botón, de trenzarse el cabello, de acercarse al rostro de otra persona y acariciarla.
Lo que hacemos, lo que decimos. La vida en su mayor simpleza. Las pequeñas cosas que hacen nuestra vida un poco más llevadera.
La vida vivida sin heroísmos, sin grandilocuencia. Un día y otro día. Y vuelta a empezar.
Sensaciones, deseos, pensamientos que cruzan presurosos nuestra mente, a veces de forma ruidosa, otras a hurtadillas. Pensamientos y emociones que son un consuelo para el dolor de la existencia.
Me levanto y vivo.
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Creo que ésta es la primera vez que una revista académica española se ocupa del microrrelato. Quimera, por su parte, ya le dedicó dos números monográficos en el 2002. Y ese mismo año, la profesora Francisca Noguerol, especialista en las formas narrativas breves, organizó en la Universidad de Salamanca el segundo congreso internacional dedicado al género. El caso es que desde que en 1990 apareciera la precursora antología de Antonio Fernández Ferrer, La mano de la hormiga, en casi veinte años el panorama sobre este nuevo género ha cambiado por completo.
Un microrrelato no es un cuento, ni un aforismo, ni un poema en prosa, ni mucho menos un chiste o una frase ingeniosa, sino un texto narrativo brevísimo que cuenta una historia, en la que debe imperar la concisión, la sugerencia y la precisión extrema del lenguaje, a menudo al servicio de una trama paradójica y sorprendente. Y aunque queda todavía mucho trabajo pendiente por hacer, tanto en el campo de la teoría de los géneros, como en el de la historia literaria (por ejemplo, echamos de menos un estudio detenido sobre las formas narrativas brevísimas en el Modernismo español), el panorama empieza a clarificarse, debido a los numerosos trabajos de investigación y análisis que se han venido publicando, sobre todo, en la última década. Así, los próximos congresos, en Neuquén (Argentina) y Málaga, ambos programados en noviembre del 2008, son las nuevas citas importantes para los cultivadores y estudiosos del género.
Por otra parte, se han sucedido las antologías, sobre todo temáticas, por lo que espero poder publicar en breve, junto a Gemma Pellicer (sin cuya valiosa ayuda, por cierto, no hubiera podido coordinar este monográfico), una antología histórica del microrrelato español, en la que hemos venido trabajando durante estos últimos años. Pero ahora mismo, el lector que lo desee, tiene a su disposición los principales libros que jalonan la trayectoria del género, obra de autores tan importantes como Juan Ramón Jiménez, Ramón Gómez de la Serna, Federico García Lorca, Ana María Matute, Max Aub, Antonio Fernández Molina, Rafael Pérez Estrada, Javier Tomeo, José Jiménez Lozano, José de la Colina, Luis Mateo Díez, Juan José Millás, José María Merino, Pedro Ugarte, Julia Otxoa, o los más jóvenes, Hipólito G. Navarro y Andrés Neuman.El microrrelato es un género fuera del comercio, por lo que el autor lo encara con libertad plena, prestándose a menudo a la experimentación, al valerse de la reescritura o la intertextualidad, sin que deba faltarle ni lo ambiguo ni el humor. Dada su concisión extrema, la aparente facilidad que supone componerlo, no escasea lo trivial o la frase meramente ingeniosa, aunque -no lo olvidemos- esto ocurre con frecuencia en otras formas tan prestigiosas en sociedad como la novela, donde bajo el ropaje de lo ameno sólo se encubre lo banal, y no por ello descalificamos al género, en su conjunto. Y a diferencia del relato, con el que comparte diversas similitudes, sólo puede centrarse en un mínimo detalle, arrancando de inmediato para acabar al instante, permaneciendo gran parte del tejido narrativo sumergido, esto es, sobrentendido. En fin, sólo quienes no conocen su historia, que habría que completar con la riquísima tradición hispanoamericana (Juan José Arreola, Augusto Monterroso, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Marco Denevi, Virgilio Piñera, David Lagmanovich, Luisa Valenzuela, Guillermo Samperio, Raúl Brasca o Ana María Shua), siguen cuestionando un género que se fundamenta en la disciplina extrema, pues sus piezas se componen desechando todo lo que no sea estrictamente imprescindible, como sólo ocurre en la mejor poesía.
Los trabajos que aquí se recogen, sobre teoría, historia y análisis literario, no son más que la última prueba de aquello que los escritores, junto con algunos historiadores de la literatura y críticos, venimos defendiendo con radical empeño y ahínco. Pero, decía, queda mucho trabajo por hacer, aunque puede afirmarse también que se ha avanzado no poco en el conocimiento de esta singular forma narrativa brevísima.
(FERNANDO VALLS, Ínsula)
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Para el creador leonés Gustavo Vega, "la poesía es la emoción llevada a través del tiempo". Este hombre polifacético (filósofo, maestro, poeta, artista...) lleva más de 30 años experimentando con un arte multidisciplinar y multimedia, en el que se integran la filosofía, la plástica y la poética visual, partiendo siempre de un componente innovador como marco de referencia de sus propuestas. "Me definiría como un híbrido entre la filosofía, la literatura y la plástica. El adjetivo de poeta me vale, pero el de pintor me limita mucho", dice este artista inclasificable.
¿Qué es un poema visual? Sostiene Gustavo Vega que "en este terreno fronterizo, discutible, el poeta puede valerse de cualquier medio para expresarse". El poema, así, se convierte en un instrumento artístico-verbal de investigación, de experimentación, de búsqueda..."Hay poemas visuales-textuales, los hay en los que predominan los elementos plásticos... pero siempre, en el fondo, existe una referencia lingüística, semántica".
Se trata de un terreno, además, "bastante conceptual, experimental, al que se han ido incorporando también las nuevas tecnologías, de ahí el roce con las vanguardias", explicaba Vega hace unas semanas en la Sala Región del ILC, durante la presentación del catálogo razonado que reúne la obra realizada por él durante los últimos 30 años. Un catálogo editado por el Instituto Leonés de Cultura, que en 2007 le dedicó también una exposición antológica.
Licenciado en Filosofía en Roma, hace cinco años Gustavo Vega se doctoró en Filología Hispánica y Literatura con la tesis titulada 'Poéticas de creación visual en España', con la que recibió el Premio Extraordinario de Doctorado de la Universidad de Barcelona. Su trabajo en este terreno, no obstante, supone sobre todo un proyecto vital, en el que ha ido avanzando acorde a los tiempos, sin limitarse a formato alguno.
A lo largo de su trayectoria Gustavo Vega también ha publicado numerosos libros, carpetas, plaquettes, vídeos, CDs, DVDs... Además, ha realizado exposiciones por todo el mundo, con obra plástica, poesía visual, videopoesía, mail-art... impartiendo charlas y conferencias...
En su obra poético-visual hay formas que van desde lo predominantemente textual �caligramas, acrósticos, poemas discursivos con incrustaciones visuales...� a otras, denominadas por él "metáforas icónicas", realizadas por procedimientos plásticos o fotográficos en los que la expresión lingüística se pierde. Pero también hay obras realizadas con nuevas tecnologías, videocreación, de acción-performance, poemas-acción... Todo un mundo.
(Fuente: EL MUNDO)
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«Anuncio.
Oriundo de Hamelín, soy flautista y alquilo mis servicios: puedo sacar las ratas de una ciudad o, si se prefiere, a los niños de un país sobrepoblado»
Del escritor mexicano René Avilés Fabila
Al microrrelato se le ha llamado de incontables maneras: minicuento, microcuento, hiperbreve, minificción… Es un género narrativo, como la novela, y su característica primordial es la brevedad. En apenas unas líneas el autor debe contarnos una historia, ser intenso en ideas y a la vez conciso.
Hay quien apunta que su origen más remoto lo encontramos en el versículo bíblico, en la parábola, en la fábula, el aforismo o el apólogo, y no falta quien ha vuelto sus ojos al haiku japonés. Tomó cuerpo en la literatura didáctica medieval (alegorías, adivinanzas, colecciones de exempla como los de El Conde Lucanor…). Ya en época moderna, el microrrelato parece pariente de la greguería de Ramón Gómez de la Serna.
«Hoy me siento bien, un Balzac: estoy terminando esta línea»
Augusto Monterroso
Sea como fuere, proliferan los autores que lo han cosechado con más o menos éxito desde comienzos del siglo XX, aunque no empezó a considerarse un género en sí mismo hasta mediados de siglo. En los ejemplos más tempranos encontramos los cuentos breves de Franz Kafka, Poe o Anton Chéjov y, por supuesto, ejemplos de la literatura hispanoamericana, de amplia tradición, como Rubén Darío, Julio Torri, Adolfo Bioy Casares, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Augusto Monterroso, Horacio Quiroga, Juan José Arreola, Marco Denevi, Gabriel García Márquez, entre otros. En España también hemos tenido cultivadores del microrrelato como Max Aub, Juan Ramón Jiménez, Luis Landero, Luis Mateo Díez o Antonio Pereira, así como una última generación con Julián Sánchez Caramazana y José Marzo.
Características del microrrelato:
* Brevedad. Sin ella el microcuento no sería tal. De todos modos, la extensión es algo subjetivo de cada autor.
* Lenguaje. Este tipo de prosa es sencilla, pero muy cuidada y precisa, habitualmente ingeniosa, cuando no poética.
* La temática dentro del género es múltiple y variada.
* La elección de un buen título en ocasiones es fundamental a la hora de entender el sentido último del texto.
* El microrrelato tiene carácter transtextual.
* Suele enfocar una situación o un incidente individual.
* La secuencia narrativa suele ser incompleta.
* No son pocos los ejemplos de microrrelatos en los que el humor es un referente. El autor juega con el escepticismo y la ironía, contempla el mundo que lo rodea y lo juzga a través del lenguaje.
* Los finales suelen ser impredecibles, abiertos a distintas interpretaciones, y dejan al lector sumido en la meditación.
La verdad sobre Sancho Panza, de Franz Kafka
«Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró, con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballería y de bandoleros, en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí a su demonio, al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras, las cuales empero, por falta de un objeto predeterminado, y que precisamente hubiese debido ser Sancho Panza, no hicieron daño a nadie. Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de un cierto sentido de la responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin.»
(Fuente: EspacioLibros)
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Está claro que ni es un cuchillo de cocina, ni un quitapenas del golfo. Pero tampoco una navajita. Pongamos que un Opinel del 6, o un Laguilole. Una navaja que perfectamente hubiera podido ser la de un hipotético y cabal abuelo, que éste se hubiera metido en el pantalón de pana de canalillo ancho color chocolate. Una navaja que el abuelo se hubiera sacado del bolsillo a la hora de la comida, hincando la punta en las rodoajas de salchichón, pelando lentamente una manzana, con el puño replegado sobre la hoja. Una navaja que hubiera cerrado con amplio y ceremonioso ademán, tras tomarse el café en un vaso -y eso hubiera significado para los allí presentes que había que volver al trabajo.
(PHILIPPE DELERM, El primer trago de cerveza y otros pequeños placeres de la vida)
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Es agosto y la playa está llena de gente. Observo a mi hija mientras lee tumbada en una hamaca, en medio de los gritos, los bañistas, los paseantes, las cometas y los vendedores de patatas fritas. El acto de leer delimita para ella un espacio propio, un reino singular de soledad y absoluta pertenencia. Siento lo mismo que cuando veo a alguien leer en el metro, en los aeropuertos o en el banco de una plaza. Aunque soy de los que prefiere refugiarse en el ámbito de una butaca familiar, reconozco la sigilosa intimidad que traza las fronteras personales del lector callejero entre la multitud.
Mi hija está allí con una certeza impertinente, con una autoridad singular que desafía al mundo. Lo curioso es que también sé que no está allí. Como yo le he dejado el libro en el que ahora vive, estoy convencido de que se encuentra en Venecia, observando con ojos de persona mayor la belleza de un adolescente.
La verdad es que resulta curiosa la afortunada flexibilidad de los asuntos reales. Mis ojos de hombre maduro observan en una playa de Andalucía la belleza de una adolescente que reafirma con una misteriosa autoridad su presencia, su forma de estar aquí, mientras se encuentra muy lejos, en otro mar, observando con ojos de persona mayor los baños de un adolescente.
A veces siento que el ser humano no se caracteriza por su capacidad de pensar, sino por su capacidad de dividirse, de hacerse presente o de borrarse según las necesidades de su deseo y su conciencia. Por eso me parece decisiva la operación de leer como metáfora de una reivindicación decente de la modernidad. Copio unas palabras de Edward W. Said, de su libro Humanismo y crítica democrática (Debate, 2008): "La realidad de la lectura es, ante todo, un acto de emancipación e ilustración humana, quizá modesto, pero que transforma y realza nuestro conocimiento en aras de algo diferente del reduccionismo, el cinismo o el estéril mantenerse al margen".
Las formas del dogmatismo actual, más allá de las ideologías totalitarias, tienen mucho que ver con la reducción de los matices del mundo a breves titulares que sirven para imponer opiniones y simplificar la realidad, haciendo imposible un verdadero uso de la conciencia individual. Los dogmas de hoy dependen con frecuencia de las nuevas velocidades de la información. La invitación al cinismo, el deseo de relativizarlo todo, suele ser el camino de las inteligencias que juegan a destruir las ilusiones colectivas.
Como hacía el poeta Campoamor contra el liberalismo romántico, los cínicos, más que defender sus ideas reaccionarias, se limitan a ridiculizar las apuestas optimistas. Confieso que el cinismo, como disfraz del pensamiento reaccionario, me molesta incluso más que la pretendida pureza de los que se mantienen al margen y se lavan las manos. A los puros, es decir, a los inquisidores actuales, no les preparan el terreno los sacerdotes, sino el cinismo.
No es, por tanto, asunto menor la reivindicación de la lectura si sirve para defender la emancipación humana en contra de los dogmáticos, los cínicos y los puros. Hay que tomarse en serio una pasión de entrega atenta a las palabras del otro, que tiene como resultado último la confirmación independiente de la realidad personal. Observo a mi hija mientras lee. Está aquí y en otro lugar, es ella más que nunca, porque descubre sus sentimientos, y es al mismo tiempo otro. Cada lector se ha formado gracias a las palabras de muchos autores, que también llegaron a conocerse a sí mismos cuando organizaron sus palabras, sus ideas y sus sentimientos para establecer un diálogo con sus lectores. ¿A qué se parecen las operaciones de leer y escribir? A ponerse en el lugar del otro, quiero decir, por ejemplo, a cuidar a una hija o a un familiar enfermo. Sólo descubrimos lo que hay en nosotros mismos cuando nos desdoblamos para cuidar al otro.
Bernhard Schlink contó en su novela El lector la historia de un adolescente alemán que vivió una historia apasionada de amor con una mujer madura. Todos los días, antes de ir a la cama, la mujer le pedía a su joven amante que leyese en voz alta algunas páginas de un libro. Rota la historia de amor y pasados los años, el protagonista de la novela, ya estudiante de Derecho, se reencuentra por sorpresa con su antigua amante en un juicio, acusada de haber participado en uno de los horrendos crímenes del nazismo. La práctica jurídica adquiere entonces para el estudiante otra dimensión. No justifica de ninguna manera un crimen que lo conmociona por dentro, pero tampoco puede limitarse a juzgar desde fuera. El lector necesita comprender lo ocurrido, meterse en el drama, ponerse en el lugar del otro.
Nos ponemos muy pesados con nuestras identidades. Parece que no hay términos medios. Cuando no pretendemos imponer nuestras identidades como marco único de la totalidad, nos vamos al extremo contrario y diluimos nuestra conciencia individual en el mar ideológico de un todo que fijan las consignas y las costumbres de los otros. Por eso es decisiva la metáfora en la lectura, el sigilo con el que mi hija aprende a borrarse un poco para estar en la ciudad de sus personajes, sin renunciar a ella misma, descubriendo su propio rostro en las aguas de Venecia. Ninguna operación me recuerda tanto a la apuesta del contrato social, la otra metáfora con la que el pensamiento moderno quiso organizar los intereses privado y los públicos, las identidades y los vínculos.
La pérdida de prestigio social de las humanidades ha provocado un sentimiento de culpa entre sus disciplinas y un deseo de imitar a las ciencias. Una sucesión de pretendidos métodos científicos marca desde hace años los rumbos de las teorías literarias. Los métodos nacen, crecen, se reproducen y mueren con la pretensión de aportar una verdad científica al conocimiento de la literatura. Se sienten fuertes al aplicar un protocolo y utilizar un vocabulario tecnológico de muy dudoso gusto.
Estoy convencido de la importancia de la teoría literaria, pero estoy convencido también de que ninguna pretensión científica es más importante que la capacidad personal de lectura, la solitaria pasión con la que Leo Spitzer, Roman Jakobson, Roland Barthes, Dámaso Alonso o Fernando Lázaro Carreter supieron leer. No los admiro por científicos objetivos, sino porque con una soledad cuidadosa supieron hacer en su despacho, ante una página de Garcilaso o Baudelaire, lo mismo que ahora hace mi hija con sus ojos adolescentes.
Ante la certeza de los dogmas y la homologación de las conciencias, tal vez haya que darle hoy su completo significado histórico a la emoción del lector. La soledad compartida de alguien que lee unos versos o una narración, alguien que pide tiempo para vivir cada palabra hasta hacerse dueño de sus propias opiniones, es la mayor ofensa que podemos hacerle a un economicismo desalmado que cuenta con poderosísimos mecanismos tecnológicos de control de las conciencias y que liquida los espacios públicos, suprimiendo los textos y las plazas, es decir, los lugares donde los individuos, sin renunciar a ser ellos mismos, borran un poco sus identidades concretas para convertirse en ciudadanos.
Oponerse al progreso de la ciencia y la tecnología es simplemente reaccionario. Pero eso no significa olvidar el sentido de las humanidades, o asumir una definición tecnológica del futuro. La ciencia no puede perder la raíz de su pacto humanista. Quizá ser moderno, más que llenar las costumbres de vocabulario desarrollista, consista es ser capaces de volver a formular un contrato social adaptado a los nuevos tiempos. Y para firmar un contrato conviene leerlo todo, hasta la letra pequeña de los documentos. Así lo siento cuando pienso en el futuro, mientras observo la impertinente soledad de mi hija que lee, rodeada de gente, en una playa del sur.
(Luis Gª Montero, El País 16/08/2009)
(Ilustración: Julia Breckenreid)
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