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EL PODER DE LA POESÍA

La piedra triunfa en la escultura, se humilla en la escalera. El color resplandece en el cuadro; el movimiento del cuerpo, en la danza. La materia, vencida o deformada en el utensilio, recobra su esplendor en la obra de arte. La operación poética es de signo contrario a la manipulación técnica. Gracias a la primera, la materia reconquista su naturaleza: el color es más color, el sonido es plenamente sonido. En la creación poética no hay victoria sobre la materia o sobre los instrumentos, como quiere una vana estética de artesanos, sino un poner en libertad la materia. Palabras, sonidos, colores y demás materiales sufren una transmutación apenas ingresan en el círculo de la poesía. Sin dejar de ser instrumentos de significación y comunicación, se convierten en “otra cosa”. Este cambio no consiste en abandonar su naturaleza original, sino en volver a ella. Ser “otra cosa” quiere decir ser “la misma cosa”: la cosa misma, aquello que real y primitivamente son. Por otra parte, la piedra de la estatua, el rojo  del cuadro, la palabra del poema, no son pura y simplemente  piedra, color, palabra: encarnan algo que los trasciende y traspasa. Sin perder sus valores primarios, su peso original, son también como puentes que nos llevan a otra orilla, puertas que se abren a otro mundo de significados indecibles por el mero lenguaje. Ser ambivalente, la palabra poética es plenamente lo que es- ritmo, color, significado- y asimismo, es otra cosa: imagen. La poesía convierte la piedra, el color, la palabra y el sonido en imágenes. Y esta segunda nota, el ser imágenes, y el extraño poder que tienen para suscitar en el oyente o en el espectador constelaciones de imágenes, vuelve poemas todas las obras de arte.

"El arco y la lira" Octavio Paz, Fonde de Cultura Económica

JORGE LUIS BORGES

Este año se cumplen 25 años de la muerte de Jorge Luis Borges. Por este motivo el Centro de Arte Moderno de Madrid pone en marcha “El año Borges” con la participación de la delegación de la Fundación Internacional Jorge Luis Borges de dicha ciudad.

                                                                           
Arte poética

Mirar el río hecho de tiempo y de agua
y recordar que el tiempo es otro río,
saber que nos perdemos como el río
y que los rostros pasan como el agua.

Sentir que la vigilia es otro sueño
que sueña no soñar y que la muerte
que teme nuestra carne es esa muerte
de cada noche, que se llama sueño.

Ver en el día o en el año un símbolo
de los días del hombre y de sus años,
convertir el ultraje de los años
en una música, un rumor y un símbolo,

ver en la muerte el sueño, en el ocaso
un triste oro, tal es la poesía
que es inmortal y pobre. La poesía
vuelve como la aurora y el ocaso.

A veces en las tardes de una cara
nos mira desde el fondo de un espejo;
el arte debe ser como ese espejo
que nos revela nuestra propia cara.

Cuentan que Ulises, harto de prodigios
lloró de amor al divisar su Itaca
verde y humilde. El arte es esa Itaca
de verdad eternidad, no de prodigios.

También es como el río interminable
que pasa y queda y es cristal de un mismo
Heráclito inconstante, que es el mismo
y es otro, como el río interminable.

Antología poética (1923-1977), Jorge Luis Borges. Alianza Editorial

JULIO CORTÁZAR



Casa tomada

Nos gustaba la casa porque aparte de espaciosa y antigua (hoy que las casas antiguas sucumben a la más ventajosa liquidación de sus materiales) guardaba los recuerdos de nuestros bisabuelos, el abuelo paterno, nuestros padres y toda la infancia.

Nos habituamos Irene y yo a persistir solos en ella, lo que era una locura pues en esa casa podían vivir ocho personas sin estorbarse. Hacíamos la limpieza por la mañana, levantándonos a las siete, y a eso de las once yo le dejaba a Irene las ultimas habitaciones por repasar y me iba a la cocina. Almorzábamos al mediodía, siempre puntuales; ya no quedaba nada por hacer fuera de unos platos sucios. Nos resultaba grato almorzar pensando en la casa profunda y silenciosa y cómo nos bastábamos para mantenerla limpia. A veces llegábamos a creer que era ella la que no nos dejó casarnos. Irene rechazó dos pretendientes sin mayor motivo, a mí se me murió María Esther antes que llegáramos a comprometernos. Entramos en los cuarenta años con la inexpresada idea de que el nuestro, simple y silencioso matrimonio de hermanos, era necesaria clausura de la genealogía asentada por nuestros bisabuelos en nuestra casa. Nos moriríamos allí algún día, vagos y esquivos primos se quedarían con la casa y la echarían al suelo para enriquecerse con el terreno y los ladrillos; o mejor, nosotros mismos la voltearíamos justicieramente antes de que fuese demasiado tarde.

Irene era una chica nacida para no molestar a nadie. Aparte de su actividad matinal se pasaba el resto del día tejiendo en el sofá de su dormitorio. No sé por qué tejía tanto, yo creo que las mujeres tejen cuando han encontrado en esa labor el gran pretexto para no hacer nada. Irene no era así, tejía cosas siempre necesarias, tricotas para el invierno, medias para mí, mañanitas y chalecos para ella. A veces tejía un chaleco y después lo destejía en un momento porque algo no le agradaba; era gracioso ver en la canastilla el montón de lana encrespada resistiéndose a perder su forma de algunas horas. Los sábados iba yo al centro a comprarle lana; Irene tenía fe en mi gusto, se complacía con los colores y nunca tuve que devolver madejas. Yo aprovechaba esas salidas para dar una vuelta por las librerías y preguntar vanamente si había novedades en literatura francesa. Desde 1939 no llegaba nada valioso a la Argentina.

CONTADORES DE HISTORIAS




 

  • Tema con la canción Stand by me, de Ben E. King
  • " Cuenta conmigo"

EN LA MALETA




“En la maleta de un escritor hay muchos escritores. Tengo una novela de Henry James, que ya leí y releí, y es la tercera vez que la releo. Se llama Friends of the friends (Los amigos de los amigos). James es un escritor que llevo muchas veces conmigo. Aunque podría citarle también a Stevenson, o podría nombrarle a Joseph Conrad, o un cuento de Ernest Hemingway… también a Jorge Luis Borges o a Julio Cortázar”, confesó Antonio Tabucchi.




Tabucchi recibe el Premio Cerecedo por su defensa de la libertad de expresión

Antonio Tabucchi (Pisa, 1943), creador del entrañable Pereira, un agobiado y escéptico periodista que acaba convertido en héroe de la libertad de expresión, recibió ayer el Premio Cuco Cerecedo de manos del Príncipe de Asturias, Felipe de Borbón. El galardón, convocado por la Asociación de Periodistas Europeos bajo el patrocinio del BBVA, está dotado con 24.000 euros.

Ignacio del Valle en la Biblioteca de Asturias el próximo jueves 20 de enero. La charla tendrá lugar en el salón de actos de dicha Biblioteca y comenzará a las 19:00 horas. El autor nos hablará de sus comienzos, su escritura, su obra.
 Presenta Manolo Abad.


Los soldados bajaron las escaleras hacia los sótanos sin apelotonarse, y se fueron colocando en filas paralelas entre las cuales descendió Möbius hasta situarse frente a la puerta. El plan consistía en entrar con la excusa de un registro rutinario en busca de los judíos y desertores, para que el comando, si estaba allí, no sospechase de inmediato. Golpearon la puerta avisando de la presencia de la SS hasta que les abrió el encargado del refugio, posiblemente el encargado de la comunidad. Era un cincuentón grande que tenía unas enormes patillas en forma de hacha, y por las condecoraciones que colgaban de sus solapa, una cruz de hierro de segunda clase, la medalla al valor de Hesse y la distinción del herido, había luchado en la Gran Guerra. Su pierna amputada y sustituida por otra de madera no hacía más que confirmarlo.

Los demonios de Berlín, Ignacio del Valle. Editorial Alfaguara

MANUEL RIVAS: " A CUERPO ABIERTO"

Escritores Julio Cortázar era de una raza extraña de escritores. Tan buen tipo como buenos sus libros. Y mira que eran buenos sus libros, haciéndose y deshaciéndose los unos a los otros, con ese espíritu delincuente que quizá había aprendido en Roberto Arlt. Quiso hacer la anti-novela, una tentativa de romper moldes con la caligrafía del jazz. El fondo de un hombre, dijo, es el uso que haga de su libertad. Y le salió Rayuela, una libertad redonda. Al escritor en general, es mejor mantenerlo a raya, alejado de sus libros para que no los maltrate. Existen los derechos de autor, pero también debería haber unos derechos de la obra, una forma de proteger al libro del acoso de quien lo escribe. A Juan Carlos Onetti, que sentía un justificado pavor ante la proximidad de un colega, le producía una inmensa alegría oír el nombre de Julio. Sólo con nombrarle a Cortázar recuperaba una sonrisa antigua, los molares perdidos. ¡Qué error! Estoy hablando de escritores, yo que quería hablar de esa felicidad clandestina que todavía puede mantenerse en un libro. A Cortázar, de adulto, le gustaba jugar y contar y escuchar cuentos. En cambio, el mundo literario de hoy se ha infantilizado. La última vanguardia es el cotilleo. Hace poco, y en una velada que prometía, me presentaron a un estudioso que nos acribilló a preguntas sobre asuntos personales de escritores españoles. Le confesé mi ignorancia, y lo que es peor, mi desinterés, con cierta vergüenza. El del cotilleo también es un oficio, requiere mucho trabajo, el atávico y futurista género de saber de qué pie cojea el pollo, no hay más que ver la Red, el tomate que hay. Fui telegráfico y algo hipócrita: “No me interesan nada las vidas privadas de los escritores”. El estudioso miró hacia el pescado, que, por cierto, tenía la mirada de Onetti, y preguntó compungido: Y entonces, ¿de qué podemos hablar?”.


Del lobo. La literatura siempre puede hablar del lobo. Según Nabokov, el origen está en el cuento de Pedro y el lobo. La invención de la realidad. Todavía hay una versión más precisa. La del médico orensano Salgado que un día de nieve se encontró con el lobo cortándole el paso en un sendero.

— ¿Y qué pasó, doctor?

—Me comió

A cuerpo abierto, Manuel Rivas, Editorial Alfaguara

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